Controversia con el compañero que nos atiende

Por Rafael Almanza

El año 1987 yo cumplía treinta años, y lo celebré rompiendo con el socialismo: abandoné mi empleo en una mediocrísima Estación de Investigaciones de la Caña de Azúcar en Florida, Camagüey, donde intentaba fungir como economista investigador, en mi postrer esfuerzo por salvar a la economía nacional de la irracionalidad y el absurdo. 

Ya para esa fecha, la ingenuidad de mis ambiciones estaba más que confirmada, como también para el grupo de profesionales con los que me reunía. Pero pasarían otros tres años para que la limpieza mental fuera bastante. Jóvenes de fe natural, habíamos sido criados en un oscurantismo que calificaba el más mínimo ejercicio de la razón como traición a la patria que amábamos, incluso partiendo de la misma doctrina marxista, única de la cual teníamos un verdadero conocimiento por entonces.

Yo tenía una ventaja con respecto a mis compañeros: me empleaba en la poesía. Y ellos me oían leer, estrofa tras estrofa, en cualquier calle, casa, ciudad de la provincia, esos versitos con los que parodiaba la poesía coloquial, estilo que en otras latitudes era cívico y que en Cuba se había convertido en la expresión oportuna, cómoda y cabal del totalitarismo, y con los que enjuiciaba nuestra realidad inmediata con despiadado humor. No tenía otra pretensión con esas estrofas sueltas, aparentemente inconexas, que darle salida a mi irritación y liberarme del miedo ambiente. Mis amigos me solicitaban una y otra vez la lectura, y se liberaban también.

A mí me molestaba un poco, y me sigue ocurriendo, que unos versos que para mí no contaban como literatura resultaran más interesantes para mis camaradas que lo que yo creía, y aún creo, que es lo mejor que escribo. Pero finalmente decidí poner en limpio esos pedazos de papel que llevaba en la billetera para leerlos en cualquier parte. 

Por el año 1990, cuando arreciaron las palizas contra los escritores y artistas que estaban haciendo lo suyo en todas partes del país, me decidí a estudiar kárate, sin la menor ilusión de poder enfrentar a esas bestias, pero al menos, decía yo, parar con un bloqueo digno el primer golpe. No aprendí nada, pero Kempo, el camino del puño, fue el título con que organicé las estrofas. Hubo que poner también unas notas a pie de página, para que algunos de mis compañeros entendieran mejor el poema, con lo que el texto se volvió intertextual, óptimo también para el consumo de los literatos. 

Como para la fecha el grupo de profesionales con los que me reunía —el poeta Carlos Sotuyo, profesor de Química en el Instituto Superior de Ciencias Agrícolas de Ciego de Ávila, los ingenieros Antonio Domínguez y Reynaldo Chinea, el ecologista Eudel Cepero y el economista José Luis Varona, entre otros en Camagüey y Ciego—, nos encontrábamos ya estrechamente vigilados y perseguidos, el día que supimos del golpe de Estado contra Gorbachov en agosto de 1991, me introduje de noche en la filial camagüeyana de la Empresa Nacional de Proyectos Agropecuarios (ENPA), donde trabajaba como informático, y transcribí en la computadora estatal, desde luego sin permiso, el Kempo, y además imprimí una copia que coloqué en el maletín que usaba por entonces.

Al día siguiente, el narrador Daniel Morales entró en mi patio donde yo estaba quemando los originales del poema y me dijo que eso era inútil, pues yo era una celebridad y conmigo la Seguridad del Estado no se iba a meter. El 9 de octubre de 1991 por la tarde, Daniel Morales fue detenido por la Seguridad del Estado, después de haber intentado liarse a golpes en la puerta de mi casa con el compañero que nos había atendido mucho, como protesta por el hecho de que me estaban metiendo en la patrullera y me llevaban detenido, después de un registro domiciliario de más de una hora. 

A eso de las diez de la mañana habían entrado en mi departamento de la ENPA, donde yo conversaba contra el gobierno con mi jefe Eudel, el compañero que nos atendía, Fredy Ruiz Estévez, siempre de civil, y un soldado con su indumentaria característica, justo en el momento —y habrá que creerme porque soy malo como narrador, pero está claro que nunca pondría semejante coincidencia ni en el peor melodrama—, en que la impresora mecánica sacaba la última página de mi poemario El gran camino de la vida, que incluía al Kempo en su mismísimo centro, pero como una página que decía: “Autocensurado”. 

Quise, en efecto, acompañar de inmediato a esos militares, pues mi maletín estaba además sobre el buró. Fredy miró el maletín y me sacó aprisa del departamento. A partir de ese momento empecé al fin a considerar al compañero que me atendía como uno de los míos, y mientras más pasa el tiempo y comprendo sus razones, más hermanado me siento a él, y más culpable por su destino, y si ustedes suponen que sigo a mis sesenta con un ánimo burlón, sepan que no se equivocan, pero por favor sigan leyendo.

Había tomado conciencia de la omnipresencia del compañero que ya nos atendía una tarde verano de 1988, cuando un amigo me arrastró a una fiestecita en la sede de la UNEAC en Camagüey. Yo no pertenecía a eso ni entonces ni después, pero el amigo, a quien yo trataba cariñosamente con el mote de Chambelán de la Corte, pues le pagaban por escribir libros áulicos que ni siquiera se publicaban, decía admirarme mucho y me cocinaba espaguetis con ese mismo dinero, de manera que accedí, a pesar de que la causa de la invitación era que el Presidente de la UNEAC, un violinista sin corchea, quería conocerme.

Ya reían las lumbreras del local en sus sesiones de alcoholismo pagadas por el pueblo cuando me senté con el padre del amigo, que me dijo que yo sí era un poeta, pero que él, con sus décimas populares, no era sino un poetastro. Usted es un poeta astro, repliqué, piadoso. Inmediatamente alguien me puso la mano sobre el hombro y el violinista lo presentó como el compañero que los atendía. Cuántos elogios para mi libro En torno al pensamiento económico de José Martí, que había sido sacado de la editorial de Ciencias Sociales por el general Abrantes, ministro del Interior, y no se sabía si iba a ser publicado. El compañero Fredy estaba en contra de su general pues afirmaba que el libro era un fenómeno y me iba a hacer muy famoso. Cómo es posible que yo no te conozca, repetía, convencido de tener el control total del enemigo, y que me tengan que informar desde arriba que existes. 

A partir de ese momento, Fredy me sometió al mismo gardeo a presión que a Daniel y a otros ciudadanos que no informábamos de nuestra existencia a la Seguridad, pero sí de lo que pensábamos a nuestros conciudadanos. Los detalles me los ahorro porque son comunes: abrazos en la calle, visita a domicilio con abrazos, saludos a la familia, abrazos, interrogatorios cada vez más punzantes, abrazos, advertencias, gestiones para ayudarte porque te han botado del trabajo, abrazos, firma para que puedas estudiar kárate en la Sociedad de Educación Patriótico Militar (con una sonrisa irónica adjunta), abrazos. 

Pero también, y esto no sé si es corriente, confesiones. Con otros se confesaba más, cierto. Que el hijo se había suicidado en el servicio militar, nunca me lo mencionó. Un día saliendo de mi casa, en la puerta, me espetó sin venir a cuento: te voy a decir una décima mía. Y la dijo. Yo hice un silencio, pero él ya sabía interpretar mi rostro. Creíste que iba a ser muy mala, eh. La décima no era poesía, pero estaba bien construida. Sería un seguroso, pero yo respeto al poeta astro, aunque no lo sea, si es popular. Mi silencio le encantó, y se fue.

Es así que el decimista ignoró el maletín. Sabía que yo andaba con el poema encima, porque se lo había informado a su tropa una aspirante a escritora avileña, en cuya casa yo ingenuamente había leído, a petición de ella, uno de los papelitos. Esta información (y mucha más que dejaba convertida a unos cuantos intelectuales camagüeyanos y avileños en una piara de chivatones) tuvieron que regalármela mientras estuve detenido, cuando me interrogaron sobre el Kempo. 

La escribidora mayorcita nos invitaba a Sotuyo y a mí a los hoteles, y pagaba ella, es decir, su amante de la Seguridad, según ella misma me vomitó. Conmigo su fantasía de Mata Hari socialista fue decisiva, pero ¿alguien me dará crédito si lo cuento todo? No, el asunto es que los segurosos avileños —pues las denuncias en mi contra venían más bien de La Habana y de Ciego, no de mi propia ciudad— lo sabían todo de nosotros en buena medida gracias a esta dama, y mientras perseguían a Carlos —que fue víctima de un mitin de repudio en la puerta de su casa poco tiempo después—, gritaban contra el agramontino que iba de visita a leerles unos versos escandalosos. 

Cuando, ya detenido en Villa María Luisa, el Centro de Operaciones de la Seguridad en Camagüey, saqué la billetera para entregarle el carné de identidad al oficial detrás del buró, vi palidecer al compañero que hubiese querido en ese momento estar atendiendo a otro. Puse incluso la billetera sobre el buró, puesto que ya no había allí lo que buscaban. Pero Fredy, que sabía que yo era tan tonto como para leer un poema subversivo y gritar lo indebido en una habitación del hotel Camagüey delante de una prostituta, probablemente pensaba que yo estaba tan desesperado que había adquirido un ánimo suicida. Y eso no le convenía a él.

No piense el lector que estoy armando la habitual narrativa UNEAC, según la cual los compañeros que nos atienden a los escritores y artistas son tan comprensivos y considerados porque los escogen gays. Fredy era un cincuentón caucásico, rígido como todos los de su oficio, enérgico, hiperquinético. Nunca pude determinar si se movía tanto porque tenía muchas tareas extraordinarias y urgentes por cumplir, o si estaba huyendo de algo. Su dinamismo simulaba amenaza. No me consta que abusara de nadie, pero su oficio mismo era, y es, intolerable para cualquiera que tenga una idea del culto de los cubanos a la dignidad plena del hombre. Eso no se hace, simplemente. Y todo el que hace eso es caca, si no es un criminal. 

Fredy, como otros muchos revolucionarios, había sido capturado por una idea heroica de la vida, que le quedaba enorme, no solo porque no tenía mente de héroe, (pero sí sensibilidad de decimista), sino porque por su mismo oficio y orientación política no podía serlo. Su función era subordinarse a héroes violentísimos que no admitían competencia, no ser héroe él. Eso sí: su propia idea de la hombría limitaba su obediencia. 

Alguna vez nos pasó por enfrente un tipo de civil que lo saludó, y me dijo: “miren a mi compañero abstemio con esa camisa y con una botella; a mí no me gusta la actuación”. No se disfrazaba, y a veces casi parecía de mi bando. “Tú estás contra la Revolución, pero pase lo que pase yo siempre te voy a respetar. Porque los otros me mienten, mientras que tú me hablas claro”. Sí, paradójicamente, yo lo ayudaba con mi franqueza. 

La tropa de Abrantes había navegado en la calma chicha de los petrodólares soviéticos, con una situación interna que les permitía confesar, como le dijo uno de ellos a Sotuyo: “en otra época hemos cometido muchos excesos”. Estos acomodados moderados que pretendían, como me dijo Fredy textualmente, “superar el ojo seguroso”, no para controlar menos sino para controlar más fácil y mejor, llegaron a pensar y a actuar de una manera inteligente e impropia y fueron eliminados después del fusilamiento del contrabandista Ochoa, cuando los petrodólares se habían agotado definitivamente. 

Pero era difícil botar a Fredy. Lo habían elegido vanguardia, y hasta lo habían llevado de vacaciones a Hungría, por presumir de que la situación de la cultura camagüeyana era la de una total mansedumbre burocrática, de una inanidad dulcísima, la de los sumisos de la UNEAC, mientras en La Habana estallaba la insurrección de los artistas plásticos. 

Daniel y yo habíamos perturbado el azul de la piscina. En 1990 incluso intentamos hacer, junto a otros intelectuales que ahora son Personajes de la Situación, una revista literaria independiente, que fue acusada de pornografía y desobediencia. Y de Ciego venía la insistente denuncia de un poetastro que leía horrores por las esquinas y manipulaba a sus amigos. Yo había leído además en 1990 mi poema “La Ceiba de la República”, dedicado a Sotuyo, en el único recital que he hecho hasta el presente en un establecimiento público. 

A Fredy no le convenía que el Kempo fuese capturado. Pudo sorprenderme en cualquier lectura en privado o en la calle. Lo de “La Ceiba…” no le había gustado. Él quería tranquilidad para sobrevivir como mayor: vivía con pobreza, lo que me consta porque sus inolvidables visitas me animaron a averiguar el edificio multifamiliar donde habitaba con su esposa en el reparto Jayamá y personarme ahí. No tenía rango para piscina, era evidente.

Siempre dijo que había estado en contra de mi detención, lo que sonaba bien en los oídos UNEAC, pero estoy seguro de que en este caso decía la verdad, entre otras razones porque había llegado a conocerme y sabía que con esas finuras me perdían sin remedio, y se complicaba él. Y a mi juicio, los que ordenaron mi detención no se proponían otra cosa que asustarme (al día siguiente se inauguraba el Congreso del Partido, y detuvieron a muchísima gente). Si me dejaron encerrado tres días —los del Congreso— fue tal vez porque yo me conduje de una manera humorística e insultante —como si estuviese leyéndoles el Kempo—, y me negué a firmar el Acta de Advertencia con el arrepentimiento que me solicitaban. 

En 1993 y 1996 firmaría además sendas actas sin arrepentimiento alguno. Tres actas equivalían a Peligrosidad, y esto a tres años de cárcel sin juicio. Pero el escándalo de la detención tenía sus riesgos, y uno de ellos era que Fredy se había mostrado incapaz de contener una protesta interprovincial de profesionales respetados y carismáticos, que exhibían además todo el arco político de la izquierda a la derecha en un clima de diálogo, debate y colaboración. Aunque nunca nos reunimos todos formalmente, imitábamos la Asamblea de Guáimaro. Demasiada realidad para estos represores de la realidad. Había que botar el sofá. Un sobreviviente de la época Abrantes estaba a punto de ser lanzado al nowhere.

Mientras en Villa María Luisa el compañero que me atendía se inquietaba con un interrogatorio de cinco horas que podía costarle más caro a él que a mí, como hijos de Guáimaro mis hermanos se lanzaron a salvar el Kempo. Eudel notó de inmediato el peligro del maletín. Relata Antonio Domínguez, Tony, a quien he consultado ahora: “Entre Chinea y Eudel, y probablemente José Luis Varona también, recogieron todos los papeles de Almanza de la oficina. Nosotros sabíamos que el poema Kempo estaba allí, porque Almanza estaba haciéndole una revisión, estaba en uno de los discos y también en papel”. 

Tony dirigía el Joven Club de Computación de Camagüey, a donde íbamos todos por falta de máquinas, incluyendo Chinea, compañero nuestro en la ENPA y gran amigo de Tony. El Kempo podía ser el cuerpo del delito de Propaganda Enemiga por el que estaba detenido.

“Eudel fue al club donde yo trabajaba y me avisó de que Almanza estaba preso en la Seguridad del Estado. Si no recuerdo mal fue en la tarde. Eudel le entregó todos los documentos y los discos a Chinea y luego Chinea y yo fuimos a ver al viejito Abel, el sereno del Club, en quien teníamos toda confianza, Abel se llevó todo a su casa y lo conservó durante todo el tiempo que necesitamos”. 

Como sacado de la narrativa de Daniel Morales, un Abel, a quien conocí como persona exquisita pero que solo ahora sé que fue quien escondió mis textos, no solo el Kempo sino hasta mis diarios de adolescencia, nos ayudó en el momento que nuestros compatriotas se comportaban como caínes.

Téngase en cuenta que a nuestro amigo el poeta avileño Reynaldo Hernández Soto le habían quitado sus textos y no se los devolvieron jamás. Y no había otras copias del Kempo sino las que estaban en el maletín, en papel y en discos. Nunca hubiera podido reconstruir un poema tan extenso y complicado.

“Cuando soltaron a Almanza fuimos a verlo y medio que en clave le dijimos que Kempo estaba a salvo y en buenas manos. Él no supo quién fue la persona que lo guardó. Hasta en casa de Almanza hablamos con cuidado en esos días por si habían puesto micrófonos”. 

Sí, nos soltaron a Daniel y a mí y luego me llevaron ante el Consejo de Dirección de la ENPA, en donde Fredy, siempre acompañado por otro oficial me gritó: “si sigues hablando mierda te vamos a destruir”. Los miembros del Consejo estaban espantados; yo miraba con más lástima que temor al Fredy, a quien por primera vez veía en un performance y de veras con escasa capacidad histriónica. 

Unos días después me lo encontré en la Avenida de la Caridad, y aunque me negué a conversar con él tuvo tiempo de decirme que había estado en contra de mi detención. Hablaba firme, como de costumbre, pero estaba desencajado. Recordé que me había dicho que tenía problemas renales. 

Yo siempre he sido hipertenso, pero entonces estaba atlético. Aún, gracias a Dios, estoy vivo. Mi hermana vio años después a Fredy en una cola del pan en Jayamá, aislado de todos, cabizbajo, destruido.

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Y ahí es donde comienza la leyenda del compañero que nos atendía. No lo vimos más. Otros personajes le sustituyeron. 

Para nada quiero dar a entender que el asunto con Daniel y conmigo fue la causa de su desaparición. De todas maneras lo iban a tronar, el nuevo grupo necesitaba su propia gente. Por otro lado, el país se hundía en la desesperación del llamado Período Especial y los jóvenes de la plástica citadina empezaban a sublevarse y hasta amenazaron ir con carteles a Villa María Luisa si no nos soltaban. 

El hecho es que no vimos más a Fredy y comenzaron las evaluaciones populares. Nunca manifesté odio contra esta persona. Caucásico como yo, lo veía como un hijo de guajiros como yo, que debía andar cantando décimas por los montes, en compañía de Samuel Feijóo y de Rafael Almanza, y no participando de la represión de las libertades de Guáimaro, que le hubieran permitido vivir su propia vida y cantar lo que le diera la gana, en aras de un proyecto político que lo había condenado a la pobreza, a perder a su hijo por suicidio y a ganarse el repudio de sus mejores conciudadanos. 

Ahora me duele no haber hablado por última vez con él en la Caridad, pero me negué por honor y porque lo vi como un cobarde, incapaz de oponerse a un abuso que yo sabía que su concepto masculino de la vida no podía tolerar. ¿O sí se opuso, pero solo ante sus colegas? Me queda la duda.

La leyenda incluye el rumor de que fue finalmente expulsado de la Seguridad cuando lo encontraron blanqueando expedientes de los opositores. Al parecer, eliminaba documentos, pruebas, cuando ya sabía que le quedaba poco. Es muy improbable que alguna vez sepamos si es verdad o no, y hasta es posible que sea el invento de alguien que quiere mejorar su imagen o se niega a considerar que era un hombre bajo; no sabremos si lo jubilaron por enfermedad o por incapacidad para reprimir, pero lo interesante de esta leyenda es que resulta creíble para aquellas personas a las que molestó. 

Cuando en la escuela me decían que Cristo no era sino una leyenda, yo pensaba: el problema es que es una leyenda. Una hilera interminable de mártires cristianos durante dos milenios mantiene la increíble leyenda. Creemos en el Bien. Creemos que Fredy pudo haberles dicho que detener a Almanza y a Morales era una estupidez, y una mariconá. Creemos que blanqueó los expedientes creados por él mismo, para que su sustituto no usara sus posibles maldades o investigaciones certeras en contra de esas personas a las que no odiaba. 

Creemos todo eso porque nunca le tuvimos odio y porque algo en esa persona era valioso, el escritor de las décimas se imponía al soldado, por mucho que él se esforzara en reprimirlas. Él no lograba reprimir con eficacia porque él mismo reprimía lo mejor de sí, las décimas y las críticas que le acudían a la garganta, y tal vez ya se había dado cuenta, demasiado tarde, que había perdido lo mejor de sí mismo.

Hace unos años caminaba yo por el estadio de béisbol y se me adelantó un joven que me dijo: “¿No me conoce?” Me puse en guardia pues esta es una frase típica: hay que conocerlos para temerlos. “Yo fui de allá”. Y señaló hacia Villa María Luisa. “Esa gente es una mierda”. Y siguió a toda velocidad. Nunca más lo he visto. 

¿Cuántos oficiales de la Seguridad no se encuentran en un caso similar? ¿Cuántos de ellos no escuchan los argumentos de los opositores, con plena conciencia de que eso mismo es lo que ellos les dicen bajito a sus mujeres en la cama, o lo que murmuran en el baño? ¿Cuánta gente puede salvarse, como este joven, de la traición al culto de los cubanos a la dignidad plena del hombre, en la que están eliminando para siempre su propia dignidad personal, y comprometiendo su futuro y el de sus familias con juicios y castigos que saben inevitables?

¿Será posible, Cristo, que esto continúe por décadas y décadas, como si la patria de Varela y de Martí fuese, como me decía hace poco un cubano de dieciséis años que regresaba a Alemania, otra basura, el País del Diablo?

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Doy gracias a Dios que Fredy no haya agarrado el maletín, por nosotros y por él. Doy gracias a Dios por mis compañeros de toda la vida, el Grupo Homagno, que me mantiene como un hombre pobre pero libre entre cederistas, y ha creado la editorial que ha impreso mis poemas en libro, incluyendo el Kempo.

Narra Domínguez en la misma carta: “Algunos años después y viviendo yo en Miami, adonde fui con mi familia, trabajamos Sotuyo y yo en la edición del libro de poesías que lleva ese nombre de El gran camino de la vida, y en la sección que correspondía al Kempo, Almanza había puesto un título que decía Autocensurado, por acá comprendimos y respetamos esa decisión de Almanza pues él es el que queda en Cuba y puede ser muy peligroso para él publicar el poema. Probablemente fue después de una conversación con Sotuyo que Almanza decidió poner el poema completo sin censura en el libro. Y el libro perfecto con el poema”. 

Sí, la editorial Homagno había publicado el libro íntegro, como puede verse en la página web. Pero yo no lo tenía. Viajó Sotuyo de Miami a Camagüey, y en el aeropuerto otro compañero que nos atiende lo dejó para el final de la cola y lo interrogó y registró con exhaustividad. Bueno, no tanto. Obvió un bolsillo de una mochila, en donde estaban dos ejemplares de El gran camino de la vida. 

Luego el poema ha continuado teniendo una utilidad para las nuevas generaciones. El poeta José Rey Echenique, ahora en el exilio, escribió un comentario muy elogioso hace unos años. El documentalista Eliecer Jiménez ha defendido con pasión este poema en Cuba y en los Estados Unidos, y me pidió grabar el final del texto en mi propia voz para terminar su Persona, uno de los documentales más importantes de la cinematografía nacional. 

Ya sé que el socialismo va a desaparecer y con él la utilidad del poema, pero la literatura existe para servir, a veces en forma permanente, pero a menudo de manera puntual; y lo que puede darle algo más a este texto, trascendiendo su valor testimonial o de arqueología literaria, es precisamente la fábula que mis hermanos han creado defendiéndolo.

A todos les estoy agradecido; pero esta aguerrida comunión de mis compatriotas en torno de la verdad y de la poesía es mucho más que un motivo de agradecimiento, es la certeza de que Cuba vive, aunque no se la vea, de que seguimos juntos luchando con nuestros Poderes de Dios para que nuestra patria alcance la dignidad de Guáimaro y de Dos Ríos en todos los tiempos. 

Ese abrazo alcanza a Fredy, mi hermano, donde esté:

Yo soy Fredy Ruiz Estévez
Decimista popular:
Almanza quiere salvar
Mis octosílabos leves.
¡Mira bien, que si te atreves
A ser libre y soberano
Por el fuero ciudadano
De la dignidad y el canto,
Nunca he tenido quebranto:
Yo soy, también, un cubano!

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© Este texto forma parte del libro El compañero que me atiende (Hypermedia, 2017).