El co. que me atiende

Por Jorge Ferrer

Lo vio cuando volvía a su asiento en primera clase, avanzando despacio desde la cola del avión para estirar las piernas en el vuelo de Moscú a La Habana. En el 24C, anotó mentalmente, aunque sus muchachos podrían extraer ese dato de los archivos de los supervisores de la seguridad aérea sin demasiado esfuerzo. Habría que darle un buen escarmiento al insolente activista que se había atrevido a protestar la presencia de Víctor en el congreso. ¡Un congreso que pagaba de su propio bolsillo, coño! 

Conseguir su perfil genético. Pasarlo a los muchachos para que lo estudien con celo y le pongan un cerco que se vaya estrechando hasta conducirlo a la demencia o la muerte. “Hacer caer sobre él todo el peso de la ley”, como solía decir su abuelo, medio en serio, medio en broma, cuando algún enfermero del sanatorio cometía una falta, por leve que esta fuera.

Una azafata de Aeroflot, tan monas ellas en sus trajes ceñidos —chaqueta con solapas finiseculares y falda de tubo, la hoz y el martillo primorosamente bordados en las mangas con hilo tan dorado como el futuro que nunca llegó—, lo invitó a sentarse. “Hay turbulencias”, le explicó sin pestañear por encima de una sonrisa perfecta. Víctor pensó que parecía humana. “Al menos espero que el capitán no lo sea”, se dijo.

La butaca reclinable tapizada con piel de toro, el cansancio acumulado en dos jornadas extenuantes en Moscú —el congreso; los negocios— y el generoso trago de güisqui que le sirvió la azafata, ya el segundo, lo noquearon.

Con suerte, dormiría las cinco horas que demoraba el viaje sobre el océano. El empresario que había amasado una fortuna inmensa con la biotecnología y la reprogenética, el adalid de la robótica más puntera, el “zar de la vigilancia”, como le llamaban admiradores y detractores, merecía un descanso.

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La noche anterior Víctor había recibido la llamada que llevaba tiempo temiendo y cuya inminencia, que cada nueva visita a su abuelo prometía más urgente, intentaba ignorar como el reo ignora el verdadero peso de su condena, si quiere sobrevivir a la angustia y el calendario. 

Pero la llamada había llegado, su abuelo se moría y Víctor debía correr de vuelta a casa si quería ver al viejo con vida, porque su longevo cuerpo, cuya existencia habían prolongado terapias genéticas y trasplantes sucesivos hasta el límite que conocía la biomedicina en la cuarta década del siglo XXI, se rendía ya sin remedio.

El abuelo lo había sido todo para él. La temprana desaparición de su padre, muerto en una cacería cuando Víctor apenas contaba seis años, los dejó a su madre y a él en manos del hombre fuerte de la familia. Se mudaron a la residencia en las alturas de Kohly, una casona llena de guardias en la que su abuelo, vestido siempre de uniforme y con los galones que fueron sumando barras y estrellas hasta los de general, infundía un respeto reverencial. Una severidad que contrastaba con la enorme fragilidad de su madre y la acentuaba a los ojos del pequeño Víctor. 

La convivencia no se prolongó demasiado y tras uno de los ataques de nervios de la joven viuda, el abuelo la internó en Mazorra, donde el pequeño Víctor la visitaba siguiendo un estricto calendario estipulado por el general. Pero las visitas se fueron espaciando con el paso del tiempo hasta que un día le dijeron que ya no habría más. 

Víctor tenía un recuerdo bastante vago de aquella conversación, si es que llegó a merecer ese nombre: un par de frases admonitorias, un bofetón cuando las primeras lágrimas asomaron a sus ojos y las espaldas de su abuelo alejándose. Ya no volvió a ver a su madre jamás.

Se perdió en el olvido, como sus perros y la bicicleta de carreras traída de Holanda que un año, al volver de las vacaciones, ya no estaba. Y nadie supo decir qué se hizo de ella. Ni importó demasiado. Su madre, lo mismo.

Fue su abuelo quien guió sus pasos por los derroteros profesionales de la vigilancia y el control, la biotecnología y la ciberseguridad. Todo ocurrió en forma tan natural como si Víctor hubiera estado predestinado para ello.

Primero, los estudios de Ingeniería genética y Biotecnología en la Ciudad Universitaria de Pinar del Río; después, posgrados y sendas maestrías en Robótica y Poshumanidad aplicada en Shanghái y Bangalore. Allá se sintió atraído por la teoría de la singularity y el big data. El resto se lo regalaron la historia y su abuelo. La historia de su abuelo.

La conversión de Cuba en una nación más del Gran Caribe tras el generoso abandono del poder por la segunda generación de los Castro abrió el país a la normalidad anhelada durante siglos por unos pocos cubanos. La sucesión que se dio entonces de presidentes que se querían y parecían vitalicios hasta que dejaban de serlo pocos años después sumió al país en un caos controlado por las antiguas elites del Ejército y la Seguridad del Estado. Un caos que empobreció a muchos, pero hizo a otros inmensamente ricos. 

El abuelo de Víctor, ya entonces un hombre mayor pero en excelente forma física y mental, a la vez que dueño de todos los hilos del poder, no se achantó, ni tenía por qué.

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El avión aterrizó a las seis de la mañana. Amanecía sobre La Habana, pero las cadenas de montaje de Calabazar, el polígono industrial ubicado junto al aeropuerto, trabajaban a pleno rendimiento. 

La producción de la nueva generación de androides para los batallones antimotines de todo el sur del continente americano avanzaba a pleno rendimiento. “Sabrosón V”, el nuevo modelo, era una sofisticada joya represiva. Los rusos acababan de comprometerse a adquirir decenas de miles de unidades con las que enfrentar la invasión china de Siberia.

La avenida de Rancho Boyeros cruzaba las amplias zonas donde se hacinaban los obreros centroamericanos llegados en las primeras décadas del Nuevo Régimen, durante los años del caos. Expandidos por El Palmar y demás barrios al fondo de La Lisa, habían librado duros combates con los inmigrantes llegados del Oriente de la isla hasta repartirse los territorios en el mar de ciudadelas que rodeaba la capital, lejos de los barrios prósperos habitados por habaneros y expatriados venidos de medio mundo.

Víctor conocía bien la situación de esos barrios, porque su compañía se había ocupado de instalar los sistemas de vigilancia en el muro que dividía los diferentes sectores de la ciudad: una compleja trama de cámaras, láseres, centros de control y monitorización y pelotones de rutilantes guardias encargados de la captura y el exterminio de los llamados DESAF, una terminología aportada por su abuelo. “Los desafectos”, decía.

Víctor había pensado ir directamente al hospital desde el aeropuerto, pero cuando reparó en que el chofer había tomado el desvío que conducía a su casa en la urbanización Havana Forest, no se molestó en corregir el rumbo. Después del vuelo le sentaría bien una ducha.

El solícito androide que guardaba la entrada al complejo de lujo franqueó el paso al coche después de escanear el iris del chofer y percibir la presencia de Víctor, a quien no se atrevió a molestar con el trámite. Dos criadas esperaban al señor en la puerta de la residencia, un palacete de estilo neocriollo rodeado de frondosa vegetación. En la planta baja, una miríada de colibríes volaban entre cuadros de Tomás Sánchez, su debilidad de coleccionista, que cubrían los muros. 

Un mensaje de la Dra. Rocasolano hizo vibrar el teléfono mientras subía la escalera: “El general ha recuperado la consciencia y pregunta por usted”. “Díganle al abuelo que ya llego”, ordenó Víctor a la nieta de la legendaria Siri.

En otros tiempos, Víctor no habría tenido que soportar estos momentos en soledad. Antes, la inminencia de la muerte del general habría atraído a miles de partidarios del Antiguo Régimen, a cientos de personas agradecidas, entre ellas a la mitad del gobierno, a prestarle apoyo y consuelo. En otros tiempos, desde Palacio estarían ofreciendo un funeral de Estado, la prensa estaría siguiendo al minuto la agonía del general.

Pero los tiempos habían cambiado. Y no sin la intervención del propio Víctor, por cierto. 

Fue en ocasión del centenario de su abuelo, cuando Víctor le preguntó qué quería de regalo y le propuso todo un rosario de golosas opciones. El general no se detuvo a sopesarlas, aun cuando un viaje a la Luna, algo que había dicho anhelar más de una vez, era una de ellas y Víctor había hecho todos los arreglos para que partiera sin dilación.

—Quiero que olviden, ese será mi presente —le pidió el general y Víctor no supo si el regalo era para él o para los otros. Y añadió—: Que lo olviden todo, que se crean que son algo distinto de lo que son, que fueron algo distinto de lo que fuimos…

Y Víctor los hizo olvidar. La inserción de recuerdos creados, de una memoria construida que modificara la relación de la gente con el pasado, fue fácil y trajo alivio, el dulce alivio que regala el olvido. 

Pero hubo un hombre que no se benefició. Uno solo. Él. Para Víctor, el proceso de administración del olvido al país entero significó la toma de consciencia de quién era su abuelo, el conocimiento del pasado del general, que era también su propio pasado.

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Víctor salió de la ducha relajado y hambriento. La urgencia con que se sentía impelido al sanatorio había dado paso a una extraña paz, como si ya todo hubiera pasado, también la despedida. Aceptó el desayuno, mascó sin prisas unos brotes de caña de azúcar a la que décadas de afanes transgénicos habían coloreado de rojo y dotado de un intenso sabor a remolacha, y se bebió un café mientras los huidizos colibríes se disputaban las migas de pan.

La relación de Víctor y su abuelo había ido cambiando con los años. La extraordinaria posición en la que Víctor se vio al terminar sus estudios, el despegue espectacular de sus empresas ayudado por contratos que parecían caídos del cielo y patentes arrancadas a la competencia como por arte de magia, lo ocuparon totalmente. Su escasa vida sentimental incluyó algunos amoríos de oficina, pero nunca pasaron de ahí.

Víctor se reprochaba algunas veces no haber tenido descendencia. “¿De qué sirven los hijos y los nietos?”, solía responder el general a sus lamentos, una reacción que a Víctor le resultaba tan graciosa como desconcertante. 

El general, por su parte, había ido replegándose año tras año. Ocupado en dos pasiones aparentemente excluyentes, la caza y la ganadería, parecía haber renunciado de una vez por todas a interesarse por la suerte del país.

Para un observador poco avisado, pues, el alejamiento se había producido de manera natural: Víctor absorbido por sus empresas y sus viajes; el general absorto en sus aficiones y protegido por un eficaz cortafuegos de criados y asistentes. 

Con todo, el nieto nunca dejó de tener un ojo encima de su abuelo. De preocuparse por su salud y su bienestar, de interesarse por su estado de ánimo y el entorno del que se rodeaba en la finca del Escambray. De interrogarlo sobre su día a día, vigilar sus rutinas, seguir sus comunicaciones con los médicos, controlar sus movimientos, reprender sus excesos en la comida o la caza, perseguir su estabilidad.

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El sanatorio Nuevo San Junipero se alzaba en los antiguos terrenos de Playa Tarará, a veinticinco kilómetros de La Habana. 

El coche avanzó por la Vía Blanca entre los elegantes condominios de Alamar, alineados junto a la costa, y la moderna penitenciaría de Combinado del Este, cuya espectacular transformación fue uno de los primeros proyectos de Víctor. Fue esa, la cárcel más grande del mundo, que se extendía por las Colinas de Villarreal con un mar de torretas de vigilancia y una sucesión de inmensos panópticos, la que le granjeó el título de “zar de la vigilancia”, que tantas puertas le abrió después.

Como siempre que pasaba por allí de camino a visitar a su abuelo, Víctor recordaba el día de su graduación, cuando el viejo le entregó un cofrecito con las simbólicas llaves de la penitenciaría gigante. “Esta será la piedra sobre la que se alzará tu iglesia”, le dijo entre risas palmeándole la espalda y rodeado de sonrientes coroneles. Y añadió: “Es como si te diera las llaves de Cuba”.

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Víctor reconoció en la recepcionista del sanatorio a la hermana gemela de la azafata de Aeroflot. La Dra. Rocasolano, atildada y con gesto siempre afable, acudió enseguida a recibirlo y lo acompañó por el corredor acristalado mientras le daba el parte. Víctor le agradeció sus cuidados, prometió pasar a verla más tarde para arreglar los últimos detalles y avanzó solo hasta el apartamento que ocupaba el general al final del ala norte de las sofisticadas instalaciones.

Aun se detuvo un instante al final del pasillo para admirar la imagen que le devolvía el espejo. Pensó que su traje, hecho a medida en la mejor sastrería de la calle Muralla, iba muy a juego con el decorado retrofuturista del pasillo. Buscaba distraer su mente del momento que le esperaba vivir. Se preguntaba si la despedida de su abuelo significaría una liberación.

Desde la celebración del centenario del general y su peculiar petición, ya Víctor no pudo volver a mirarlo de la misma manera. Ni a él, ni a sí mismo. Ahora sabía que su vida había sido siempre una reproducción de la vida del general, que había vivido siempre emulándolo sin saber qué emulaba exactamente, reproduciéndolo, perpetuándolo, sin saber qué reproducía, qué perpetuaba. 

Y aun sabiéndolo moribundo, su abuelo no dejaba de inspirarle el miedo de siempre y la aprensión que nació del conocimiento de su historia, de las fotografías, los testimonios, las acusaciones, las pruebas que fueron acumulándose en su mesa cuando se asomó al pasado para borrarlo en los demás. Le avergonzaba ser nieto del general, nieto del hombre que, como descubrió un día con horror, también fue conocido antaño como “zar de la vigilancia”.

Allí, a un paso de entrar, oyó a la enfermera preguntar al anciano moribundo:

—¿Es su nieto quien viene a verlo?

Y también oyó la respuesta del viejo:

—No es mi nieto ya. Desde hace mucho tiempo, él es solo el compañero que me atiende.

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© Este texto forma parte del libro El compañero que me atiende (Hypermedia, 2017).