El elefante que nadie vio… o que nadie quiso ver

Por José Álvarez

Hace varias semanas salió publicado un libro que promete cambiar radicalmente una parte de la historiografía de Cuba. Su título: El soviet caribeño. La otra historia de la revolución cubana. Su autor: César Reynel Aguilera, a quien entrevistamos hoy para Hypermedia Magazine. 

César, antes de intentar asomarnos a la complejidad de la tesis de tu libro quisiera que nos dijeras algo de tu persona: dónde y cuándo naciste, tu hogar, estudios, tu vida en la Cuba castrista…

Nací en el año 1963 allá en La Habana. En un reparto que en algún momento se llamó, creo, Ampliación de Almendares, y que ahora es parte del municipio Playa. Nací en una casita bien modesta y destartalada cuya reparación provocó mi primer ataque de asma. 

La historia del mazo de llaves es verdad; te lo daban, con una lista de direcciones y te decían que escogieras una de esas casas. Mis padres decidieron no beneficiarse con eso. De todas las casas disponibles para escoger el viejo se decidió por una bien modesta, que llevaba años cerrada y no tenía dueño. Eso sí, fui a la misma escuela —por una razón que mi madre nunca me pudo explicar bien, y de la que se arrepintió toda su vida— a la que fueron casi todos los hijitos de papá del castrismo. Y fue así como crecí viviendo, de primera mano, la enorme distancia que existía entre la prédica revolucionaria y el tren de vida de la nomenclatura.   

¿Cómo fue tu integración al proceso revolucionario? ¿Cuándo y por qué te desilusionaste?

Habría que definir la palabra “integración”, sobre todo para aquellos que, como yo, nacieron después de que el control totalitario ya estaba bien establecido. Con eso quiero decir que las opciones no eran muchas: te integrabas, o te integraban, o te desintegraban. 

Nunca fui, por razones familiares, un creyente fervoroso de aquella mitología. Crecí escuchando, de primera mano, demasiadas historias reales que no encajaban con las que la propaganda repetía sin cesar. Nunca fui un militante comunista y las pocas cosas con las que comulgué fue más por necesidad que por convicción. 

Hasta el final de mi adolescencia creí, por decirlo de alguna forma, en la viabilidad económica del socialismo. Si no en Cuba, al menos en otros países europeos más avanzados. Por eso la desilusión final llegó cuando empecé a enterarme de que económicamente el socialismo no era viable, ni lo había sido nunca, ni lo sería, en ningún país y mucho menos en la URSS. Más que la Perestroika fueron las noticias económicas que traía la Glasnost las que terminaron por demostrarme que todo aquello era un cuento macabro. 

¿Por qué decides irte de Cuba? 

Porque no había esperanza alguna de que aquello mejorara o pudiera ser derrotado. 

¿Cuándo saliste? ¿Y por qué Canadá?

En el año 1995. Me fui para Canadá porque fue la beca de investigación que conseguí. La pura verdad es que me habría ido para la Conchinchina.            

Además de Doctor en Medicina y Máster en Bioquímica Clínica eres escritor. ¿Cuándo y por qué decides echar a un lado cuentos y novelas para escribir este libro?

Cuando me di cuenta de que podía hacerlo, y cuando me ofrecieron un contrato para que lo hiciera. 

Te cuento, más o menos, cómo sucedió. 

Como ya te dije, yo había escuchado un montón de historias en mi casa, y había hablado mucho con mis padres sobre ese tema. Yo sabía, como sabe uno algo en sus huesos, que había algo de verdad en esas historias; pero al mismo tiempo estaba convencido de que era imposible demostrar aquello desde el punto de vista histórico. Así es que decidí escribirlo como ficción: cuatro novelas con historias posteriores al triunfo de la Revolución —una ya está publicada (Ruy), otra ya está casi terminada y las restantes están a medio hacer—, y cuatro novelas para cubrir el período entre 1925 y 1959. 

En el año 2008 llegó la crisis financiera, me quedé sin trabajo y decidí usar el tiempo del que disponía para investigar el marco histórico y la ambientación de esas novelas. Empecé a leer mucho sobre ese tema y me di cuenta de que existía una enorme cantidad de información disponible, sobre todo para quien supiera leerlas adecuadamente. Leí mucho, tomé muchas notas y seguí rastros que solo alguien que hubiera escuchado lo que yo escuché habría seguido. 

Tiempo después llegaron de visita a Montreal Enrique Del Risco y Francisco García González, dos escritores e historiadores cubanos. Una noche nos reunimos en casa de Isbel Alba junto con Jorge, un antiguo comunista chileno que había estado muy relacionado con la alta jerarquía del Partido de ese país. Me pareció el momento y el grupo adecuado para dejar caer, entre tragos y excelentes platos de comida, la bomba de que la Revolución cubana había sido, en lo esencial, una obra del PCC-PSP. Ya te puedes imaginar el “cuero” que dieron aquellos dos que, además de ser historiadores, tienen un sentido del humor fuera de serie. 

Unos días después de aquel encuentro me escribió Ernesto Hernández Busto, el editor de Penúltimos Días, para pedirme que le enviara algún texto. Le expliqué en lo que andaba y le envié, como prueba, una decena de páginas con algunas de las notas que ya tenía. Ernesto se entusiasmó con aquello, decidió dividirlo en pequeños posts y publicarlos a razón de uno por semana, sobre todo para darme tiempo a preparar los restantes. Ese fue el origen de una serie de posts (alrededor de 20) titulados “Razones de Angola”, que fueron el antecedente del libro. 

En algún momento, por suerte, conseguí trabajo, la vida regresó al horario laboral y tuve que dejar de escribir esos posts. 

Ahí habría quedado todo de no ser porque muy lejos de Montreal, allá en Buenos Aires, el periodista e historiador argentino Juan Bautista Yofre había logrado echarle manos a una enorme cantidad de documentos de los antiguos archivos de la Inteligencia Checoslovaca. Cuando Tata, que es como le llaman sus amigos, empezó a leer esa documentación se dio cuenta de que aquello no encajaba con la historia aceptada de la Revolución cubana. Empezó a buscar en internet por una historia alternativa y lo más convincente que encontró fueron aquellas “Razones de Angola”. Eventualmente Tata logró contactarme y, en un gesto que todavía me llena de asombro y gratitud, decidió poner a mi disposición toda la información que tenía. Además de eso fue Tata quien convenció a los editores de Penguin Random House de que valía la pena considerar la propuesta de mi libro. Así lo hicieron, les gustó la idea, firmamos contrato y ya no me quedó más remedio que escribir el libro.                        

El libro describe en sumo detalle las relaciones ocultas, y todavía subestimadas, entre los hermanos Castro y el Partido Comunista de Cuba – Partido Socialista Popular (PCC-PSP). De toda la documentación (tu libro es voluminoso y cuenta con 528 notas al pie de página) parece desprenderse que fue el Partido Socialista Popular, y no el Movimiento 26 de Julio y el Directorio Revolucionario, el causante principal del fin de la dictadura de Batista. Dime si estoy equivocado…

No, no estás equivocado. La gente olvida, con un olvido que a mí me asombra mucho, que las revoluciones de izquierda son esfuerzos organizativos extraordinarios. El tiempo que medió entre la Revolución Francesa (1789) y la Revolución Rusa (1917) cambió radicalmente el grupo de tareas a satisfacer a la hora de derrocar un gobierno y, sobre todo, a la hora de defender el poder alcanzado. 

En los 128 años que mediaron entre esas dos revoluciones surgieron las ametralladoras, lo métodos de control policial, la radio, la fotografía; aumentó el alfabetismo, las condiciones de vida mejoraron y, en consecuencia, los de arriba estuvieron en mayor ventaja a la hora de convencer y controlar a los de abajo. 

Lenin se dio cuenta de eso, Lenin se percató de que no bastaba con que los de abajo estuvieran listos para asaltar el poder. El éxito solo podía llegar minando la capacidad de lucha de los de arriba. Eso implicaba llevar a cabo una enorme cantidad de tareas que requieren, a su vez, de una enorme cantidad de líneas organizativas. Todo eso parte —como bien explica Philips Selznick en su libro El arma organizativa— de crear un Partido que es, por encima de todo, una organización de combate solo comparable, en el mundo moderno, a los ejércitos. 

La ironía de la historia es que, a pesar de toda esa teoría, y del hecho inobjetable de que Lenin fue un excelente organizador, los bolcheviques no alcanzaron a derrocar al Zar y tuvieron que contentarse con traicionar y radicalizar un proceso del que, al menos de inicio, ellos solo fueron uno de los tantos actores. En el caso de la famosa Revolución China, igual. A pesar de todos los esfuerzos organizativos es fácil aceptar que fueron las armas ocupadas por los soviéticos a los japoneses, y el embargo de armas decretado por los EE. UU. al gobierno de Chiang Kai-shek, los que hicieron posible el triunfo y la defensa del poder alcanzado por los maoístas. 

Algo que sorprende mucho en el caso de la Revolución Cubana es su carácter casi mágico. En 16 meses (entre marzo de 1952 y julio de 1953) prepararon el asalto a dos cuarteles militares…

Permíteme una interrupción que valida aún más ese cuestionamiento tuyo. 

En el segundo volumen del libro de Mario Mencia, El grito del Moncada, Jesús Montané afirma que la recaudación de dinero no comenzó hasta “después de la manifestación del 28 de enero”, refiriéndose obviamente a la llamada “marcha de las antorchas” que tuvo lugar ese día del año 1953. Es decir, que el período de 16 meses al que te refieres (asumiendo que hubiera comenzado desde el día siguiente al golpe de Estado) se reduce, en cuanto a finanzas, a unos meros seis meses. Durante ese cortísimo periodo de tiempo, según su testimonio, recogieron 22.000 pesos.

Uno de los métodos consistió en la venta callejera de las estatuillas de Martí hechas por el escultor José Manuel Fidalgo, y de latas de pintura compradas a crédito en la tienda donde trabajaba Israel Tápanes. El equipo de emprendedores negociantes era dirigido por Antonio (Ñico) López. Queda pendiente la estimación del costo de esa cruenta aventura y el origen de la mayor parte de los fondos…

Y después del asalto al Moncada, en 17 meses (entre julio de 1955 y diciembre de 1956) prepararon la invasión por mar de una columna guerrillera. 

Y, por último, en 19 meses (entre mayo de 1957 y diciembre de 1958) pasaron de ser cuatro gatos encaramados en una loma a dos columnas guerrilleras que derribaron, sin grandes combates, a un ejército profesional. 

Una explicación para todo eso, en la que el castrismo ha insistido hasta la náusea, es la genialidad organizativa de Fidel Castro, además de una suerte cuasi divina. Sin embargo, la pura realidad es que, cuando apartamos la hojarasca de la propaganda castrista, descubrimos que la capacidad organizativa de Fidel Castro nunca fue mayor que la de un zángano en celo. Una explicación mucho más lógica o, si se quiere, más leninista y menos mágica o subjetiva es que el castrismo contó, en secreto, con el apoyo irrestricto de una excelente organización de combate que llevaba décadas preparando su llegada al poder: el PCC-PSP.

¿Se puede afirmar que Fidel Castro fue un instrumento del Núcleo Central de Inteligencia Soviética (NCIS) y del Partido Socialista Popular cubano (PSP)? 

Decirlo así sería equiparar al NCIS con el PCC-PSP, cuando en realidad fueron dos niveles organizativos con objetivos muy diferentes. 

Se podría afirmar que el NCIS puso a disposición de los hermanos Castro una buena parte de sus propias capacidades, y de las del PCC-PSP, para llevarlos al poder. Después, una vez alcanzado ese poder, los hermanos Castro podían hacer lo que les viniera en gana, siempre y cuando no se desviaran ni un milímetro de las líneas básicas, o esenciales, trazadas por el NCIS. Tal como sucedió. Si eso es ser un instrumento, entonces lo fueron.     

Tengo que confesar que hubo muchos eventos de la etapa de la rebelión relacionados con el PSP que me parecían contradictorios. El misterio desapareció con la lectura de tu libro… ¿Pudieras explicar en qué consiste eso que podemos considerar una dualidad en la militancia del PSP?

Esa fue una de las cosas que descubrí en aquella conversación con Enrique y Francisco en casa de Isbel. Yo siempre tuve, por las conversaciones con mi padre, una visión heterogénea del PCC-PSP. Para mí la “gente de Fabio” siempre fue algo muy distinto de la organización política a la que esos militantes pertenecían. 

El PCC-PSP fue, en su esencia, una organización de combate con una disciplina y una capacidad de movilización mucho más cercanas a las de un ejército que a las de los partidos políticos tradicionales. De igual manera, como cualquier ejército, el PCC-PSP tuvo un aparato de Inteligencia mucho más selectivo, disciplinado y eficiente que el de cualquiera de los partidos tradicionales que existieron en la Cuba republicana. La cúspide de ese aparato de inteligencia (el NCIS) era manejada, con gran rigor y secretismo, por un comunista de origen polaco que siempre respondió a los intereses de la URSS en general, y del estalinismo en particular.

Hay un punto que necesita aclaración. Existen ―diría yo― cientos de libros sobre la Revolución Cubana. Muchos contienen memorias de dirigentes o militantes de la lucha contra la dictadura de Fulgencio Batista; ninguno de ellos nos da la visión que ofreces en tu libro. ¿Por qué?

Imagina un lector empedernido que es capaz de leer dos libros por semana durante una larga vida de 85 años. Al final pudo leer 8840 libros; o sea, alrededor del 0,007% de todos los libros que se han publicado (dice Google que se han publicado alrededor de 130 millones de libros). Ese lector empedernido se asomó al universo de los libros como quien se asoma a un cuarto a través de una ranura muy estrecha. 

Ahora imagina uno de esos llamados revolucionarios. Un tipo que del enorme universo de tareas que implica una revolución estuvo implicado, por razones obvias, en una fracción infinitesimal de las mismas. ¿Qué hace ese revolucionario cuando escribe sus memorias? Bueno, lo primero que hace, como haríamos todos nosotros, es defender la ranura por la que se asomó a ese universo. Y si además ese revolucionario está rodeado por una descripción mitológica, lo más probable es que termine adaptando lo que vio, a través de su ranura, a las exigencias de esa mitología oficial. 

Yo me aproximé a la escritura de este libro con una conciencia absoluta de esa limitación. Lejos de intentar validar las cosas que escuché en mi casa, me propuse indagar si en las memorias y visiones de los otros implicados existían elementos suficientes, muchos de ellos marginados o ignorados, que permitieran conformar una imagen mucho más coherente y realista de la Revolución Cubana. 

Para mi asombro pude encontrar, mirando de ranura en ranura, mucha más información de la que al final quedó en el libro. Informaciones que permiten decir que en ese cuarto, al que muchos se asomaron a través de sus ranuras, había un enorme elefante blanco paseándose, un paquidermo que nadie vio… o que nadie quiso ver.

En varios momentos te refieres a la “cubanología” y afirmas que los “cubanólogos” han centrado sus estudios en la figura de Fidel Castro sin preocuparse de la trastienda del mismo. ¿Invalida tu libro los numerosos estudios publicados por ellos?

Sí, y en un mundo justo deberían despedir a muchos de esos cubanólogos de sus ilustres cátedras. Por practicar esa subalternidad y esa apropiación cultural que tanto dicen detestar de boca para afuera. 

Por querer contarnos una historia que no es de ellos y que nunca van a entender. Por prestarse para una interpretación ideológica de la Historia de Cuba. 

Por convertirse en instrumentos del Departamento de Medidas Activas de la Dirección General de la Inteligencia castrista dentro de los Estados Unidos. 

Por practicar el imperialismo cultural de la izquierda gringa. Por utilizar el poder de los medios estadounidenses para diseminar una imagen incorrecta de la Historia de Cuba. 

Por tener la desfachatez de usar sus cátedras para programar a sus alumnos estadounidenses en una visión ideológica de Cuba. 

Por domar, mediante el premio y el castigo, la endogamia y las promociones, a esos historiadores cubanos que siempre terminan edulcorando sus posiciones con respecto a Fidel Castro, y al castrismo, para quedar bien con la academia gringa. 

Por eso, y por muchas cosas más deberían tener la decencia de retirarse, pero nunca lo harán. Por hipócritas.

Creo que destapé una caja de Pandora… Existen cubanólogos y otras personas (académicos o no) que escriben sobre Cuba; yo aplicaría esa apreciación tuya a algunos catedráticos (cubano-americanos y estadounidenses) que se cohíben de ejercer la crítica que desagrada a los castristas y que les puede invalidar sus permisos de entrada, sus invitaciones a conferencias y el calificativo de “objetivos”. El tema merece ser incluido en un gran proyecto para repensar nuestra historia.

Pasando a otro asunto, extrañé en tu libro el tema “santiaguero”: la labor de Frank País y su trágico final, la posibilidad de una delación interna (específicamente, de Vilma Espín), el anticomunismo de Frank y de su sucesor René Ramos Latour… Siguiendo la lógica de tu tesis, el Movimiento 26 de Julio (cuya Dirección Nacional radicaba en Santiago de Cuba) tenía que estar penetrado por el PSP y bien cerca de Frank y René. ¿No te embullas a reabrir tu investigación?

Estuve tentado a hacerlo. Porque esa es, a mi entender, la gran omisión de este libro. Estoy casi seguro de que existió un trabajo de penetración comunista en el Movimiento 26 de Julio en Santiago de Cuba, pero al final decidí no abordarlo por tres razones fundamentales. 

La primera fue falta de tiempo; la segunda falta de información: hasta donde sé no existe una historia oficial del comunismo santiaguero. Pero la razón fundamental, sin embargo, fue el respeto. Creo que le toca a los santiagueros indagar y escribir, si quieren, sobre esa parte de su historia. Como mismo me molesta que los gringos intenten contarme la mía, creo que les molestaría a los santiagueros que un habanerito venga a contarles la de ellos.

César, creo que ninguno va a molestarse. Si así fuera, ya tienen a su disposición una nueva metodología (¿podemos llamarla así?) de mirar de ranura en ranura… Hasta hoy, yo solo me había asomado por una y, después de leer tu libro (ahora lo estoy estudiando), traté una ranura nueva y te puedo asegurar que he comenzado a verle las patas del paquidermo, como acabas de decir… 

Pepín, te repito, solo una inteligencia colectiva de historiadores trabajando sin prejuicios puede desentrañar esos misterios. Las ranuras son uno de los elementos metodológicos, otros, podrían ser los análisis genealógicos (¿eran familia Marcio Manduley —mártir comunista— y Celia Sánchez Manduley?) y los de cercanía (¿eran vecinos o trabajaban juntos este y aquel?). Hay muchas formas que todavía ni imaginamos.

¿Cuál consideras que es la mayor contribución de tu libro?

No lo sé, y no creo que me corresponda a mí decirlo. Eso les toca a los lectores y al tiempo. Mucho tiempo, imagino.

¿Dejaste algún otro punto importante sin tratar?

Sí, muchos. Tuve que sacar varios capítulos que eventualmente se convertirán en artículos para revistas especializadas. Quedaron, también, otros temas. Nunca pensé encontrar tanta información disponible. De hecho, me resulta muy difícil explicarme cómo es posible que, con tanta información disponible de forma pública, la idea no se le hubiera ocurrido a algún historiador cubano. Eso habla mucho del poder de los mitos, y de la enorme capacidad para la programación intelectual que tienen las universidades de hoy, tanto las cubanas como las de otros países.

El libro tiene una publicación en formato digital. ¿Penguin Random House ha sacado ya la edición en papel?

Sí, el libro existe en formato impreso, pero por el momento solo en Argentina y en los países cercanos. Los costos de envío hacia Norteamérica son prohibitivos. Aquí, en Montreal, la librería Las Américas lo importó y ya lo tiene a la venta. El precio se encarece, pero es mucho más barato que comprarlo en Argentina y pagar el envío.

Después de 23 años viviendo en Canadá, ¿no sientes lo que nuestros abuelos gallegos llamaban “morriña por el terruño”?

Para nada. Cuba para mí es la cárcel de la que pude escapar sin caer en ninguna de las bajezas en las que caen muchos cubanos para poder irse. Extrañar o regresar sería cosa de tonto. Extraño a Miami, eso sí.

Finalmente, dinos algo sobre el futuro de Cuba, tanto político como intelectual.

La cosa pinta color hormiga con melanoma…

¿Crees en la posibilidad futura de una reunión entre cubanos de la isla y la diáspora para repensar juntos la historia de nuestra patria?

Sí, estoy seguro de que sucederá, pero yo no voy a estar vivo para verlo.

Muchas gracias, en nombre de Hypermedia Magazine y en el mío, por esta valiosa y maravillosa contribución. Espero que nuestros compatriotas puedan leerte en la isla.