¿En las noches definitorias quién usa los baños para mear?

Por Carlos Manuel Álvarez

El tiempo de la plenitud no va a llegar ya, lo único que va a llegar es el tiempo del jadeo y de la mirada desorbitada y enferma clavada en la pared, sosteniendo la pared sin pestañear.

Es pronto para saberlo, pienso, pero también es tarde. De cualquier modo, nunca pienso nada que no haya pensado con anterioridad, de muy astilladas maneras, como una extraña senda del bosque que no pude tomar en un primer momento, pero a la que voy a volver luego, la senda previamente trazada con el filo de la sombra de la idea.

Esta noche, en el invierno cobarde de Barcelona, alguien que me acompaña compra un gramo de cocaína por cincuenta euros en medio de la pista del bar Moog. Tengo una sola chaqueta, un solo abrigo, ambos sucios y apestosos después de diez días de uso constante. Visto y calzo todavía como el que era. Mis camisas son las camisas ligeras del tiempo del que huí. No tengo ropas para la vida que estoy llevando, una vida que se alarga y se asienta sin ningún tipo de sostén práctico, a pesar de que, desde hace una temporada, esta vida parece ser la que es.

No tengo cuentas de banco, no acumulo experiencias en un lugar que luego me puedan servir en otro, los modos comunes de la globalización tienen escasa resonancia en mí. Siempre llego por primera vez a los lugares que están por todas partes. Comprar una Coca Cola sigue siendo un acto prístino, y la persona que soy, la falsa timidez, el inextricable miedo, la imposibilidad de trabajar a fondo sobre los sucesos y los objetos corrientes e hilvanar un tejido sensorial y afectivo que pueda yo mismo tomar luego por memoria o archivo intransferible, atasca la salida de quien tengo que ser. Estoy de paso en mis acontecimientos, echándolos hacia adelante como un extraño esclavo altruista.

La pista del bar Moog es pequeña, llena de luces estridentes que te someten a la intermitencia opresiva de los flashes rojos y violetas, y también a la presencia tremebunda de esos intervalos negros que hacen que desaparezcas tal como desaparece o se ahoga por un momento la palabra y el gesto en la boca de un tartamudo. Detrás, sin embargo, hay una pared de espejos que nos alarga y nos ahonda, por lo que puedo ver, sin tener que mirarlo, cómo luego de darnos la coca el dealer se aleja, y cómo, a medida que busca la puerta, también se va metiendo más adentro del bar, que es una imagen limpia y didáctica sobre el funcionamiento de la droga.

Un chico rubio gansteril nos mira desde una esquina. Lo veo también en el espejo, donde suceden realmente las cosas. Sus ojos son dos cuencas negras y ciegas. Es fuerte, un europeo genuino, veinteañero, entre formidable e imbécil. Alguien que ahora, si tuviera que matar, mataría, y que luego se pondría a lloriquear por los rincones. Morir a manos de un cobarde es lo que vuelve estúpida tu muerte, pero la cobardía no es en realidad un rasgo del carácter de nadie, es otro estado del ánimo, como el valor. Lo que vuelve estúpida tu muerte, entonces, es que solo se necesita un momento para llevarla a cabo, lo que dure la ira o el descontrol ajeno.

El instante actuando sobre tu eternidad.

Hay un continuo que no sale nunca del estado de desprotección salvaje, ya sea que transcurra en la emboscada de la coyuntura, o se despliegue sobre sí mismo, o acumule entuertos y sabiduría a través de los años, si es que los entuertos y los años no son la misma cosa.

Lo único que pido tantas veces, bien que lo saben los santos de la ansiedad, es respirar. Y se me concede. Meter adentro una bocanada de aire y luego soltarla para que entre otra. En el terreno de la idea, que es hoy la parte del bar Moog que empieza en el espejo, el coraje aísla y entumece.

Me voy al baño con el gramo de coca. Hay dos urinarios vacíos y una fila para la taza. ¿En las noches definitorias quién usa los baños para mear?

Echo unas virutas blancas en la tapa del tanque del agua, las corto con una tarjeta, preparo la línea con vehemencia y candor, la estiro y la encojo, la compacto, la adelgazo, trabajo sobre ella como si fuese un fuelle químico, música de acordeón. Muevo el polvo sin propósito alguno, armo un cono con un billete enroscado, el túnel entre mi nariz y la droga, el conducto espacio-tiempo que me va a llevar a otro sitio sin pedirme que salga de mí. Quisiera que mi madre me viese ahora, que me viese toda mi familia, o aquellos que luego van a usar este momento en mi contra. Y que lo usen, desde luego.

Cuando me gusta mucho una parte de una canción, pongo la canción en YouTube o en mi iPhone 4S, y antes de que llegue la parte que me gusta, vuelvo a correr la canción hacia atrás y no oigo la parte que me gusta, sino que me regodeo siempre en la espera, sabiendo que la parte que me gusta no ha llegado todavía, que está a punto de suceder, porque si bien es cierto que no se puede disfrutar algo que no sucedió, tampoco puede disfrutarse algo que ya ha sucedido, puesto que de todos los sentimientos que pueden tenerse a posteriori sobre las cosas ninguno predomina como la angustia.

La raya de coca solo existe para justificar el ritual de la preparación.

En el espejo del bar, sin embargo, yo no me he movido de mi sitio, y la bolsa con el gramo de coca la tiene todavía la persona que me acompaña, o puede que ya me la haya pasado y que yo la haya guardado en uno de los bolsillos de mi pantalón raído, pero en ningún caso ha sucedido mucho más que esto.

El chico rubio gansteril está encima de nosotros, exige parte de la merca. Yo no quiero dársela, no puedo. Dice que le prometí que esnifaríamos juntos. Va a maltratarme. Me siento como una mujer. Es algo que él no puede ver detrás de mi fachada masculina.

Tampoco puedo defenderme. Estoy en el baño, incumpliendo promesas, esnifando solo o haciendo como que esnifo, retrocediendo la canción una y otra vez antes de que llegue la parte que me gusta.

El rubio me toma por el cuello en el espejo. Es el momento definitorio y sé que puedo hacer con esto lo que sea. Puedo elegir pensar que es un hecho grave o un hecho corriente. Puedo elegir recordarlo o no, sublimarlo o no. El coraje de la acción o el coraje de la idea.

Hay que jalar más duro de lo que se respira para que salga disparada la bala blanca de la línea de coca y en la tapa del cráneo se incruste como una estrella ardiente.