La tierra revuelta humea con el aire frío

Calle en Siberia.

Por Gilberto Padilla Cárdenas

UNO

Alekséi Feodósievich Vangengheim, jefe del Servicio Hidrometeorológico de la URRS, ha comprado localidades para la representación vespertina de Sadkó. Sin comentarios. Ha quedado con su mujer en que se encontrarían bajo la columnata, a la entrada del Bolshói. Ella lo espera en vano, hace mucho que los últimos espectadores entraron. El timbre suena. Él no llega. No llegará. A esa hora se encuentra no lejos del teatro, a apenas unos centenares de metros, pero separado de ella, sin embargo, por una distancia inmensa, en un mundo mucho más tenebroso que una ópera de Rimski-Kórsakov: la cárcel de asilamiento interior de Lubianka, sede de la GPU (acrónimo de Dirección Política del Estado).

Esta es la historia de un miembro del Partido, de un hombre que se sentó en un sinfín de comités y subcomités, presídiums y consejos científicos, que conoció a Gorki y a Krupskaia —la viuda de Lenin—, y que en la Gran Enciclopedia Soviética, figura justo por delante de Van Gogh. La historia de un sujeto que mientras los rusos acababan de comerse los gatos, los perros y los insectos, de roer la osamenta de los animales muertos, chupar hierbas, raíces y cueros —llegan a comerse a los muertos e incluso los ayudan a morir—, hacía pronósticos meteorológicos. O mejor: esta es la historia de un hombre acusado de sabotear la lucha soviética contra la sequía adulterando el clima.

Derribar el comunismo pronosticando falsas lluvias. Pero esa no es la razón por la que va a morir en un campo de trabajo estalinista. ¿O sí?

DOS

La Comisión Gubernamental para la Conservación del Cuerpo de Lenin examina la momia de Vladímir Ilich, refrigerada en el interior del mausoleo de la Plaza Roja. Los inspectores quedan extraordinariamente satisfechos: Lenin está fresco como una lechuga, lo que constituye —subrayan— “un logro científico de importancia mundial, sin precedentes en la Historia”. Los faraones no estaban presentables precisamente.

La Comisión solicita a los profesores Vorobio y Zbarski, encargados de ese excepcional avance de la ciencia soviética, redactar un informe detallado de su método a fin de que se pueda repetir la operación en el futuro. ¿En quién pensaban?

TRES

El 27 de marzo de 1934, el Consejo de la GPU —tras examinar el expediente No 3039, conforme a los párrafos seis (espionaje) y siete (sabotaje económico) del artículo 58.7—, resuelve condenar a Alekséi Feodósievich Vangengheim a 10 años de “reeducación por el trabajo en un campo de régimen especial”.

“Si no consigo […] la revisión de mi expediente”, escribe en una de las 168 cartas enviadas a su mujer desde las islas Solovkí, “deberías poner a Elia tu apellido […] De lo contrario, tendrá problemas al entrar en el parvulario y en los establecimientos escolares”. Su hija Eleonora tenía cuatro años en el momento de su detención (su madre le ha hecho creer que su padre ha partido para un largo viaje de exploración en el Gran Norte). En otra carta pone: “Sigo sin tener respuesta de Kalinin ni de Stalin ni de la Comisión de Control del Comité Central. No sé qué pensar. No puedo creer que a nadie le interese la verdad. Respeto lo bastante al Partido y al poder soviético para abrigar la esperanza de que tarde o temprano la verdad triunfará, esa creencia me sostiene mucho”.

CUATRO

Un buen día desaparece. Incluso, su nombre como editor de las traducciones del meteorólogo sueco Bergeron es borrado. Alguien lo ve embarcarse en un buque. Y después silencio. No más cartas. Su mujer, en mayo de 1939, envía una súplica a la Fiscalía de la URSS: “Todas mis preguntas han quedado sin respuesta. Le ruego encarecidamente que me haga saber dónde se encuentra mi marido actualmente”. Acaban respondiéndole que Alekséi Feodósievich está vivo, que en 1937 han vuelto a examinar su expediente y lo han condenado de nuevo a “diez años sin derecho a correspondencia” y lo han trasladado a un campo alejado cuyo nombre no pueden comunicarle.

CINCO

Cuando uno lee El meteorólogo (Libros del Asteroide, 2017), el libro de Olivier Rolin que hará que te olvides de Alexandr Solzhenitsyn (Archipiélago Gulag), Anne Applebaum (Gulag) y Chil Rajchman (Treblinka) por un rato, queda claro que la URSS era un escenario de Shakespeare: los que un día interrogan serán interrogados, a su vez, y en un día no demasiado lejano fusilados. Una mirada sobre los implicados en el proceso contra Vangengheim, basta para tener una idea clara de cómo resolvían las cosas por allá: Yágoda, jefe de la GPU, fusilado, como Prokófiev, su adjunto, que firmó la orden de detención de Vangengheim; fusilados Apresián y Shanin, los dos interrogadores de Vangengheim en la Lubianka; fusilados dos de los tres miembros de la troika especial de Leningrado en 1937. Esa autodestrucción de los verdugos muestra la locura de aquella época.

SEIS

El enorme edificio de la Lubianka era la sede de la policía política, y era también una cárcel y, por último, un lugar de ejecuciones: en ella se hacía todo el trabajo, desde la “instrucción” hasta la ejecución de la sentencia. Eso ocurría en los sótanos. El condenado, vestido solo con ropa interior (la muerte no bastaba; era necesaria, además, la humillación), era conducido a un lugar cuyo suelo estaba cubierto de una tela alquitranada y allí le disparaban una bala en la nuca, en general con un revólver 7,62 Nagant de cañón corto. Después se baldeaba la tela; en todos los pisos de la Lubianka se procuraba al máximo mantener la limpieza. ¿Cuántas personas han sido asesinadas en los sótanos de ese enorme edificio? Esa aritmética, ese estupor del que hablo, no parece sentirse ya en Moscú. Los transeúntes, numerosos en la plaza, no prestan atención al infame monumento. La única lápida en la pared señala que, de 1967 a 1982, Yuri Andrópov dirigió allí la KGB. Nada más. En torno a la Lubianka, se encuentran los almacenes de lujo de la nueva Rusia, las perfumerías, las joyerías, los Gucci, los Ferrari, el ecosistema de la pacotilla.

SIETE

Unos años después de la muerte de Stalin, el 29 de abril de 1956, el juez militar Y. Varskói, adjunto del fiscal general, dirige un recurso al Consejo Militar del Tribunal Supremo de la URSS. En él se dice que no se pueden confirmar las sentencias dictadas el 27 de marzo de 1934 contra Vangengheim por el consejo de la GPU (10 años de campo de concentración) y el 9 de octubre de 1937 por la troika especial de la región de Leningrado, y se deben anular. No se pueden mantener, en vista de que los testigos supervivientes se han retractado posteriormente, los testimonios reunidos contra Vangengheim —según argumenta el juez militar— que determinaban la existencia de una supuesta organización contrarrevolucionaria de sabotaje de la que él habría sido el jefe. Al parecer, algunos testimonios habían sido obtenidos mediante la violencia. Las comprobaciones hechas en los archivos del Ministerio del Interior de la URSS y del KGB no han revelado elemento alguno relativo a una supuesta actividad de espionaje; al contrario, han confirmado que, antes de 1917, el acusado había sido reprimido por su participación en el movimiento revolucionario. En consecuencia, el adjunto del fiscal general pide que se “anule la decisión de la GPU del 27 de marzo de 1934 y de la troika especial del 9 de octubre de 1937 y se anule la instrucción”.

OCHO

Cárcel de aislamiento de Medvezhiegorsk. Cuántos son en la celda es algo que no sé. Se oye su nombre. Los guardias lo conducen a una barraca en la que comprueban su identidad: apellido Vangengheim, nombre de pila Alekséi, patronímico Feodósievich, nacido el 23 de octubre de 1881 en Krapivno, gobernación de Chernigov, República Socialista Soviética de Ucrania.

¿Cuántas veces ha respondido a ese cuestionario desde que lo encarcelaron en Lubianka? Le mandan a desnudarse: es para un examen médico. Lo llevan a empujones hasta otra barraca y allí unos sujetos le agarran los brazos, se los ponen a la espalda, le atan las muñecas, lo arrojan al suelo y le traban las piernas. Si aún abrigaba dudas (cosa poco probable) sobre la suerte que le esperaba, en aquel instante sabe que el Partido en el que tenía puesta su confianza iba a borrarlo como a un estreptococo… a él y a todos los demás.

Le quitan el anillo de casado. Tal vez intente resistirse y entonces lo golpeen, con una maza llamada kolotushka (sí, tenía nombre). Lo arrastran hasta una sala en la que ya están tendidos otros cuerpos atados, algunos de ellos ensangrentados, lingotes de carne humana. “El hombre es el capital más precioso”, ha escrito el camarada Stalin.

Cuando se alcanza la cifra, unos cincuenta, los arrojan a los volquetes de dos camiones. Los guardias los acomodan a patadas, extienden sobre ellos una lona, se sientan encima y los camiones arrancan. Cuerpos desnudos, pegados unos contra otros, trabados, pisoteados, sangrantes: no es una convivencia a lo Friends.

NUEVE

Es 19 de abril de 1956. Hace dos meses que Jruschov ha pronunciado, ante el XX Congreso reunido a puerta cerrada, su famoso “informe secreto” en el que se denuncia el “culto a la personalidad” y los crímenes de Stalin. Varvara se entera por fin de que su marido, detenido 22 años antes y del que no ha tenido noticia desde hace 19 años, no ha sido condenado en 1937 a “10 años suplementarios de campo de concentración sin derecho a correspondencia”, como le han dicho, sino a muerte.

Ese día de abril es el primero en que ella no va a esperar su regreso. Las pertenencias de él que conserva en su casa, en Dokúchayev pereúlok, número 7, con las que ha cargado después hasta Magnitigorsk y luego vuelto a trasladar a Moscú, cuando la amenaza alemana se ha alejado de la capital, ya no servirán nunca más para nada. Vangengheim lleva más de una década muerto, sin que ella lo supiera, en un lugar que ignora e ignorará siempre: el Estado soviético tiene la magnanimidad de reconocer sus errores, de anular post mórtem una ejecución capital, pero no la de revelar los lugares de sus crímenes. Ella se entera a un tiempo de que ha sido condenado a muerte y de que es oficialmente inocente. De pinga.

Y para que la siniestra comedia esté completa, un año después, el 26 de abril de 1957, el Registro Civil del barrio de Kúibishev de Leningrado entrega a Varvara un “certificado de defunción”, en el que está escrito que Alekséi Feodósievich Vangengheim ha fallecido el 17 de agosto de 1942 de una peritonitis. Las menciones “lugar de defunción”, “ciudad, barrio”, “región, república” están ocupadas tan solo por un trazo de tinta violeta. Así pues, resulta que el detenido Vangengheim, que, al final del mes de octubre de 1937, ha embarcado, junto con otros 1115, para Kemm y después con destino desconocido, se encuentra provisto entonces, 20 años después, además de inocencia recentísima, de dos muertes en dos fechas diferentes y en dos lugares igualmente desconocidos.

DIEZ

En 1989 una excavadora desenterró por casualidad un montón de huesos humanos. Conviene saber (yo lo he aprendido por Vasili Grossman en Todo fluye) que la descomposición de los cuerpos provoca un hundimiento del suelo de entre 10 y 30 centímetros, ese es uno de los indicios que permite localizar una fosa común antigua.

“Volvimos”, escribe Olivier Rolin hacia el final de El meteorólogo, “y, una hora y media después, tuve en mis manos el primer cráneo con un agujero en la nuca”. A lo lejos, la tierra revuelta humea con el aire frío.