Lector@s

El altruismo suele ser una rareza literaria. Muy pocos autores pueden —y han podido— presumir de lectores generosos. Tan generosos, como aquellos que han sido capaces de copiar todo un libro, solo por entender mejor a quien lo ha escrito. O esos otros, que han memorizado decenas de páginas, con el único fin de salvar de su olvido, sus textos más queridos.

No es frecuente que un lector decida entregarse a un autor. Los hay, sin dudas, si no, de dónde salía la legión de seguidores que abarrotaba las lecturas de Leopoldo María Panero. Una legión capaz de tomar, por ejemplo, la ciudad de Pamplona siguiendo los rastros de su poeta. Y que hizo temer a Roberto Bolaño no solo por Panero (al que parecía que cualquiera de ellos podía matar de un balazo solo por decir después: «Yo maté a Leopoldo María Panero»), sino además por Jesús Ferrero —quien organizaba las jornadas— y por él mismo.

Luego, en la literatura cubana, estos actos de devoción hacia los autores no suelen darse con frecuencia. Sus lectores parecen gente más bien comedida, personas capaces de medir con total exactitud el tamaño de sus afectos. Aunque por supuesto, como en todas partes, también en la nuestra, existen ciertas devociones.

Quizás, la más marcada y reciente, es la que ha despertado entre sus lectoras, el libro De sexo (Hypermedia, 2017) de Juan Abreu. Todo empezó con el halago de una lectora. Gesto, que el escritor agradeció públicamente en su blog. Como correspondía. Días después comenzaron a llegar nuevas fotos. No se trataba ya de una lectora, sino de otras, decidas a reconocer, no solo la importancia de un libro en su vida, sino además, el lugar de su autor en ellas.

Ya lo decía, el altruismo suele ser una rareza literaria. Pero existe:

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