Manuel Sosa escribe en sánscrito

Por Michael H. Miranda

La condición natural de un poeta es el exilio, ese vacío que no se examina, ese silencio que no puede rodearse. Para quiénes escribe el poeta exiliado es apenas lo que sabemos: para nadie más que sí mismo. Lo nuestro es part time poetry, he aquí nuestra misión sobre la tierra: dar forma al valle de lágrimas que nos devora.

¿No nos toca insistir demasiado sobre lo mismo? A propósito de otro poeta desterrado, Lorenzo García Vega nos dejó la metáfora del exilio como un deslizamiento “por un paisaje que no es el suyo, y que nunca será el suyo”. Al intentar pensarlo realmente queremos decir, otra vez García Vega: “ningún peso conceptual, ningún discurso lineal, ninguna religiosidad formal”. Todo es un delirio último, una ínfima parte de un todo que nos (re)crea.

Solo a partir de una revelación personal seremos capaces de conocer. Una actitud contemplativa tendría por fuerza que “producir” un discurso poético que disienta de la experiencia y se traslade a un territorio de extracciones, de figuras elegidas desde ficciones ajenas. 

Entonces, la poesía no puede ser meditación sobre la vida, la muerte o la experiencia, sino tan solo el relato de una opacidad y la memoria de una supervivencia. La poesía es ante todo ideología en fuga, un cuerpo de ideas que renuncia a buscar una mediación ante las cosas, a poner remedio al vacío donde sobrevive el transterrado.

De vez en cuando nos encontramos “en” un libro de poesía que despierta reflexiones en este sentido. Tomemos el caso de Sanskrit (Ediciones Exodus, 2017), de Manuel Sosa, un poeta que todavía abre y cierra sus libros con poemas de una gravedad discursiva que de súbito “plantan” el libro en un querer dialogar si no con la tradición por lo menos con aquellos textos que fijaron los modos de decir de una era menos abocada al desquiciamiento verbal y la recurrencia de las imágenes vacías.

Nos obligamos hoy a evocar ese rompimiento, 

la primera vez que faltamos a las instrucciones, 

incrédulos y faltos de linaje. 

Es así que se debe repasar 

todo lo que nos muestra el discipulado, 

figuras, marcas, borradores…

Un libro que inicia con un nosotros irónico llamado a desaparecer para mutar y dar paso a un tono imperativo con el que más a gusto se siente el autor, a juzgar por la reiteración de su uso. El poeta dice los poemas, los habla, este libro se escucha en la literalidad de una voz que sigue a la escritura, pues esta le es leal como solo podemos ser leal a lo que no puede ser desgajado o desprendido de un cuerpo.

En este libro hay poemas de música diversa. Asumo que han sido reunidos con toda intención para hacerlos dialogar y así podamos nosotros acceder a un variopinto conjunto de voces, experiencias y perspectivas disímiles que sobrepasan desde luego esa falsa noción de unicidad que con frecuencia algunos atribuyen a un poemario. Un libro es un fluir de multitudes y multiplicidades como expresión de la vida, pero también del archivo o de un cosmos de lecturas y referencias que pertenecen en exclusiva al autor de esas páginas.

Hay quien escribe acudiendo a otra linealidad, desbrozando. Sosa va en sentido contrario: acumula capas de sentido. No es aire comprimido, sino aire que discurre. La complexión del poema en Sosa se localiza, en su prosodia y su respiración, más próxima a, digamos, un Joaquín Badajoz o Jesús Alberto Díaz Hernández (Tino), pero también en las antípodas de otros muchos desvíos de la escritura exiliada: las fracturas de José Kozer, el texto hilacha de Rolando Jorge, la “lógica azarosa y sorpresiva” que ha visto Kozer en Pablo de Cuba, tampoco va en la dirección de una discursividad desquiciada y lúdica como la de Javier Marimón.

Sin ser coloquial, hay trazas de coloquialismo en “Instinto residual” y “Letra del año”, pero sobre todo en “Esta carta que nunca le envié a Ángel Escobar”, tan deudor de “Y Fernández”. Sin ser neobarroco, hay hipersintaxis, pero sin necesidad de ser puesta en entredicho, como ocurriría en un Ashbery, sino como reafirmación de un membranoso cuerpo de ideas. ¿Puede ser que por ello un lector de Gerardo Deniz o José Morales Saravia desprecie lo que tiene Sosa para decirle? ¿Impedirá el ruido barroco apreciar qué puede tener de valioso aquello que se localiza en sus márgenes?

En este fragmento están resumidas las mutaciones del exiliado:

Tengo otra voz, y el mundo sopesa 

su fluidez, sonante como el préstamo

que tintinea sobre el tablado…

Es en este “momento” del libro donde verificamos los quiebres que impone el viaje sin retorno, la extrañeza ante un páramo ganado y cierta conmoción por los pa(i)sajes de una vida perdida. Esa conciencia del pasado que menciona Eliot en alguno de sus ensayos opera en Sosa en el sentido de una recuperación de sus espacios negados, mas no apelando a un vaivén de figuras antiquísimas o insólitas, caso Kozer y su “yegua baya”, su “español macarrónico”, su “cacharro”, su “cacho de pan”, sino a una armazón lingüística menos huraña, extraña. 

Mario Praz consideraba que había espejos melancólicos en Europa (la culpa, el destino, la infelicidad consustancial al ser humano) y que estos discurren en una naturaleza que nos humilla por su inalterabilidad. ¿Son esos también los nuestros cuando nada nos reintegra ya al cosmos de donde fuimos expulsados? 

Allí de donde viene el poeta, de aquellos territorios y aquel tiempo suyo, está su magma. El exilio apenas viene a quebrar sus asideros, qué podría aportarle. Sosa posee un registro engañosamente deudor de algún momento anterior, pero sus búsquedas nos dicen que va por más porque es poeta complejo, serio solo a la manera de quien propone el cuestionamiento de nuestra propia incapacidad, de la manera torpe en que leemos a nuestros contemporáneos.

Se afinca en ciertos derroteros que creíamos vencidos ya, los críticos siempre errando, en la poesía cubana, la hebra que no se tuerce porque en el fondo le interesa llegar al hueso de la idea, no más juegos de lenguaje (“La prisión del lenguaje es otra mudez / destinada a perderse en lo indefinible, en la renuncia / que vive a la sombra de la tradición”, escribe), volvamos a un “tiempo anterior al desgaste verbal, cuando un vocablo aún significaba algo y cada fonema respondía a una creencia”, como apuntaba Néstor Díaz de Villegas no hace mucho hablando de otro poeta.

Desde luego, está la huella de lo pequeño, las fuerzas más elementales que presenciamos y nos asisten, pero que aquí son el umbral, lo que franquea el paso, los orificios de entrada del aire: “la lumbre del patio”, un daguerrotipo, una verja y su escudo. No hay poeta más filosófico ahora mismo que quien esto escribe: 

Aceptar la orfandad, lanzar un puñado de tierra 

sobre el ataúd que espera 

y salir del cementerio de una vez. 

Se puede reseñar la tentativa, los simulacros, el plan B. 

Una destreza de tantas, indispensable para sostener 

el andamiaje de la proporción. 

Corresponder con silencios. La otra mejilla es el silencio.

¿No ha sido el exilio para muchos ilegibilidad, desaparición, muerte en vida, suicidio espiritual (si bien también físico para algunos, caso de Arenas, Rosales, Victoria…) para aspirar a un “progreso absoluto” a lo Novalis, un vivir de tal manera que el centro ya no es el mismo y no nos reconocemos en él?

Los dominios de esa opacidad son los que conducen a un vuelco en la expresión. Sus cartas de relación dejarían entrever que no estuvimos, que hubo siempre alguien más en el lugar nuestro:

No es esta la cartuja destinada a mi fatiga, 

por ser ya tarde y no merecerla: 

ni lecho ni copa, ni siquiera esa oportunidad 

que astutamente llaman Purgatorio.

Ante las puertas del Purgatorio, a un paso de los soberbios, clama Dante por la resurrección de la muerta poesía. Qué ocultos nexos y alegorías encuentra Sosa que no sean estos con los que cierra Dante su Canto primero: “Llegamos después a la playa desierta, que no vio nunca navegar por sus aguas a hombre alguno…”.

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De Manuel Sosa en editorial Hypermedia: Retrato de crítico con espejo roto (2018).