Las hienas del Capitolio

Por Michael H. Miranda

La escritura de estas líneas me toma en medio de la lectura de Días malditos, edición en español del diario que Iván Bunin llevó entre 1918 y 1919.

También por todos lados se encuentra uno con la idea de la conmemoración (para millones de personas sería repulsa) de los cien años de la irrupción del régimen bolchevique en Rusia.

Hay toda una biblioteca esperando para intentar explicar algo de todo esto, cómo nació y se gestó el terror comunista, en gran medida, en base a la articulación de una policía política de proporciones gigantescas en las sociedades modernas que tuvieron la desdicha de padecer regímenes de corte estalinista. Solo se necesita que reaparezca el interés por asomarse a esos (nunca) demasiados libros, sobre todo en tiempos en los que abundan, de nueva cuenta, la desconfianza y las críticas en torno al modelo capitalista y, por extensión, a la democracia como forma de gobierno.

Escribe Bunin, primero con ironía, casi con rabia luego:

¡Qué fantásticos cambios han tenido lugar desde entonces! El puerto, vacío y muerto. La ciudad, muerta y cubierta de lodo… Nuestros hijos y nietos no serán capaces de imaginar la Rusia en que nosotros alguna vez (ayer mismo) vivimos, una Rusia que no valoramos lo suficiente y a la que no comprendíamos: ni todo su poder, su complejidad, su riqueza, su felicidad…

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La primera escena podría ser en Ceuto y años ochenta.

Todo era absolutamente lógico, coherente, dadas las circunstancias.

Sentados una vez en un banco en Ceuto, al lado de la carretera que partía en dos el centro del pueblo. Paró un jeep militar a unos metros de nosotros. Alguien, un tipo joven, se bajó por la puerta trasera y se abalanzó sobre nosotros, nos desafió, nos increpó, porque pensó que nos reíamos de ellos. Una situación muy ridícula, la más absurda en mucho tiempo. ¿Una apuesta? Todos ellos borrachos, probablemente.

Fue la primera vez que vi el rostro violento de un poder paralelo, pero que en realidad es el rostro mismo del poder.

Ninguno de nosotros pasaba de los quince años municipales. No se me ocurre que hubiéramos podido responder a aquella violencia con nada. Debimos haber esbozado una torpe excusa, un “ustedes están locos”, nos quedamos tiesos, fríos. Se montó en su jeep y se largaron, probablemente riéndose del susto que nos dieron.

La escena, vista a distancia, contenía una violencia en sordina.

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La segunda ocurre a finales de los noventas o principios de los dos mil.

Ya me había graduado de Periodismo. Trabajaba en una editorial de provincia que publicaba libros de poesía, cuentos, ensayo, lo que fuera. Colaboraba con la radio en programas de música y libros. He aquí que organizamos un festival de rock por la Asociación Hermanos Saíz. Uno de los grupos invitados era la banda Porno para Ricardo.

Suena el teléfono de la oficina. Un tal coronel Cuenca, de la Seguridad, quería sostener un encuentro conmigo. ¿Tenía algún sentido preguntar por el motivo de aquel encuentro? El motivo nunca es revelado antes de estar encerrado entre las cuatro paredes de una fría oficina del director de una empresa en el centro de la ciudad de Holguín.

Frente a mí, un oficial de la Seguridad, un tipo que sonríe todo el tiempo e intenta no parecer lo que es, no representar lo que representa. El objetivo del encuentro, a fin de cuentas, es una solicitud de colaboración. Colaborar con la Seguridad del Estado.

Qué mayor/mejor muestra de lealtad a la sociedad que cooperar con ellos, Michel.

Los funcionarios siempre dijeron Michel, la “a” se la volaban, yo no me permití corregirlos.

Me niego a colaborar y me hacen firmar un papel donde más o menos recuerdo que digo eso, que preferiría no hacerlo. Sí, como Bartleby, pero yo no iba a mencionar ese nombre.

Al poco tiempo, nueva llamada telefónica, nueva solicitud de encuentro. Esta vez en la oficina de la directora de la biblioteca provincial. Me espera la jefa de todos los agentes, la coronela Dania, joven de hielo, pero más como el hielo blanco de las pescaderías. La conocía de mis años en la Vocacional de Holguín. La acompañan dos agentes más.

Era como una escena de hospital: un equipo de clínicos se alistan a tomar la decisión final que acorte o alargue la vida del otro. Pero no se trata de eso: era el poder y sus anillos de terror frente a mí.

Lo que hacen en concreto es retomar la propuesta de colaboración. Digo que no me interesa colaborar con ellos. La coronela dice que esa frase, “no me interesa”, suena a negocio, a idioma que ellos no comprenden, que ellos me proponen otra cosa.

Aquí es cuando Chagall le contesta a Lunacharski: “que Marx, si es tan sabio, resucite y se lo explique”.

Un estado de shock absoluto. Las palabras se tragan su propio sentido, me tragan, pero adquieren entonces cierta lógica que no podemos evaluar sin sufrir pulsiones cercanas al deseo inmediato de escapar, de borrarse, volar de allí.

Salgo de aquel lugar, lo diría Bunin, “como si acabaras de contraer una enfermedad grave”, preguntándome con cuántos habrán hecho lo mismo, cuántos habrán accedido a colaborar y de qué se trata en realidad, en términos prácticos, esa colaboración, qué esperaban de mí. Y con la entera certeza de que hice lo correcto al no intentar ningún tipo de debate o diálogo con quienes se muestran resistentes a toda crítica, impermeables a toda muerte.

No sé si fui otro después de aquella reunión. Mi particular caverna de los horrores. Es probable que no.

Era como si la ciudad, igual que aquella Cartago de Cayo Graco, se hubiera ido llenando de un tipo de animal no necesariamente extraño, pero que no eran perros, los perros del Capitolio, sino hienas.

Sí sé que mi familia esperaba una salida por reunificación familiar desde 1995 que demoró doce años. En ese intervalo, mi hermano se fue en una balsa, mi padre enfermó de los riñones para vivir conectado a una máquina de hemodiálisis, me casé, nació mi hija y publiqué tres libros de poesía.

Ya yo estaba marcado por algunas lecturas tempranas. No tantas como hubiera deseado, pues no es mucho lo que se podía conseguir en el oriente de Cuba, pero sí algunas. Una de ellas era el libro de Stephen Koch, El fin de la inocencia.

Era aterrador corroborar hasta dónde penetró en las mentes más libres un modo de pensar que los conducía a una autoaniquilación, a una mazmorra que ellos mismos ayudarían a construir: París, Hollywood, Nueva York, las élites artísticas londinenses en la figura de aquel crítico especialista en Poussin…

Qué sucede entonces cuando el escritor decide, no solo colaborar, sino asumir el papel del agente mismo.

De esos años recuerdo a Rolando B., un escritor y promotor cultural que vivía en un antiguo batey azucarero a media hora de la ciudad.

Rolando B. confesó que él sí colaboraba con ellos porque en el fondo eran gente de buena fe a la que había que ayudar para que no juzgaran mal a los artistas.

Hacía un esfuerzo tremendo Rolando B. por mostrar “el alma cristalina” —de nuevo Bunin— del captor, pero sin conseguir salirse de un esquema binario avant la lettre, y mostrar que el policía bueno no tiene por qué ser en el fondo y en lo esencial un ente malo. Hey, que podemos ser amigos.

Como parte de toda aquella “lógica de la castración” de la vida en Cuba, asumo que creía que la “cultura” —el mayor, el más elevado de los conceptos operativos del castrismo, hasta en su nivel subconsciente— debía entenderse como lo intocado/intocable de todo el proceso y que más valía cooperar para mantener alejados a los perros del Emperador.

Todo un galimatías, siempre a favor de un estatus cuyo magnum opus contemporáneo no serían los discursos del Comandante, sino una película, acaso ese bodrio mayúsculo, paduriano, tan sintomático, llamado Regreso a Ítaca.

Fue en el verano de 1917, en el mismo instante en que surgió entre nosotros, siguiendo la moda europea, la figura del “ministro de Correos y Telégrafos”. Fue por aquel entonces que surgió también el “ministro del Trabajo” y ahí mismo toda Rusia dejó de trabajar. También el demonio de la ira cainita, así como la arbitrariedad y la ferocidad más salvajes se enseñorearon de Rusia en los mismos días en que se ensalzaba la instauración de los principios de fraternidad, igualdad y libertad.

Supongo que en algún punto del trayecto, el reclutador se cansará de su labor de seducción y activará la fase combativa contra un nuevo elemento que se ha pasado al enemigo. Pura biopolítica, cuando el asunto de la posesión de un alma o un cuerpo culmina, toca ahora su erradicación.

Fue más o menos lo que vino a suceder conmigo, una vez que fui radicalizando mi oposición al gobierno y colaborando más abiertamente con revistas del exilio, como Encuentro y su magacín digital Encuentro en la Red, así como por el proyecto de publicación independiente Bifronte, que realicé junto con el poeta Luis Felipe Rojas.

Como consecuencia de ello, debí solicitar la salida de mi trabajo como editor en el Centro del Libro y fui vetado de todo tipo de colaboración con los medios de prensa, sobre todo la radio, que significaba un buen ingreso extra para la sobrevivencia diaria en la Isla.

Luego se activó el dispositivo adicional, el que jamás falta ni falla, la terrible EMFaCa, que en el idioma de lectura de Cabrera Infante se traduce como “Eficaz Máquina de Fabricar Calumnias”: hubo intento de asesinato de reputación, en forma de rumor barrial sobre sistemáticas infidelidades de mi pareja y violencia doméstica.

Es profusa la cantidad de bibliografía que ha ido apareciendo sobre la KGB, la Stasi y otros cuerpos represivos y de control policial en los antiguos países comunistas. En los libros de Alexander Solzhenitsin, Vasili Grossman, Varlam Shalámov, Víctor Serge, Milan Kundera, Evgenia Ginzburg, Nadiezhda Mandelstam, Joseph Brodsky, Danilo Kiš, Nina Berberova e Iván Klíma, entre muchos otros; en Terror y utopía de Karl Schlögel, en Esclavos de la libertad de Vitali Shentalinski, y películas como La vida de los otros, aparecen los agentes a distintos niveles.

¿Cómo se puede contar/problematizar una historia sin los agentes? Ya en el Bunin que en 1918 escribe un diario a la luz de un candil, está el agente de la policía secreta. Cien años después de la revolución de los sóviets, seguimos extrañando la presencia de ese mismo agente u oficial de la seguridad en las obras cubanas, en libro, película o teatro.

Tomemos por ejemplo la serie Cuatro estaciones en La Habana, basada en las novelas de Leonardo Padura —un autor bastante modélico para explicar los comportamientos del intelectual/escritor bajo una dictadura—. Los personajes se comportan siempre refractarios a una represión sistémica que para el autor no existe porque es la articulación de las malas prácticas de un burócrata o un mezquino funcionario. Para colmo, su personaje fetiche es menos policía que detective descolgado del esquema represivo, que se emborracha, se enamora, quiere ser escritor, admira a Salinger y tiene un amigo que le dice que se largue de todo aquello.

Los personajes de Padura son siempre gente que fracasó porque tenía que fracasar y que se lanza sus frustraciones a la cara como perreta de niño sin juguete.

En aquellas otras novelas policiales cubanas, las de los setenta, el policía cumplía el rol de guardián de las conquistas revolucionarias, asumía misiones de riesgo dentro y fuera del país, y seguía un esquema de ciudadano bastante próximo al modelo del hombre que aquella sociedad quería forjar.

Los golpes de realidad que trajeron los contextos futuros barrieron con producción tan esmerada de entelequias, pero terminaron sirviendo en bandeja la desaparición del policía y el nacimiento del nuevo escritor domesticado, que no se mete en política, que reclama un premio por su buen comportamiento, que no denuncia la censura, que todavía cree que se puede reformar una sociedad regida por los mismos que la destruyeron.

¡Qué semejantes son todas estas revoluciones! También la Revolución francesa se ocupó de crear toda una plétora de órganos administrativos, derramó toda una catarata de decretos y circulares; creció el número de comisarios —siempre los mismos comisarios, vaya usted a saber por qué—; y en general, proliferó el número de todo tipo de autoridades, comités, uniones y partidos, crecidos como las setas, y, entretanto, todos se “devoraban entre sí”; además, crearon una nueva jerga, “en buena parte consistente en exclamaciones grandilocuentes mezcladas con los más barriobajeros insultos dedicados a los sucios vestigios de la derrotada tiranía…”. Y todo eso se repite una y otra vez, puesto que entre los rasgos distintivos de las revoluciones están la sed de juego, la hipocresía, el gusto por las poses y la farsa. El mono que hay en cada hombre se despierta y asoma la cabeza.

Irme de Cuba significó para mí no solo evitar la cárcel, evadir la represión o la violencia asordinada de quien se baja de un jeep militar para obligarnos a subir a él, aspirar a una vida menos indigna para mí y mi familia, sino también la elección de no admitir más transacciones con el poder dictatorial, no ser Dania ni Cuenca, pero tampoco adoptar el modelo de intelectual que encarnan Rolando B. o Leonardo Padura.

Es muy probable que, en el terreno de la cultura, terminemos acogiendo a nuestro pesar el término “padurización” como etiqueta para los años finales del castrismo, esto es, la asimilación de un status quo donde prevalece la refracción de todo lo que un régimen ha tenido de represivo, totalitario y antidemocrático; la negación de esa faz convertida en antifaz.

Así, el intento de normalización de Barack Obama encajaría a la perfección con esa posición del intelectual/escritor acomodado —el “ketman profesional” que describe Miłosz— que desde adentro clama por una reforma muy maquillada para esconder toda la vergüenza cómplice bajo el lema de “aquí no ha pasado nada”.

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© Este texto forma parte del libro El compañero que me atiende (Hypermedia, 2017).