Notas de un mal voyeur (II)

Por Michael H. Miranda

Benjamin en su Diario de Moscú reivindica la necesidad de vivir en un lugar para llegar a conocerlo. “Un lugar no se conoce hasta no haberlo vivido en el mayor número posible de dimensiones. Para poseer un sitio hay que haber entrado en él desde los cuatro puntos cardinales, e incluso haberlo abandonado en esas mismas direcciones”. 

Para él, una ciudad solo es vulnerable por medio de la lectura, París es “una gran biblioteca atravesada por el Sena”. Benjamin, que coleccionaba libros para niños, nos ha dejado su examen del coleccionismo en “Desembalo mi biblioteca”, pero casi cien años después, cuánto ha mutado la idea de coleccionar, en qué difieren hoy el lector y el coleccionista si el acto mismo de leer, su pasión caótica, su ansiedad por un orden, se desvincula de la idea de totalidad. Me cuesta reconciliarme con la idea del coleccionismo bibliófilo. El coleccionista y el lector, a la vez que consumen, difieren en operatorias, si uno trasiega, el otro acumula, pero por razones que no siempre corren juntas.

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Mi teléfono tiene en las notas dos tipos de corrección. Uno aparece justo encima de la palabra incorrecta, diminutas letras blancas con fondo negro. El otro debajo, encima del teclado, fondo gris. 

El de abajo es demasiado obvio, todo coherencia con su misión de corrección, ninguna palabra se sale de tono, no hay lo que conocemos por malas palabras. El de arriba es mucho más arriesgado. Palabras que tecleo con errores que la deforman tanto hasta hacerla irreconocible, encuentran sustituto correcto encima, en un pequeño recuadro negro. 

El de abajo se muestra indiferente o se hace apenas el poco informado.

Unas palabras que abajo no aparecen: cadáver, narco, sexual, prisión, república.

En inglés sí aparecen.

Aparece contrapié, que uso muy poco.

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Collectorz es la mejor herramienta hasta ahora para una catalogación digital de la biblioteca privada. Fueron más de dos largos meses de trabajo. Primer corte: dos mil cien volúmenes.

Vuelvo a manosear viejas ediciones que traje de Cuba. Una de ellas es la traducción de Wilcock de las Cartas de Milena en una edición de bolsillo de Alianza que debo manipular con cuidado pues las hojas se desprenden. Pero así y todo, con mis marcas y el amarillo de sus páginas, ha sobrevivido a mudanzas y aeropuertos, me sigue a todas partes. 

Es el tipo de libro que llamó tanto la atención de aquel oficial de Aduanas que en la Cuba de 2008 me hizo la misma pregunta de un iletrado: ¿Y para qué tantos libros? Y la respuesta, si había que dar alguna, es que esos eran mis libros, los de mi primera biblioteca. Y los libros de mi padre, que no eran tantos, pero fueron mi botín de guerra, los primeros sobre los que respiré. 

“Uno es aquello que mira”, dice Brodsky por no decir que uno es aquello que lee y que nos sigue o nos acompaña, y eso en mi caso son aquellos viejos libros para los que quizás no pueda ya encontrar reemplazo.

Qué voy a hacer cuando todos estos libros no me sean más una compañía, no me sean “necesarios” y todo me luzca perecedero y trivial. 

Dónde encontrar sentido, cómo eludir la vida grosera.

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Pausón, aquel pintor pobre del que decía Aristófanes que prefería ayunar antes que no pintar, sería mi modelo. Antes de desayunar, ya estamos recorriendo los estantes de una librería.

En el stand del Fondo de Cultura lo primero que veo es Acción y reacción, de Jean Starobinski, colección Breviarios. A su lado, Montaigne a caballo, de Lacouture; la Historia de la locura en la época clásica, de Foucault, en dos tomos, y La intuición del instante, de Bachelard. También Arte y poesía, de Heidegger, y el Heidegger de Steiner.

Estos libros, que pertenecen al canon de formación intelectual de generaciones, los hemos conocido por estas ediciones minúsculas que no siempre han sido valoradas desde su aparición en los años 60, y sin embargo deberíamos agradecer el tamaño de una empresa editorial que dejó a la zaga a los mayores de la lengua en Latinoamérica. 

Me refiero desde luego al Fondo, pero también a Porrúa, libros a veces lejos de ser hermosos a la vista y al tacto, pero que alcanzaron una dimensión acorde con la ambición totalizadora de sus realizadores. 

Cuando alguien quiera engañarnos con la gesta de cierta revolución caribeña, recuérdese lo que en el mundillo editorial se hizo en México sin tanta interesada alharaca, y hónrese.

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El espacio de la lectura sigue siendo tan reducido como aquel cuarto pequeño de la casa de madera donde un niño de diez años lee a Homero en ediciones populares. No ha podido escapar de ese encierro lector. 

Aunque cargaba sus menudas ediciones de bolsillo adonde quiera que iba, a veces sin tener la oportunidad de abrirlas, la lectura ocurría adentro, en la soledad de la vida, en una habitación o un asiento de tren u ómnibus. 

El joven estudiante universitario recuerda que tras bajarse de un camión, la mochila llena de libros, se puso a leer en un descampado mientras esperaba otro vehículo que lo llevara a su ciudad. Sobre una piedra sentado, lee. 

Pero levanta la vista y mira en derredor. A lo lejos, vio una joven desnuda que le hacía señas. ¿Es a él, hay alguien más? El joven lector no entiende muy bien qué sucede. Al lado de la joven comienzan unos arbustos y detrás de éstos hay dos hombres. La joven es una carnada, pero una carnada para qué. ¿Un robo que conduce probablemente a un asesinato? ¿Qué libro estaba leyendo? ¿Qué relación guarda la escena con el acto de leer en público?

El joven lector se une al gentío que, como él, espera por algún vehículo que los saque de allí. El vehículo, otro camión, llega y se larga. El polvo cubre todo.

La lectura en público puede conducir a territorios de control difícil. Que toda lectura pertenece a un lugar muy íntimo, a salvo de agresiones. 

Por eso también ama el espacio de intimidad de una biblioteca personal. Una variación del lector Kafka, que no desea ser interrumpido, pero que a la vez aspira inútilmente a la condición Borges, el de la sensación de incompletitud y totalidad.

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En la televisión del hotel en Guadalajara pasan un documental sobre la visita de las Kardashians a La Habana. Está doblado al español y es todavía más insólito lo que vemos debido al doblaje, que le confiere una extrañeza mayor al esperpento que presenciamos de celebridades respondiendo a una moda, la de subirse a un descapotable años cincuentas color rosa, sacarse fotos, tomar videos y largarse de vuelta en su avión privado. 

Es la “normalidad” de la normalización de relaciones, aquel intento obamista de pasearse bajo la lluvia por una Habana Vieja distinta de la otra, la ruinosa.

El establishment light de la televisión norteamericana cruzó el estrecho de la Florida solo para refrendar las “buenas intenciones” del presidente estrella de los medios cuando decidió en secreto tenderle una mano a los ancianos generales cubanos. 

No hay ninguna diferencia entre el viaje de un político y el de una estrella de un reality show, queda claro. Pero para esas buenas conciencias que apoyaron el gesto de mano tendida de la anterior administración, qué queda ahora tras corroborar (como si hiciera falta) una vez más la naturaleza de ese enquistado régimen.

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Leer es ya otra cosa porque leemos conectados, a saltos, interrumpiendo la compañía del texto con intervenciones de distinta índole. 

Leyendo el enjundioso prólogo de Luis Mario Schneider al libro de Artaud ya mencionado, corto otra vez la lectura para asomarme a un par de videos sobre esos tambores de madera, su forma, su sonoridad. 

Las biografías no nos dejan ya leer sin corroborar. Si un nombre aparece queremos conocer su rostro, si un cuadro es mencionado lo buscamos. Si una plaza, catedral, bulevar o café, vamos a los mapas y a las fotos.

La biografía de Proust de George Painter se detiene en los baños de Deligny en París, adonde la madre llevaba al niño Marcel, quien se imagina frente a un mar subterráneo, ante “la entrada de los mares polares”. El apartamento de la calle de Rome en el que vivía Mallarmé y donde un día de 1897 le leyó Un golpe de dados a Valéry.

En ambos hemos estado sin abandonar la biblioteca.

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El que lee lidia con un canon, pero todo canon es privado. 

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En Barbarismos, Andrés Neuman nos deja saber que el verbo leer resemantizado quiere decir acción de viajar hasta donde uno se encuentra y acción y efecto de vivir dos veces. Una librería es un hogar de paso y un libro es soledad plural.

Sarcasmo aparte, a quién no atañe la forma no ya de entender la lectura como un viaje, que es idea trillada, sino de realizar cada viaje como si formara parte de una experiencia no ajena a lo literario. Leemos siempre desde una periferia y nuestra biografía lectora surge y se rehace con cada desplazamiento. 

El problema de la literatura es, como el del arte, un problema de traslados. El lector es quien carga libros y a quien le da pavor la sola idea de una maleta donde no viaje al menos un libro.

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Nuestra relación con el pasado nos define como lectores. 

Aquel diálogo extraído de una novela de Aldous Huxley que Giovanni Sartori reproduce en el pórtico de su Homo Videns sirve para dilucidar el desafío actual de leer: 

¿Por qué no darles a la gente libros sobre Dios? 

Por la misma razón por la que no le damos Otelo, son viejos, tratan sobre el Dios de hace cien años, no sobre el Dios de hoy. 

Pero Dios no cambia. 

Los hombres, sin embargo, sí.

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Adónde nos va a conducir en términos de lectura esta profusión de selfies convertida en nueva acedia. No es un problema de soportes, sino de nuestra relación con la lectura. 

Se necesita tiempo, cierto estado de ánimo, ciertas condiciones para leer, pero también voluntad o disposición. No estamos lejos de que aparezca alguien anunciando que al fin ha muerto la cultura letrada y entramos sin desvíos a otro momento donde la convivencia de escrituras y secuencias de imágenes se empobrezca más en detrimento de la primera.

Y sin embargo, en tiempos de imágenes vacías nos sigue preocupando, aún más que antes quizás, la ilegibilidad de lo que leemos. 

“El único paisaje que interesa es el del lenguaje”, dice María Negroni. En cambio, un fenómeno de deliberada torsión lingüística es hoy menos probable que décadas atrás. A lo sumo nos vamos acostumbrando a una sucesión de divertimentos de mínima duración cuyo fin último sería desconocernos, renunciar al concierto en beneficio del single. 

Algo que no necesitábamos, como una doctrina de la lectura, ha sido aniquilada en algún sitio y estamos a la espera de que renazca para volver a fijar la mirada. 

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El fin último del exilio es la construcción de la biblioteca.

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Parte I