Nuevas revelaciones sobre la muerte de mi padre

Por Carlos A. Aguilera

Mi padre era un gordo.

Un gordo muy gordo muy gordo, tal y como relaté una vez en Clausewitz y yo (La Cleta, México, 2015). Texto en el que fui trazando el espacio donde ambos, en línea recta y casi siempre sin mirarnos, nos movíamos.

Ahora, la verdad de ese relato resultaría incompleta, si además de abundar en sus exclamaciones, sus delirios, su ácido, no hablara también sobre sus abusos, su concepto nulo de fidelidad y sobre lo que él llamaba “la entrega”, palabra que en su caso se reducía a vigilancia, apuntes y delaciones.

Vigilancia que fue archivando obsesivamente en unos cuadernitos de tapas negras que apilaba uno a uno sobre el armario de cristal que dividía el comedor de la cocina y que comenzó a escribir justo al cumplir los veinte años, cuando, confiesa, observaba a todo el vecindario con ojo “extenso”.

Mi padre era un soplón.

No uno de esos que escucha cualquier cosa: una palabra, una frase, un galicismo, y después se queda pensando si este tenía algo soterrado, enfermo.

No.

Mi padre era un soplón de eso que él denominaba el desvío.

Y para él esto tenía más que ver con lo que no se decía que con lo que era conversado (esa especie de locus íntimo que posee toda comunicación). Más con cierta teatralidad, manera de caminar, movimiento de cabeza que con cualquier frase pronunciada u oída.

Su profesión —recordemos, era dentista— lo había hecho consciente de que muchos vocablos o interjecciones provienen del dolor pero a su vez muchos no revelan nada. Ya que lo más importante en alguien que estuviera en desacuerdo no era exactamente lo que profería (ese ronquido desquiciado y sordo), sino su mirada, la ansiedad que cualquier acontecimiento podía introducir en un espacio de vida.

Y de ese terror o acumulación o desbordamiento era que se alimentaba mi padre.

De ahí que un diálogo sobre el clima pudiera convertirse para él en una pequeña pieza de crítica social —casi como en Brecht, digamos. Y una conversación sobre descendencia lo hiciera ponerse siempre sobre aviso. Si alguien no estiraba suficientemente los brazos, si alguien no lloraba hablando de su mujer embarazada, si alguien no ponía rostro de emoción al pronunciar ciertos nombres, lo más seguro es que no amara con contundencia su hábitat.

Y el hábitat, según él, era lo más importante que posee el “espantoso miriñaque humano”, susurraba acomodándose en su imponente butacón (cuadrado y con florecitas rojas).

Sin hábitat solo hay traición, gritaba.

Y señalaba hacia el armario con su oscura hilera de cuadernitos apilados unos encima de otros dando a entender que no permitiría ningún tipo de conspiración en su “zona”.

Mi padre era un cabrón.

Uno de esos que disfrutaba en alcoholizar a su mujer y después violarla.

Uno de esos que siempre lo hacía de la misma manera además: con la puerta abierta, tirando improperios, golpeándole la cara, en lo que mi madre semiinconsciente apenas alcanzaba a respirar.

Un cabrón que la acusaba de alcohólica después de que cada tarde la incitara a tomar y tomar hasta caerse literalmente de la silla.

Un cabrón que en el mejor de los casos la violaba como acabo de contar.

Y en el peor, si algo hay aún peor, la orinaba allí mismo, gritándole: cerda, aquí está tu alimento, traga.

O espetándole: si vomitas lo vas a limpiar…

Y le metía dos dedos en la boca y le sacaba a la fuerza la lengua para mostrarle qué era lo que debía utilizar en caso de “accidente”.

Un cabrón que gustaba de martirizar a todo el mundo y aprovechaba esas tardes intensas, intonsas, en que su mujer yacía sobre la cama, para practicar con ella diferentes amarres y nudos.

Ryo tekubi decía, y la envolvía con ahínco hasta que lograba dejarla inmóvil.

Shibari, decía, y la amarraba como un gran bulto que después tenía que recortar con una tijera.

Punto Nashamoto decía, hasta terminar desesperado, abofeteándola.

Lo más terrible es que si yo intentaba entrometerme me echaba del cuarto empujándome o dándome un golpe con la mano abierta en la cabeza, o estirando su dedo hacia mí como si su mano, toda, fuera, en sí y para sí y desde sí, una pistola y me gritaba: “te desaparezco”, así, con sequedad.

Te desaparezco.

Y contra este dedo y sus palabras y su furia y sus amarres y su violencia mejor no albergar ninguna duda. Si te amenazaba con liquidarte podías estar convencido de que en algún momento lo iba a hacer.

Tal como ejecutó con varios de sus vecinos, sobre todo aquellos que molestaban con algún animal delante de nuestra puerta. O con alguien que no le cayera especialmente en gracia.

¿No fue esto lo que tramó milimétricamente contra Jota y su hijo el día en que se hartó de que su perro, su puto perro, escribió en uno de sus cuadernos, ladrara siempre en el área de calle donde estaba inserta nuestra casa y Jota o su hijo no recogieran los excrementos del “jodido poodle”?

Exacto, esto fue lo que hizo.

Exterminarlos.

Y cada vez que pensaba en Jota brindaba a la fuerza con mi madre y hasta improvisaba ese torpe bailecito que solo escenificaba cuando estaba muy contento.

Uuuno, uno uno, uuuno, meneando su espantosa humanidad por toda la casa.

Unnnnnno, reclamándonos que aprendiéramos el paso fundamental del minué.

Uuuuno…

Mi padre era un profanador.

Y esto no lo digo solo por esos dedos gruesos que se acostumbró a meter en la boca de mi madre para estirarle lo más posible la lengua o por su conflicto con el vecino del perro.

(Es verdad que el vecino paseaba a horas muy tempranas con el poodle y que sin ton ni son el “puto perro”, como a él le gustaba escribir, ladraba o cagaba justo delante de nuestra puerta. Y es verdad también que el hijo de Jota más de una vez ni siquiera lo saludó cuando mi padre en algún momento, haciendo un alarde de amabilidad, le espetó para asombro de todo el mundo Buenos Días. Así, en voz baja. Cosa que viniendo de mi padre podría ser considerado como un exceso).

No.

Mi padre era un profanador porque a partir de un momento empezó a entender la relación que podía existir entre sus anotaciones y la Securitate —la relación vigilancia/cárcel— como una relación natural, pedagógica. Y para esto no solo ofreció una vez al mes el producto de sus apuntes —“gaveteros de la verdad” acostumbraba a llamarles— a los oficiales casicalvos de la Seguridad, sino que en más de una ocasión se quedó trabajando y recopilando y observando cualquier ruidito durante horas…

Todo para mantener la zona limpia, como alguna vez nos escupió a mi madre y a mí.

Limpia y “en el centro”.

¿No es acaso el Estado el centro de nuestras preocupaciones y el ojo-Estado el centro del centro de esas preocupaciones?, cavilaba mi padre cuando discutía el caso de Jota con el policía de turno.

Pues ese centro está ahora manchado, susurraba mi padre. Manchado y muy manchado, repetía, y desde las cinco de la mañana por el poodle de Jota, señalando con todo su brazo algún lugar más allá de la puerta.

Y si el estado permite que el centro se manche, proseguía mi padre, tendrá que aceptar también que la periferia se manche. Y usted sabe, acercaba su índice al culo de botella que traía por gafas el oficial, que eso sería entonces el fin de todo.

El fin del fin del fin…

Y se reacomodaba en su butaca para calibrar el efecto que había tenido esta última frase.

Y se imagina usted (se refería claramente al oficial y a él) ¿qué haríamos nosotros si llegara el fin del fin del fin?

(Pausa teatral para mirar el rostro de su interlocutor).

Noooo, usted ni se lo imagina, dijo finalmente liberando tensión mi padre. Usted, y lo señaló de nuevo con su dedo, usted, mi querido oficial, ni siquiera se lo imagina.

Además, dijo con fuerza, lo de Jota no termina con lo del perro, y meneó su dedo a derecha e izquierda.

Noooo…

Lo de Jota, volvió a recalcar, no empieza con lo de su perro ni finaliza con lo de su perro y lo más probable, dijo como recitando un poema, es que no termine siquiera con la muerte de su sarnoso perro.

Y remeneó again el dedo.

Lo de Jota es mucho más grave, aseguró.

Jota intenta desde hace meses destruir nuestra armonía, e hizo una pausa para ver si el oficial captaba.

Destruir y desviar y corromper nuestra armonía, repitió.

¿Y para eso qué hace?

Sonrisilla socrática del gordo de mi padre.

Pues invita a su casa a personas que no son de esta calle, soltó finalmente mi padre. Personas que ni siquiera viven cerca de esta calle y ni siquiera cerca de las cercanías de las cercanías de esta calle.

(Conclusión que evidentemente al oficial debió sorprender un poco ya que lo hizo apoyar la espalda en su butaca y pasear su mirada por los diferentes objetos de nuestro salón).

Personas, prosiguió mi queridísimo padre, de las que se despide siempre diciendo: que el futuro te sea próspero.

(Otra pausa para escrutar milimétricamente a su interlocutor).

Se imagina usted señor oficial, explotó en su butacón mi padre: ¿se imagina usted que a usted le digan en plena calle y con el sol de golpe: que el futuro te sea próspero, así, sin introducción ni nada: Que El Futuro Te Sea Próspero?

¿Usted se lo imagina?, dijo mi padre sin esperar reacción alguna.

No, se autorrespondió, y meneaba el índice delante del culo de botella.

Usted ni siquiera se lo imagina…

Y esa es el arma más poderosa que tienen los que están contra nosotros, aseguró mi padre.

Cuentan con que nosotros ni siquiera podamos imaginarnos ciertas cosas…

¿No pasó lo mismo acaso con aquel escritor Erre, si mal no recuerdo, al que le confiscaron todos sus manuscritos y después encontraron empotrado en un hueco?

¿Se imagina usted qué hubieran pensado nuestros niños si descubren a esa rata enroscada en un parque en vez de estar inserto en nuestra realidad cotidiana de producir y construir preocupaciones?

Noooo, mi querido oficial, ni siquiera se lo imagina, se lo digo yo, que apunto y apunto y apunto todo lo que sucede a mi alrededor para que nada se me olvide, y por delante de él pasaron flotando cada uno de sus mezquinos cuadernitos y cada uno de los nombres establecidos en ellos…

Ni siquiera se lo imagina, le repito, y aquí se indicó a sí mismo con la puntica del dedo, que he dedicado toda mi vida a esto, e hizo un silencio apretado, rígido.

Ni siquiera…

.

Mi padre era un gordo.

Un gordo chiquitico y zoológicamente gordo.

Un gordo que a sus delirios con Clausewitz, a su trabajo mierdoso para la Securitate, a su colección de conejos desde hace tiempo ya estancada (la caza terminó el día que rebasó los 169 kilos y las rodillas empezaron a flojearle) unía un terrible blablablá sobre el olor.

El olor que él en su oligofrenia separaba de un supuesto no-olor.

Ese no-olor pendejo de todos aquellos que no trabajan para la Securitate, decía.

Ese no-olor estafa, ese no-olor caca.

¿No está más que comprobado químicamente, tarareaba, que los que no aspiran a una causa grande desprenden un no-olor que los hace pasar inadvertidos durante mucho tiempo y a los que hay que perseguir incluso con un aparatico para precisar su “mapa de influencia” y escuchar con nitidez sus gluglús insípidos?

Y una vez más agarraba uno de sus moleskines y leía en voz alta:

Pe intentó escabullirse esta mañana desde su no-olor. Pero yo soy un perro viejo. Y el no-olor no se me escapa. El no-olor de los que no tienen olor denuncia a sus portadores. Los hace sudorosos, cobardes, tímidos. Hay que verles los ojos para ver cómo intentan que el no-olor no se refleje en sus pupilas. El no-olor es precisamente lo que llama la atención en alguien tan flaco como Pe. El no-olor delata.

Y cerraba de sopetón el cuadernito y bailaba.

Si alguien cree que me va a engañar con su ausencia de olor está perdido. A un pitbull viejo solo hay que verle el colmillo.

Y se sacaba la dentadura postiza y te la ponía delante de la cara para que vieras aquella cosa babosa donde según él se depositaba toda su astucia y ojo fino.

Mira, aquí es donde va el colmillo, gritaba en medio del minué.

Aquí.

Y continuaba bailando…

Mi padre era un perro, como él mismo decía.

Un jodido perro.

Un pitbull que había venido a esta vida a arruinarle la existencia a todo aquel que se le pusiera delante y por eso (¡solo por eso, estoy seguro!) se había recibido de dentista, de hombre que disfruta con asfixiar a los demás, dejarlos caer en un espacio donde solo el dolor era posible, y donde avanzar desde algo higiénico, neutro, vital, geométrico, era un dilema, ya que para eso había estudiado mi progenitor a finales de los años sesenta —en una academia con dos profesoras eslovacas, siempre recalcaba—, para llevar una bata blanca, donde se limpiaba la saliva de todos sus pacientes y observar de cerca a todos los que él en su jerga privada llamaba los renegados.

Es decir, esos donde la pulsión por el desafecto (a un Estado, un emblema, un destino) estaba proporcionalmente sujeta a un determinado número de problemas bucales…

Esos que solo eran caries.

—Jota: gingivitis aguda.

(Anotaba histéricamente mi padre en uno de sus cuadernos…)

—Hache: halitosis tabacaria.

—Uve: inflamación y dos piezas calamitosas.

—Ene: extracción

—…

¿No formaba esa neurosis y ese hociquito de pitbull uno de los servicios más apreciados por los impresentables de la Securitate?

Evidentemente sí.

Y si nos dejáramos guiar por el número de visitas que los bulldogs de la Seguridad hacían a nuestra casa, podríamos decir entonces que incluso esa pulsión de mi padre era muy importante.

Esencial.

La pulsión del mediocre que solo encuentra consuelo en destrozar todo lo que genere vida a su alrededor.

Tal como hizo con Ene (“su no-olor me llega hasta aquí”, y se tocaba la puntica de la nariz, con sorna). Y tal como hizo con el marido de Ene, al acusarlo —los acusó a ambos, pero por alguna razón el que desapareció por años fue el hombre— de traficar con florines y marcos alemanes y revender productos que no habían sido legitimados por “nuestro gran Estado”, escribía.

“Nuestro estado trascendencia…”.

¿Escogía la Securitate a sus informantes, además de por la dudosa veracidad de sus reportes, por los ditirambos estúpidos y en voz alta que anormales como mi padre proferían todo el tiempo?

Lo más seguro es que sí.

Verlo ya de viejo siguiendo algún programa deportivo o algún discurso e intentando pararse de su butacón para saludar como un militar o gritar, en medio de una risilla idiota, algunos de esos lemas que al final ni decían nada ni le importaban a nadie         —nadie que no fuera un gordo semiinválido como él— daba grima.

Para no hablar de esos días largos, huecos, en que se despertaba ya con una chaqueta verde llena de medallas, las cuales, por haber estado tantos años guardadas ni brillaban ni tenían valor…

Mi padre era una mierda, como ustedes han comprobado:

una

esperpéntica

mierda.

Y verlo con aquellas medallas y sus moleskines y su violencia y su gordura y su millar de conejos —de los cuales ya he hablado profusamente en el texto antes citado— lo acentuaba aún más.

Una mierda que cuando le hicieron la radical a mi madre a causa de un nódulo no paró de burlarse por toda la casa diciéndole: ¡Ahora sí que hueles a caca de vaca!

Así, con todo su asco: ¡Caca de vaca!

Y le gritaba en plena cara: ¡Caaaca de vaca! ¡Caaaca de vaca!

Sacando y entrando la lengua de su gorda boca y sus labios y encías y garganta blancuzca.

¡Caaaca de vaca!

Frase que por demás acostumbraba a soltar cuando las cosas iban mal, como si su grito fuera a romper algún maleficio o conjuro.

¿No fue esto lo que se cansó de repetir durante dos días completos cuando al marido de Ene la Securitate vino a buscarlo y este escapó saltando el muro del patiecito de atrás, precisamente ese que hace esquina con nuestra casa y donde mi padre muchas veces se apostó para escuchar todo lo que sucedía en el espacio vecino?

Pues eso: Cacadevaca cacadevaca cacadevaca…

Sin parar.

Golpeando las cosas, hablando ensimismado con sus cabezas de conejo, gruñendo, hasta que por fin vino un oficial trabado y con rasgos de inuk y le dijo: listo, poniéndole la mano en el hombro y llevándoselo hasta el rinconcito del armario (el de los apuntes encima pero también el de la vajilla de Sèvres, herencia de mi difunta madre), donde terminó de murmurarle algo. Cosa que evidentemente satisfizo con enormidad a mi padre, ya que este lo despidió con un abrazo y entre risitas comenzó a improvisar su degradado minué.

Uuuuuuuno…, hasta la tarde.

Uuuno, uuuno…

¿Había alguna conexión entre estos amagos de baile, su alegría, sus improperios y la desgracia que los informes de mi padre causaban a todo el que intentara construir un “horizonte de movimiento” a su alrededor?

El día de su muerte (día estresante, no hay que ocultarlo), mi padre se levantó temprano, como siempre.

Desayunó y habló y conspiró con su extensa colección de conejos, como siempre.

Llamó por teléfono al ingeniero Néklas y le rumió un par de secretos, como siempre.

Caminó por toda la casa haciendo circulitos alrededor de la mesa, como siempre.

Rió, anotó conversaciones en sus cuadernitos y se duchó, como siempre.

Después se sentó en el butacón, puso las chancletas a un costado y empezó a dormir.

Este último gesto (las chancletas alineadas una detrás de otra contra la pared donde se exhibe su inacabable muestra de conejos) junto a sus espantosos ronquidos fue lo que activó en mí ese deseo irrefrenable de aceitar bien la escopeta y apuntarle directamente a la cabeza.

De ver ese territorio que se abriría entre la belleza de su huequito sobre la ceja (mucho más redondo y perfecto que si hubiéramos intentado hacerlo con otro objeto, un picahielos, por ejemplo) y la belleza del huequito que el plomo abrió en la pared.

Huequito que sin dudas habría que pensar menos como violencia y más como espectáculo estético.

Goce.

Y de ese deseo —ese plus— es que me he alimentado minuto tras minuto, como algunos de ustedes, a esta altura, ya saben.

Día espléndido el de hoy: sol, vientecito, pájaros, árboles.

¿Sabe alguien a cuánto se cotizan en un anticuario mil cabezas de conejos?

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© Este texto forma parte del libro El compañero que me atiende (Hypermedia, 2017).