Rita, Nitza

Por Rafael Almanza

Mi mayor respeto para la Montaner y para la Villapol. A la primera la siguen venerando todos; la segunda tiene ahora muchos disgustados por el recuerdo de sus recetas, dicen, para hacer bistec con cáscara de plátano en los años de la hambruna. 

A Rita la apodaron La Única. A Nitza le crearon el programa Cocina al minuto, que pasó de un régimen a otro y creo que todavía ostenta el récord de duración en la televisión nacional. Ambas eran carismáticas: Rita a partir del desenfado; Nitza, maestra normalista, del respeto.

Pero no es el legado de sus personas, tan diverso e importante, lo que quiero comentar aquí: no lo que ellas valían, sino lo que con ellas hicieron sus contemporáneos, porque nos permiten, metafóricamente, acercarnos a algunos de los vicios de la conciencia nacional. Sin la superación de esos vicios, no volveremos a tener el carisma que ellas derrocharon.

¡La Única! En verdad Rita Montaner acumulaba méritos impresionantes: cantante, actriz, pianista, locutora, bailarina; una mulata de ojos magnéticos que tenía hechizado al país puesto que lo representaba por su gracia sensual y lo desafiaba con su fiera honestidad. Sin embargo, al final de su carrera la muy competitiva Rita vio surgir a Rosita Fornés, que entonces empezaba a sobresalir. Murió de cáncer en la garganta, cruel destino para una cantante, con algo más de cincuenta años, en plenitud de facultades; y la Fornés, una rubia nacida en España, la sustituyó como vedette nacional. Rita ha seguido siendo única, pero ya no era La Única.

Mi tía Blanca veía el programa Cocina al minuto. De niño, me confundía que ninguno de aquellos platos se pudiera hacer en poco tiempo. No es que no me diera cuenta de que era una hipérbole, pero se me antojaba uno de esos engaños que propagan los adultos… Y sigo pensando lo mismo. Ya en la secundaria me explicaban que Cuba era un país que había hecho una revolución en plazos mínimos, que éramos tan rápidos como Enrique Figuerola en los cien metros de la Olimpiada de Tokio, y que íbamos a dejar atrás a los despaciosos osos soviéticos construyendo el socialismo y el comunismo al mismo tiempo. Recetas ricas, rápidas y fáciles de hacer.

El Egregio, la Única… La sociedad perfecta al minuto… Silvio Rodríguez, el trovero que sustituyó a la Fornés en el girasol de la popularidad, ya ni canta ni deja de comer frutas que el pueblo no conoce. Los locutores deportivos se preguntan dónde están los velocistas cubanos después de Juantorena en los setenta (que a fin de cuentas nunca corrió el hectómetro, ni siquiera los doscientos). En el país más acelerado del mundo hace décadas que no pasa nada. La gente carismática, si la hay, no sale por la TV. 

Pareciera entonces que al fin estamos superando a Rita y a Nitza como profetisas nacionales: que se ha muerto o se está muriendo lo que siempre nos fue perjudicial. Pero lo que encuentro continuamente, entre los intelectuales y también en el pueblo, es la esperanza de que aparezca una Rita que nos haga cantar el manisero de la dictadura y el aria de la democracia, o más dictadura si la cosa se pone fea, o capitalismo con autoritarismo y hasta con dictadura, siempre y cuando la receta para mejorar sea sencilla, rápida y fácil de hacer. Y sabrosísima, que es a fin de cuentas lo que importa: los ojos de Rita o la olla de Nitza, pero como experiencia dispensada a los vivos, nunca a los bobos.

En cuanto alguien siente que es soprano, que le mete al piano de la pintura o al vodevil del cuentapropismo, o al proscenio de la oposición sin cárcel, o al cinemascope del aeropuerto, o a cualquier otra superioridad práctica o esencial que soy el primero en defender, el individuo en cuestión se proclama La Única y desarrolla unas intolerancias que creíamos vencidas ya entre los demócratas. 

La diferencia con los errores de nuestros antepasados es tan dolorosa como manifiesta: Rita, Nitza, Consuelito Vidal, Cepero Brito, Germán Pinelli, Rosita Fornés, eran personalidades únicas, de carisma sin igual, sí, posiblemente por la experiencia de un mínimo de libertad, pero ante todo de un talento eficaz, comprobable, evidente, útil para muchos. No estoy seguro de que tantos Únicxs de hoy, en cualquier esfera de la actividad social, puedan merecer en el futuro un juicio aprobatorio.

Más lamentable aún es la tendencia, diríase que incurable, y que no retrocede ni un milímetro, a la cocina al minuto. Saco escribió unas memorias sobre la vagancia en Cuba, y seguimos holgazaneando con la advertencia. 

En Camagüey se ha restaurado la sede de la antigua Logia de la Perseverancia, lo que demuestra que siempre ha habido entre nosotros gente lúcida, y una mayoría que la niega o la mistifica. Lo que hay detrás de la apología de la velocidad cubana, de la supuesta capacidad nacional, negada por la historia, para hacer lo necesario, ni siquiera lo urgente, en tiempo récord, no es otra cosa que la incapacidad colectiva para afrontar los dolores y los riesgos de la perseverancia. 

Los retratos nos muestran a los escritores viejos, aun cuando de jóvenes fuesen guapos como Joyce o Juan Ramón; es inevitable, pues nadie puede ser un gran escritor con veinte años, salvo Rimbaud, que no era escritor sino un poeta inspirado. Nadie desea “morder el cordobán”, porque el cubano quiere… gozar, y gozar ya, con recetas fáciles, rápidas, riquísimas… 

Que los niños nazcan de seis meses, que los mameyes paran en un año, que la nave espacial tarde diez días, no una década, para atravesar la cola del cometa y regresar. La NASA tiene otra opinión. El mundo trabaja con perseverancia, y triunfa. Y gozan del triunfo, y de los beneficios del triunfo. They work hard and play hard.

En cuanto a los nacionales, seguiremos gozando, únicos en el planeta, del oloroso picadillo de soya, una receta fácil y rápida de hacer.