Una morena y una rubia

Por Alberto Garrandés

1

El carácter novelesco de La Habana, ciudad maravilla, prospera en sus personajes. Cualquier novelista que se deje embelesar por la discontinuidad y la fragmentación, podría recorrer alguna avenida histórica de la ciudad y encontrar allí suficientes materiales de ficción sazonada con música (ni siquiera afrojazz o timba, sino más bien reguetón y sus variantes hermanas) y frases estrepitosas y desafiantes.

2

Hace unos 150 años Gustave Courbet mostró a algunos amigos un cuadro que hoy soporta varios nombres: El sueño, o Las amigas, o Las durmientes. Para Courbet no hubo escuela, ni academia, ni institución que disciplinasen su estilo. Renunció a todo eso. Aun así, la historia del arte lo adscribe al realismo más expresivo. El cuadro en cuestión es hijo de un encargo privado (como L’origine du monde) que anhelaba visualizar, en condiciones de excepción, los dos modelos femeninos de sensualidad parisina: la rubia y la morena.

3

Al final del acto primero de La Verbena de la Paloma, el célebre sainete lírico español, hay un personaje que habla de “Una morena y una rubia, hijas del pueblo de Madrid”. En el cuadro de Courbet el recinto es delicadamente aristocrático, y la morena y la rubia duermen juntas (dos mujeres blanquísimas: la rubia con su cabeza sobre el pecho de la morena, quien a su vez hace descansar un muslo sobre la cadera izquierda de la rubia). En el sainete la morena y la rubia son epítomes de algo acaso más popular, y aspiran a merecer el afecto, cada una por su lado, de don Hilarión, un boticario sicalíptico. La obra de Courbet resulta llamativa al menos por dos razones: es un lienzo de proporciones humanas (1,35 x 2,00) y el trasfondo deja ver un cortinaje de terciopelo azul.

4

En la calzada (más bien enorme, según el poeta Eliseo Diego) de Jesús del Monte, hoy Diez de Octubre, encontré a una morena y una rubia, hijas del pueblo de La Habana, gobernando un puesto de especias del gran agro-mercado que se encuentra en la intersección de esa calle con la avenida Santa Catalina. La calzada sigue ostentando “la demasiada luz” a que se refiere el poeta. Y el polvo, de ayer y de ahora mismo, deviene una “maldita circunstancia” tan de Virgilio Piñera, en términos literales, como de esa pobreza radical (e inmanente, por así decir) que se impone en los solares, los agujeros, las ciudadelas impresumibles y los espacios que los derrumbes construyen de la noche a la mañana.

5

Si al blue velvet de Courbet se le imprimieran unas vueltas de tuerca quizás podría avecinarse, luego del añadido de ciertas presunciones, al blue velvet de David Lynch. En La Habana no hay, o no debería haber, blue velvet. Entre el calor y las modas ergonómicas impuestas, por quienes pueden hacerlo, a los espacios domésticos y de trabajo, no quedarían posibilidades para el blue velvet, que acabará por definirse como una suerte de tela conceptual.

6

Entré al agro-mercado en busca de unas costillas ahumadas que iban a servirme para cocinar unos frijoles. Ya tenía un trozo de calabaza, algo de tocino entreverado, dos ajíes, una cebolla y medio vaso de vino seco. Me sedujo la posibilidad de usar un poco de albahaca y una pizca de pimienta negra, y fue entonces cuando visité el puesto de la morena y la rubia, que me miraron como a un bicho raro. Lo soy, claro está, pero no tanto. Compré la albahaca. Me ofrecieron (y acepté) un sobrecito de canela en polvo y otro de nuez moscada. Precios altos, pero las nueces tenían buen aspecto. Me pareció que la morena estaba en condiciones de oler a una mezcla de la canela con la ralladura de aquellas nueces, y que la rubia tenía que ver, en específico, con la albahaca.

7

Una morena habanera no es, ni por asomo, como la morena de Courbet: rostro algo anguloso, cabello negro, piel blanca. En La Habana una morena es mulata, o negra, o carmelita. A la morena y la rubia del agro-mercado habría podido vestirlas en los camerinos del notorio Teatro Apolo de Madrid a inicios de los años 90 del siglo XIX, que fue cuando se entrenó La Verbena de la Paloma. Pasarían inadvertidas como figurantes. O como Susana y Casta, la morena y la rubia (hermanas) del conocido sainete.

8

Pero La Habana novelesca es, además de persistentemente costumbrista, una ciudad para la alienación y el ensueño. Cuando salí del agro-mercado, respirando los aromas que llevaba conmigo, casi tropecé con una morena que pisaba rápido y que se movía con un aire de conquistadora entusiasmada. Había, sin embargo, unos detalles: vestía un short de mezclilla ajustadísimo (el tercio inferior de las nalgas quedaba a la vista), unos sucios botines blancos, unos apliques (trenzas doradas y rojas), y en la frente hacía valer una cinta plateada. Era, sin duda, una versión feminoide de Keith Richards. Movía la cabeza dibujando círculos. Los ojos, extraviados. Locura total.

9

Tomé nota de todo cuando llegué a mi casa. Las mujeres del puesto de especias, ¿serían hermanas? Imposible, supongo. ¿Amantes? Ojalá. ¿Y la loquita, deudora inconsciente de Keith Richards? Iba feliz, muy feliz, bajando por la calzada de Diez de Octubre rumbo a ninguna parte.

10

Según la Teoría de las Cuerdas, no existen diferentes partículas, sino tan sólo una que va modificando su identidad y sus propiedades de acuerdo con el tipo de movimiento que la anima en un instante dado. Y ahora que Stephen Hawking ha muerto tras dejar (eso es lo que se comenta) un misterioso y provocador trabajo sobre el multiverso, ¿acaso no serían los sincronismos de las formas meras enunciaciones de la repetición y la concurrencia?