Una piedra en el camino

Por Rolando Leyva Caballero

Todas están buenas”, dice el agente del tránsito mientras sorbe con parsimonia un granizado. Ni siquiera intenta disimular. Admira el culo de dos caucásicas de paso. Son unas bellezas al estilo europeo, más bien vikingo, rubias y casi traslúcidas.

Está apostado con su motocicleta a las afueras del cementerio de Santa Ifigenia y no tiene nada mejor que hacer. Apenas conversa con otro moreno sudoroso, el vendedor, que raspa el hielo con una intensidad digna de mejores esfuerzos y resultados.  

Ya no se puede acceder al camposanto por la avenida arbolada, devenida ruta funeraria y monumental, reconstruida hace poco para la ocasión. Ahora es preciso dar un rodeo y entrar por un camino lateral, asfaltado, la misma vía que utilizan las carrozas fúnebres diariamente. 

Me habían advertido que quizás encontraría una multitud de feligreses esperando para rendir tributo, pero el sol del mediodía en Santiago de Cuba pone a prueba la resistencia de los más fieles cortesanos y súbditos, dispuestos a hincar la rodilla en tierra para rendir la debida adoración.

Alguien me había dado las coordenadas correctas de donde estaba el nicho del abuelo borrachín que murió hace años, pero nunca está de más preguntar en la oficina, un local casi climatizado en el que me atendió una funcionaria eficiente. Tras cinco minutos de revisión en una computadora de aspecto antediluviano, me confirmó lo que yo sabía de antemano. 

Aun así fue difícil encontrar el nicho. Alguien de la familia había garabateado sin arte los datos biográficos del abuelo, fechas de nacimiento y muerte, con pintura negra de aceite, resistente a la humedad y la canícula eterna. No demoré mucho. No me gustan las ofrendas florales ni los gestos plañideros, pero por alguna razón sentí la necesidad de saber dónde estaban los restos del viejo conductor de ómnibus devenido alcohólico común y mal padre de familia. Con un par de toques de nudillos y un hasta luego escueto me despedí de él.

Caminar por las avenidas y pasillos del cementerio de Santa Ifigenia me permite comprobar, in situ, que debe ser la necrópolis con más héroes y próceres de la Patria por metro cuadrado. Afloran las enseñas nacionales y las rojinegras de vocación anarquista. Más allá de toda suspicacia, está mucho más limpio y ordenado que como lo recuerdo un par de años antes, que no me fui de Cuba hace tanto.

Visitar el cementerio de vez en cuando es un mal hábito que desarrollé hace mucho tiempo. No es que lo desande por el placer de caminar entre hierbas rastreras y lápidas de mármol, sino porque me ayuda a poner los pies en la tierra, casi literalmente, recordándome que debo apurar el paso para conseguir lo que quiero, antes de acabar allí, o en cualquier otro lado, abonando el camino de los que vendrán luego.

Es una piedra enorme, un seboruco de armas tomar, traído de Dios sabe dónde. Una simple placa, al parecer de bronce; un nombre.

Siempre visito la tumba de José Martí. Un impulso automático me hace girar a la derecha hasta desembocar en el Mausoleo, que mantienen a buen recaudo. No es un lugar de peregrinación mística ni nada por el estilo. Me gusta y punto. Cada vez que puedo doy una vuelta por allí, sin recibir orientación alguna. No es un arrebato patriótico ni de culto a la personalidad. Me atrae sin duda lo bien pensado y ejecutado que está el monumento. 

Un recluta de las Tropas Especiales desplegadas se abanica con la boina roja. No está solo. Más allá otros dos logran permanecer en una posición relajada. No es que persistan en lucir atentos ni vigilantes. Son víctimas de la rutina. 

Cuando casi me iba me aborda una señorona de aspecto lésbico y protocolar, embutida en una de esas guayaberas blancas que intentan dignificar como el traje nacional. Me indica, sin que le pregunte, la ruta para visitar la tumba de Fidel Castro Ruz, el Comandante en Jefe, Fidel, como le denomina ella, con un suspiro contenido y estudiado. Suda a mares pero no parece percibirlo. 

Me gana la curiosidad del gato y acepto la invitación, por inercia y morbosidad. No debe guiarme demasiado. Estuve al tanto de los movimientos de tierra que en su momento, bajo la asesoría de la Oficina del Conservador de la Ciudad, anunciaban cuál era el lugar escogido, en secreto, para el entierro de Estado. Algunas de las tumbas más antiguas, de las que se hicieron directo en tierra, fueron removidas con cuidado, y los restos depositados en algún osario rústico. 

Llego al Mausoleo. Es una piedra enorme, un seboruco de armas tomar, traído de Dios sabe dónde. Una simple placa, al parecer de bronce; un nombre. El nombre del hombre. Es frugal cuando lo pienso con detenimiento.  

Todo mi entrenamiento y formación como Historiador del Arte puesto en solfa. La verdad es que antes que comenzaran a circular los rumores ruidosos de que el Comandante en Jefe Fidel Castro Ruz sería inhumado en Santiago de Cuba, me tomé la molestia de elucubrar, sin mucho éxito que digamos, a juzgar por lo que resultó luego, cómo sería el sepulcro una vez acabado. 

Conjeturé que sería difícil depositar su ego mayúsculo, para siempre, en algún recipiente pequeño, indigno de su estatura física, histórica, pública. De lo que sí tenía cierta certeza es que se convertiría en una atracción turística.  

La verdad es que le dediqué tiempo a pensar en cómo construirían, en secreto, lo que sería un mausoleo faraónico. Lo mejor sería aprovechar, tras el bautizo habitual en la práctica estatal socialista de las últimas décadas, un edificio preexistente, anterior al triunfo revolucionario y distinguirlo con algún apelativo nuevo, acorde al proceso y su interpretación de los hechos históricos. Siempre pensé, admito mi escasa imaginación, que al señor Fidel Castro Ruz lo enterrarían en la base estrellada de la Plaza de la Revolución de La Habana, justo debajo del enorme monolito que presume de ser el punto más alto de la capital y sus alrededores. Si había un inmueble que tenía las papeletas en la rifa secreta para ser depositario de los restos mortuorios de Fidel Castro Ruz era ese. Por muchas razones. Su emplazamiento y envergadura monumental. Su altura sobresaliente y el sentido ascensional de la estructura arquitectónica.

Imaginé que labrarían una pequeña fosa vertical en el piso, para enterrarlo de pie.

Sus pretensiones eréctiles y fálicas. El simbolismo único de la estrella solitaria. El hecho de ser el epicentro de un complejo y enorme proyecto urbanístico, anterior al triunfo revolucionario, escenografía recurrente de la épica populista, de las concentraciones multitudinarias y los discursos infinitos al calor de los acontecimientos cíclicos, de las dos estaciones del año, de un país atrapado en un círculo vicioso de amenazas imperiales, coyunturas geográficas e históricas, de rituales colectivos devenidos liturgias del poder político, del sometimiento de las masas a la voluntad opresiva pero seductora de un iluminado maniqueo.

Imaginé que labrarían una pequeña fosa vertical en el piso, para enterrarlo de pie. Que su féretro sería de alguna madera preciosa, alegórica e imperecedera: caguairán, caoba, cedro; nunca ébano. Que un enorme bloque de mármol, eso sí, verdoso, con apenas su nombre, serviría de losa definitiva e inamovible, cerrada a perpetuidad. Un concepto parecido pero diferente al del Mausoleo de Ernesto Guevara en Santa Clara. Para ello habría que mover otros muchísimos cadáveres de cercanía, compañeros de luchas, quizás muertos y olvidados, pero necesarios como parte del ceremonial de enterramiento; una decisión que hubiese dificultado hasta el engorro absoluto una operación que apostaba por la discreción absoluta. 

Alguien propondría ubicar, justo en el palco presidencial de la antigua Plaza Cívica, una estatua exenta, de granito pulido, reproducción en tres dimensiones de una de esas imágenes famosas en las que Fidel Castro aparecía en la Sierra Maestra, mirando al Sudeste, con la mochila a la espalda y el fusil de mirilla telescópica colgando del hombro derecho. 

Otra opción real, que también implicaría emplazar una estatua exenta, sería enterrarlo en el Pico Turquino, cerca o debajo del busto de Martí. 

También vislumbré algún ritual pagano, a lo nórdico. Muy en la cuerda de Odín. Que alguien encargaría una réplica exacta, a escala natural, del yate Granma, donde depositarían su cuerpo, sin embalsamar, colmado de sus accesorios guerreros y de los tributos que harían llegar del mundo entero; todo eso antes que un arquero certero, del equipo nacional, dejara caer una flecha encendida sobre la pira flotante que, al consumirse, acabaría en el fondo del estrecho de La Florida; aquello de hundirse en el mar antes que traicionar la gloria vivida.

Cuando ya era de conocimiento público lo de su entierro en Santa Ifigenia, pensé en un hipogeo discreto, pero también en la opción piramidal, un lugar de reposo que compitiera con la pregnancia de la tumba exquisita de José Martí, cuidadosamente pensada, diseñada, construida, conservada, que para algo el Apóstol había dejado indicaciones precisas al respecto en uno de sus poemas.  

Otras opciones se acercaban más a lo que finalmente resultó. Ciertos indicios debieron indicarme, sin dudas, cómo sería la tumba, su concepción definitiva, teniendo en cuenta que soy un graduado de la Universidad de Oriente. Allí, el Monumento a los Mártires Universitarios, ofrecía un modelo a tener en cuenta, digno de imitar y que había sido empleado en la construcción de otras tumbas conocidas: la de la señora Vilma Espín y del hermano menor y sucesor, el señor Raúl Castro Ruz, presidente de los Consejos de Estado y de Ministros, Primer Secretario del PCC, Héroe de la República de Cuba.

El bronce de Alberto Lescay, fraguado por encargo estatal, me parece horrible, un esperpento escultórico, uno más, pero no hay libros de quejas ni sugerencias donde dejar constancia.

Una piedra no demasiado grande, sin pulimentar, traída de la Sierra Maestra, de apariencia porosa pero muy resistente, aderezada con una tarja de bronce, serviría de inspiración. Anunciaba lo que sería el estilo megalítico monumental mortuorio que impondrían los sacerdotes sagrados para los enterramientos de Estado, que en algún momento, más tarde que nunca, habrían de producirse. Me parece una idea a ratos muy inteligente. Ayudaría a convencernos, contra toda lógica, de su autenticidad beligerante, de su austeridad espartana, de su renuncia al bombo una vez llegado al poder, de la supuesta renuencia a la imposición de un culto que lo elevase más allá de la muerte, hasta la eternidad. De la humildad de un individuo extraordinario.

Al comenzar el ceremonial del cambio de guardia me desplazo unos metros. Me muevo hasta las tumbas, bien cercanas, de Carlos Manuel de Céspedes, Padre de la Patria, y de Mariana Grajales, la madre cojonuda de los Maceos, ahora de la Patria. Recién trasladaron sus restos. El bronce de Alberto Lescay, fraguado por encargo estatal, me parece horrible, un esperpento escultórico, uno más, pero no hay libros de quejas ni sugerencias donde dejar constancia. El gracejo popular bautizó el conjunto como un conocido grupo de reguetón: Los Cuatro. 

Al rato llega un grupo de turistas. Tienen toda la pinta de haber desembarcado del crucero Insignia que algunos miércoles le cambia el agua a la ciudad héroe. A pesar de sus años se desmontan a tropel de un par de buses climatizados. Apenas comienzan a transpirar y sus ropas se mojan enseguida de un sudor pegajoso que apesta a cigarrillos y goma de mascar. 

No quieren perderse el ceremonial militar. Cuando acaba, una nena diminuta, la única del grupo, comienza a imitar a los soldaditos de plomo que marchaban al redoble de la megafonía y los tambores luctuosos. Todos sonríen sin pudor. Me acerco de nuevo a la tumba. Me dejo arrastrar. Saco mi teléfono de bolsillo y disparo a quemarropa un par de fotos en las que no apareceré ni muerto. 

Un matrimonio de ancianos bien comidos, de rostros rosados y bonachones, también se aproxima. La señora no sabe cómo tomar una foto con su móvil de última generación. Se acercan con precaución al pedrusco y me piden en un inglés canadiense, o estadounidense, que los ayude. Los entiendo a la primera. Me ofrezco. Ellos posan. No distingo si sonríen o maldicen. “Muchas gracias”, me dicen con un inconfundible e inapelable acento cubano, tal vez habanero. “¿Eres de Santiago?”, pregunta el señor. Asiento con la boca cerrada y pequeña. “Está muy bonito esto aquí”, comenta en voz alta. “¿Son cubanos?”, les pregunto. Se hacen los que no me escuchan; comienzan a hablar en inglés, entre ellos, mientras se alejan para seguir el recorrido. No miran atrás. Sonrío con sorna.         

Mientras me marcho a casa, más que tropezar, pateo una pequeña piedra que se cruza en mi camino. Pudo hacerme caer, pero la veo rebotar, una y otra vez, hasta detenerse en el contén de la acera, justo donde la zanja hace una pequeña muesca en el concreto para permitir que el agua se empoce y enverdezca hasta la putrefacción. 

El pequeño guijarro se hunde hasta desaparecer. Sigo mi camino. Tengo mucha hambre. Es lo único que siento. Hambre, y quizás algo de sueño, eso me provoca contemplar la obra definitiva de la muerte cuando al fin acaba con la soberbia de los hombres.