Vampiros (otra vez) en La Habana

Por Alberto Garrandés

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Todo empezó por un anuncio en www.revolico.com: “Vendo casa de 3 habitaciones”. No hay nada como el revolico de ese revolico. Cruce de información, detalles verdaderos y falsos, red de indiscreciones al por mayor y precios inverosímiles. Pero uno va y pone su anuncio y espera. Uno confía un poco en que la gente, en la isla, tenga acceso a internet cada vez más, aunque el tráfico descienda de un tirón entre las 5:00 pm y las 6:00 pm, lo cual indica que, en Cuba, de 10 personas con cuentas de correo en gmail (pongamos el ejemplo de gmail, donde Google se transforma en el Godzilla del ciberespacio), 8 acceden desde sus trabajos y 2 desde sus casas o desde ese tipológico “parque wifi” que ya deviene otro sitio novelesco de las ciudades cubanas.

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Pero no nos desviemos del asunto. Hace unos días me visitó una viejita de 88 años que era amiga de la familia del afanoso cristalero que vivía en mi casa antes de que sus descendientes se marcharan a Hamilton, Ontario, en 2007. 

Me mudé adonde vivo hace 10 años. La casa permaneció vacía por espacio de unos meses. Unos delincuentes forzaron la puerta y casi la desencajaron. Después fue ocupada por un policía que se suicidó debido a un lance amoroso mal llevado. Tras el policía vinimos yo y un equipo de herreros, albañiles y plomeros. Y allí me asenté con mi familia tras dos meses de labores diarias de reparación. Pero desde entonces los fantasmas pululan y merodean. La viejita (Carola es su nombre) no quería referirse a ellos, aunque igual accedió a dejarse llevar por lo sobrenatural. Se parecía mucho a Lillian Gish en The Whales of August. 

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Me contó Carola que ella le había sugerido al cristalero hacer su taller (una barbacoa construida con buenos maderos) justo en el espacio donde hoy está mi pequeño estudio. Recuerdo que, al llegar a la casa, el jefe de la brigada me preguntó si quería derribar la barbacoa. Le dije tajante que no, pensando en la posibilidad de hacer un sitio de trabajo en soledad, aislado del ruido y por encima del nivel del suelo. La escalera de hierro que me lleva a él sigue siendo una sólida pieza. 

Carola me preguntó: “¿Y no oyes algo de vez en cuando?”. Era Lillian Gish rediviva. “Pasos, oigo pasos subiendo”, contesté. “Son ellos”, afirmó.

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Tener y no tener fantasmas, he ahí el dilema. Presencias. Gente muerta, difuntos extraviados. Seres confundidos (supongo) porque no saben (el mito así lo explica) que han fallecido. Han trascurrido varios años. Y por diversas razones que nada tienen que ver con la vida de ultratumba, puse el anuncio de venta en www.revolico.com y entonces los “accidentes” empezaron a ocurrir. Desde cosas simples hasta roturas inexplicables. Como si dilatar o detener el proceso de venta fuera el propósito. Y, de súbito, arrecian esas figuras lamiendo las paredes y entrando en las habitaciones. Como vampiros energéticos que, al sentirse bien en nuestra compañía, no nos dejaran poner la casa en manos de extraños.

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La viejita Carola me mira y murmura: “Pues no lo dude, son fantasmas, aquí murieron dos personas”. 

Yo no conocía ese tortuoso detalle, capaz de implantar en mi alma un conjunto de imágenes invadidas por la ficción. “Mi esposa siente cosas por la madrugada, ciertos trasiegos”, aseguro. “Busque asistencia espiritual”, me indica. “Lo que tengo que buscarme es un buen gestor de venta”, sonrío. Ella me agradece la taza de té. No me atrevo a preguntarle si conoce a Lillian Gish, aunque con estas señoras casi centenarias uno nunca sabe.

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El gótico siempre me ha rondado. Lo mismo en la vida, a partir de los ocho o nueve años, que en mi trabajo literario. ¿Diría que es una costumbre? No tanto. Más bien es una dimensión en la que me siento cómodo, entusiasmado, invadido por la curiosidad y la fascinación… y aterrado. De hecho, la cultura gótica es como un eje para mí desde que tengo uso de razón, como se dice. 

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Pasan meses y meses. Todavía no logro vender mi casa y, para colmo, por estos días los ruidos aumentan. Vienen dos familias enteras interesadas en comprar, y todo se diluye en el aire. “Los muertos trabajan duro”, me suelta mi comadre burlándose de mi incredulidad. Y una noche, mientras consulto el paquete semanal, descubro en la carpeta de documentales un archivo desconcertante. He aquí las sincronicidades de Jung y las confluencias de Lezama Lima: el archivo es una grabación hecha desde un auto de la policía, y recoge fragmentos de diversos recorridos nocturnos por el interior del cementerio de Colón. Más o menos hacia la mitad de la película, por encima de unas tumbas, aparece, fugaz, el cuerpo traslúcido de una mujer en bata de casa. En el resto del material se pueden ver algunos fenómenos ópticos curiosos, por así denominarlos.

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¿Todo eso es real? Lo sea o no, real fue, además, el hallazgo, en otra carpeta del paquete, de una película cubana, hecha en La Habana, y que se titula, pertinazmente, Sangre cubana. 

¿Masa crítica? Es posible: sombras que pasan, fantasmas, ruidos, roturas, objetos que se caen al suelo (una cartera colgada, sin posibilidades de resbalar hacia ninguna parte), pasos, muertos infelices que se aferran a algo… hasta que aparecen los vampiros.

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Sangre cubana, dirigida por Edgardo Pérez, es una desatino neobarroco. Pero cuando una trama se encabrita en una cadena de soluciones donde el trastorno es un signo, y esa cadena conduce a situaciones en las que imperan absurdos globales dominados por la parodia, uno debe detenerse y pensar un poco. 

Las actuaciones son espantosas, cierto, pero la película como tal, la historia… uff, creo que no se ha hecho nada así en el cine cubano. Rocambolesco, inusitado, atestado de momentos imprevisibles, el guion nos relata “hechos vampíricos” que van de lo risible a lo patético, de lo escabroso a lo inadmisible, de la lógica de lo impensable a la gracia total (hay secuencias de tanto ingenio candoroso que son para morirse de la risa). 

Sin tener, acaso, conciencia de la desmesura, los realizadores de Sangre cubana han optado por un neobarroco pantagruélico, henchido de enormidades como si tal cosa, en clave de comedia que a veces se toma en serio a sí misma, o en clave de drama que asume a la comedia en tanto puerta de salida.

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Personas de toda mi confianza saben que, por lo general, ando en busca de situaciones verdaderas con aspecto de ficción, y me cuentan que en Centro Habana hay un tipo que, en los albores de su negocio, hace tiempo se robó, de un almacén, una pistola de silicona, y que, desde entonces, colecciona diversos modelos con sus correspondientes cartuchos. Tiene, por otra parte, moldes de muchas clases y bolsas de bolitas de silicona. ¿A qué se dedica? A hacer dildos. Consoladores. Adminículos, enseres, aparejos en favor del sexo, o para matizarlo. Frente a esa realidad novelesca, y frente a los despejados vampiros de Sangre cubana, ¿qué importancia tienen dos o tres espectros sentimentales que me impiden vender mi casa?