Vindicación de Wendy Guerra

Por Gilberto Padilla Cárdenas

Un día que no me daba la cabeza para leer a Lezama, me metí en internet y acabé releyendo una vieja nota donde Walfrido Dorta troncha a Wendy Guerra. No es agradable. Que la autora de Todos se van sea destripada en algún suplemento literario cubano es raro, como también es francamente anómalo que sea alabada. Esto porque, sumando y restando, en Cuba no se ataca a Wendy Guerra, simplemente se la omite.

No aparece en los mapas de los conquistadores de la literatura nacional ni tiene una silla afelpada en el panteón académico. Wendy es, a lo más, un tema de espectáculos (“Wendy Guerra posa desnuda para Daniel Mordzinski”, “Wendy Guerra en el late night show de Jaime Bayly”) o, con suerte, el sueño húmedo del que no quieren despertar algunos.

Me cae bien Wendy. Su carrera —como la de Britney Spears, Christina Aguilera, Lady Gaga y Shakira— pertenece a una peculiar rama del entretenimiento que incluye la pantomima sexual; tiene tanto que ver con el soft porno como con la literatura. Acaso lo más justo sería decir que Wendy se sitúa en un punto medio entre ambos extremos, evitando comprometerse del todo con cualquiera de ellos.

Déjenme decirles algo: veo igual de respetable pasarse miles de horas frente a un espejo perfeccionando el movimiento de las caderas para luego filmar Hips Don´t Lie que escribiendo una novela sobre la estancia cubana de Anaïs Nin que haciendo ejercicios para conseguir el abdomen de Yelena Isinbáyeva.

La verdad es que yo prefiero un mundo donde pueda decir que Virginia Woolf escribe muy bien, pero no me gustan las mujeres con pelos en las axilas. 

Vaya, lo dije. 

Cuando eres escritora y “estás buena”, eres sexy y todo eso, puede ser algo así como la pluma mágica que le dio confianza a Dumbo para que se atreviera a volar. Pienso en Virginie Despentes escribiendo Fóllame, en Madison Young con Papi, en Nina Hartley y su Guía del sexo total, y en Wendy Guerra con Ropa interior. Libros donde el autor deja de ser exclusivamente una “voz narrativa” o “poética”: su físico se convierte en un elemento estético. 

A propósito comenta Slavoj Zizek: “Cuando las mujeres se visten provocativas, se objetualizan para atraer […], están jugando activamente. Y esto es lo que molesta a nuestro chovinismo masculino que se indigna contra una chica que provoca y luego no quiere acostarse con nosotros. Rechazo la crítica a la objetualización que hace el feminismo; estoy a favor, es uno de los mayores logros de la liberación sexual. Las mujeres tienen derecho a objetualizarse; deberían tener el control del juego de la seducción”. 

Eso explica por qué Joyce Carol Oates —tan fea como la novia de Popeye— ha sido hasta candidata al premio Nobel, pero no se atreve con un poemario erótico.

Muchos rumores cercan a Wendy Guerra: que si maneja con destreza la secreta guía Michelin de las universidades extranjeras, saltando de campus en campus, exhibiéndose como mascota de un sistema educativo ávido por pavonear creatividad (para ella es el hábitat perfecto: mezcla de reality show y grupo de autoayuda); que si es “un objeto de mucho peligro”; que si ha desarrollado una debilidad por posar desnuda que algunos llaman literatura cubana contemporánea; que si mantiene una columna autocentrifugante en El Nuevo Herald donde se hace cosquillas a sí misma.

Eso, dicen sus enemigos, es marketing. Sin dudas lo es. Y del mejor tipo. Como ven, cuando uno habla de Wendy Guerra lo hace de cualquier cosa menos del contenido de sus libros. (Mientras escribo esto recuerdo una anécdota de Ray Loriga cuando le tocó entrevistar a Keith Richards para un diario: “empezamos a hablar y me dijo, bueno, pregúntame lo que quieras, y yo: empecemos por el disco; no, el disco lo hacemos solamente para ir de gira, en realidad no me interesa”. Puede que con Wendy suceda lo mismo: sus libros son siempre un pretexto para hablar de ella).

Pero lo que termina de revolverles el estómago a los críticos es su perfil de Facebook. Allí Wendy da la cara como una autora prohibida en Cuba que salió adelante y alcanzó el éxito. El éxito, sin duda. Wendy ha publicado varios libros fuera de la isla, ha recibido importantes reconocimientos —el premio Bruguera de novela, el ribete de Bogotá 39, la Orden de las Artes y las Letras de Francia— y pertenece al catálogo de Anagrama. 

(¿Por qué una gran editorial como Anagrama publica una novela tan calamitosa como Domingo de Revolución? Así como la diferencia entre perder y ganar dinero en muchos estadios deportivos depende del diseño adecuado de los pasillos para la óptima circulación de vendedores. El espectáculo deportivo es la manera de reunir a un público vendible a los concesionarios de salchichas, cervezas, palomitas de maíz, café, etc. Creo que los editores de Anagrama pensaron que iban a reunir en Domingo…, como en el mejor hipódromo, a todos los exiliados cubanos; que la novela sería algo así como un libro de autoayuda para exiliados. Porque todo el mundo sabe que el exilio cubano está hoy necesitado de cariño). 

Lo que está menos claro es que esté prohibida. No sé cómo funcionan estas cosas de la estadística, pero Wendy ha publicado en Letras Cubanas (Ropa interior; Cabeza rapada; De transparencia en transparencia; Posar desnuda en La Habana) y en la Editora Abril (Poesía infiel; Platea a oscuras). No obstante, en la nota de contraportada de Domingo de Revolución se lee: “Su obra narrativa ha sido traducida a trece lenguas pero no está editada en su país”.

Como no me gusta que me engañen, voy a agarrar mi ejemplar de Posar desnuda en La Habana (Letras Cubanas, 2013) para hacerme un selfie y postearlo dentro de un rato en Facebook, que es donde mejor se dirimen los entuertos de la cultura nacional. 

Es justamente este tipo de cosas —los performances que interpreta cada tanto— lo que me fascina de Wendy Guerra. Recuerdo que hace algunos años, en medio de la Feria Internacional del Libro de La Habana, ejecutó un performance con un custodio. Resulta, decía, que el guardia de seguridad no la dejaba pasar, que no la conocía. Ella intentaba entrar a la FIL y el vigilante le contestó como Robert De Niro en Taxi driver: “Are you talking to me?”. La gente que deambulaba por ahí, probablemente lectores, o familias aburridas, o asesinos urbanos, habaneros, en todo caso, y todos extraordinariamente ajenos a ella, pasaban a su lado y la rociaban con una indiferencia monstruosa. ¡Nadie sabía quién era Wendy Guerra!

Otro: hace unos días, subió en Facebook la foto de un hombre X que miraba desde la calle la ventana de su apartamento; en el encabezado puso: “El compañero que nos atiende”. El plural incluye, supongo, a Ernán López-Nussa. Mejor ni les cuento quién es el tipo de la foto.

“Todo es apócrifo y yo soy un personaje de un filme sin rodar”, se lee en Domingo de Revolución, y no hay duda.

Al otro lado del espectro político, el exilio cubano la considera frívola; lo suyo es baja baja literatura, dicen. Pero ya sabemos que en el exilio cubano casi todos se sienten como personajes de La gaviota de Chéjov.

Como si esto no bastara, está el detalle que es mujer y atractiva y, para peor, le gusta serlo. Para rematar: le escribe a la mujer y las mujeres la leen. Sus libros tienen varias reediciones (y traducciones); esto, en un país donde casi ningún autor supera los 50 ejemplares vendidos, no es dato menor.

Sin embargo, en Cuba, Wendy no aparece en ningún ranking. Los monográficos de literatura contemporánea ni siquiera la nombran (apenas recuerdo hace más de 10 años un dossier en la Gaceta de Cuba, “Las mujeres novelan”, donde le formulaban tres preguntas). No figura. Pero yo creo que sí merece estarlo. Primero porque Todos se van me pareció una muy recomendable primera novela. Segundo por haber logrado lo que logró: romper el dique de las editoriales nacionales, ganar el Bruguera, tener una columna en un diario extranjero (ahora El Nuevo Herald, antes El País) con sus correspondientes lectores no-cubanos. Y tercero porque sus poemarios —lo que yo llamo su literatura selfie— son francamente buenos. Si de mí dependiera, sus poemas amatorios estarían en todos los libros de texto de preuniversitario. Prefiero a Wendy Guerra antes que a Petrarca, la verdad. 

Por otra parte, todas las literaturas del mundo tienen una Wendy Guerra: Argentina tiene a Pola Oloixarac, España tiene a Lucía Etxebarría, Nicaragua tiene a Gioconda Belli, etc., ¿por qué nosotros vamos a renunciar a la nuestra? 

Además, es prácticamente imposible empezar Todos se van o Nunca fui primera dama y no terminarlos. Lo difícil es recordarlos. Tienden a evanescerse. Al final de Posar desnuda en La Habana, por ejemplo, uno termina sintiéndose levemente timado o, para ser sincero, un poco aturdido: es muy fuerte la impresión de que ambos, Todos se van y Posar desnuda…, son el mismo libro. Porque el tema secreto de la obra de Wendy Guerra —lo he dicho en otras ocasiones— es el narcisismo.

No hay duda de que el género que Wendy Guerra ha literalizado, y cubanizado, es el del diario íntimo. Su fórmula siempre incluye una heroína sexy (sus personajes femeninos son todavía “montados”, “cabalgados”, “ensartados”; ya saben, la vieja escuela…), una buena dosis de español internacional, y cierto propedéutico de lo cubano —a través del clima, las costumbres, la naturaleza y la idiosincrasia— que recuerda por momentos aquellos libros de comienzos del siglo XIX, escritos por las viajeras europeas en el Caribe. Pienso en la sueca Frederika Bremer y en Cartas desde Cuba, sin ir más lejos. 

Con Wendy todo es sal, humedad, sexo “hecho a mano”, ardor, desequilibrio, melodrama, exageración. Ejemplo al azar: Domingo de Revolución, desde la nota de contraportada, parece escrito por el super-yo de Wendy. Nadie en su sano juicio permite que le impriman esto en la contratapa. Copio fragmentos al parpadeo: “[…] joven poeta […], una autora bajo sospecha. La Seguridad del Estado y el Ministerio de Cultura creen que su éxito ha sido construido por ‘el enemigo’ […] una invención de la CIA. […] prohibida e ignorada en Cuba […] controvertida pero exitosa […] traducida a varias lenguas […] estremece a quienes la leen fuera de la isla […] resiste en un país que la culpa por su gran pecado: escribir lo que piensa”.

Sus novelas necesitan antes del cuento la moraleja.

Un personaje de Salinger dijo que hay libros que nos hacen desear ser amigos de los autores para poder llamarlos por teléfono. Obviemos la parte de la amistad —los escritores cubanos son demasiado rencorosos—, quedémonos con la llamada. Terminada la lectura del libro, aparecería la necesidad perentoria de hablar con quien lo escribió para decirle o preguntarle cosas. Es un deseo que nada tiene que ver con la literatura: llamar a Wendy Guerra para pedirle que no deje de posar.