Héctor Antón: La verticalidad de los deseos

Telepatia metafisica, Lázaro Saavedra

Vamos a poner un mantel en el fondo del pozo.
José Lezama Lima

En una de sus coartadas destinadas a reinventar los límites entre ficción y realidad, Roland Barthes anota: “Maupassant desayunaba en el restaurante de la Torre, pero la Torre no le gustaba: Es —decía— el único lugar de París desde donde no la veo”.

Según Barthes, la Torre es un puente que enlaza la tierra y la ciudad con el cielo. Un “monumento inútil” con la “función imaginaria” de exhibir una “belleza funcional”, para representar esa “leyenda del viaje”.

Complejo de Babel que añade al mito urbano, a menudo laberíntico, un viso romántico, una armonía, un alivio. Tal vez allí, un agobiado Maupassant captó el misterio de la “jirafa de hierro”, empeñado en “comprender y saborear cierta esencia de París”.

Años después, un seguidor insular de las paradojas barthesianas retomó el pretexto en nombre de perpetuar una fantasía caótica: “El engendro de Eiffel resurgió luego en sus alucinaciones. Colocado bajo vigilancia psiquiátrica, Maupassant llegaría a afirmar que, desde lo alto de la torre Eiffel, Dios lo había proclamado hijo suyo”. (A pesar de su iconofobia vertical, el cuentista de “Bola de sebo” enloqueció).

Semejante al personaje de la evocación, el alter ego del “falso novelista” P. retoma la cita en una fiesta vigilada celebrada a distancia: “Igual al Maupassant de la anécdota, mi permanencia en Cuba estaba dictada por el deseo de olvidar. Dentro de Cuba, no veía a Cuba”. Una creencia que invoca la revelación de la antropóloga Lydia Cabrera cuando admitió: “Yo descubrí Cuba a orillas del Sena”.

Entre una dominación emocional y la ambición libertina, el contexto artístico registra un vínculo traumático de sus paladines con la mitología icónica contemporánea. Guy de Maupassant se opuso a la construcción de la Torre Eiffel y firmó un manifiesto de protesta junto a otros intelectuales parisinos.

P. (Antonio José Ponte, Matanzas, 1964) es un ruinólogo y autor de ensayos ficcionales como Un seguidor de Montaigne mira La Habana (Ediciones Vigía, Matanzas, 1985) o La fiesta vigilada (Anagrama, Barcelona, 2007); para muchos, era el Fermín Gabor de La Habana Elegante o cómplice del exterminador de la izquierda letrada; un prosista de garbo venenoso que desvela el contrabando de sombras, donde se incluye el “pasado” de su urbe adoptiva (La Habana) y el “presente” del resentimiento político que activa desde Madrid.

En 2003, P. fue expulsado de la Unión de Escritores y Artistas de Cuba acusado de ser un paparazzi de extrema derecha. “Muchacho, sigue leyendo a San Juan de la Cruz, a Proust, a Cintio Vitier y deja tranquilo a los Big Brothers” —le diría un oficial cultivado de Villa Marista, batallando por rescatar al talento amargo negado a sostener una conversación apacible. P. logró marcharse al exilio cuatro años después, para lidiar fuera de la “disciplina-bloqueo” del panoptismo vernáculo.

Testigo de una arquitectura de “estática milagrosa”, P. ha fustigado al sobrevalorado Leonardo Padura: sacalasca del ripio policial y la mensajería política, que fascina al “mercado serio” avalado por sus “lectores-hembras”. Este zurdo que maneja bien la diestra gusta del lobby con Dios y con el Diablo. Un ciudadano modelo del limbo retrató de un tirón a Padura Fuentes: “El hombre que amaba a los peros”.

P. está en contra de reconciliarse mansamente con la Institución-Arte tras cuestionarla o desecharla, parecido a esos artistas tolerantes ansiosos por volver a la escena nacional, reencarnando como los hijos pródigos (sumidos en añejos rencores) y necesitados de absorber el “aire de luz” que les toca.

Borrón y cuenta nueva a expensas del fracaso diaspórico, nostalgia doméstica o aperturismo del remiendo oficial. Dicho ardid estratégico recuerda al supersticioso Vito Corleone: “El que viene a pedir perdón es un traidor”. Un dibujo del conceptualista satírico Lázaro Saavedra titulado Suicidio a traición (hombrecillo clavándose un puñal en la espalda), ilustraría el vía crucis de emergencia.

P. insiste en no traicionarse demasiado. Ser un “poeta-mafioso” leal a su causa es una virtud para respetar. En medio de una tregua desmitificadora del apóstol Martí, ensaya la escena del patriota invisible, rodeado de espectros cuando susurra al viento: “No puede haber perdón cuando no ha habido justicia”. ¿Recalcitrantes inmaduros frisando los cincuenta años como Maldito Menéndez, Gorki Águila o Boris Larramendi? A ellos también les sobran razones para no estar conformes.

(Leo estas líneas a mi madre, cabizbaja en una silla de ruedas, y decreta en voz baja: “A quienes tuvieron que irse del país se les perdona cualquier cosa. No metas la cuchareta en lo que no has sufrido en carne propia”. Hago mutis y opto por botar el cubo de basura: ademán profiláctico en la suciedad del espectáculo.)

Bailando en la cuerda floja, el artista como “paciente ejemplar” se trueca en un manipulador que anhela seducir. Fundar mitos individuales desde leyendas colectivas se torna una misión impostergable: la “muerte en vida” debe reemplazar a la “vida en la muerte” de quienes no alcanzan un merecido reconocimiento.

En el último piso de la Torre Eiffel se instaló Sophie Calle (París, 1953), para que una fila de personas esperara su hora nocturna de hacerle cuentos y mantenerla despierta. Ella también ansía transformar la cotidianeidad en una novela, y crear situaciones que consigan abolir los lindes entre fabulación y realidad.

La falta de testimonio que acompaña una “pieza de altura” como Room with a view potencia esa biografía apócrifa que Sophie articula, fabricando historias para engrosar el espejismo cronológico de su dossier. Aunque esta y otras banalidades existenciales de Calle resultan asimiladas por esa dudosa cultura mainstream; un globo que suele planear a ras de suelo.

¿Cómo humanizar el recinto de una cápsula metálica, gracias a un contubernio entre desconocidos? ¿Cómo reconocer al masoquismo de la imaginación sobrepasando a una maquinaria hegemónica, tan engrasada como los desvíos mentales de quien añora perder su centro evadiendo tentar el rigor periférico?

El minicuento frío de la buena Sophie (réplica eurocéntrica tan vieja como interesante) nos devuelve al lirismo estructural o pregnancia académica del pensador-sentidor Roland Barthes: “La Torre no tiene edad, y realiza la proeza de ser como un signo vacío del tiempo”. Gajes del parasitismo ilustrado.

El “arte de la suplantación” explorado por Calle la llevó a inspirar una subtrama novelesca de Paul Auster. Sophie es la desquiciada María Turner de Leviatán, quien llena de rituales excéntricos el hastío contemporáneo. María es controlada por un reglamento íntimo: obedecer al régimen de una dieta cromática (ingerir alimentos de un solo color cada día) o espiar la vida de los otros. Sophie es el nombre de la hija actriz del escritor y director de cine Paul Auster.

Paranoia. Anonimato. Familiaridad. Desprecio. Enemigos reales o ficticios, los sujetos arquetípicos y las ciudades-emblemas pactan un intercambio, a merced de construcciones literarias o ideológicas. A quienes carecen de experiencias les sobra inventiva, o viceversa. Solo que una montaña de certezas puede deshacerse en un parpadeo igual que un castillo de naipes.

Así, el derribo de las Torres Gemelas reduce al absurdo la percepción traumática de Maupassant irrumpiendo en la Torre Eiffel, para no divisarla desde cualquier ángulo de París. En ese instante de pavor, dandis, mitómanos y ególatras elegirían ser el paseante entre la multitud de Edgar Allan Poe, observado por un voyeur en la bruma londinense sin dejarse leer.

“El desastre está del lado del olvido; el olvido sin memoria, el retraimiento inmóvil de lo que no ha sido trazado —lo inmemorial quizás; recordar por olvido, el afuera de nuevo” (Maurice Blanchot).

¿De qué valdría entonces una relación de amor-odio con iconos, metrópolis o una Isla flotando en el Mar Caribe? ¿Por qué retorcerse el hígado, dañado por la cirrosis intelectual, a cambio de un desahogo incapaz de cerrar heridas? La curación sería huir de los profetas y los ingenuos culpables dispuestos a morir por la verdad, acatando una recomendación del monje ficticio Guillermo de Baskerville a su discípulo Adso de Melk: “porque la única verdad consiste en aprender a liberarnos de la insana pasión por la verdad”.