Héctor Antón: Glosas en rojo y negro

1.

A principios del 2000 escuché otra historia local de la infamia, capaz de grabarse en la memoria colectiva de una nación amnésica. Sucedió en la peña del Parque Central habanero. Allí un paseante detuvo su caminata para comentar un abuso de potestad escenificado por el entonces manager de Industriales Rey Vicente Anglada. Este había expulsado del banco a un sociable y emocionado Alexis Cabrejas, ex integrante de los equipos capitalinos a mitad de los años ochenta.

El desconocido refería el incidente con una mezcla de rabia y dolor. Como si hablara de un familiar querido, muerto repentinamente. Sin embargo, la razón autoritaria del gesto era más política que disciplinaria, más calculada que espontánea. El Rey de los de abajo mutó en agente represivo de los de arriba.

Cabrejas abandonó la selección nacional que viajó a México en 1992, pero estando de visita en Cuba la nostalgia lo llevó a rastrear sus orígenes en el dugout industrialista, para allí ser humillado a costa de la pureza del deporte cubano. Si el rumor de la expulsión era verídico, decepcionaría a los admiradores de un icono popular como Anglada, que también padeció rechazos.

Rey Vicente era un pelotero que derrochaba garra en cada salida al terreno. Su rivalidad con Alfonso Urquiola le agregaba un morbo especial al espectáculo. Las cosas marchaban bien hasta que lo involucraron en una redada por venta de juegos donde no le probaron nada. Otros sustentaban que rehusó delatar a los cabecillas y hacerse el sueco se revirtió en un desacato punible.

Anglada cumplió tres años de privación de libertad por el delito abstracto de peligrosidad. Una arbitrariedad totalitariamente correcta. Un stop a la corrupción invisible de la pelota cubana. Al salir de prisión, Anglada estaba fuera de juego con veintinueve años. Mientras el grueso de los implicados optó por irse del país, él permaneció en Cuba. ¿Por qué desestimó superar la pesadilla y reinventarse en Grandes Ligas, siguiendo los pasos de su amigo Bárbaro Garbey?

Después el misterio rodeó a la figura del mito en desgracia. La masa de músculos derivó en una mole de calma. Unos decían que trabajaba en una corporación cubano-extranjera, pero lo cierto es que conducía una camioneta. También oíamos que deseaba mantenerse lejos del béisbol o seguirlo desde lejos. Anglada quería olvidar junto a los suyos, antes de terminar alcoholizado como esas estrellas incapaces de soportar una existencia ordinaria.

Un día de extraña piedad, Víctor Mesa (“El pelotero de Vilma Espín” y ahijado de Raúl Castro), persuadió al chofer Anglada de regresar al béisbol; urgía perdonar al rey destronado por culpa de lo que no pertenecía al legado de una “auténtica revolución”. Más tarde llegó el indulto que Rey Vicente parecía estar esperando.

El grado de confiabilidad alcanzado por el ex manager de Industriales y del team Cuba no impidió que censuraran en la Isla El Rey Anglada (Alexandria Library Publishing House, Miami, 2016), apasionada monografía de Juliana Venero Bon. Esta reconstruye zonas de la leyenda negra de Rey Vicente, a quien le cuesta mantener un vínculo orgánico con la trama hegemónica. No es suficiente que bosqueje en televisión (repleto de optimismo) lo que la gente necesita escuchar en materia de crisis beisbolera. Jugar con la farsa es algo serio.

2. 

Alberto Juantorena Danger recibió el sobrenombre de “El elegante de las pistas” a mitad de los setenta, gracias a las preseas doradas conseguidas en la Olimpiada de Montreal 1976. La prensa internacional le apodó “El Caballo”, aunque el mote no trascendió los confines del archipiélago; le pertenecía al dueño de la finca (Fidel Castro) donde pastaba el bicampeón; por lo cual desecharon el apodo para evitar los recelos hegemónicos de quien era duro de matar.

(Causa asombro que el narrador Rodolfo García Lozano, alias “La hiena”, le llamara “El Caballo de los Caballos” al toletero granmense Alfredo Despaigne. Adulación que pudiera interpretarse como una falta de respeto al difunto “Caballo Único”.)

Alberto no solo daba grandes zancadas sobre el rekortán sino también en la vida. A raíz de su victoria en Montreal, circuló entre la masa que Juantorena le sugirió a la Federación de Estudiantes Universitarios (FEU), suprimir el estipendio mensual de 30 pesos que recibían los alumnos para evitarle un gasto innecesario a la Revolución. Ahora refuta viejos rencores alegando que todo era una falsedad.

¿A quién creerle? En el paraíso del rumor sobrevuela el infierno de la mentira.

Tras retirarse en 1983, Juantorena pasó a ser un cuadro político del Instituto Nacional de Deportes, Educación Física y Recreación (INDER). Hoy es presidente de la Federación Cubana de Atletismo, vicetitular de la entidad a nivel internacional y miembro del Comité Olímpico Internacional (COI). Por su nombradía histórica, estampa firme y verbo dorado por la píldora demagógica, A.J. es un vocero hasta romperse la garganta del exterminio deportivo antillano.

En abril de 2014, Alberto Juantorena confirmó la salida como vicepresidente del INDER. “Fui liberado de mi cargo el 17 de diciembre, una liberación natural, llevaba 28 años en el cargo y yo no nací para ser vicepresidente toda la vida”, expresó el ex corredor elocuente que brincó de la pista a la burocracia.

Curtido en el arte de la justificación, Juantorena desmintió los susurros de que estaba preso o era un corrupto. Lamentó que en la prensa oficial no apareciera una nota aclaratoria de que había sido “liberado del cargo”. Negó que la decisión tuviera relación con la polémica entablada con el vallista Dayron Robles. Declaró sentirse honrado ante la proposición de Fidel (2012) para dirigir el Comité Olímpico Cubano, un nombramiento pendiente o descartado. ¿Recapacitó Castro ante una sobredosis de protagonismo ajeno?

A.J. hizo mutis por la “revolución traicionada” cuando el sobrino Osmany Juantorena Portuondo integró la selección italiana de voleibol durante los Juegos Olímpicos de Río de Janeiro 2016. El funcionario necesitó una reserva de pudor familiar para evitar insultos semejantes a los que le dedicó a Dayron Robles, cuando este quiso competir por un club de Mónaco o por otro país en 2013.

“Los fines han de ser públicos, los medios ocultos” (José Martí).

Juantorena es un perro de casa que, de tanto morder en defensa de su amo, se torna inaplazable sacarlo de la perrera. Antídoto para modular el tono del ladrido orgánico ante quienes invaden los dominios de la sagrada familia. Nada mejor que una Isla de Corcho para clavar los pinchos sin derramar una gota de sangre.

3.

A finales de la década del ochenta estuve cerca de la multicampeona Ana Fidelia Quirot. Lo facilitó mi amistad con su esposo de entonces, el campeón mundial de lucha libre Raúl Cascaret, quien falleciera en un accidente de tránsito en 1995. Se conocían desde las categorías juveniles en Santiago de Cuba y la relación se iba a pique. Ana Fidelia daba la impresión de ser una mujer valiente, frívola, cerrera, leal y con tendencia a bloqueos mentales.

Ana se quejaba del sueldo real que no le pagaban o le rebajaban en las duras giras europeas, del frío que pasaba en los aeropuertos, de que necesitaba una casa de varios cuartos donde guardar las prendas de vestir, medallas y trofeos. Pero ninguna de estas inconformidades materiales traspasaba las cuatro paredes de su minúsculo apartamento, animado por familiares y aliados inoportunos.

Tiempo después, Ana Fidelia sufrió un accidente doméstico donde casi pierde la vida. Corrían los inicios de 1993 y, al parecer, “La Tormenta del Caribe” soportaba enmudecida los agravios de un fracaso amoroso. ¿Quién iba a creerse el cuento infantil de que una torpeza culinaria le produjera quemaduras de segundo y tercer grado en un treinta y ocho por ciento de su cuerpo?

El suicidio (drama tabú en Cuba) era una flaqueza inaceptable para esta guerrera indómita, oriunda de Palma Soriano. Un símbolo de las mujeres cubanas imprescindibles, dispuestas a romper el yugo de la dominación masculina como un rezago del pasado.

Siguiendo el curso de las malas lenguas, la Quirot habría atentado contra sí misma a causa de una aventura fugaz con un amante oculto, cuya identidad debía mantenerse en secreto por tratarse de otro “ejemplo a seguir”. Ana Fidelia tenía treinta semanas de embarazo cuando ardió en llamas y la hija que finalmente perdió iba a nombrarse Javiana: fusión de Javier y Ana. Aunque el padre no era un Javier cualquiera, sino el actual recordista mundial de salto alto Javier Sotomayor.

A partir del percance hogareño, el propio Fidel Castro se encargó de vigilar la recuperación de quien escogió callar su desazón para complacer al hombre grande que le puso la mano encima. Lo que importaba era el futuro en nombre del pasado que era un presente clínico. Un pasaje triste, conmovedor, heroico.

Si la Quirot retornaba a la pista sería una hazaña de la potencia médica cubana, antes que la paciente impaciencia de un ser humano ajeno a las maquinaciones concebidas por los “ingenieros de almas”. La sombra del camarada Stalin escoltaba el sueño imposible de la corredora.

Contra el escepticismo, Ana Fidelia disputó el título de los 800 metros en el Campeonato Mundial de Gotemburgo, Suecia, 1995. Lo que no logró la vencedora olímpica de Sídney 2000, María de Lourdes Mutola de Mozambique, lo consiguió el Ave Fénix del atletismo, rebasando el trauma de intervenciones quirúrgicas y la presión política que impulsa a los deportistas cubanos en competiciones decisivas.

No solo Ana obtuvo el pase a luchar por las medallas, sino que remató a sus cercanas perseguidoras ante el asombro de quienes conocían e ignoraban su batalla por continuar sumando glorias al palmarés atlético-político. Sobreponerse al impacto psicológico fulminó al daño estético que impresionaba al público. El dramatismo encarnado por la mediofondista resultaba el más caro de sus amores.

Aquella final mundialista se realizó un 13 de agosto, fecha del cumpleaños 69 de Fidel Castro. La catarsis emotiva provocó que se tornase ambiguo discernir cuál era el límite entre las cicatrices de la Quirot y el ego voluntarista de su mentor. Un experto en maniobrar con la humildad de una niña adulta, quien creía distinguir en el verde olivo del uniforme el resplandor de un padre simbólico.

“En el reino del kitsch gobierna la dictadura del corazón” (Milan Kundera).

Final de partida

La Escuela de Iniciación Deportiva Escolar “Mártires de Barbados” (EIDE) es una alegoría del “Periodo Especial en Tiempo de Paz”. Basta entrar al gimnasio de judo para notar un hueco en el centro del colchón que ilustra la profundidad del caos; atletas mal nutridos, dificultades con el suministro de agua en los albergues, escasez de implementos.

“Desde que los soviéticos y el resto de países amigos cesaron de subvencionar al deporte, nada ha sido igual que antes,” estima un conocido preparador. “Las bajas de los muchachos son continuas, principalmente en el área de béisbol, el éxodo comienza en la base; se los llevan solos o con sus padres, quienes aprovechan la oportunidad para emigrar con la familia”, añade el instructor mientras exige omitir su nombre de un mínimo glosario de pérdidas irreparables.

Dicho entrenador quejoso desea volar del mapa lo antes posible. Le da igual cumplir una misión de ayuda técnica en Haití, Guatemala o en un barrio peligroso de Venezuela. Tal vez anhela instalarse en USA y reencontrarse con alguno de esos antiguos peloteritos de la EIDE “Mártires de Barbados” donde aún trabaja.

Ya es absurdo periodizar el deporte cubano antes y después de 1959; tendría que ser antes y después de 1989. El derribo del Muro de Berlín es directamente proporcional al declive del sector atlético en la Isla. Las áreas deportivas se han convertido en un Gran Solar, donde ni siquiera los emigrantes del interior pueden montar viviendas.

“Lo cubano es un rumor o un grito, no un coro ni un torrente. Lo cubano es una yagua pudriéndose al sol, una piedra a la intemperie, un matiz, un aleteo al oscurecer” (Reinaldo Arenas).

El Centro Voluntario Deportivo José Martí del Vedado es una réplica en menor escala de la Central Termonuclear de Cienfuegos. Muros expuestos a la fantasía destructiva estatal; gradas de hormigón esperando a que el dinosaurio amanezca soñando que un monstruo inerte lo aplastará. Hay pocas instalaciones a salvo de la yerba insurrecta, en postura inclinada o expuestas a la detención.

Ciertas restauraciones en el marco atlético arman una cadena de postergaciones. El romanticismo amateur de los setenta y ochenta se fue a bolina al desaparecer el campo socialista. Nuestros deportistas se cansaron de venerar la alucinación guevariana-fidelista de colocar el estímulo moral por encima del estímulo material.

La propaganda cubana queda sin argumentos al reconocer en comentarios de pasillo los éxitos en Grandes Ligas de Orlando El Duque Hernández, Kendrys Morales, José Ariel Contreras, Yasiel Puig, José Pito Abreu, Yoenis Céspedes y el lanzallamas Aroldis Chapman, entre otros jugadores que han hecho carrera en la MLB. Un sueño latente o castrado de los peloteros cubanos.

Triturando el compromiso de Lourdes Gourriel padre con la revolución cubana, Yulieski y Lourdes Gourriel Jr. se aventuraron a probar fortuna en las mayores. Qué importa si descollan en la élite o recalan en Ligas Menores como un destino nada humillante. Ellos tuvieron la audacia (morosa para Yulieski) de aspirar a la excelencia beisbolera. Tarde o temprano, la rebelión de los mansos se agradece.

El paripé del “amor a las cuatros letras” que caracteriza al deporte nacional contempla el incendio de sus alfombras y telones. Los atletas se hartaron de matarse por un viaje al extranjero o disfrutar una semana gratis en el balneario de Varadero con la familia. Mejor la autonomía de un contrato profesional antes que regalías gubernamentales. El derecho a la traición amenaza con transformarse en un deber para quienes reniegan continuar el sendero de la manada.