Héctor Antón: Algo pasa cuando faltan las palabras

Hacia finales de los años ochenta y noventa, Carlos Varela se convirtió en el cantautor insignia de la juventud instruida. Disfrutaba la aceptación de quienes estaban saturados de la envejecida Nueva Trova representada por Silvio Rodríguez, Pablo Milanés, Sara González, Noel Nicola y voceros como Vicente Feliú, autor del optimista “Créeme” (1978), himno personal que aún interpreta en las peñas somnolientas que organiza en la Casa del Alba.

Varela era el cronista del recuento; andaba vestido de negro con una guitarra al hombro como una escopeta de palo. Aunque su luto se debía al fallecimiento de los padres, aquel vestuario mutó en símbolo para quienes soportaban a la revolución cubana como un glosario de pérdidas irreparables.

Sin demeritar a sus colegas de generación, preferíamos a Carlos antes que a Santiago Feliú, Donato Poveda, Frank Delgado, Gerardo Alfonso y Xiomara Laugart. Varela se oponía al complejo de utopía, el lirismo desideologizado, la guaracha de humor social y los registros vocales.

Según el blogger cubano Néstor Díaz de Villegas, el público debe creer en lo que dice el rapsoda Carlos Varela, para llegar a confiar en su propia fuerza, en su propia desesperación, en el poder transformador de sus frustraciones. Poco importa que junto al filósofo melancólico suban a escena el bufón y el antihéroe.

El momento perfecto del cantautor cristalizó en agosto de1994. Su disco Como los peces (1995) se dio a conocer en un abarrotado teatro Karl Marx. Allí, el trovador de la agonía cotidiana amplificó canciones que no se escuchaban en la radio como “La política no cabe en la azucarera”, “Foto de familia” o “El leñador sin bosque”.

La fanaticada ardió en ganas de gritar: ¡Abajo quién tú sabes!, pero todo quedó en el show grabado por Televisión Española, que selló el aura contestataria y reconocimiento hispánico de Varela con su mejor producción discográfica.

Las baladas amargas de Carlos Varela se transfiguraron en gente que se moría de ganas de vivir.

A los pocos días de aquellos sonados conciertos, una multitud de indigentes sin nada que perder, se arrojó a la vía pública habanera con palos, piedras y cuchillos para destrozar vidrieras donde se ofrecían productos inalcanzables para sus bolsillos rotos. “El Maleconazo” dio lugar a la eufemística “Crisis de los balseros”.

Las baladas amargas de Carlos Varela se transfiguraron en gente que se moría de ganas de vivir. Ya era hora de obviar metáforas y símbolos, hechos para el consumo de burguesitos instruidos que criticaban a quienes los alimentaban. Otra vez las estrofas del hombrecillo que salía a cantar vestido como un cura roquero trituraban al entusiasmo colectivo. Otra vez el arte sucumbía ante la realidad.

De un día para otro, las visiones sonoras de Varela adquirieron forma humana y ratificaron su estigma de “canciones contrarrevolucionarias”, mote que con fines descalificadores le asignaron los portavoces del utopismo trovadoresco.

 

También en Nuevo Vedado, donde residía el ya emblemático Carlos Varela, vivía un chico familiar y vicioso del rap, el ron y el baloncesto. Aldo Roberto Rodríguez Baquero no quería ser como el Che Guevara sino como Tupac Shakur (2Pac), rapero neoyorkino que vendió millones de copias de sus discos y falleció de insuficiencia respiratoria, luego de un atentado a balazos en Las Vegas, 1996.

En febrero de 2003, Al2 (“El Aldeano”) fundó con “El B” (Bian Rodríguez Galá) un dueto que marcó una diferencia con respecto al discurso políticamente correcto de la “vieja escuela” del Hip Hop cubano y su fantasmal Agencia Cubana de Rap. Como herejes precoces, ellos nunca quisieron sumarse a la agencia.

A favor o en contra del buen vecino Carlos Varela, Los Aldeanos no intelectualizaban la realidad. Quizás no leían a Dylan Thomas ni admiraban La conjura de los necios. Soltaban palabrotas y se cagaban en cuánto tenían que cagarse. Desafiaban a la grosería con la agresividad de su léxico habitual.

Su poesía esposada describía “La Habana de politiqueros, pingueros y putas, porque solo dando el culo la extrañas o la disfrutas”. Al2 y El B se preguntaban sin cortapisas ni dobles sentidos “dónde está la tumba de mi Camilo, cojone”; querían oír hablar de los golpes que le dieron a Yoani Sánchez o de once millones de personas que soñaban con menear la cintura y escuchar a Gente de Zona.

Al2 y Bian servían de antídoto para quienes debían soportar medidas impopulares, absurdas batallas de ideas y remiendos forzados.

Sin aparecer en televisión ni escucharse en la radio, Los Aldeanos interpretaron el malestar popular. Sacaron de los hogares cubanos las blasfemias dichas en voz baja.

A principios del 2000, el rapero y luego productor Papá Humbertico improvisó un estudio que bautizó como Real 70, número de la calle donde éste residía en las afueras de Guanabacoa. Allí “La Aldea” grabó una cantidad de discos hechos en casa, impensable para músicos prolíficos con acceso a estudios profesionales.

Temas como “La naranja se picó”, “Hotel Nacional”, “Viva Cuba Libre” o “Retrato hablado” contenían la infelicidad del sector marginal y el malestar social de los seguidores de Carlos Varela. Al2 y Bian servían de antídoto para quienes debían soportar medidas impopulares, absurdas batallas de ideas y remiendos forzados.

El fenómeno Aldeanos inspiró recopilaciones mal vistas por los censores como la Comisión Depuradora (2007) y La Tribu Mokoya (2012). Allí coincidieron raperos curtidos como Soandry (Hermanos de Causa), Brebaje Man (Explosión Suprema), Karel “El indomable”, Raudel Collazo (Escuadrón Patriota), Maykel Xtremo, Silvito “El libre”; jóvenes como Bárbaro “El Urbano” Vargas y grupos como La Alianza.

Tras décadas de presión silenciosa y limitaciones publicitarias, Carlos Varela sobrevivió en la Isla-calabozo, sin abandonar el bosque para ser devorado por otras fieras. Entre pausas, frugalidades y legitimación foránea, nada ni nadie logró que se fuera de Cuba y dejara de molestar.

Como aleccionara el poeta y ensayista cubano Pedro Marqués de Armas, Varela se dedicó a “participar sin participar”.

Torpes al jugar con la cadena y no con el mono, Los Aldeanos terminaron por recalar en Miami. El trabajo mancomunado de la coacción psicológica fue más persistente que unos cojones artificiales. De nada valieron los alardes de morir quemados en su terruño, como auténticos insurrectos de la manigua urbana.

Al2 y El B dejaron de ser los héroes del pueblo, identificado con sus letras temerarias. Muchos fans borraron los discos y videos de “La Aldea” de sus computadoras.

Y de tanto empuñar el látigo, los mayorales del latifundio terminan fugándose también con los esclavos cimarrones que ansían el placer de la libertad.

La resaca antirreguetonera debería agradecerles su desacato. Masa y poder convergen a la hora de impugnar desapegos y flaquezas humanas.

A pesar de ser una lección para incapaces de mantener los puños arriba, las rimas contra la ceguera escritas por Los Aldeanos plantados en Cuba son comparables ahora a la vergüenza del cazador que renuncia a la selva para colgar el rifle detrás de la puerta. Y de tanto empuñar el látigo, los mayorales del latifundio terminan fugándose también con los esclavos cimarrones que ansían el placer de la libertad.

Un aldeano cruzando una avenida de Tampa o ejercitándose en un gimnasio del sur de la Florida es otro ser extravagante luciendo vestimenta, accesorios y tatuajes fuera de su ámbito. Nadie lo perseguirá. Nadie le reclamará sensatez. Su presencia no generará incomodidad. Ya encarna otra especie de no-persona, allí donde se protegen tanto los derechos de los ciudadanos como de los animales.

Carlos Varela le canta a un paquete de turistas estadounidenses (VIP) en el Taller Gorría, galería-estudio del actor Jorge Perugorría, ubicada en el barrio habanero de San Isidro. Uno de los artistas cubanos invitados a una de estas descargas medita para sí: ¿Cuál sería el valor de un rostro sin el precio de una máscara?

“El Aldeano” vuelve a casa, juega con sus hijos, graba un video en el cementerio Colón; respira el aire que le toca y asiste a la Fábrica de Arte Cubano. “Si te dejo subir a la pista me jodes el negocio, mi brother”, le diría X Alfonso, fundador del proyecto donde los noctámbulos se exhiben como marionetas en bancarrota.

Si un excéntrico como Oscar Wilde entrara a la Fábrica de Arte Cubano, volvería a distinguir “la existencia de esa clase de personas cuya única profesión es posar”.

 

A mí no me gusta la política, pero yo le gusto a ella, compañero: Gorki Águila no está de luto por nada ni por nadie. No es un héroe ni un traidor para obreros ni para intelectuales. Viéndolo asumir el personaje de una leyenda urbana que vacila el melodrama de la exclusión, uno percibe lo saludable que fuera para un artista ignorar los límites entre concebir una obra y hacer carrera.

Tal parece que todo es la misma porquería, en nombre de gozar el libertinaje festivo de una “actitud sin actitud”. Como figura protagónica de la banda Porno para Ricardo, Gorki es un emblema de la anarquía como ficción palpable.

Gorki Águila sale y entra del país, de la prisión o de una Unidad de la Policía.

¿Quién pudiera acusar de falta de compromiso a quién solo está comprometido con sus arrebatos?

Gorki Águila no ha tenido que disculparse por nada porque nunca ha sido ejemplo para nadie. Punk y recalcitrante, ácido y relajado, vago y consecuente, unos lo admiran y otros lo detestan por ser fiel al orgullo de errar.

Gorki Águila sale y entra del país, de la prisión o de una Unidad de la Policía. El Ministerio del Interior o “El misterio del interior”, como le llama el artista visual Raychel Carrión, ensordecen ante el sonido y la furia de La Paja Records, un pequeño estudio que Gorki armó en su hogar; cuestión de terapia ocupacional para fanáticos de la tranquilidad ciudadana.

“Ser oficialista no tiene swing”, confiesa Águila al compás que les muestra a estudiantes de la República Checa, imágenes del salsero Arnaldo y su Talismán junto al trovador Diego Gutiérrez ensayando un suicidio artístico a pleno sol: amenizaban un operativo militar (entre pioneros, cornetas, golpizas), frente a casa de Antonio Rodiles, activista con ambiciones de liderazgo y jefatura política.

Para Gorki, no es igual el mal olor de sus borracheras que la peste en los sobacos de Alpidio Alonso, ex presidente de la Asociación Hermanos Saíz. A este cuadro naíf de la Proletkult  antillana, Porno para Ricardo le dedicó el vomitivo “Comunista Chivatón”. Una canción que le aseguraría la inmortalidad del cangrejo al gran hermanito Alpidio, renacido una madrugada en calle G entre alcohol y pastillas.

¿Pudiera ser la canción comprometida, el rap contestatario, el punk rock u otro “Maleconazo” lo que revierta el diletantismo político en acción cívica de la mayoría?

Ningún desvío se incuba en la juventud o en los habitantes de una Isla que arde en virtud de corazones cansados, cerebros anestesiados o puños sin fuerza para cerrarse y elevarse al cielo de sus aspiraciones. El último reducto de protesta organizada en medio de la cosa pública es el susurro de las Damas de Blanco.