Atilio Caballero: Sub-Zona 1 (I)

El viernes 11 de Diciembre de 2015, la Agencia Cubana de Noticias (ACN), a través del portal Cubadebate, informó sobre la creación del “Confinatorio Nacional de Desechos Tóxicos Altamente Peligrosos”, a ejecutarse en la antigua estructura del Reactor número Uno de la felizmente nunca terminada Central Electronuclear de Juraguá, en Cienfuegos. La noticia no tuvo ninguna presencia en los medios masivos de información, por lo que, teniendo en cuenta los bajísimos niveles de conectividad en la Isla, la repercusión fue nula, prácticamente nadie se enteró del asunto.

Antonio Casanova Guilarte, Director del Centro de Inspección y Control Ambiental (CICA), departamento adjunto a la Academia de Ciencias de Cuba, dijo a esta agencia virtual que era el Ministerio de Industrias el organismo encargado de la realización del proyecto, y que para el mismo estaba previsto el montaje de tecnologías que permitieran el tratamiento y aprovechamiento de los desperdicios tóxicos; proyecto, asimismo, dotado de “una capacidad analítica capaz de sustentar todo el manejo” (?).

A su vez, el funcionario indicó que el financiamiento de las obras corría por cuenta del gobierno, aunque sin descartar el apoyo de algunos proyectos internacionales. Para la elección del basurero se había tenido en cuenta “lo difícil de crear condiciones de almacenamiento prolongado en varios lugares, por lo que se decidió explorar la posibilidad de concentrarlos en una única instalación”, así como “el alto grado de seguridad que una instalación de ese tipo ofrece, soportado por el rigor y profundidad de los estudios que antecedieron su construcción”.

Según el medio oficial, “en un primer momento las acciones estuvieron dirigidas a evaluar sus edificaciones y a crear condiciones de seguridad imprescindibles, entre ellas, el alumbrado y el retiro de algunos obstáculos, unido al aprovechamiento, como materia prima, de un volumen importante de materiales”. Y concluía afirmando que los desechos peligrosos en la Isla son mayormente productos químicos residuales de la industria farmacéutica, vencidos, y también derivados de la industria química y petroquímica, como los aceites usados, entre otros.

Fin de la noticia.

Casi un año después —Noviembre de 2016—, la mayoría de los habitantes de la Ciudad Nuclear ha oído hablar sobre el asunto, pero, al parecer, nadie sabe a ciencia cierta de qué se trata. No ha habido ninguna comunicación oficial al respecto, no se ha informado a la población local sobre las características de este nuevo proyecto constructivo. Que no es una simple vaquería, un gimnasio o un círculo infantil. Una población que vive a escasos cuatro kilómetros del lugar donde serán enterrados los desechos tóxicos, y que, por tal razón, tiene el derecho de ser la primera en conocer de esta decisión, así como de sus particularidades.

El Artículo 27 de la Constitución de la República de Cuba postula que “Es deber de los ciudadanos contribuir a la protección del agua, la atmósfera, la conservación del suelo, la flora, la fauna y todo el rico potencial de la naturaleza”, así como que el Estado, al proteger el medio ambiente y los recursos naturales del país, “asegura la supervivencia, el bienestar y la seguridad de las generaciones actuales y futuras”. Pensé que también yo, como ciudadano, podría contribuir a esa protección, y de paso, como parte del Estado, garantizar la seguridad de mi generación. Y la de mis hijos.

Al ser una disposición estatal, no hay posibilidad alguna, ni siquiera jurídica, de oponerse a ello. Una aceptación, al fin y al cabo.

Dos semanas después de haber leído la noticia, comencé a preguntar al azar. Quería saber cuáles podían ser las opiniones de los habitantes de este lugar con relación al asunto. La primera reacción, como casi siempre sucede en estos casos, fue una mirada esquiva, desconfiada, y un balbuceo temeroso e incoherente que intentaba comunicar un supuesto desconocimiento o desinterés. Todos parecían saber que algo se estaba “tramando” allá en el domo de concreto, pero nadie parecía estar dispuesto a hablar de ello. Los más agresivos sostenían que no era cierto, y me conminaban a mostrarles la información oficial. Los suspicaces, siempre peligrosos, se limitaban a preguntar por mi interés en ese asunto.

Bajé la noticia del sitio web y la imprimí. Pero antes de mostrarla a otros, se la llevé a Orizondo¹. Cuando terminó de leer, me dijo: lo único cierto que hay ahí es que sí, que lo van a hacer. “Todo lo otro es mentira”, concluyó, y comenzó a reír. “Mira aquí”, me dice, pasando el dedo sobre el papel, “unido al aprovechamiento, como materia prima, de un volumen importante de materiales”, lee sin sacarse el cigarro de los labios, y sigue riendo. “¿Qué volumen importante de materiales van a aprovechar, si ahí ya no queda nada desde hace mucho tiempo? Nosotros lo sacamos todo”.

Era una risa nerviosa, sin embargo.

A primera vista, esta indagación podría parecer una ingenuidad de mi parte. Aquí no hay “verdes”, mucho menos algún partido ecologista, ONG que verdaderamente se preocupe al respecto o grupúsculo con pretensiones ambientalistas. Tampoco tenemos presencia de NIMBY, ese virus que infesta la mente de algunos en otras partes del mundo. (Nota: NIMBY, Not In My Back Yard, por sus siglas en inglés, algo así como un grupo de millones de personas emparentadas por el deseo común de no querer el menor rastro de basura tóxica en su jardín, y luchar por ello.)

No obstante, decidí insistir.

“Ya lo sé”, dicen casi todos ahora, cuando les muestro la noticia impresa. Luego hacen una pausa, y concluyen: “Pero, ¿y qué?”. Es una pregunta que parece una afirmación perentoria. Y que en muchas ocasiones lo es. Ese ¿y qué? supone también varias cosas. En dependencia, obviamente, de quien lo diga. En unos casos, denota resignación, la impotencia ante algo que es imposible cambiar. Como un apócope de “¿y qué se le va a hacer?”, pues al ser una disposición estatal, no hay posibilidad alguna, ni siquiera jurídica, de oponerse a ello. Una aceptación, al fin y al cabo.

En otra de sus variantes, la respuesta en forma de pregunta (o la pregunta que constituye una respuesta) suele ser agresiva, y no denota otra cosa que lo que real y literalmente expresa. “Sí, ¿y qué”, dicho por determinadas personas y con un tono específico, es justamente eso: se hace y punto, no hay nada que discutir, si el gobierno así lo ha determinado es porque está bien; afirmación, también ahora, acompañada de una mirada particular —inquisitiva, autoritaria, recelosa—, la mirada de alguien que al hacerlo parece preguntar: ¿pero este de dónde viene? O peor: ¿Y tú, por qué andas preguntando eso? Segunda fase —fase superior— de la inicial suspicacia.

Para desestimar aquel recurso bastaba con el silencio institucional: las instancias correspondientes (¿“órganos competentes”?) ni siquiera estaban en el deber, mucho menos en la obligación, de dar una respuesta.

En el peor de los casos —si es que hay un caso peor que otro—, esta respuesta suele tener un afán justificativo. Uno de los argumentos que más he podido escuchar en esta segunda variante de respuesta ha sido el de que, de cualquier manera, la instalación de ese basurero tóxico cercano, al fin y al cabo, redundará en beneficio de la comunidad, pues constituye una fuente de empleo importante en una zona muy deprimida en cuanto a ofertas laborales. No importa el peligro que esta fuente de empleo pueda suponer; no importa, siquiera, que antes de ser sepultada te paseen la inmundicia letal a pocos metros de la puerta de tu casa, o junto a la explanada donde juegan tus hijos. Y para reafirmar la importancia de esta nueva posibilidad de empleo, dicen: “fíjate si es bueno, que los que ya están trabajando allí tienen derecho a jaba al final de mes”².

Nota: confieso que la pertinacia de mi pregunta tuvo, en sus inicios, un objetivo noble e ingenuo. Poco antes había ido a visitar, en su despacho, a un conocido abogado especializado en Derecho Constitucional, para que me explicara si existían disposiciones legales o procedimientos legítimos que me permitieran impugnar aquel decreto gubernamental y si, de haberlos, podría él asesorarme en este empeño.

No obstante a ser alguien a quien conozco desde hace muchos años, pareció sorprenderse con mi intención y con el hecho de que yo pretendiera oponerme a eso. Por un instante, incluso, pude entrever en su mirada esa mezcla tan característica de recelo y sarcasmo que conozco muy bien.

Según me explicó, no existe en la Constitución cubana ningún artículo que avale una iniciativa que pretenda derogar o —por lo menos— poner en discusión una decisión como aquella.

Tal artículo había existido hasta poco antes, pero fue derogado por un referéndum popular con carácter vinculante que cuestionaba la pertinencia de dicho párrafo, ese mismo referendo que a la vez ratificó el carácter irreversible del socialismo en el país.

(Pude recordar aquel capítulo: un conocido y respetado líder opositor, Oswaldo Payá, a tenor de la existencia de dicho artículo —que muchos, entonces, pensaron que había quedado en el texto fundamental como un adorno retórico que evidenciara el carácter democrático y abierto del mismo, y que, de todas formas, nadie se atrevería a invocar, y mucho menos a complementar—, había logrado reunir, a propósito del llamado Proyecto Varela, y al amparo moral del Movimiento Cristiano de Liberación, las decenas de miles de firmas requeridas para introducir en el debate de la Asamblea Nacional la situación de los presos políticos en Cuba, así como la aplicación de una ley de amnistía. La repercusión fue tan grande que el gobierno se vio forzado a “convocar” a un referéndum por primera y única vez en la historia reciente de la Isla y de paso convoyar lo otro, lo verdaderamente importante, constitucionalmente hablando).

Según el jurista, a lo sumo yo podría aspirar a “sensibilizar” algún que otro funcionario, institución u órgano de dirección —Partido, Gobierno, Consejo de Administración, etc.— mediante la recopilación de firmas en apoyo a esta “inquietud” ciudadana, pero nada me garantizaba legalmente que eso fuera a ser tenido en cuenta de manera oficial. Para desestimar aquel recurso bastaba con el silencio institucional (en el mejor de los casos): las instancias correspondientes (¿“órganos competentes”?) ni siquiera estaban en el deber, mucho menos en la obligación, de dar una respuesta.

 

“Cuando se habla demasiado sobre una misma cosa, significa que no se tiene otra sobre la cual hablar, o que se le teme tanto a ella que se habla y se habla constantemente, sin parar, intentando crear una confusión, un rumor que opaque su verdadero sentido”.

“Soy tal vez una de las pocas —tres, cuatro— personas en este país especializada en desechos nucleares, aunque nunca haya manipulado con mis manos un trozo activo y verdadero de esa basura. Pero no por eso he dejado de serlo, y sé lo que digo: uno puede estar parado ahora mismo sobre un montón de borra atómica, escoria nuclear, morralla de átomos díscolos y sin embargo no enterarse, no enterarse nunca porque nadie vive cien mil años, o diez mil, según los más optimistas, que es más o menos el tiempo aproximado para que todo se desvanezca, o salga otra vez a flote”.

La probabilidad de que ocurra, de que alguno de estos agujeros se raje o que aflore a la superficie su contenido es menor a una en un millón de años, ya lo dije, ¡una en un millón!

“Y cuando digo estar parado quiere decir aquí mismo, bajo mis propios pies, o los tuyos, en un área que no cubre más allá del perímetro que pueden abarcar mis dos brazos abiertos. Los residuos de alta actividad que produce una central nuclear cada año pueden reducirse a un volumen de un metro cúbico una vez reprocesados y vitrificados”.

“De la misma manera, los temidos radioisótopos, de vida casi eterna, que han producido casi todas las centrales nucleares francesas, por ejemplo, durante toda su historia, cabrían en un agujero más o menos similar al espacio que ocupa este modesto apartamento donde vivo. Así de simple, lo demás es pura leyenda”.

“Cierto es que estos indeseables son muy venenosos debido a su actividad —y en consecuencia tan peligrosos, si se ingieren, como el mercurio por ejemplo, o el amoníaco o cualquier derivado del azufre que la industria convencional produce en cantidades suficientes como para anegar trescientos campos de fútbol al año—, pero no es menos cierto que, a diferencia de los residuos industriales, que cualquiera puede ver tirados en cualquier parte, los residuos de origen nuclear deben estar, por necesidad y por ley, clavados en el fondo de la tierra, encerrados bajo siete llaves.”

“El procedimiento, para que te hagas más o menos una idea, es así: cuando ese excremento radiactivo se reprocesa, queda atrapado en vidrio insoluble, o en las resistentes pastillas cerámicas que forman los elementos de combustible sólido, dos capas más resistentes que el acero blindado. Y por si esto no fuera suficiente, en ambos casos los residuos se sellan en el interior de barriles de titanio, de acero o también de cobre, casi siempre de doble capa. Luego se le da sepultura en un agujero de granito a un kilómetro de profundidad, y después se sella el hueco con una mezcla de concreto, aislándolo por una sucesión de caparazones imposibles de quebrar. Un procedimiento conocido como técnica de perforación, que utiliza las mismas máquinas perforadoras usadas para excavar agujeros de gran profundidad para sacar el petróleo de las entrañas de la tierra”.

“He dicho imposibles de quebrar. Y bueno, ya se sabe que imposible no hay nada en este mundo, eso es verdad, una verdad tan grande como la cúpula de este virginal reactor. Pero la probabilidad de que ocurra, de que alguno de estos agujeros se raje o que aflore a la superficie su contenido es menor a una en un millón de años, ya lo dije, ¡una en un millón!, y para entonces ninguno de nosotros estará para comprobarlo”.

“Lo sé porque para eso estudié: Técnico Especialista de primer nivel para Desechos Radiactivos, Universidad de Leipzig, República Democrática Alemana. Luego un Máster en la Lomonósov, y pude haber hecho una alta maestría en el ITM… el de Massachusetts, claro, pero aquí consideraron que no era pertinente, que bastaba con la formación recibida de los camaradas del campo socialista”.

“Uno en un millón de años: considere las condiciones que deben darse para que los radioisótopos así enterrados vuelvan a la cadena trófica donde podrían envenenarnos. Sería necesario que una corriente subterránea penetrara en la roca de granito macizo, disolviera el sellado de hormigón con que hemos cegado el hueco alrededor, disolviera el segundo sellado impermeable de arcilla o bentonita que rodea al contenedor, disolviera el titanio y el acero del barril, disolviera el vidrio, el ¡insoluble! vidrio, algo imposible”.

“¿Sabe que hay copas de la civilización caldea, de más de tres mil años de antigüedad, que se han encontrado intactas en el lecho de ríos, es decir, tres milenios en remojo? Bueno, y luego de vuelta a la superficie, un kilómetro cuesta arriba. Algo prácticamente imposible, aunque se diga que imposible no hay nada. No es probable, al menos, y por tanto, no es preocupante. Al menos no tanto como la posibilidad de que nos parta un rayo, y es difícil saber de alguien a quien un rayo convirtió en ceniza”.

Es cierto que en el interior de un reactor nuclear hierve una cantidad descomunal de radiactividad, que si se libera completamente al medio ambiente, es capaz de matar a decenas de miles de personas en tres días.

“Todo esto no significa que me tome a la ligera este tipo de trabajo, que por demás, como ya he dicho, es mi especialidad. Hay una alta cuota de riesgo en esta actividad, nadie mejor que yo para saberlo, nadie mejor que yo… al menos en este país”.

“También puede ser que por la familiaridad teórica con esa basura tóxica he ido perdiendo el temor, como los médicos que hunden tranquilamente sus manos en las entrañas de una persona. Pero no por ello dejo de saber que ocuparse de estos incómodos despojos es más peligroso aún que trabajar en el mismo epicentro de una planta nuclear en pleno funcionamiento, con un sinfín de tuberías, válvulas y bombas neumáticas alrededor por donde circula el agua a presiones brutales y temperatura de infierno, y rodeado todo el tiempo de un enjambre de isótopos invisibles que secretamente te van royendo la sangre”.

“Es cierto que en el interior de un reactor nuclear hierve una cantidad descomunal de radiactividad, que si se libera completamente al medio ambiente, es capaz de matar a decenas de miles de personas en tres días. Pero si uno consulta los datos, los estudios recientes y los severos y rigurosos monitoreos a que está sometida actualmente toda esta actividad, comprueba enseguida que la energía nuclear no ha causado prácticamente fatalidad alguna en los últimos veinticinco años”.

“Cuatrocientos y pico de reactores, que es lo que hay en el mundo, funcionando las veinticuatro horas durante cinco o seis lustros sin accidentes serios, son equivalentes a un reactor nuclear funcionando durante unos tres mil años sin problemas. Y eso no está mal, no está nada mal, realmente”.

“Como científico y como profesional responsable puedo asegurar que la probabilidad de que los nuevos reactores de la llamada Generación III+, como el EPR o el ABR, sufran un accidente se estima en menos de uno en cien mil años y la probabilidad de que, en caso de producirse un accidente, se emita una cantidad alta de radiactividad a la atmósfera es menos de uno en un millón de años. Es una fuente de energía cara pero segura, tanto como la eólica y más que la hidráulica, el carbón o el gas natural. Precisamente porque es peligrosa, está más vigilada”.

“Claro que puedo adivinar, sin mucho esfuerzo, lo que ahora mismo está pensando: ¿y Chernóbil, entonces? Chernóbil… la gran mancha negra de este limpio aunque temible expediente. La peor catástrofe del siglo XX, es cierto. Se ha hablado tanto, que cualquiera puede confundir el grano con la paja en este lamentable asunto”.

“Pero pueden estar tranquilos: no habrá más Chernobiles, se lo puedo asegurar. No es que sea un pitoniso de la era nuclear, es un problema de responsabilidad científica”.

“No es difícil de entender: el principio, como ya sabemos, es el uranio. U, guion, dos treinta y cinco” —U-235, me escribe sobre la tierra, trazando signos con un palo— “cuya proporción en el mineral natural, también se sabe, es de cero punto siete por ciento: imaginemos cuanta piedra hay que sacar para extraer un solo gramo. Y es necesario además enriquecer el uranio natural, compuesto sobre todo de U, guion, dos treinta y ocho, que no se fusiona, aumentando la proporción de U, guion, dos treinta y cinco en este hasta un tres o un cinco por ciento. La misma técnica que permite enriquecer el uranio al cinco por ciento y fabricar combustible nuclear permite enriquecerlo al noventa por ciento y fabricar bombas atómicas, por ejemplo”.

Chernóbil, entonces. Bueno, el modelo ruso presentaba características radicalmente diferentes de la mayoría de los reactores que hoy en día se utilizan en el mundo, los llamados reactores de agua ligera.

“Bien: las propiedades químicas que definen un elemento vienen dadas por el número de electrones en la corteza del átomo, que es idéntico al número de protones en su núcleo. El uranio tiene noventa y dos. Llamamos isótopos a diferentes versiones de un elemento, con el mismo número de protones, y, por tanto, de electrones, lo que indica idénticas propiedades químicas, pero diferente número de neutrones”.

“Seguimos: el uranio natural es una mezcla de tres isótopos. El más importante en proporción, con un noventa y nueve punto tres por ciento, es el U, guion, dos treinta y ocho, con noventa y dos protones y ciento cuarenta y tres neutrones…”.

“Chernóbil, entonces. Bueno, el modelo ruso presentaba características radicalmente diferentes de la mayoría de los reactores que hoy en día se utilizan en el mundo, los llamados reactores de agua ligera. En estos, las leyes físicas impiden que la reacción en cadena se descontrole, como ocurrió en la campiña ucraniana”.

“Todos los reactores actuales tienen un búnker de hormigón armado de más de un metro de espesor que protege al núcleo, importantísimo elemento del cual carecía el reactor soviético, debido a sus aplicaciones militares. De haberlo tenido, seguramente habría resistido las explosiones químicas, pues ningún reactor nuclear puede explotar como una bomba, esas mismas que destrozaron la cúpula rusa”.

“La radiactividad mató en el primer momento a cincuenta y seis personas, casi todos ellos parte de una unidad de bomberos, pilotos de helicópteros y trabajadores de la planta, héroes, sin lugar a dudas. También es muy posible, según estimaciones científicas, que una buena parte de los liquidadores, es decir, más de medio millón de trabajadores, casi todos jóvenes, casi todos militares, que se ocuparon de limpiar las instalaciones, desconociendo en su mayoría el riesgo vital al que se sometían, hayan desarrollado, o desarrollarán, algún tipo de cáncer o leucemia”.

“PERO NADA DE ESTO ES POSIBLE CON LOS DESECHOS. Nada de esto, óigame bien… Cualquier desgracia posible es infinitamente inferior si se compara con este accidente, por ejemplo”.

“Puedo asegurarlo, yo que estudié y me especialicé en esa tecnología, por cierto, la misma que se pensaba aplicar en nuestra central de Juraguá. Con algún que otro detalle novedoso o cosmético edulcorante. Pero exactamente la misma… Al fin y al cabo, como también todo el mundo sabe, Chernóbil fue un error humano. No fue la tecnología lo que falló, sino los hombres, unos hombres que se pusieron a jugar con ella”.

Omar me cuenta todo esto de un tirón cuando le pregunto sobre ese nuevo engendro que ahora se cernía sobre la Ciudad. Es decir, una larga, exhaustiva explicación sobre la “materia prima” del asunto, sobre cómo debía procesarse esa materia prima, pero nada sobre el asunto mismo. No es capaz de relacionar.

No es una decepción, sino que tal vez esperaba algo más de él, ya que no solo se le considera un especialista en esta materia, sino también una persona de una cierta cultura. Para algunos, aquí, es casi un erudito.

(Esto me hace recordar una reflexión al respecto de Julio Ramón Ribeyro, en sus Prosas apátridas: en el caso de una persona culta, el conocimiento engendra conocimiento, pero en el caso de un erudito, el conocimiento se añade al conocimiento: “Un hombre que conoce al dedillo todo el teatro de Beaumarchais es un erudito, pero culto es aquel que habiendo solamente leído Las bodas de Fígaro se da cuenta de la relación que existe entre esta obra y la Revolución francesa o entre su autor y los intelectuales de nuestra época. Por eso mismo, el componente de una tribu primitiva que posee el mundo en diez nociones básicas es más culto que el especialista en arte sacro bizantino que no sabe freír un par de huevos”).

Chernóbil fue la consecuencia de un error humano, de una torpeza arrogante.

Solo que ahora, a esta dicotomía, yo preferiría agregarle otro componente fundamental para intentar entender dicha actitud: el miedo. Omar, como casi todos, tiene miedo. Sus palabras, sin saber muy bien por qué, también me hacen recordar ciertos eslóganes de la prensa soviética de entonces: “Nuestras centrales atómicas son completamente seguras, se podrían construir en la Plaza Roja, junto al Kremlin”; “Son más seguras que un samovar”; “¡Átomos para la paz, calor en cada hogar!”.

Según he podido averiguar, para el caso de los residuos peligrosos —o cierta clase de ellos, para ser exacto—, el tratamiento consiste en someterlos a una serie de reacciones químicas y físicas a fin de convertirlos en lo que suele llamarse “sustancias inertes”, realizando cotratamientos previos a la deposición en un depósito de seguridad.

Esto en el caso de que dichas sustancias no contengan Estroncio-90 ni Cesio-137, que son prácticamente indestructibles, y que pueden permanecer sobre cualquier superficie por más de diez mil años (como el mismo Omar decía). En este caso, el residuo radiactivo es frecuentemente el subproducto de un proceso nuclear, que puede generarse durante el procesamiento de combustible para los reactores o armas nucleares, o también en las aplicaciones médicas como la radioterapia o la medicina nuclear. Este último caso parece ser el que concernirá al futuro Confinatorio Nacional, según la escueta información oficial citada al inicio.

Siendo un especialista, Omar no habla —como tampoco ninguno de los técnicos e investigadores del CITMA, entidad encargada de regular las disposiciones concernientes al medio ambiente, y velar por ello— de algo que parece evidente: las dimensiones del futuro receptáculo tóxico, es decir, la mole gris y acorazada del reactor en toda su magnitud y capacidad, que hace pensar en un lugar demasiado grande para los escuetos desechos de una deprimida industria —química, farmacéutica, petrolera— nacional.

¿Será para dar futuro cobijo a posibles huéspedes extranjeros e indeseados? Dejo de pensar en ello, seguro de que volveré más tarde sobre este asunto, para recordarle a Omar que Chernóbil fue la consecuencia de un error humano, de una torpeza arrogante, él mismo insistió en ello, lo cual viene a corroborar su tesis sobre la tecnología casi infalible y la justificación científica sobre las medidas de seguridad, pero que deja un muy peligroso margen abierto a la improvisación local, a nuestra alegre y criolla espontaneidad, así como a la desidia circundante y la ausencia de formación especializada al respecto.

“Es verdad pero no deja de ser subjetivo”, me dice.

Aunque eso no lo hace menos latente, pienso.

Aun así prefiero, dado su afán de objetividad, citar ejemplos más concretos. Fukujima, le digo, puede ser una buena muestra reciente y muy a tono, por cierto. La estructura de la central japonesa resistió el fortísimo terremoto (“esa cúpula puede resistir hasta el impacto de un avión”; cuantas veces he oído pronunciar esta especie de eslogan aeronáutico para acreditar la fortaleza y resistencia de nuestra estructura local), pero no estaba preparada para una ola mayor. Que no devastó nada, pero anegó los depósitos, los compartimentos sellados hasta el paroxismo, para luego esparcir el detritus radiológico hasta extremos que hasta el día de hoy no llegamos a saber.

El período de desintegración oscila entre los cien y los ciento cincuenta mil años, esa cantidad de tiempo, en la superficie de la tierra, es mucho tiempo, pero en las profundidades del planeta, ese tiempo es casi nada.

Mi interlocutor parece confundido, no logra entender la correspondencia entre ese incidente al otro lado del mundo y nuestro basurero local. Le hago saber entonces que, recientemente, los especialistas del CITMA, encabezados por un equipo técnico de la Dirección Provincial de esta institución científica, publicaron en el semanario 5 de Septiembre (Cienfuegos, Viernes 1ro. de enero de 2016) los resultados de una investigación sobre el alarmante crecimiento de las aguas en nuestras costas (calentamiento global, incremento del volumen de los océanos, etc.) Ya se ha prohibido por ley la construcción de nuevas edificaciones, de cualquier tipo, a menos de trescientos metros de la costa, se estudian planes de evacuación de los habitantes de algunas de las zonas que serán afectadas con mayor celeridad (Reina, La Milpa, Castillo), y se pronostica que para el año 2050 el agua haya alcanzado alrededor de dos metros más que el nivel actual.

“¿Y cuál es el problema?”, me pregunta Omar. Lo miro y no, no está haciendo una pregunta retórica para ganar tiempo y preparar una respuesta irrefutable.

“Tú lo deberías saber”, respondo. “El reactor está junto a la costa, a apenas cuatro metros sobre el nivel del mar”.

“¿Y cuál es el problema?”, insiste, como si quisiera ganar tiempo para encontrar una posible respuesta, que no acaba de llegar. Le comento entonces, como de pasada y haciendo alarde de cierta erudición (cosa que sé que lo impresiona, lo cual significa que no voy a aceptar ninguna respuesta baladí) que, ya que estamos de acuerdo en que el período de desintegración oscila entre los cien y los ciento cincuenta mil años, esa cantidad de tiempo, en la superficie de la tierra —no digamos ya en la escala humana—, es mucho tiempo, pero en las profundidades del planeta (luego de perforar tres kilómetros de profundidad en sustrato de roca granítica, o en arcilla, o en formaciones salinas, que al parecer es el que más se asemeja a nuestro caso), a esa profundidad, le insisto, el tiempo geológico no se mide en siglos, sino en eones. Y contado así, ese tiempo es casi nada.

Pero Omar no responde.

 

“Durante los primeros días después del accidente, desaparecieron de las bibliotecas los libros sobre radiaciones, sobre Hiroshima y Nagasaki, hasta los que trataban de los rayos X. Corrió el rumor de que había sido una orden de arriba, para no sembrar el pánico. Para nuestra tranquilidad (…) La gente se creía cualquier texto impreso, aunque nadie escribía la verdad. Ni la decía. Por un lado, la escondían; por otro, no todos comprendían. Desde el secretario general hasta el barrendero (…) ¿Por qué no se escribe nada sobre… esto? Habrá uno o dos libros y se acabó. ¿Cree usted que es una casualidad? El acontecimiento aún se encuentra al margen de la cultura. Y nuestra única respuesta es el silencio. Cerramos los ojos como niños pequeños y creemos habernos escondido y que el peligro no nos encontrará. Hay algo que se asoma del futuro, pero es algo que no sintoniza con nuestros sentimientos. Ni con nuestra capacidad de experimentar”. (“Acerca del paisaje lunar”; Profesor Yevgueni Alexándrovich Brovkin, Voces de Chernóbil, Svetlana Alexiévich).


 ¹ “Personaje” principal de la primera parte de esta “saga”. Ver La Zona. Entropía (Franja I).
² Apostilla para un posible lector no cubano: el “derecho a jaba” es un sistema de estímulo que aplican algunas empresas del país, y que consiste en la entrega de una bolsa que contiene, principalmente, adminículos de aseo personal —detergente en polvo, pasta dental, jabón, desodorante, así como aceite de cocina, alguna conserva, algún embutido las más afortunadas— a aquellos trabajadores que han tenido una actitud irreprochable durante un mes de trabajo. La enjundia de la alforja varía según la importancia y los recursos de la Empresa.