Judith Shklar: Contra la Ilustración


Judith Shklar.



Judith Shklar publicó su primer libro, After Utopia, en 1957.[1] Al otro lado del Atlántico —se quejaba—, el optimismo político y la posibilidad estaban agotados. Se había abandonado la Ilustración, a veces en nombre de reconfigurarla para salvar su esencia de sus excesos. En el paisaje intelectual de mediados del siglo XX, triunfaban el fatalismo de un cristianismo entonces popular y el pesimismo del movimiento romántico.

El año anterior a la publicación de Shklar, Peter Laslett había pronunciado la que se convertiría en la frase lapidaria más citada de la época: “la filosofía política está, por el momento al menos, muerta”.[2] El diagnóstico de Shklar, en forma de ensayo extenso, pretendía evaluar la situación asediada y desolada (tal como ella la veía) de la política transatlántica, tomando el estado del pensamiento político como sustituto de la política misma. Aunque también analizaba diversas posiciones conservadoras y socialistas no comunistas, el ensayo de Shklar sigue siendo la mayor anatomía y crítica del liberalismo de la Guerra Fría jamás escrita.

Debido a su papel pionero en la elaboración de un panorama compuesto del liberalismo de la Guerra Fría, Shklar es mi guía a lo largo de este análisis. Tendrá que servir menos como una Beatriz que como un Virgilio, a quien seguimos a través de un paisaje infernal con la esperanza de que, más allá, exista el purgatorio —si no el cielo—. After Utopia no fue solo el último intento de cartografiar el liberalismo de la Guerra Fría. También fue una protesta crítica. Denunciaba la reinvención del liberalismo, aunque Shklar no viera una vía inmediata para redimirlo.

Y quizá la innovación más básica y más discutible de los liberales de la Guerra Fría, según Shklar, fue su ambivalencia hacia la Ilustración, que a veces llevaban hasta el punto de abandonarla.

La propia Shklar, desde luego, es conocida como liberal de la Guerra Fría. Como otros de esta escuela —Raymond Aron, Isaiah Berlin, Karl Popper y Jacob Talmon—, llegó a situar en el centro de su pensamiento el miedo al colapso de la libertad en tiranía, en una reacción horrorizada ante las crueles violaciones que hace posibles el exceso gubernamental.

Tras la desolación de la guerra total, la tragedia del Holocausto y el escándalo del totalitarismo, Shklar, como los demás, orientó su pensamiento hacia la amenaza permanente del final violento del pluralismo. La política colectiva dejó de ser emancipadora o pedagógica, y mucho menos un medio para crear instituciones de libertad colectiva. El Estado era necesario para la seguridad, pero sobre todo representaba el riesgo más profundo para ella. Desengañados respecto de la permanencia del mal y sacudidos por la memoria del horror, quienes promovían este “liberalismo del miedo” (como Shklar lo llamaría más tarde) abandonaron cualquier expectativa radical de mejora para teorizar en presencia del summum malum en la política.[3]

Cualquiera familiarizado con el pensamiento de Shklar puede reconocerla en esta presentación rutinaria, pero se deja algo importante fuera. Comenzó su carrera buscando una alternativa al liberalismo de la Guerra Fría. After Utopia sostenía que, para la década de 1950, la adhesión a los preceptos de la Ilustración había decaído hasta el punto de la renuncia, de manera especialmente decepcionante entre los propios liberales.

El libro se originó como su tesis doctoral en Radcliffe, que defendió en 1955 con el título “Fate and Futility: Two Themes in Contemporary Political Theory”. Posteriormente, desarrolló su carrera como una influyente profesora en el departamento de Gobierno de la Universidad de Harvard. Le llevó un tiempo asombrosamente largo que le concedieran una cátedra. En 1963, ante la parálisis de sus colegas varones, que no querían hacerla profesora de plantilla pero eran reacios a negarle la titularidad dada su valía, negoció un puesto de lectora a tiempo parcial, una solución provisional que no se corrigió en dos décadas.[4] Aun así, en una entrevista con Judith Walzer, registrada como parte del estudio de Walzer sobre las pocas profesoras de Harvard en 1981, Shklar evocaba con nostalgia sus años escribiendo After Utopia, una obra en la que “puse todo lo que era”. “Leía noche y día”, dijo, “cada libro formidable”, sentada “en aquel pequeño sótano de la Biblioteca de Radcliffe” y adquiriendo una “segunda educación”.[5]

Shklar aprendió a empezar por “la Ilustración”, como todavía se llama al movimiento transformador del siglo XVIII (o conjunto de movimientos) que desafió el pasado en nombre de un futuro liberado. Llegó a concebir la Ilustración como un renacimiento poscristiano del antiguo compromiso estoico de institucionalizar la razón universal como piedra de toque para los asuntos humanos. Pero, en realidad, la concepción de la Ilustración de Shklar trataba sobre todo de la construcción de nuestra capacidad de actuar en el mundo: un plan para que los individuos y la sociedad asumieran la carga de hacerse a sí mismos en vez de apoyarse en una autoridad supuestamente externa, ya fuera metafísica o política. “La esencia del radicalismo”, explicaba, “es la idea de que el hombre puede hacer consigo mismo y con su sociedad lo que quiera”.[6] La mera supervivencia no era suficiente, y la autocreación colectiva y personal proporcionaba el criterio para juzgar hasta dónde habían llegado las sociedades y hasta dónde tenían que llegar. “Ridiculizar esta preocupación es bastante fácil”, observaba. “Si acaso se ha considerado algo superior, sin embargo, es otra cuestión muy distinta”.[7]

Pero esas “aspiraciones radicales del liberalismo”, con sus orígenes ilustrados, se habían evaporado desde entonces.[8] En su lugar, filosofías que habían comenzado como réplicas a la Ilustración no tanto desplazaron al liberalismo como lo redefinieron. Tras una larga exposición de la revuelta romántica contra la Ilustración, After Utopia continuaba describiendo un “fatalismo cristiano” estrechamente relacionado. El libro alcanzaba su culminación extraordinaria con un estudio de la antipolítica existencialista y el malestar religioso que ahora sembraban el paisaje arrasado de la Guerra Fría como una especie de detritus intelectual, bloqueando cualquier salida. Pero, para colmo —tal como lo veía Shklar—, estaba el fracaso tanto del liberalismo como del socialismo a la hora de escapar de la crisis de una época en la que nadie veía una salida y los intelectuales abandonaban la esperanza de una emancipación progresiva. El propio liberalismo, sostenía, había adoptado el disfraz de su viejo adversario conservador.

El marco de Shklar resulta, desde luego, impactante a la luz de su reputación. Daba por supuesto que la teoría política moderna debía ser elogiada no por su vacilante reconocimiento del summum malum de los desenlaces violentos —como en el posterior liberalismo del miedo—, sino criticada por su escandalosa renuncia a una visión ilustrada de la emancipación humana.

No extraña que el teórico radical Sheldon Wolin, en su hoy olvidado ensayo extenso sobre el libro, describiera After Utopia como una obra que “sostiene que el destino de la teoría política está determinado por las vicisitudes del radicalismo”.[9] Un esquema así, observó Wolin con agudeza, dependía de leer “la Ilustración” de un modo determinado. Concluyó que, al establecer su punto de partida para la acusación de las tendencias del siglo XX, Shklar tomó decisiones estratégicas controvertidas acerca de cómo representar el pensamiento del siglo XVIII. “Los mayores exponentes del liberalismo”, señaló, en lo que retrospectivamente se lee como un comentario de una ironía notable, “tendían más a detenerse en las numerosas amenazas de dolor en el mundo que en las abundantes posibilidades de felicidad”.[10] Al subrayar el radicalismo ilustrado, Shklar omitió precisamente los rasgos de la Ilustración que más tarde convertiría en centrales para su liberalismo del miedo. Pero todavía no era su objetivo reavivar la psicología moral de la primera modernidad en la que se asentaba su liberalismo del miedo: ninguno de sus héroes posteriores —el ensayista Michel de Montaigne y el filósofo político Montesquieu— merece siquiera una mención en su primer libro.

La pregunta de Shklar, más bien, era qué le había ocurrido a una Ilustración centrada en la acción libre. “Es la libertad social lo que los hombres anhelan”, observaba, “la oportunidad de tomar decisiones efectivas”.[11] Su respuesta principal fue “la mente romántica”, una respuesta que este dosier revisará en el próximo capítulo, dedicado a cómo la Guerra Fría señaló al romanticismo político como culpable de los crímenes de la modernidad. También merecen ser revisitados más adelante el disenso de Shklar frente a la neo-ortodoxia cristiana y su crítica mordaz de Hannah Arendt. El punto de partida es el diagnóstico de Shklar sobre el destino de la Ilustración —su casi abandono— en la transformación del liberalismo durante la Guerra Fría, pues ese diagnóstico informó todos sus demás juicios.

La renovación de la escritura histórica sobre el liberalismo, que solo comenzó hace poco, ya vive una edad de oro. (No hace tanto, solo existía un intento de síntesis de alguna importancia, obra del emigrado italiano Guido de Ruggiero y publicada hace casi un siglo). Ahora las historias del pensamiento liberal se han multiplicado, incluso cuando se dice de manera rutinaria que el liberalismo está en crisis o incluso que ha terminado.[12]

Quienes discuten sobre de dónde procede el liberalismo discrepan, ante todo, sobre si adoptar un enfoque conceptualista o nominalista. En el primero, hay que partir, explícita o implícitamente, de una definición de liberalismo —por ejemplo, una lista de rasgos esenciales— fijada de antemano. Eso permite que muchos que nunca conocieron la palabra liberalismo —John Locke, por ejemplo— cuenten como liberales. Otros parten del nominalismo. Es más prudente sostener que el criterio principal para ser liberal es que se lo llame así, por uno mismo o por otros.

Para cualquiera que quiera comparar el liberalismo de la Guerra Fría con versiones anteriores, no hay forma de evitar ciertos supuestos conceptualistas sobre lo que definía la tradición en otro tiempo. Shklar suponía, por ejemplo, que alguna relación constructiva con el proyecto ilustrado de emancipación de la agencia humana es central para el liberalismo. Su renuncia durante la Guerra Fría fue funesta precisamente por eso. Ningún “liberalismo” que abandone la Ilustración puede seguir siendo liberal por mucho tiempo, pero el liberalismo de la Guerra Fría fue el que llegó más lejos. Con todo, el enfoque más nominalista también tiene mucho que enseñar, pues protege contra el riesgo de naturalizar el liberalismo como si fuera una tradición demasiado estable. La tesis del efecto decisivo de la primera Guerra Fría sobre el liberalismo depende de la idea de que es altamente mutable. La defensa de emergencia de la libertad frente a los soviéticos en el liberalismo de la Guerra Fría lo transformó casi más allá del reconocimiento.

Por esta razón, este libro dramatiza cómo los liberales de la Guerra Fría reimaginaron el canon del pensamiento político. Quizá el mayor historiador nominalista reciente del liberalismo, Duncan Bell, nos ha recordado que una parte del reordenamiento de la tradición liberal es la recanonización. Nada de esto, por supuesto, es específico del liberalismo; si toda historia es historia contemporánea, toda canonización también lo es, pues el pasado se reconfigura a la luz del presente.

De hecho, quizá no haya mejor vía para comprender el pensamiento político que estudiar qué ascendencia reclama y a quién censura o expulsa. “Es bien sabido que cada época reescribe la historia para servir a sus propios fines y que la historia de las ideas políticas no es una excepción a esta regla”, observó Shklar en 1959. “La naturaleza precisa de estos cambios de perspectiva, sin embargo, merece investigación. Pues su estudio no solo puede ayudarnos a comprender el pasado; también puede conducir a una mejor comprensión de nuestra propia situación intelectual”.[13]

Sin embargo, apenas se ha abordado cómo el liberalismo de mediados del siglo XX inventó su propio pasado. En su artículo clásico, Bell plantea la tesis desestabilizadora pero estrecha de que solo en el siglo XX se ungió a Locke como fundador del liberalismo. Hay mucho más que decir sobre el proceso de canonización. Este dio la vuelta a una versión prevalente de la teoría liberal decimonónica, con rasgos perfeccionistas y progresistas que el liberalismo de la Guerra Fría transformó. La agencia creativa había sido la meta del liberalismo y la historia, su foro de oportunidades. Mediado el siglo XX, todo eso cambió.

Los efectos fueron enormes. Del mismo modo que el gnosticismo provocó la canonización del Nuevo Testamento —Adolf von Harnack sostuvo que no hubo “acto creativo mayor” en “toda la historia de la Iglesia”—, el miedo al comunismo desencadenó una nueva visión de la genealogía del liberalismo: qué libros debían incluirse en su formación y qué movimientos debían ser fustigados y extirpados de su prehistoria.[14] En realidad, como el resto del pensamiento de la primera modernidad, Locke era marginal para el canon liberal de la Guerra Fría; era más probable que lo convirtieran en figura central izquierdistas como C. B. Macpherson o derechistas como Leo Strauss.[15] Los liberales de la Guerra Fría colocaron en primer plano lo que yo llamaré el “anticánon” de la emancipación moderna, y luego nuevas fuentes modernas para contrarrestar el atractivo de la emancipación que había prevalecido en el liberalismo anterior a la Guerra Fría.

Los cánones identifican no solo ángeles, sino también demonios, aunque el peor destino suele reservarse para todo aquello que se destierra por completo de la atención, como de nuevo muestra la historia religiosa. Los anticánones —libros, figuras o movimientos del pasado que se anatematizan para definir y estabilizar tradiciones— son de máxima relevancia para el trabajo canónico.[16] Los elementos de los anticánones se conservan como contraejemplos que conviene evitar: “sus errores” son errores que “no querríamos dejar morir de buen grado”.[17]

La primera mitad de este libro explora el anticánon del liberalismo de la Guerra Fría, desde la Ilustración y Jean-Jacques Rousseau hasta G. W. F. Hegel y Karl Marx. La segunda mitad se ocupa de las sustituciones que se propusieron para orientar a los liberales hacia el futuro trágico, ya desengañado de la esperanza emancipadora.

Cuando el liberalismo había surgido en el siglo XIX como consecuencia de la Ilustración y enredado con el romanticismo y el progresismo, el liberalismo de la Guerra Fría lo purificó de esos legados en nombre de una prioridad casi exclusiva de la libertad individual, que —según se afirmaba— los tres amenazaban. La conciencia del pecado original en el cristianismo neo-ortodoxo y la conciencia de la discordia psíquica en Sigmund Freud se propusieron como talismanes para conjurar una emancipación seductora pero abusiva. El liberalismo también se vio recortado geográficamente ante lo que los liberales de la Guerra Fría percibían como los horrores de la descolonización: se lo replegó para buscar refugio en el Atlántico Norte, canónica y políticamente, incluso en el mayor momento de globalización de la libertad en la historia del mundo.

“Al principio estaba la Ilustración”, comenzaba Shklar After Utopia.[18] Sin embargo, sostenía, el liberalismo de su tiempo había llegado a aproximarse e incluso a incorporar el odio a la Ilustración propio de sus adversarios históricos.

En su tesis original, antes de reorganizar el libro para su publicación, Shklar situó su crítica del liberalismo de la Guerra Fría al principio, y no al final.[19] Esa organización hacía más visible su preocupación central. Lo que Shklar denominó el “fin del radicalismo” significaba la renuncia a la “creencia” liberal “de que las personas pueden controlarse y mejorarse a sí mismas y, colectivamente, su entorno social”.[20] De ello había que culpar a los liberales de la Guerra Fría, no solo a los fatalistas cristianos y a los pesimistas románticos, que llevaban el oscurantismo intelectual y la resignación política de la Guerra Fría a extremos aún mayores que los liberales. El relato de Shklar sobre la bancarrota liberal se despliega en dos etapas, correspondientes a los dos primeros capítulos de su tesis y consolidadas en el capítulo final de su libro.

La invención del conservadurismo político en respuesta a la Revolución francesa, argumentaba Shklar, infectó de inmediato al liberalismo, asestando a la Ilustración un golpe del que fue difícil recuperarse. La guerra total y el totalitarismo en el siglo XX, afirmaba, “no hicieron más que completar la derrota”.[21]Esta redefinición derechista del liberalismo fue de la mano de exagerar la importancia de la libertad en su historia, renunciar a su perfeccionismo y a su progresismo y atacar a los intelectuales y, de hecho, a la teoría misma. Trataba al Estado como congénitamente opresivo y a la democracia como una receta para el totalitarismo, salvo que el Estado se minimizara y la democracia se mantuviera dentro de límites estrictos.

Los liberales “abandonaron” la Ilustración porque llegó a parecer plausible defender límites a la autoridad gubernamental y el compromiso con la libertad personal en un espíritu fatalista nacido del odio al radicalismo jacobino.[22] El conservadurismo adquirió originalmente unidad como estrategia “para resistir al jacobinismo”, pero esto no lo definía de forma distintiva, pues “pronto el liberalismo llegó a unirse al conservadurismo en esta preocupación”.[23] La invención del liberalismo de la Guerra Fría, sostenía Shklar, por tanto, “no había sido obra de un solo día”.[24]

Los liberales decimonónicos más destacados, salvo John Stuart Mill, abandonaron pronto el anticlericalismo ilustrado que había distinguido a los philosophes franceses del siglo XVIII. Con un ojo puesto en su propio tiempo, Shklar diagnosticó una abdicación más profunda del papel progresivo de los intelectuales, que —y citaba a Alexis de Tocqueville en The Old Regime and the French Revolution— ya no “creían en sí mismos” y se sentían amenazados por mayorías indóciles e irreformables, cuyo potencial de deslizarse hacia el fanatismo secular ahora debía mantenerse a raya mediante unas devociones religiosas antes odiadas.[25] Mill, reconocía, encarnaba una fe residual en la educación, pero ya no para la emancipación universal de individuos y sociedad en su tarea de hacerse a sí mismos, sino para impedir la captura desastrosa del Estado por mayorías perversas.

Sin duda, concedía Shklar, este liberalismo decimonónico estaba a años luz del abatimiento romántico, puesto que durante mucho tiempo los liberales “todavía estaban dispuestos a ofrecer sus servicios” a las masas.[26] Pero, después de la Revolución francesa, el carácter aterrador del poder mismo resultaba evidente para todos, y liberales como Lord Acton, que advertían de sus corrupciones, estaban a un paso de pesimistas como Jacob Burckhardt, que denunciaban el poder mismo como malvado. Aun así, sus temores eran moderados y solo embotaron el optimismo de la Ilustración, dejando además a sus seguidores posteriores sin preparación frente a las peores perversiones del poder. El liberalismo del siglo XIX abrió las puertas de la ciudadela liberal al conservadurismo, pero hicieron falta los críticos del totalitarismo de la Guerra Fría para convertir esa abertura en una capitulación en toda regla.



Portada de la tesis doctoral de Judith Shklar.







Índice de la tesis doctoral de Judith Shklar.



Hizo falta, insistía Shklar, que llegara mediados del siglo XX para que los liberales trataran a la propia Ilustración como fuente principal de la desgracia totalitaria. La crítica de la Ilustración fue adoptada por un número inquietante de liberales. El resultado fue una especie de “libertarianización” de lo que significaba el liberalismo, que rompió con el perfeccionismo y el progresismo que habían dominado la teoría política del siglo XIX, pese a la centralidad prolongada de la economía del laissez-faire en la práctica liberal.

Shklar sostenía que la experiencia del régimen totalitario en Europa inspiró una pérdida de confianza en sí mismos que, a su vez, hizo que la libertad individual pareciera tan amenazada como para ser lo único que los liberales debían esforzarse en proteger. Incluso eso, pensaban desesperadamente, tal vez fuera imposible de salvaguardar durante mucho tiempo. El liberalismo se convirtió así en “solo otra expresión del fatalismo social, no una respuesta a él. Para quienes carecen de los impulsos estéticos y subjetivos del romántico, o les resulta difícil aceptar el cristianismo formal, el liberalismo conservador ofrece la oportunidad de desesperar de forma secular y social”.[27]

Las dos etapas que Shklar traza del declive de la Ilustración dentro del liberalismo, casi desde sus orígenes, requieren cierta perspectiva crítica. Exageró su tesis en favor de una suerte de continuidad entre ambas etapas y, con ello, sacrificó su propio énfasis en cómo la Guerra Fría agudizó el pesimismo liberal.

En su primera etapa, resulta que Shklar anticipó el relato reciente más inteligente del pensamiento liberal, el de Amanda Anderson, al sostener que el liberalismo ha estado congénitamente abatido o desengañado, lo que lo sitúa en una revuelta permanente contra la Ilustración, tanto como lo convierte en heredero de esta. La Guerra Fría no hizo más que intensificar esas inclinaciones.[28] En su brillante libro reciente Bleak Liberalism —poco conocido entre historiadores intelectuales y teóricos políticos porque lo escribió una crítica literaria—, Anderson sostiene que el liberalismo “sombrío” y “templado” del siglo XX, y en especial el de la Guerra Fría, “se entiende mejor no como una anomalía dentro de la historia del pensamiento liberal, sino más bien como un ejemplo intensificado de rasgos persistentes del pensamiento liberal”.[29] En particular, añade, “el profundo desencanto del pensamiento político del siglo XX ayuda a iluminar un rasgo persistente de la aspiración liberal”.

Como Shklar antes que ella, Anderson acierta sin duda al señalar que los liberales siempre han estado atrapados en algún punto entre el optimismo y el pesimismo, o entre la esperanza y el escepticismo —¿quién no?—. Los mejores relatos sobre la propia Ilustración, al subrayar el talante falibilista y escéptico de muchos partidarios de la razón, tratan de contrarrestar generaciones de caricaturas conservadoras, reaccionarias y liberales de la Guerra Fría sobre su supuesta hybris y exceso de confianza. Hubo también, desde luego, anticipaciones de los desplazamientos de la Guerra Fría en los siglos XIX y comienzos del XX. Pero, aunque es importante registrar los rasgos persistentes del liberalismo político tras la Revolución francesa, es más importante subrayar que la Guerra Fría lo transformó teóricamente hasta hacerlo irreconocible. En esto, las omisiones de Anderson e incluso las de Shklar son decisivas.

El liberalismo había sido, junto con el socialismo, una de las dos grandes doctrinas de la emancipación moderna, y muchos de sus teóricos se propusieron elaborar un marco de progreso individual y colectivo —un proyecto extraordinariamente ambicioso y transformador— que sus herederos deben ahora reconstruir. Muchos de esos teóricos tenían un compromiso romántico con un liberalismo perfeccionista como vía hacia una vida más alta para la humanidad moderna. La propia Shklar concedía que el liberalismo del siglo XIX rara vez se formuló en oposición al socialismo y que a veces escaló hacia él; el moralista oxoniense T. H. Green y otros liberales atacaron la metafísica libertaria por su ceguera ante la justicia social y allanaron el camino para un nuevo liberalismo y el Estado del bienestar. De hecho, los liberales de la Guerra Fría y sus adversarios marxistas reconocían ambos, de manera indirecta, esa promesa de emancipación cuando fustigaban el liberalismo anterior por razones opuestas: los liberales de la Guerra Fría por sus supuestos excesos utópicos; los marxistas por sus limitaciones persistentes.

Pero, incluso cuando Shklar sostenía que el anti-jacobinismo de los liberales los volvía permanentemente ansiosos, su acusación contra los extremos de oscurantismo que abrazó la teoría liberal al amanecer la Guerra Fría señalaba que se había producido un giro abrupto y que su recorte de la ambición ilustrada iba más allá de cualquier cosa vista antes. La agencia intencional —y la vocación misma de la teoría política de anticipar su emancipación— pasó a ser temida cada vez más como un señuelo peligroso que los enemigos de la libertad podían explotar con facilidad.

Asombrosamente, dada la sensación actual de novedad excitante del tema, Shklar tomó como ejemplo principal del fatalismo liberal de la Guerra Fría in extremis la escuela emergente del “neoliberalismo”. Su diatriba contra él es completa e interesante: no porque estuviera demasiado enamorada de la economía de mercado, sino porque era demasiado conservadora en su política. Daba la vuelta al proyecto liberal histórico, separándolo de manera definitiva de sus orígenes ilustrados.

En After Utopia, Shklar se apoyó en un estudio bibliográfico de su mentor doctoral, el politólogo de Harvard Carl Friedrich, sobre el nuevo ordoliberalismo austroalemán, que pretendía salvar al liberalismo de sus errores del siglo XIX. Puso en el punto de mira a Walter Eucken, Friedrich von Hayek y Wilhelm Röpke, junto con su padrino libertario, Ludwig von Mises, así como a compañeros de ruta anglófonos como John Jewkes y Michael Polanyi.[30] No era tanto su célebre alegato contra la planificación económica —sostenía—, y menos aún su apreciación burkeana por “las bases inarticuladas de la sociedad”, lo que convertía al neoliberalismo en aliado, y no en enemigo, del fatalismo cristiano y el pesimismo romántico. Lo que a ella le pareció más notable del neoliberalismo como propuesta para el futuro del liberalismo fue, en cambio, la manera en que se presentaba como una respuesta desesperada al declive de la civilización occidental. En la visión neoliberal, aquello era una emergencia de la libertad que exigía hostilidad hacia la propia Ilustración.[31] La construcción de la agencia, más allá de lo que los individuos pudieran lograr a través de los mercados, era rechazada no solo por producir peores resultados, sino como fuente de una esclavitud totalitaria.

De forma más radical, la propia vida intelectual —central para el optimismo pedagógico de la Ilustración y todavía considerada por los liberales del siglo XIX como fuente de progreso— pasó a verse como un manantial de desastre político. Que “los intelectuales están condenados a arruinar la sociedad”, tal como Shklar describía la lamentación neoliberal, era una renuncia del optimismo ilustrado tan extrema como cualquiera que pudiera imaginar.[32] Sin embargo, neoliberales como Hayek y Röpke —junto con Bertrand de Jouvenel, un exfascista francés reconstruido como crítico de la planificación— coquetearon escandalosamente con esa misma premisa. Saltando a las conclusiones más extremas sobre el optimismo intelectual y la reforma del gobierno, adoptaron el lema “planificar y perecer”, según el cual la intervención estatal necesariamente engrasaba la pendiente resbaladiza hacia el control absoluto.[33]

Nada de esto, aclaraba Shklar, significaba que el abandono de la Ilustración por parte de liberales y neoliberales los hiciera lo mismo que sus otros objetivos, el fatalismo cristiano y el pesimismo romántico. Neoliberales como Hayek devolvían el favor de la alergia romántica a la libertad de mercado despreciando la individualidad romántica. En cuanto a su actitud más cálida hacia el cristianismo, Shklar suponía que no hacía más que intensificar la decisión liberal decimonónica de conceder a la religión una segunda oportunidad bajo presión. Pero incluso cuando extraños compañeros de cama contrajeran matrimonios de conveniencia —escribía—, eso no los volvía idénticos.

Tampoco el liberalismo de la Guerra Fría era idéntico al neoliberalismo, aunque sea justo preguntarse —como haré a lo largo de este dosier— hasta qué punto la hegemonía del primero ha derivado en la del segundo. Pero, desde el principio, las coincidencias estaban ahí: los liberales de la Guerra Fría y los neoliberales podían coincidir en una desesperanza que excluía el radicalismo ilustrado, al que asociaban con el máximo peligro. Como señalaba Shklar con melancolía a propósito del liberalismo de la Guerra Fría, se había vuelto común decir que la propia razón engendraba totalitarismo.

¿Hasta qué punto era justo definir el liberalismo de la primera Guerra Fría en torno al abandono de la Ilustración, sobre todo cuando nadie podía sostener que el neoliberalismo fuera, en otros aspectos, representativo de la teoría liberal de la época? La respuesta parece ser: muy justo. Probablemente no haya mejor ejemplo —en parte porque se cuidó en ocasiones de distinguirse del partido neoliberal— que el pensador más icónico del liberalismo de la Guerra Fría, Isaiah Berlin, maestro y amigo de Shklar.

Berlin es el protagonista del próximo capítulo, pero por ahora conviene considerar cómo encaja en el relato de Shklar. Aunque pertenecía a una generación anterior, él y su alumna procedían de la misma ciudad, Riga (en Letonia), y ambos estuvieron profundamente influidos por las tradiciones literarias del Bildungsbürgertum judío germanófono de la ciudad, si bien desde dos lados de una brecha enorme. Berlin nació en 1909 en el Imperio ruso, cinco años antes de la evacuación hacia el este de los judíos —un desplazamiento desde la periferia que lo orientó mucho más hacia la vida intelectual rusa de lo que ella lo estaría jamás— y, por supuesto, a menos de una década del colapso imperial. Shklar nació en una Letonia independiente en 1928, en el seno de la burguesía judeoalemana reconstituida, mientras que la familia de Berlin había huido a Londres tras la victoria bolchevique. La huida de Shklar, vía Japón hacia Canadá, se produjo en 1939, después de que el pacto entre Adolf Hitler y Josef Stalin colocara Letonia bajo la protección voluble de los soviéticos.

Las filas de los liberales de la Guerra Fría estaban llamativamente pobladas por exiliados y refugiados como estos, pero hasta qué punto debemos pensar que su origen judío o sus experiencias personales condicionaron su pensamiento es una cuestión espinosa. Lo que sí está claro, sin embargo, es que Berlin ofrece un ejemplo excelente de liberal de la Guerra Fría que reevalúa y reconfigura la Ilustración. Sus opiniones maduras sobre el tema evolucionaron sorprendentemente tarde. Incluso podríamos preguntarnos si la defensa que hizo Shklar de la Ilustración frente al liberalismo de la Guerra Fría estuvo inspirada en parte por el Berlin temprano. Sea como sea, ello impone un veredicto revelador sobre el punto en que acabó Berlin.

Él y Shklar se conocieron por primera vez en 1951. Era el comienzo del primer año de posgrado de ella en Harvard y el momento de la segunda visita de él a esa universidad. Ella fue alumna suya en su curso sobre la Ilustración.[34] Hay pocas dudas de que también pasaron tiempo juntos en 1953, durante la estancia de Berlin en Harvard ese otoño (cuando Talmon pasó allí el año también). Como resultado de esa conexión, Shklar se convirtió en corresponsal de por vida, y él se encargó de que ella le enviara libros estadounidenses. No hay motivo para exagerar su intimidad; la correspondencia de Berlin y los papeles de Shklar en Harvard no incluyen cartas anteriores a abril de 1970, cuando él todavía se dirigía a ella como Judith (a diferencia de su apodo Dita en cartas posteriores) y le rogaba que lo llamara Isaiah en lugar de profesor Berlin.[35]

En su tesis y en su primer libro, Shklar citó las principales obras entonces disponibles de Berlin: su Karl Marx, aparecida en 1939; su conocido ensayo de Foreign Affairs, “Political Ideas in the Twentieth Century”, de 1950; y The Hedgehog and the Fox, su ensayo sobre León Tolstói y la historia.[36] Sin embargo, como han detallado varios cronistas de la evolución de Berlin, su comprensión más sombría de la Ilustración no aparece ni en el libro sobre Marx ni en la breve introducción a su compilación de fuentes de 1956, The Age of Enlightenment. En cambio, se fue construyendo gradualmente a lo largo de la década de 1950 y hasta la de 1960.[37] Esa cronología complica su relación con After Utopia.

Existe cierta controversia sobre si Berlin llegó a abandonar alguna vez el retrato, a ratos anglocéntrico, a ratos francocéntrico y bastante simplista, de una Ilustración empirista y racionalista que había descrito en su libro sobre Marx y en su compilación de 1956. Un comentarista sostiene que no, y que el interés de Berlin por lo que acabaría llamando la Contra-Ilustración exigía “levantar un espantapájaros intelectual llamado ‘Ilustración’ [que] permaneció en gran medida intacto a lo largo de toda su carrera”.[38] Hay abundantes indicios que apoyan la tesis de que Berlin siguió comprometido con su célebre representación (o tergiversación) de la Ilustración como “monista” y uniformitarista, ya fuera por sus compromisos empiristas, por los racionalistas o por ambos.

Otros encuentran más complejidad en las lecciones orales de Berlin en la década de 1950, en especial en las conferencias de Bryn Mawr, publicadas hoy como The Political Ideas of the Romantic Age, que preparó durante el semestre en que dio clase a Shklar en Harvard, y en sus charlas radiofónicas de la BBC de 1952, que proporcionaron el texto de Freedom and Its Betrayal.[39] Para lectores más comprensivos, la Ilustración de Berlin tenía vetas diferenciadas (racionalista, voluntarista, culturalista), pero dentro de cada una acechaba una tentación específica de extinguir la libertad humana, que sus herederos del siglo XX, de forma inquietante, se permitieron.

En cualquier caso, lo que la ansiedad de Shklar ante el advenimiento del liberalismo de la Guerra Fría ayuda a ver es que la maduración de Berlin a lo largo de esa época dejó un espacio esencial para la posibilidad, perturbadora, de que la propia Ilustración fuera culpable de las peores perversiones de la política del siglo XX, en particular en la izquierda.

Berlin llegó tan lejos con esos gestos que empezó a recurrir a una estrategia cada vez más familiar, por no decir repetitiva: denunciar públicamente a la Ilustración por haber engendrado a la Unión Soviética y, después, tranquilizar a corresponsales agraviados o preocupados asegurándoles que la Ilustración también importaba para su propio liberalismo. A sus amigos les escribía que nunca había soñado con dar a entender que fuera tan mala, aunque en realidad sí había dado a entender precisamente eso. A medida que Berlin se interesó más durante la década de 1950 por las figuras que acabarían componiendo su “Contra-Ilustración”, su actitud censoria hacia la Ilustración se volvió cada vez más marcada.

En todas las presentaciones de Berlin sobre la Ilustración y sus alternativas había una asimetría innegable: no solo fascinación, sino una suerte de tolerancia afectuosa hacia los azotes derechistas de la Ilustración, subrayando los correctivos que aportaban pese a su propia contribución a los horrores políticos del siglo XX; todo ello combinado con un acercamiento de pasada a la propia Ilustración que siempre priorizaba su lado oscuro. Quienes defienden esta asimetría suelen invocar la disculpa de Berlin ante diversos interlocutores y corresponsales: los críticos de la posición propia merecen más atención porque revelan “grietas en la armadura”.

El caso más notable llegó con la respuesta del anciano Berlin al ensayo de London Review of Bookssobre The Magus of the North escrito por Mark Lilla, doctorando de Shklar, en 1994. En línea con la visión posterior de Shklar sobre la Ilustración —no como monista, sino como “escéptica”—, Lilla se quejaba de que Berlin describía siempre la cosmovisión de “la Ilustración y sus epígonos” como “absolutista, determinista, inflexible, intolerante, insensible, homogeneizadora, arrogante, ciega; la tinta no puede fluir lo bastante rápido cuando describe los vicios de las Lumières”.[40] En la correspondencia posterior con su crítico, Berlin siguió su guion. Apreciaba la Ilustración y, para mejorarla, solo pretendía mostrarle el espejo que le tendían sus críticos. Daba “por sentados” a “los pensadores que aprobaba” y “prefería a sus enemigos, por viciosos y destructivos que fueran a veces”.[41]

Pero la repetición no hacía que su autodefensa sonara menos hueca. Laurence Brockliss y Ritchie Robertson lo plantean con delicadeza —demasiada delicadeza— al decir que la incursión de Berlin en territorio enemigo, supuestamente para proteger el bastión de la Ilustración, no era “toda la verdad”.[42]No resultaba en absoluto convincente para explicar la atención asimétrica que concedía a las críticas de la Ilustración, atribuyendo a la propia Ilustración la culpa —que correspondía a otros— de los horrores del siglo XX.

“Isaiah Berlin nunca dejó al mundo duda alguna sobre su posición frente a la Ilustración del siglo XVIII y su legado”, insiste un miembro de su círculo.[43] Esto es cierto, pero no en el sentido que pretendía ese defensor: no había duda sobre dónde se situaba Berlin porque su tratamiento de la Ilustración rozaba el rechazo. El mejor giro que cabe darle es decir —como hizo aquel seguidor, de manera bastante inimitable— que “la audacia y la pasión casi nietzscheanas de Berlin por cazar y enunciar la verdad quand-même” significaban que “la Ilustración . . . nunca tuvo un amigo y defensor con menos ilusiones al respecto o con un conocimiento más profundo de sus debilidades potencialmente fatales”.[44] Con menos afán apologético, T. J. Reed observa que las protestas de inocencia de Berlin y de su círculo no alteran el hecho de que “cualquier reconocimiento de la Ilustración en [el pensamiento de Berlin] seguía viéndose socavado por objeciones generalizadas repetidas”.[45]

La verdad parece a la vez interesante y tajante: al construir su liberalismo de la Guerra Fría a lo largo de la década de 1950, Berlin dio marcha atrás respecto de la Ilustración, una marcha atrás que Shklar diagnosticó. Dicho de otro modo, la crítica de Shklar al liberalismo de la Guerra Fría en After Utopia se dirige con justicia a la posición madura de Berlin, que estaba desarrollándose mientras ella escribía.

Lo mismo ocurría con la teoría política libertaria, que define la libertad en términos de no interferencia del Estado y por la que Berlin estaba a punto de volverse un icono mundial. Cuando Berlin conoció a Shklar, todavía no era el defensor icónico de la libertad “negativa” en que acabaría convirtiéndose. En particular, antes de la Guerra Fría, en algunas cartas, Berlin adoptó una actitud cáustica hacia Hayek. Mientras The Road to Serfdom se publicaba por entregas en Estados Unidos, calificó a Hayek de “horrible”, a la altura de “su viejo mentor vienés”, von Mises, y “tan dodo como él, si no más”.[46] Tras la Guerra Fría, también, en conversación con Steven Lukes, entre otros lugares, Berlin podía dejar perfectamente claras sus credenciales welfaristas.[47] Y, aunque el registro de su rechazo del laissez-faire durante la Guerra Fría es mucho más exiguo (y coincidía con Hayek en otros asuntos), nunca abrazó el neoliberalismo en lo personal.

Pero ese no es el punto. El punto es que la construcción de su teoría de la libertad negativa durante la Guerra Fría coincidió de forma incómoda con su expulsión de la Ilustración del liberalismo. Jan-Werner Müller, el defensor reciente más perspicaz de los liberales de la Guerra Fría, insiste en que eran socialdemócratas en la práctica, al tiempo que concede que “las profesiones personales son una cosa; la lógica interna de las ideas políticas defendidas, otra muy distinta”.[48] La lógica interna de desvincular la Ilustración del liberalismo fue funesta.

Todavía en 197, cuando se publicó After Utopia, Shklar no podía reprocharle a Berlin una teoría de la libertad como no interferencia: no impartiría su conferencia inaugural Chichele, distinguiendo entre libertad “negativa” y “positiva”, hasta un año después.[49] Pero en su libro Shklar desestimó la prioridad excluyente de la libertad negativa (como Berlin iba a llamarla) no como un activo liberal, sino como un error liberal. Además —insistía— ese enfoque era reciente y, incluso una vez que surgió, había sido secundario dentro de la tradición hasta su propio tiempo. La libertad como no interferencia no había cobrado fuerza ni en la época de la crítica de Thomas Hobbes a la libertad republicana (como supondría más tarde el historiador Quentin Skinner) ni con el auge del liberalismo comercial sobre las ruinas de la virtud cívica (como han conjeturado tantos neorrepublicanos a lo largo de los años).[50] Más bien, sostenía Shklar, la redefinición de la libertad en términos negativos solo se volvió significativa en la segunda mitad del siglo XIX, en particular en el pensamiento de Herbert Spencer.

Y, añadía con su tono sentencioso, fue devastador para la causa liberal —un primer indicio de la renuncia a la propia Ilustración— que los liberales estuvieran redefiniendo la libertad, alejándola de la “autorrealización moral e intelectual” para llevarla hacia la “ausencia de restricción”.[51] En 1957, el año anterior a la conferencia inaugural de Berlin, “Two Concepts of Liberty”, Shklar estaba criticando esa posición como parte de su debate general con la liquidación, por parte del liberalismo de la Guerra Fría, del radicalismo ilustrado. El argumento libertario era un síntoma del abandono del núcleo moral de la Ilustración, no su realización.

Lejos de ser un momento canónico evidente para todos desde el inicio, la Ilustración fue siempre una tradición inventada. Rara vez se entiende que, en inglés, es en cierto modo una categoría del siglo XX, pese a antecedentes continentales anteriores en el discurso público y académico de la Aufklärung y las lumières. Por esa razón, la construcción de la Ilustración por parte del liberalismo de la Guerra Fría constituye, en algunos sentidos, su era de nacimiento. “El término ‘Ilustración’ apenas está naturalizado en inglés”, podía escribir aún en 1960 el historiador del University College London Alfred Cobban.[52]

En la práctica, los liberales de la Guerra Fría desradicalizaron y domesticaron el escepticismo continental, anterior, de los reaccionarios, pues nunca deberíamos olvidar que fue en gran medida la derecha continental la que incubó la crítica de la Ilustración antes de la década de 1940 y la que tomó la delantera en la primera Guerra Fría, la posterior a 1917, antes de que comenzara la estadounidense a finales de la década de 1940. Con la extrema derecha desaparecida por un tiempo tras la Segunda Guerra Mundial, el alegato que la derecha había levantado contra la izquierda pasó a ser útil. Con todo, resultaba notable que los liberales de la Guerra Fría hicieran mucho por investir a la Ilustración de ambigüedades que rozaban la vileza. Como comentaba Shklar en After Utopia, “la Ilustración no fue asesinada por sus oponentes, sino por sus seguidores más naturales”.[53]

¿Por qué lo hicieron? A mediados del siglo XX había mucho por lo que sentirse sombrío. Pero no cabe duda de que, ya fuera en sus movimientos conceptuales o en los de recanonización, los liberales de la Guerra Fría debían su ambivalencia respecto de la Ilustración y su emancipación de la agencia a la ansiedad ante las implicaciones de alcance mundial de la propia actividad canonizadora de la Unión Soviética. Vista en retrospectiva, la respuesta de los liberales de la Guerra Fría parece una elección aprensiva y, como sostenía Shklar en su momento, un error terrible.

A la Unión Soviética se le permitió una herencia exclusiva de la Ilustración en su propia autopresentación como descendencia secular del avance histórico hacia la razón y la ciencia. Que esta relación de propiedad con la Ilustración fuera concedida de manera implícita se asemeja, en retrospectiva, casi a una confesión: los liberales de la Guerra Fría no estaban seguros de poder defender la Ilustración de la apropiación soviética, o siquiera de querer la emancipación, cuando los comunistas se arrogaban el proyecto para sí. Es lamentable y revelador que, en lugar de oponerse a la pretensión de los comunistas enemigos de heredar la Ilustración mostrando hasta qué punto era oportunista, los liberales de la Guerra Fría aceptaran esa pretensión y acusaran a la Ilustración.

Cobban, como Shklar, es un testigo interesante a este respecto. El principal especialista anglófono en la Ilustración de su época era, él mismo, una suerte de liberal de la Guerra Fría.[54] Conocía íntimamente el siglo XVIII y la historia francesa que tantos críticos de la Ilustración —primero en la derecha y luego en el centro— convirtieron en material para sus relatos, y le indignaba ver cómo se la pervertía hasta el punto de la renuncia por quienes, en otras circunstancias, podrían haberse entendido como sus herederos legítimos.

Tras su entrada laudatoria sobre la Ilustración en New Cambridge Modern History en 1957, Cobban fue invitado en 1958 a dar una serie de conferencias en Harvard, donde elaboró su exposición sobre “el papel de la Ilustración en la historia moderna”.[55] No hay constancia de que llegara a conocer a Shklar, aunque tampoco es imposible. A comienzos de la década de 1950, Cobban había aportado su propia contribución a la literatura sobre el fin del pensamiento político, titulada “The Decline of Political Theory”, que comparte mucho con After Utopia.[56] De hecho, mucho antes que Shklar, Cobban publicó en Encounter un ensayo titulado “Cruelty as a Political Problem” que se lee como un ensayo general de su posterior “liberalismo del miedo”.[57]

En su primer libro, sin embargo, Shklar menciona a Cobban como uno de los liberales derrotados de su tiempo, esencialmente por su impulso fugaz, en plena guerra —más tarde rechazado—, de culpar a Jean-Jacques Rousseau del totalitarismo.[58] Fuera o no justa Shklar con Cobban a partir de sus textos publicados, las conferencias que dictó en Harvard al año siguiente (que, como era de esperar, aparecieron como libro dos años después, en 1960) estuvieron muy cerca de su llamamiento a redimir la Ilustración de las suspicacias del liberalismo de la Guerra Fría. A su vez, el apoyo de Cobban a la Ilustración en la década de 1950 —cuando Berlin se volvió contra ella— probablemente reflejaba el hecho de que era mayor que Berlin y que ya había intentado rescatar la Ilustración de parte del oprobio que se le había echado encima a finales de la década de 1930, solo para ver cómo ese oprobio se propagaba por liberales mismos conforme la Guerra Fría cristalizaba en la década de 1940.[59]

La visión de Shklar sobre la Ilustración en After Utopia, centrada en la emancipación y el intelectualismo, no estaba al día. En 1978, cuando volvió sobre el tema, concedió que “incluso esa parte del siglo XVIII que llamamos ‘la Ilustración’ fue un estado de tensión intelectual más que una secuencia de proposiciones simples”.[60] Y su rechazo, como el de Cobban, de algunos de los peores excesos de la fobia a la Ilustración echó raíces en algunos liberales posteriores de la Guerra Fría, en particular en la interpretación de Peter Gay, formulada después de que hubieran pasado los temores más extremos a la Unión Soviética y de que la década de 1960 planteara nuevos desafíos. Por lo demás, Shklar sin duda habría tenido poco interés por el triunfalismo ilustrado de nuestro propio tiempo, por esas proclamas eufóricas según las cuales la razón ya habría redimido a la humanidad de la superstición (si tan solo unos pocos malhechores posmodernistas y fanáticos religiosos se apartaran del camino).[61] Esa postura solo se volvió imaginable décadas después de que ella escribiera.

Que la crítica de Shklar al abandono, por parte del liberalismo de la Guerra Fría, de la Ilustración haya quedado parcialmente superada no significa en absoluto que su estudio de la transformación intelectual que la primera Guerra Fría produjo carezca de importancia. Esto es así incluso aunque Shklar nunca llegara a reclamarla por sí misma.

Con la perspectiva de muchos años, en una conferencia pronunciada en 1989 ante el American Council of Learned Societies, Shklar subrayó que After Utopia era diagnóstico más que constructivo.[62]Aunque objetaba la renuncia a la Ilustración, no pretendía saber cómo recanonizarla para el futuro liberal. Una cosa es indignarse ante la pérdida del optimismo; otra, restaurarlo.

Y, pese a su crítica en After Utopia, en su carrera posterior Shklar nunca defendió más que una comprensión minimalista de la Ilustración, como un alegato a favor de buscar las mejores condiciones institucionales para reducir las depredaciones físicas.[63] Montaigne y Montesquieu se convirtieron en sus sabios para “poner la crueldad en primer lugar” entre los problemas en torno a los cuales debería organizarse la política. No mucho después de la publicación de After Utopia, Shklar se aproximó a lo que ya, en 1959, había llamado un enfoque “de supervivencia” de la teoría política. En el espíritu del liberalismo de la Guerra Fría que había denunciado poco antes, Shklar mostró mayor empatía por el sesgo “amoral y a-ideológico” a favor del orden, que “se basa en el supuesto de que el gobierno no puede hacer buenos a los hombres, pero . . . puede impedirles la acción violenta”. El “supervivencialismo” tomó el Libro 5 de la Política de Aristóteles como si fuera una doctrina autosuficiente. Shklar llamó al resultado un marco para quienes “han visto suficiente disputa ideológica como para que les dure toda la vida”.[64]

Shklar no respaldó exactamente el “supervivencialismo”. Pero, tras haberse quejado antes de una perspectiva fatalista y haber luchado por evitarla, ahora sostenía que el control de daños es un impulso comprensible para quienes viven entre el detritus de la confrontación ideológica y la decepción de unas “grandiosas expectativas históricas”.[65] Pese a haber ofrecido recursos para cuestionar el itinerario de Berlin a lo largo de la década de 1950, ahora optó por recorrerlo ella misma. Nunca, a lo largo de su carrera, estuvo cerca de renunciar a la Ilustración, pero la reconfiguró como un llamamiento minimalista a la seguridad en medio del horror y las ruinas, no como la exigencia de una agencia emancipadora que había identificado antes. Pasó a ser menos una base para construir una comunidad libre de iguales y más un medio de reducción de daños.

After Utopia quedó en el olvido. Por comprensible que fuera en lo más hondo de la Guerra Fría, la evolución de Shklar representó un retroceso respecto de su primer libro, un retroceso hasta ahora poco explorado e incluso no reconocido. Si After Utopia ofrecía una crítica y un diagnóstico implacables del liberalismo de la Guerra Fría, su propia maduración cercenó ciertas trayectorias que podría haber seguido. Para nosotros, sin embargo, esas trayectorias siguen abiertas. Un lugar para empezar, para quienes esperan trascender los legados catastróficos del liberalismo de la Guerra Fría, es precisamente las críticas que Shklar le dirigió.






* Sobre el autor:
Samuel Moyn es Kent Professor of Derecho e Historia en la Universidad de Yale. Historiador de las ideas y del derecho, trabaja sobre historia intelectual moderna, política internacional y genealogías del liberalismo y los derechos humanos. Es autor, entre otros libros, de Liberalism Against Itself: Cold War Intellectuals and the Making of Our Times (2023), Humane: How the United States Abandoned Peace and Reinvented War (2021), The Last Utopia: Human Rights in History (2010) y Not Enough: Human Rights in an Unequal World (2018).  


* Imagen de portada: Judith Shklar.


* Fuente: “Against the Enlightenment: Judith Shklar”, capítulo del libro ‘Liberalism Against Itself: Cold War Intellectuals and The Making of Our Times’, de Samuel Moyn (Yale University Press). Traducción: ‘Hypermedia Magazine’.






Notas:
[1] Judith N. Shklar, After Utopia: The Decline of Political Faith (1957).
[2] Peter Laslett, “Introduction”, en Philosophy, Politics and Society (1956), vii.
[3] Judith N. Shklar, “The Liberalism of Fear”, en Liberalism and the Moral Life, ed. Nancy L. Rosenblum (1989). Compare Jan-Werner Müller, “Fear and Freedom: On ‘Cold War Liberalism,’ ” European Journal of Political Theory 7 (2008): 45–64; Jan-Werner Müller, Furcht und Freiheit: Für einen anderen Liberalismus (2019); Louis Menand, The Free World: Art and Culture in the Cold War (2021). La mejor panorámica del pensamiento social y jurídico liberal en estos años cruciales sigue siendo David Ciepley, Liberalism in the Shadow of Totalitarianism (2006).
[4] Judith N. Shklar, “Fate and Futility: Two Themes in Contemporary Political Thought” (tesis doctoral, Radcliffe College, 1955).
[5] Judith Walzer, entrevista con Judith Shklar, parte de “Oral History of Tenured Women in the Faculty of Arts and Sciences at Harvard University”, Schlesinger Library, Harvard University (1981), Section II, Part 2, 13.
[6] Shklar, After Utopia, 5.
[7] Shklar, After Utopia, 11.
[8] Shklar, After Utopia, 4.
[9] Sheldon S. Wolin, reseña de After Utopia, en Natural Law Forum 5 (1960): 165.
[10] Wolin, reseña de After Utopia, 169.
[11] Judith N. Shklar, “Bergson and the Politics of Intuition”, Review of Politics 20 (1958): 656, reimpreso en Political Thought and Political Thinkers, ed. Stanley Hoffmann (1998), 335.
[12] En orden cronológico: Guido de Ruggiero, History of European Liberalism, trans. R. G. Collingwood (1927); Domenico Losurdo, Liberalism: A Counter-History, trans. Gregory Elliott (2011); Duncan Bell, “What Is Liberalism?”, Political Theory 42 (2014): 682–715; Edmund Fawcett, Liberalism: The Life of an Idea (2014); Helena Rosenblatt, The Lost History of Liberalism: From Ancient Rome to the Twenty-First Century (2018); Gregory Conti y William Selinger, “The Lost History of Political Liberalism”, History of European Ideas 46 (2020): 341–54; Annelien de Dijn, Freedom: An Unruly History (2020).
[13] Judith N. Shklar, “Ideology Hunting: The Case of James Harrington”, American Political Science Review 53 (1959): 662, reimpreso en Political Thought and Political Thinkers, 206.
[14] Adolf von Harnack, History of Dogma, trans Neil Buchanan, 2 vols. (1901), 2: 62n.
[15] C. B. Macpherson, The Political Theory of Possessive Individualism: Hobbes to Locke (1962); Leo Strauss, Natural Right and History(1953). Shklar comentó que “the intensity with which the writings of Hobbes and Locke are being reexamined in England and America” (aunque no había visto nada comparable a la explosión de escritura desde entonces) daba testimonio de la necesidad sentida de “a new start” tras el “reject[ion of] the optimism of the eighteenth century”. Shklar, “Ideology Hunting”, 662, en Political Thought, 206.
[16] El término procede de Jamal Greene, “The Anticanon”, Harvard Law Review 125 (2011): 380–475.
[17] Greene, “The Anticanon”, 386.
[18] Shklar, After Utopia, 3.
[19] Shklar, “Fate and Futility”, cap. 1. Shklar (que también reescribió por completo su introducción y su conclusión) comenzó la tesis con capítulos sobre “the origins of conservative liberalism” y “conservative liberal fatalism”, que más tarde se consolidaron como el último capítulo, suplementado por una nueva investigación sobre el socialismo.
[20] Shklar, After Utopia, 219.
[21] Shklar, After Utopia, 221.
[22] Shklar, After Utopia, 179, 239.
[23] Shklar, After Utopia, 226.
[24] Shklar, After Utopia, 226.
[25] Citado en Shklar, After Utopia, 227.
[26] Shklar, After Utopia, 230.
[27] Shklar, After Utopia, 235.
[28] Amanda Anderson, Bleak Liberalism (2016).
[29] Anderson, Bleak Liberalism, 20; cf. 34 y 38–45 para el propio relato de Anderson sobre los orígenes, en la Guerra Fría, del neoliberalismo, aunque sin referencia a la versión temprana de Shklar.
[30] Carl J. Friedrich, “The Political Thought of Neo-Liberalism”, American Political Science Review 49 (1955): 509–25. El “artículo bibliográfico” de Friedrich se centraba exclusivamente en Alemania Occidental y en el grupo en torno a Ordo, más que en la “comunidad de opinión” neoliberal transcontinental (como la llamó Shklar en After Utopia, 236), respetando la designación, por parte de los ordoliberales, de Friedrich Hayek como “paleoliberal”, mientras que a los fines de Shklar le convenía homogeneizarlos.
[31] Shklar, After Utopia, 236.
[32] Shklar, After Utopia, 244.
[33] Shklar, After Utopia, 248.
[34] Entrevista con Walzer, Section II, Part 2, 3.
[35] Cartas de Isaiah Berlin a Judith Shklar, 22 de abril de 1970 y 31 de diciembre de 1980, Judith N. Shklar Papers, Harvard University Archives, Correspondence, 1959–1992.
[36] Isaiah Berlin, Karl Marx: His Life and Environment (1939); Isaiah Berlin, “Political Ideas in the Twentieth Century”, Foreign Affairs 28 (1950): 351–85; Isaiah Berlin, The Hedgehog and the Fox (1953); Shklar, After Utopia, 72n, 192n, 258n.
[37] Isaiah Berlin, ed., The Age of Enlightenment (1956), y los ensayos en Laurence Brockliss y Ritchie Robertson, eds., Isaiah Berlin and the Enlightenment (2016).
[38] Avi Lifschitz, “Between Friedrich Meinecke and Ernst Cassirer: Isaiah Berlin’s Bifurcated Enlightenment”, en Brockliss y Robertson, eds., Isaiah Berlin, 52.
[39] Isaiah Berlin, The Political Ideas of the Romantic Age: Their Rise and Influence on Modern Thought, ed. Henry Hardy (2006); Isaiah Berlin, Freedom and Its Betrayal: Six Enemies of Human Liberty, ed. Henry Hardy (2002).
[40] Mark Lilla, “The Trouble with the Enlightenment”, London Review of Books, 6 de enero de 1994.
[41] Carta de Isaiah Berlin a Mark Lilla, 13 de diciembre de 1992, en Berlin, Three Critics of the Enlightenment: Vico, Hamann, Herder, 2.ª ed., ed. Henry Hardy (2013), 456, y en Berlin, Affirming: Letters, 1975–1997, ed. Henry Hardy y Mark Pottle (2015), 475.
[42] Laurence Brockliss y Ritchie Robertson, “Berlin’s Conception of the Enlightenment”, en Isaiah Berlin, ed. Brockliss y Robertson, 47.
[43] Roger Hausheer, “Enlightening the Enlightenment”, Transactions of the American Philosophical Society 5 (2003): 33.
[44] Hausheer, “Enlightening”, 33.
[45] T. J. Reed, “Sympathy and Empathy: Isaiah’s Dilemma, or How He Let the Enlightenment Down”, en Isaiah Berlin, ed. Brockliss y Robertson, 114. Para una crítica aún más dura de Berlin, no por abandonar la Ilustración en bloque sino, en cambio, su veta “franco-kantiana”, véase Zeev Sternhell, The Anti-Enlightenment Tradition, trans. David Maisel (2010), cap. 8.
[46] Isaiah Berlin a Elizabeth Morrow, 4 de abril de 1945, Flourishing: Letters, 1928–1946 (2003), 540–41.
[47] “Isaiah Berlin: In Conversation with Steven Lukes”, Salmagundi 120 (1998): 98–99.
[48] Jan-Werner Müller, “The Contours of Cold War Liberalism (Berlin’s In Particular)”, en Isaiah Berlin’s Cold War Liberalism, ed. Jan-Werner Müller (2019), 49.
[49] Isaiah Berlin, Two Concepts of Liberty: An Inaugural Lecture Delivered Before the University of Oxford on 31 October 1958 (1961). Para las críticas posteriores de Shklar, véase Shklar, “The Liberalism of Fear”.
[50] Véase, por ejemplo, Quentin Skinner, Hobbes and Republican Liberty (2008), y Daniel T. Rodgers, “Republicanism: The Career of a Concept”, Journal of American History 79 (1992): 11–38.
[51] Shklar, After Utopia, 235.
[52] Alfred Cobban, In Search of Humanity: The Role of the Enlightenment in Modern Thought (1960), 7.
[53] Shklar, After Utopia, 218.
[54] Lo mismo era cierto del sucesor de Cobban en ese papel, el estadounidense Peter Gay. Peter Gay, The Enlightenment: An Interpretation, 2 vols. (1966, 1969). En una conferencia de 1975, Berlin reconoció el argumento de Gay —en una intervención anterior en la misma serie de Wolfson College— de que los philosophes no eran “un grupo monolítico” y que, por tanto, era erróneo pensar que “todos creían exactamente lo mismo”. Véase Isaiah Berlin, “Some Opponents of the Enlightenment”, disponible en línea en https://berlin.wolf.ox.ac.uk/lists/nachlass/opponents.pdf.
[55] Alfred Cobban, “The Enlightenment”, New Cambridge Modern History, 14 vols. (1957–79), 7: 85–112; Alfred Cobban, In Search of Humanity.
[56] Alfred Cobban, “The Decline of Political Theory”, Political Science Quarterly 67 (1953): 321–37. Para Cobban sobre Karl Popper, véase Alfred Cobban, “The Open Society: A Reconsideration”, Political Science Quarterly 69 (1954): 119–26.
[57] Alfred Cobban, “Cruelty as a Political Problem”, Encounter 4 (1955): 32–39.
[58] Shklar, After Utopia, 245–46, citando Alfred Cobban, The Crisis of Civilisation (1941).
[59] J. F. Bosher, “Alfred Cobban’s View of the Enlightenment”, Studies in Eighteenth-Century Culture 1 (1972): 37–59.
[60] Judith N. Shklar, “Politics and the Intellect”, Studies in Eighteenth Century Culture 7 (1978): 139–51, reimpreso en Political Thought and Political Thinkers, 94.
[61] Véase, por ejemplo, Samuel Moyn, “Mind the Enlightenment”, The Nation, 12 de mayo de 2010, y “Hype for the Best”, The New Republic, 19 de marzo de 2018.
[62] Judith N. Shklar, “A Life of Learning”, Charles Homer Haskins Lecture, American Council of Learned Societies Occasional Paper No. 9 (1989).
[63] Su reseña admirativa pero discretamente demoledora de Against the Current de Berlin, que constituye su principal comentario público sobre su obra, se detiene en su filosofía del pluralismo de valores sin mencionar la Ilustración. Véase Judith N. Shklar, reseña, The New Republic, 5 de abril de 1980.
[64] Shklar, “Ideology Hunting”, 686, reimpreso en Political Thought and Political Thinkers, 234, donde también señaló que estaba tomando y ampliando la caracterización de “survivalism” de su director doctoral, Carl Joachim Friedrich, a partir de Constitutional Reason of State: The Survival of the Constitutional Order (1957), cap. 3.
[65] Shklar desarrolló sus ideas en conversación real y académica con otro alumno de Friedrich, Charles Blitzer, en cuya tesis doctoral en Harvard se apoyó para su trabajo sobre Harrington, pero cuyo libro sobre el tema criticó específicamente por depreciar la “profunda preocupación por la estabilidad” de Harrington. Véase Charles Blitzer, An Immortal Commonwealth: The Political Thought of James Harrington (1960), y la reseña de Shklar del libro, American Political Science Review 55 (1961): 607.