Luego del reciente incremento de las sanciones económicas contra Cuba de parte del gobierno de Estados Unidos, particularmente el embargo casi absoluto de las importaciones de petróleo con el consecuente agravamiento de la situación general que desde hace mucho viene siendo caótica, empieza a hablarse de cambio de régimen, de una “transición” hacia la democracia y, conducente a ello, de conversaciones de alto nivel entre Washington y La Habana, algo que el régimen cubano ha desmentido.
El término “transición”, a partir del exitoso experimento español, o el polaco o el sudafricano, por mencionar algunos, se ha convertido en un comodín para los que proponen o recetan un cambio sin mayores traumas hacia la democracia, en oposición a los que hemos apostado durante mucho tiempo por una intervención militar (de Estados Unidos, ¿de quién más?) que deponga a la gentuza que se adueñó alevosamente de Cuba mediante el engaño y la fuerza, y que se aferra al poder a pesar de que su único logro ha sido la destrucción física del país y el envilecimiento de la nación.
Creo que, al igual que la cúpula chavista en Venezuela o el régimen iraní, la mafia que manda en Cuba apelará a toda suerte de dilaciones en el ámbito diplomático para ganar tiempo, en tanto apuesta porque algo imprevisto suceda —ya sea una alianza con China o a un cambio de actitud de parte de Donald Trump— que les permita seguir aferrados al poder. En caso extremo, se avendrían a presidir una “transición” siempre que les garantizara impunidad y privilegios. En tal escenario, la aspiración de los cubanos a disfrutar de una genuina democracia se vería necesariamente entorpecida por la mediación de los que han sido sus verdugos por casi siete décadas.
Los cubanos que pensamos y opinamos desde el exilio debemos rechazar esas propuestas de “transición” por muy buenas intenciones que las animen. Si —como suele repetirse en estos días en los medios de prensa— Cuba está a las puertas de un cambio, ese cambio debe ser radical y ha de pasar, para que sea auténtico y perdurable, por el derrocamiento del régimen y la deposición de todos sus altos funcionarios que no son más que criminales.
Ese resultado —dado lo inerme y sometido que está el pueblo cubano— solo puede lograrse mediante una decisiva acción militar y esta solo puede ser llevada a cabo con eficacia por Estados Unidos (tal como ocurrió en Panamá y en Irak). Para sacar a Cuba del horror donde la ha sumido una banda de ineptos desalmados, cualquier conversación está de más y esta misma noche deberían sacar de guaridas a los déspotas.
Sin duda que habrá personas —cubanos exiliados entre ellas— que se escandalicen, sincera o hipócritamente, de estas declaraciones y las juzguen políticamente incorrectas. Yo, en verdad, nunca he padecido de esas inhibiciones. A lo largo de todos estos años de tiranía, siempre he creído que lo único que podría librar a los cubanos de su yugo es el formidable aparato militar norteamericano, no solo para deponer un régimen, sino para enderezar un país y devolverle sus instituciones.
¿Por qué tendría Estados Unidos que llevar a cabo tal empresa con los costos que esta conlleva?
En primer lugar, por un elemental deber hacia un vecino en graves apuros. Por solidaridad, en nombre de los muchos intereses que ligaron por tanto tiempo a Cuba con Estados Unidos y que el castrismo cercenó para mal de todos. Y, también, por su propia seguridad regional. Estados Unidos nunca debió permitir —ni por un solo día— la existencia de un Estado hostil a sus puertas, dedicado a socavar la hegemonía norteamericana y la democracia liberal en todo un continente.
Máximo Gómez, desde los campos de la insurrección en 1897, apeló a uno de estos argumentos —la solidaridad del buen vecino— cuando, en carta dirigida al presidente Grover Cleveland, solicitaba abiertamente la intervención, para la cual llega a invocar la Doctrina Monroe, prueba clara, por lo demás, de que los cubanos no estaban ganando la guerra, como tantas veces se nos ha dicho.
Siguiendo el ejemplo del ilustre Generalísimo, los cubanos del exilio debemos pedirle al gobierno de Estados Unidos —cuyo presidente se caracteriza por un constante titubeo— que apele a la fuerza para devolver nuestro país a la esfera democrática y que —en reconocimiento a las muchas prebendas de que disfrutaron los norteamericanos en Cuba antes de esta desgracia— nos lo administren por algún tiempo, tal como hicieron ejemplarmente después de la guerra hispano-americana.











