El profesor y escritor Emilio Ichikawa, memorable por tantas razones, solía repetir ante los aciertos de quienes le parecían perfectamente malvados o radicalmente idiotas, que un reloj parado da bien la hora un par de veces al día.
Eso pasa con el presidente Donald Trump, tan errático a veces y tan mezquino siempre. Todos (o casi, porque no estaría donde está sin esos 77 millones de votos) critican por principio cada una de sus decisiones, sin detenerse a pensar que nadie puede ser tan perfecto, ni siquiera a la hora de tomar malas decisiones. Y si nos convencemos de ello, debemos comenzar a sospechar que nuestro resentimiento político le está ganando la partida a nuestra capacidad de entender el mundo.
Me imagino que ya sabrán, si el título no ha sido pista suficiente, que vengo a hablar de la situación venezolana a partir de la captura y enjuiciamiento de Nicolás Maduro, dictador en funciones hasta el 3 de enero pasado. Acción criticada, ya sea por afinidad ideológica con el chavismo o por la dificultad que representa para muchos distinguir México de Venezuela en el mapa. O porque, viniendo de Trump, la decisión de secuestrar a Maduro tendría que ser mala por necesidad.
Cierto que la sarta de medidas tomadas por el actual presidente norteamericano hasta ahora no invitan a otorgarle siquiera el beneficio de la duda: un coctel que mezcla el desprecio por las instituciones democráticas, guerras comerciales, persecución a la inmigración hispana, desplante a aliados tradicionales y acercamientos y concesiones a viejos rivales de Estados Unidos, más unos modales que no deben despertar simpatía ni en su esposa. Pero justo por ahí aparece la imagen del reloj parado. ¿Está Trump incapacitado para hacer algo bien, aunque sea con las peores intenciones?
Más atendibles son las críticas a la violación de la soberanía nacional y el derecho internacional. Cierto que el tema de la soberanía lo complica el detalle de que, en la defensa del exdictador, se han reconocido más muertes de soldados cubanos que venezolanos, cubanos que estaban allí en base a oscuros acuerdos que no redundarían precisamente en beneficio de la soberanía venezolana. Una soberanía bastante cuestionada de por sí, por la existencia de una dictadura. Algo que, por definición, impide a un pueblo ejercer su soberanía correspondiente.
El derecho internacional es asunto mucho más serio, porque lo que se debatiría es si debemos resignarnos a que impere la ley del más fuerte o si llegamos a algún consenso en el límite que no debe rebasarse en lo que toca a las relaciones entre países. Existe la tentación de apelar al argumento Hitler: ¿acaso alguien lamentó la caída de Hitler por el detalle de que el principal responsable de su derrota fuera Stalin?
A veces, la única manera de derrotar a un monstruo es con otro monstruo. No obstante, el propio juicio de Nuremberg contra los cabecillas nazis sigue siendo cuestionado por las reglas jurídicas que violentó (como el de juzgar por cargos no codificados sino hasta después de la ejecución del crimen), al punto que el fiscal norteamericano Robert H. Jackson, en su declaración inicial como acusador, apeló a la excusa moral: “El único refugio de los acusados puede ser la esperanza de que el Derecho Internacional se quede tan rezagado con respecto al sentido moral de la humanidad que una conducta que es crimen en el sentido moral deba considerarse inocencia ante la ley”.
Sin embargo, Jackson trataría de resolver el embrollo jurídico en que lo ponía el derecho internacional diciendo: “La civilización pregunta si la ley está tan rezagada como para ser completamente incapaz de hacer frente a crímenes de esta magnitud, cometidos por criminales de esta importancia”.
Ciertamente, Maduro no se compara siquiera con un subordinado intermedio de Hitler y ahí tenemos otro motivo de queja contra el nazismo (como si el holocausto fuera poco): el convertir el mal en una suerte de caricatura desmesurada, frente ante la que prácticamente ningún malvado da la talla. Pero podríamos hablar de la sobrevivencia del régimen de Franco al terminar la Segunda Guerra Mundial, que suele achacarse a la flojera o la complicidad de los Aliados, en vez del respeto por el derecho internacional que ahora se invoca.
La insistencia de Trump en construir durante meses el caso de Maduro en torno al narcotráfico intentaba equipararse a la lógica de Jackson en Nuremberg: construir la acusación no como violador consuetudinario que ha sido de los derechos humanos de sus conciudadanos, sino entendiendo su supuesta vinculación con el narcotráfico como acción hostil contra Estados Unidos.
Uno se pregunta: ¿qué habría pasado si el simpático de Obama hubiera ordenado el secuestro de Maduro como mismo ordenó el asesinato de Osama bin Laden? ¿O es que quizás lo que le permitía a Obama conservar su halo de simpatía era entender la diferencia entre un caso y el otro?
No ayuda mucho a entender las críticas al secuestro de Maduro que estas en su mayoría vengan de los mismos que durante años callaron ante los desmanes del tirano venezolano. Tampoco vale basar la crítica en la oposición a todo tipo de intervención extranjera, porque de otra manera no nos hubiéramos podido librar de muchos temibles tiranos, desde Hitler a Somoza (sobre el segundo doy fe: un vecino de mío en Cuba, coronel de Tropas Especiales entró primero al búnker de Somoza que las fuerzas sandinistas).
No obstante, quedan en pie dos hechos indiscutibles: por una parte, la imposición de la ley del más fuerte solo va a empeorar el desequilibrio planetario, de Ucrania a Taiwán; por otra, la arbitrariedad con que se ha conducido Trump respecto a la caída del tirano venezolano no hace sino reforzar su propia carrera como aspirante a tirano.
Ah, pero afearle la alegría a los venezolanos, tan faltos de solidaridad es, además de hipócrita, perverso. Como hipócrita sería yo si dijera que no he compartido la alegría de tantos venezolanos. Y muy irresponsable sino compartiera sus preocupaciones ante la situación actual.
Soy de los que piensa que si el reloj Trump dio la hora en la madrugada del 3 de enero, con la captura y traslado a Nueva York de Maduro, lo hizo como un reloj parado, por pura coincidencia con el instante en que sus intereses se alinearon con los del pueblo venezolano. Porque ya al segundo siguiente evidenciaba sus fallas mecánicas al decir que: 1) el motivo de su acción no era devolver a Venezuela a la senda democrática sino obtener su petróleo; 2) el próximo objetivo de su ardor bélico sería nada menos que Groenlandia; 3) María Corina Machado (presidenta electa por persona interpuesta) no formaba parte de sus planes inmediatos para Venezuela y prefería entenderse con ese ser huérfano de toda virtud (democrática o de cualquier otro tipo) que responde al nombre de Delcy Rodríguez.
Uno entiende que a Trump le pareciera imposible convencernos de que le importaba el bienestar de los venezolanos, pero para eso no tenía que representar esa caricatura del imperialismo norteamericano que se enseñaba en las escuelas del mundo comunista.
Pero quien acuse a Trump de ser sincero debería retractarse. Cierto que su diplomacia del dron se corresponde con cada pliegue de su alma tosca y retorcida, pero exagera impúdicamente su control sobre la situación actual de Venezuela y aún más cuando habla de su futuro. ¿O es que de verdad cree que la pandilla que se graduó de la misma escuela de corrupción y crimen de la que salió Maduro ahora se convertirán en demócratas ejemplares? ¿Si tanto control tiene Trump sobre el régimen venezolano, por qué hasta ahora solo han liberado un 1% de los presos políticos? ¿Porque prefiere que el 99% permanezca preso?
En este caso, la agresividad habitual con que Trump se comporta parece quijotesca frente a la perfidia de los cleptócratas venezolanos. Como cuando el Caballero de la Triste Figura trató de impedir que el bueno de Andresillo fuera golpeado por su patrón. No bien dio la espalda, confiado en el poder de su brazo y el de los juramentos de caballería, el pobre Andrés volvió a recibir una soberana paliza. Me temo que algo similar pase con los venezolanos, dada la distancia que los separa de Washington DC o incluso de Mar-a-Lago.
Ante el arrogante descuido de Trump y la falta de apoyo del resto de la humanidad, no creo que la oposición de los venezolanos al chavismo tarde en acusar fisuras de todo tipo. La más temible de ellas emana del peligro de que no hayan aprendido nada del último cuarto de siglo de dictadura.
De un lado, están los que sueñan con un regreso a la Venezuela de 1998, a los tiempos del clasismo más rancio en que los pobres no contaban ni como estadística. Del otro, los que alguna vez sucumbieron a los rencores sociales que encumbraron al chavismo y que estuvieron dispuesto a quedarse ciegos con tal de que los ricos quedaran tuertos. Y los pobres pobres, que ya no saben a qué atenerse porque, más allá de la satisfacción de ciertos rencores que les ofreció el chavismo y de la miseria actual, frente al incierto futuro que se abre ante su país se preguntarán si esta vez por fin habrá sitio para ellos.
Para poner en marcha el reloj venezolano hará falta la participación consensuada de todos, frente a un chavismo que, aunque estremecido, no ha perdido su capacidad de retener poder y de reprimir.
En cuanto a Cuba, mi país, no me hago ilusiones. No comparto la afirmación de Trump de que “Cuba está lista para caer” por mero efecto dominó por falta de petróleo venezolano. Más miseria no volverá más rebeldes a los cubanos, ni más débil al régimen que lo oprime. Porque hay algo que siempre se le ha escapado a Occidente a la hora de entender el universo totalitario: lo que lo sostiene no es el dinero, sino el miedo.
Y el miedo puede producirse barato. Incluso, gratis.










