La Primera Enmienda a la Constitución de Estados Unidos no siempre fue la primera. Esa que impide al gobierno restringir la libertad de expresión, de culto, de prensa y de reunión empezó siendo el tercer artículo que James Madison, un señor de canas largas y pañuelo blanco elegantemente anudado al cuello, le añadió a la recién aprobada constitución.
Antes había propuesto un par de enmiendas más. Pero, al ser rechazadas, la que protege las libertades pasó a parecer la más importante. La casualidad puede llegar a ser muy sabia.
El escritor Augusto Monterroso tiene una astuta fábula sobre la relación entre las voces discordantes y el resto de la sociedad. Siendo corta, la reproduzco íntegramente:
En un lejano país existió hace muchos años una oveja negra. Fue fusilada. Un siglo después, el rebaño arrepentido le levantó una estatua ecuestre que quedó muy bien en el parque. Así, en lo sucesivo, cada vez que aparecían ovejas negras eran rápidamente pasadas por las armas, para que las futuras generaciones de ovejas comunes y corrientes pudieran ejercitarse también en la escultura.
Cito la fábula porque la Primera Enmienda, desde su aprobación, cambió el destino de las ovejas negras. Gracias a esta, en lugar de ser carne del verdugo (y de futuras estatuas), podían confiar en ser absueltas, cada vez que la dócil mayoría del rebaño se empeñara en aplastarlas en nombre de la patria, la moral o las buenas costumbres.
Pasó el tiempo y el rebaño cambió. Ya las ovejas negras no eran una rareza, sino que también abundaban las amarillas, rosadas, pardas y hasta con manchas de varios colores. Tan entusiasmadas estaban las ovejas variopintas con su creciente número que empezaron a ver con ojeriza la Primera Enmienda, puesto que ese era el pretexto que usaban las ovejas más recalcitrantes para criticarlas.
“¡Es la demografía, estúpido!”, advertían las ovejas de colores sobre el advenimiento inevitable de su hegemonía.
¿Ahora que su número crecía iban a regirse por lo que había escrito dos siglos atrás un propietario de esclavos? De modo que las coloridas ovejas quisieron convertir en derecho sacrosanto el no ser ofendidas y, así, sentirse más respetadas que nunca.
No pasó mucho tiempo hasta que las ovejas blancas se acordaron de que seguían siendo mayoría e impusieron su dominio, con lo que la Primera Enmienda dejó de tener la importancia que antes le atribuían. Si lo importante era hacerse respetar, bien valía que se silenciara a todo aquel que disintiera de la imagen que el impoluto rebaño tenía de sí mismo.
Bastó que la renovada inquisición chamuscara la pelambre de unas cuantas ovejas de colores para que volvieran a apreciar la enmienda escrita por un esclavista dos siglos atrás.
Así comprendieron (esperemos que para siempre) que, mucho más importante que el derecho a no ser ofendido, es el derecho de no permitir que te callen. A menos que prefieras el ejercicio de la escultura en el futuro, antes que el ejercicio de la libertad en el presente.










