Luis Manuel Otero Alcántara: hay que poner el cuerpo



La disidencia es un oficio que se aprende con el cuerpo. Tiene mucho que ver con el arte de acción. Estoy hablando del documental Luis Manuel Otero Alcántara: estamos conectados, de Ernesto Fundora.

Vivir dentro de los límites no crea las mismas memorias que chocarse con ellos. Ni el mismo conocimiento. Este es un documental que muestra el aprendizaje de un artista disidente a través de la dinámica de sus performances rebeldes y el feedback represivo. Cada arresto es una clase.

Luis Manuel entra en escena como artista autodidacta, joven, mulato, de El Cerro, carismático y afable; frustrado con la política de los de acá y los de allá, dice; dispuesto a redefinir el arte contestatario.

Lleva santos y vírgenes en carromatos por La Habana y peregrina hasta El Rincón con un grillete simbólico. Hay que arrastrarse con la gente, conectarse con ella, dice. El valor de la obra no está en la estética del acto ni en su dimensión simbólica, sino en el sacrificio, dice. Hay que poner el cuerpo para perder el miedo, dice.

Y es que uno aprende de otro modo cuando el cuerpo se involucra.

La policía lo detiene por este tipo de acciones. Él, más cordial que Carlos Prío Socarrás, no quiere confrontación. En las detenciones, dice, se gana el respeto de sus represores.

Pasan un decreto-ley que prohíbe lo que él hace; él protesta el decreto. Vienen más detenciones y la confiscación de sus obras.

Encarcelan a un miembro del Movimiento San Isidro; él se declara en huelga de hambre. Lo hospitalizan y encarcelan a él también por varios meses.

Sale traumado, cordial aún; y conectado, como siempre. Lleno de energía, dice.

La gente se lanza a la calle en el verano de 2021; él se lanza con la gente porque: “Caballero, ¡aquí no hay libertad ni pinga!”

Este es el viaje del héroe, su anagnórisis, su ascenso y su caída en una cárcel de máximo rigor. No habla muy bien de nosotros que todavía esté ahí.

Pero este no es el final ni el principio de la historia.

Ni las intervenciones artísticas que cuestionan el poder, ni las proyecciones grupales de escritores, artistas y músicos disidentes son un fenómeno nuevo en Cuba socialista. Son más bien una constante desde los años ochenta del siglo XX, o desde antes.

La novedad de Otero Alcántara y el Movimiento San Isidro proviene más bien de la zona de la sociedad cubana en que su expresión se genera. Estos muchachos no son una promoción del ISA, ni los universitarios de tal o más cual facultad, ni los que fueron pero ya no son, ni los hijos rebeldes de fulanito y menganito. Tampoco son “la gente de los derechos humanos” o el periodismo independiente; ni sus heroicas esposas.

Su disidencia procede de una situación histórica y generacional muy distinta; no pueden parecerse a la oposición anterior. Crecieron en la debacle del Período Especial en Tiempos de Paz y conectados virtualmente a un mundo que los modela en algo más que sus modas y frivolidades. Pero también y, sobre todo, crecieron en una zona de marginalidad urbana donde se amplifican las taras de la represión, la miseria y la desesperanza ambiental; donde el racismo y la violencia se experimentan de otro modo. Aquí los santos y las vírgenes tienen unos poderes que yo no alcanzo a descifrar.

Con Luis Manuel Otero Alcántara y el Movimiento San Isidro, la disidencia termina de recorrer transversalmente la sociedad cubana. Su cuerpo, y los cuerpos de los suyos, cierran el mapa. No queda un rincón legítimo para el castrismo en el país. No hay provincia, barrio, clase, generación, gremio ni raza que irrigue con sangre auténtica los mitos de ese disparate que hoy es una costra necrótica asfixiando la nación.

El documental de Ernesto Fundora combina imágenes de archivo y material original con criterio y mucho oficio. Edición, música, tempo: todo mueve la historia y la mueve a buen ritmo. Son noventa minutos en que uno no quiere ir al baño.

De aquí uno sale conociendo a Luis Manuel Otero Alcántara y a dos o tres colegas suyos. Pienso en Amaury Pacheco y Yanelys Núñez Leyva, que aparecen con frecuencia. Sus testimonios y los de otros le dan mucha dimensión al personaje y al grupo.

De Luis Manuel Otero Alcántara se ha resaltado a menudo su autenticidad, su carisma, su optimismo, su valor. Yo noté sobre todo su imaginación visual y la astucia simbólica de sus intervenciones, su desparpajo de actor y esa mezcla tan suya de dinamismo y gentileza; siempre ideando, generando, exponiéndose, pero nunca agresivo.

Las intervenciones artísticas de Luis Manuel y sus colegas deben de estar entre las más corporales del arte contestatario cubano. Y entre las más documentadas. ¿Qué más les quedaba a esos jóvenes que sus cuerpos y sus cámaras para expresar y hacer valer su derecho a ser libres?

Cuerpos que cantan, corren, posan, se disfrazan, se aglutinan, danzan y juegan con los símbolos; silban el himno nacional o se embadurnan de mierda para increpar aquella mierda de tú a tú, cara a cara. Y lo documentan, claro, para que podamos verlos.

No dejemos de verlos.