El anuncio en Miami de la creación de una coalición para “el restablecimiento de la democracia y el Estado de derecho en Cuba”, denominada Asamblea de la Resistencia Cubana y Pasos de Cambio, constituye una iniciativa necesaria, loable y en la dirección correcta. Impulsada por organizaciones clave, permite empezar a pensar estratégicamente, con visión colectiva y de manera estructurada, en aras de una transición real, efectiva y organizada hacia la democracia en Cuba. Sin embargo, su autodefinición y su declaratoria contienen elementos erróneos que deben subsanarse para que puedan materializarse las intenciones y los alcances de un proceso de unidad estratégica entre disidencias plurales, orientado a un cambio de régimen y a una transición democrática exitosa en la isla.
En primer lugar, el lanzamiento público de esta iniciativa se autodefine como una coalición. No lo es. La Asamblea anunciada es, en última instancia, una alianza entre grupos afines en intereses, objetivos e ideología, pero no una coalición. Para que lo fuera, tendría que implicar la unión de grupos, entidades o movimientos que no necesariamente comparten afinidades cercanas —o cuyas afinidades incluso se contraponen—, pero que se comprometen a trabajar colectivamente hacia un objetivo o una agenda muy específica, de corto y mediano plazo, y que, una vez alcanzado ese objetivo, se disuelven. Por ello, comprender las diferencias conceptuales entre “alianza” y “coalición” importa mucho, precisamente por la naturaleza, los propósitos y los alcances de ambas definiciones.
Si algo caracteriza al conjunto plural de las disidencias cubanas que desean un cambio de régimen real y no cosmético, y una transición ordenada hacia una democracia en Cuba, es su diversidad ideológica, política y estratégica. Lo que las une es el deseo de cambio y de construcción democrática. Por lo tanto, lo deseable y posible es la construcción de una coalición amplia basada en ese objetivo primario. Sería ese interés común —y nada más— lo que permitiría que una coalición lo más amplia y plural posible pudiera trabajar, de manera coordinada y estratégica, en la elaboración de un marco programático amplio y bien definido por sectores, con una hoja de ruta como herramienta estratégica: un plan detallado para alcanzar los objetivos establecidos en ese programa.
Y es sobre la conceptualización de lo que significan un marco programático y una hoja de ruta donde cualquier acuerdo de coalición —de alcance más amplio que una simple alianza— debería tener claridad. Aunque la Asamblea anunciada presenta el acuerdo como marco programático y hoja de ruta, en los puntos expuestos en su breve documento de lanzamiento no hay elementos que puedan considerarse como tales. Lo que se ofrece son lo que el documento denomina “tres pilares fundamentales”: lograr la “reunificación nacional tras décadas de exilio y separación forzada”; buscar la “prosperidad y florecimiento humano, garantizando derechos, dignidad y las libertades de cada ciudadano”; y alcanzar la “desmilitarización y erradicación del poder político de toda doctrina antidemocrática, comunista o totalitaria”. Estos tres pilares, por su carácter general, pueden funcionar como un eje orientador de un marco programático —en la medida en que fijan metas deseables para la pluralidad disidente cubana—, pero no constituyen un acuerdo programático per se: son, en el mejor de los casos, un componente de este.
¿Qué debe contener un marco programático que defina una coalición? Debe articular un enfoque claro y simple que, tratándose de una coalición con objetivos exclusivamente políticos, establezca el objetivo central y las metas o ejes comunes para alcanzarlo. Ese objetivo concreto debe ser el núcleo de una coalición que sea algo más que una alianza de afines: cambio de régimen y transición efectiva hacia la democracia. Ese eje delimita, sin más consideraciones, quiénes participan y quiénes no. Los tres “pilares” del documento vigente son compatibles con la pluralidad y pueden servir como complemento de ese objetivo base.
¿Qué se necesita para completar un marco programático que no sea una mera declaración de principios? Contenidos claros que desarrollen los ejes programáticos generales mediante áreas temáticas específicas, organizadas por sectores de trabajo. Esas áreas deben constituir la esencia de las prioridades que la coalición desea alcanzar y definir con claridad metas por tema que deban cumplirse durante su labor. Por último, el documento de creación debe establecer de manera explícita la función de la coalición como punto de partida de lo que se aspira a lograr; su legitimidad debería basarse en la pluralidad de sus integrantes y en la capacidad técnica y profesional de las propuestas temáticas.
Todo marco programático debe complementarse, además, con la elaboración de una hoja de ruta (road map) que no sea una simple declaración de intenciones, sino una herramienta estratégica capaz de trazar el camino efectivo para alcanzar los objetivos generales y específicos definidos por la coalición. Lo que propone el documento programático de la Asamblea de la Resistencia Cubana y Pasos de Cambio —unos pocos puntos orientados al “desmantelamiento de la empresa criminal que es el Partido Comunista de Cuba (PCC), así como la desarticulación de todos sus mecanismos y organizaciones represivas”— no constituye una hoja de ruta; es una intención.
Así que mi recomendación para la elaboración de esta “road map” se centra en concebirla como una guía que trace un camino operativo y técnico, al servicio del objetivo de la coalición: producir un cambio de régimen y una transición real y efectiva hacia la democracia en Cuba. Con esa ruta definida, la clave debe centrarse en la implementación e iteración de estrategias operativas y técnicas. En concreto: cómo será el proceso de convertir una alianza en coalición; cómo se estructurarán los sectores de trabajo que la coalición elija para definir estrategias sectoriales; cómo se irán cumpliendo los hitos, con sus plazos y mecanismos de seguimiento; y, sobre todo, cómo se ajustarán las acciones en función de los resultados —que, en la etapa orientada al cambio de régimen, dependen también de las respuestas de la dictadura y de agentes externos, como el gobierno de Estados Unidos—.
Es importante, entonces, comprender a cabalidad el marco conceptual de lo que implican alianzas, coaliciones, acuerdos programáticos y hojas de ruta, para que grupos, organizaciones, alianzas e individuos —importantes y necesarios— puedan avanzar desde lo singular hacia lo plural. Solo así podrán alcanzar un objetivo mayor: erigir una coalición amplia que contribuya a la población cubana. Primero, estructurar un proceso de resistencia estratégico, masivo y organizado que persiga el objetivo deseado por la mayoría: la desaparición de la dictadura que hoy controla Cuba. Segundo, estar listos para implementar un periodo de transición ordenado y exitoso que instaure un sistema democrático de gobierno. Será entonces cuando los participantes de esa futura —e impostergable— coalición plural y temporal concluyan sus funciones y compitan, más adelante, como partidos políticos diversos y organizados por el poder en un marco democrático.
Lo real es que hoy, pese a las diferencias, ninguna de las disidencias —de cualquier espectro político e ideológico— al régimen castrista gobierna en Cuba, ni tiene responsabilidad en el desastre legado por el totalitarismo. Tristemente, tampoco hay grupos, organizaciones o individuos que, pese a sus méritos y capacidades excepcionales, cuenten con la legitimidad y la aceptación suficientes —lo que no significa que no las posean— para dirigir, por sí solos o de manera aislada, un proceso de resistencia frente a la dictadura y conducir al país hacia una transición democrática. La buena noticia es que existe una pluralidad disidente enorme y tremendamente capaz, mayoritaria en la nación cubana, que, organizada en una coalición amplia —más que una alianza de afines y, de entrada, incluso técnica en lo puramente político—, no solo puede, sino que debe, derrocar al régimen actual y construir la democracia en Cuba.









