Aprender a ser mortal: las dos muertes de la ‘Odisea’

A la memoria de Miguel Ángel Amezcua. 
Padre, esposo, hijo, hermano, amigo, buen hombre: 
cualidades todas demasiado delicadas 
para dejarse encerrar entre las tapas de los libros de historia.


En la Odisea se altera la relación que la épica propone entre guerra y muerte. La guerra ya no conduce a la muerte gloriosa, sino que aparece como uno de los grandes ámbitos del padecimiento humano, junto al más peligroso de los elementos para los griegos: el mar. 

Tras el descenso al Hades, donde el mito del kleos (la fama) se resquebraja —Aquiles afirma preferir la vida más humilde a reinar entre sombras—, el poema introduce, en el Canto XIII, otra figura de la muerte: el sueño reparador. No la muerte heroica ni la muerte espectral, sino el descanso. Una pequeña muerte que libera de los trabajos y los días, de las penas que imponen la guerra y el mar.

ὃς πρὶν μὲν μάλα πολλὰ πάθεν κατὰ θυμόν,
ἀνδρῶν τε πτολέμους ἀλεείνων
ἠδὲ καὶ ἀργαλέα πόντον ἀλᾶτο·
νῦν δ’ ἄρα νήδυμος ὕπνος ἔχε, λελασμένος ὅσσ’ ἐπεπόνθει.

“El que antaño muchísimos dolores soportó en su corazón mientras atravesaba las guerras de los hombres y los fieros embates marinos. Entonces, por fin, dormía tranquilo, olvidado de todos sus pesares”. (Canto XIII, 90-92, trad. Carlos García Gual.)

En el Canto XI, el del viaje al Hades, la sombra de Aquiles no reniega de su elección, pero la desenmascara. Escogió una vida breve a cambio de un nombre eterno. Y el nombre, en efecto, permanece entre los vivos. La gloria fija la memoria, no salva al muerto. La sobrevida del héroe se da como espectro, como borradura: el eco de su fama no atraviesa el umbral del Hades.

Odiseo también sabe lo que es renunciar a la eternidad. Calipso le había ofrecido una vida sin término si se mantenía a su lado. Pero no sacrifica el mayor don que se le puede dar a un humano —el tiempo, todo el tiempo— en nombre de la gloria.

El Pseudo Apolodoro, en su Biblioteca, cuenta todos los subterfugios del Laertíada para evitar ir a la guerra que podría inmortalizarlo.

“Dispuestos ya muchos a ir a la guerra, se dirigieron también a Odiseo en Ítaca. Este, que no quería participar en la expedición, se mostró como enajenado, pero Palamedes, hijo de Nauplio, hizo ver que fingía: cuando Odiseo simulaba estar loco, lo siguió y, cogiendo a Telémaco del regazo de Penélope, sacó la espada como para matarlo. Odiseo, preocupado por su hijo, reconoció que había fingido y se unió a la expedición” (Epítome, 3).

Es la philía y no la fama la que lo empuja a ir a la guerra más grande que nunca hubieran emprendido los griegos de su tiempo.

Odiseo aspira a otra cosa. No a fijar su nombre en el canto, sino a regresar, a envejecer entre los suyos, a morir en casa. La muerte, al perder la gloria, pierde también su carácter siniestro. Ya no es la fijación de un nombre a costa de una vida, la sombra sin consistencia del Hades, sino un paréntesis que viene en forma de sueño, un descanso profundo que nos libera de los embates del mar y de las guerras de los hombres.

Quien eligió ser mortal para hacerse eterno en la fama descubre que la eternidad no le pertenece. Quien acepta la finitud doméstica aprende otra cosa: no a vencer la muerte, sino a habitarla. No aspira a la gloria que resuena entre los vivos —y que desgarraba su corazón—, sino a la paz que llega cuando el sufrimiento se aquieta, la memoria se suspende y el regreso se cumple.