El fin de la inocencia: ‘Celia en la Revolución’



“El camino es nuestro y el fin es de Dios”
(Lema escrito por Elena en cartas 
a sus hijos y amiga íntima, Matilde Ras).


Celia en la Revolución es, posiblemente, una de las obras más crudas y honestas de la literatura sobre la Guerra Civil Española. Es el momento en que Elena Fortún decide que su personaje más icónico, Celia, abandone la curiosidad infantil para transformarse en una joven que presencia, con asombro y dolor, el colapso de su mundo.

Detrás de este seudónimo se encontraba María de la Encarnación Gertrudis Jacoba Aragoneses y de Urquijo (Madrid, 1886-1952). Aunque tradicionalmente fue más reconocida por su literatura infantil y juvenil, su verdadera profundidad como cronista de la condición humana solo llegó a conocerse décadas después de su muerte. 

El nombre de Elena Fortún, tomado de una obra de su esposo, el actor y dramaturgo Eusebio de Gorbea y Lemmi, ocultó durante años a una escritora que trascendió los límites de lo pedagógico para abordar temas como la emancipación femenina y la identidad.

La edición póstuma de manuscritos fundamentales trajo del olvido esa faceta de la autora, con títulos como Celia en la Revolución (publicado en 1987), que narra su desgarradora experiencia en el conflicto bélico; Oculto sendero (2016) y El pensionado de Santa Casilda (2022), junto a Matilde Ras.



La voz espiritual del dolor real

En su escritura, Fortún no se pierde en proclamas ideológicas ni se apoya en recursos fáciles. Su prosa fluye desde la piel de quienes solo buscaban sobrevivir a la locura de la guerra. La mirada de Celia, que transita de la ingenuidad a una madurez forzada por las bombas, es lo que hace que el libro sea inolvidable. Como han señalado investigadores y lectores, Elena logra rescatar la voz espiritual del sufrimiento, convirtiéndose en un puente entre la ficción y el testimonio.

Escrita desde la soledad del exilio en Buenos Aires, la novela es un espejo de las vivencias de la propia Elena, un recorrido preciso a través de la destrucción y el hambre. Su estilo destaca por la sencillez del lenguaje, una herramienta con la que logra que la tragedia sea mucho más impactante. 

En medio del caos, Celia se vale por sí misma en un mundo insalvable que se cae a pedazos, rompiendo con los roles tradicionales impuestos a la mujer. Su fortaleza nace de su capacidad de resistencia para sobrevivir al miedo y a la pérdida, mientras el país que conocía se desvanece bajo sus pies.

¡Esto es la revolución! Yo me había figurado las revoluciones con muchedumbres aullando por las calles, hombres subidos a los árboles y a las farolas pidiendo cabezas; banderas y oradores que gesticulan en los balcones… Tal vez todo eso lo he visto en algún cuadro de la revolución de Francia… Aquí hay silencio, polvo, suciedad, calor y hombres que ocupan el tranvía con fusiles al hombro…, pero que en lugar de atacar parece que nos defienden de un enemigo misterioso y oculto debajo de la tierra… No se trabaja en las edificaciones ni en las obras de la calle… tal vez tampoco se trabaje en las fábricas… Los obreros se han ido a la sierra a luchar contra los fascistas o andan por las calles con el fusil preparado. ¿Quiénes son los que por la noche fusilan? Y ¿a quién fusilan?



La guerra no se aprende, se vive

Es importante subrayar que Celia en la Revolución no es una entrega más de la saga; es un testimonio desgarrador que permaneció oculto durante décadas en el exilio. En sus páginas, la vida de Elena Fortún parece reencarnarse en una Celia que nos traslada a una época donde la estabilidad se desvanece. Es la crónica del despojo, ver cómo todo lo logrado a través del esfuerzo —familiar o propio— se esfuma en un parpadeo bajo el peso de la violencia.

La novela describe con precisión cada huida de una familia que busca salvarse, mientras lidia con el suplicio de la pérdida. Fortún retrata con crudeza cómo el odio social se instrumentalizó; cómo personas de clase media, señaladas simplemente por su estatus o sus bienes, eran sacadas de sus casas y fusiladas bajo la etiqueta arbitraria de “fascistas”. 

En medio de la confusión, la palabra se convirtió en arma y la Guerra Civil se transformó en el escenario de la muerte absurda de inocentes que no pertenecían ni al bando republicano ni al falangista.

Esta tragedia llega al hogar de Celia con la pérdida de su propio abuelo, un general retirado. Resulta conmovedor el momento en que el abuelo cuestiona la ignorancia de la joven ante la magnitud de lo que estaba ocurriendo; es el choque entre la vieja guardia y una juventud que ve cómo sus cimientos familiares se desmoronan más allá de lo comprensible. La autora recrea a través de la ficción su propia experiencia para denunciar lo que ambos bandos fueron capaces de hacer.



La fractura de un país y el caos interno

Durante la guerra, España se partió en dos bloques que distaban mucho de ser homogéneos. El republicano, que defendía la legalidad de la Segunda República, lo integraban una mezcla de demócratas, socialistas, comunistas y anarquistas con proyectos de modernización necesarios: educación pública, reforma agraria y laicismo. Sin embargo, el empoderamiento de los sectores más radicales derivó en conflictos internos y fusilamientos injustos.

La novela narra ese desorden y la persecución sin principios, donde la justicia se sustituye por la masacre. Fortún muestra cómo el miedo y la falta de una evaluación organizada condenaron a muchos a una muerte sin sentido, como sucedió con Federico García Lorca. Aquí también narra cómo la protagonista conoce a una de las hermanas del poeta.

En medio de ese infierno, Celia intenta desesperadamente reunirse con sus hermanas pequeñas, una meta que se vuelve cada vez más inalcanzable. En su travesía recorre una geografía irreconocible, desfigurada por los bombardeos y el hambre, hasta que logra, por fin, cruzar la frontera hacia Francia. Es el inicio del exilio, el cierre de una puerta y el comienzo de una búsqueda de estabilidad en tierras extrañas.



La cotidianidad rota: entre el hambre y el instinto

En la novela somos testigos del tránsito de una niña que crece entre la tristeza y la hambruna. Celia vive la ilusión de un primer amor que llega y se desvanece, sin apenas tiempo para ser nombrado. 

Durante su estancia en la casa familiar de Chamartín, convertida en refugio para otros, la joven se deja guiar por su instinto frente a lo desconocido. En su recorrido por pueblos devastados, escucha y presencia anécdotas atroces, desde la visión macabra de cuerpos desmembrados por las bombas hasta la oscuridad de los “paseos”, esos arrestos arbitrarios de los que nadie regresaba.

Fortún narra la destrucción y el miedo desde su honestidad: la de una autora que no termina de comprender por qué sucede la tragedia, ni quién tiene la razón en medio de una guerra que se le antoja absurda.



La voz de la Tercera España

Escribir sobre la guerra desde la mirada de quien no entiende de bandos, sino de seres humanos, es el mayor logro de Elena Fortún. En este relato, que permaneció inédito hasta finales de los años ochenta, encontramos a una Celia adolescente atrapada en un Madrid asediado. Ya no hay rastro de las travesuras infantiles; lo que queda es una crónica descarnada y profundamente humanista del desamparo y el deseo de volver a ser la niña que pasaba horas contemplando la naturaleza.

A través de su mirada, aprendemos a valorar aquello a lo que apenas damos importancia cuando lo tenemos todo. La novela nos regala lecciones de humildad en escenas desgarradoras: un camión de naranjas que se aleja —quizás el último que se verá en años—, dejando a la gente sin una sola fruta que llevarse a la boca. O el hambre que la obliga en Chamartín a no esperar el crecimiento de las zanahorias, devorando las hojas tiernas recién brotadas. Ese es el único y amargo sentido de la guerra: las pérdidas familiares, el horror de la hambruna, la demolición de la dignidad.

Elena huye de la propaganda política para centrarse en la fatiga, el miedo y la solidaridad de los civiles, logrando que el lector sienta el frío de las trincheras y la angustia de las largas colas por el pan o por un puñado de garbanzos. Ver en las caras de los que describe la sombra de la muerte y la desnutrición.

Celia en la Revolución no es solo una novela; es un espejo en el que se mira cualquier alma que haya tenido que reconstruirse sobre las cenizas, cualquier persona obligada a un exilio que intenta apagar su pasado. Elena Fortún nos lega una verdad universal, que en medio de la destrucción absoluta lo único que permanece a salvo es la integridad de la propia mirada.

A diferencia de otros relatos de la época, la genialidad de esta obra reside en una tercera España. La de aquellos que, como Celia, se ven arrastrados por un conflicto que no eligieron. 

Su prosa es ágil pero punzante, capaz de percibir la transformación de una joven que ve cómo sus amigos y sus sueños se desvanecen entre escombros. Es un libro que duele, pero que resulta indispensable para comprender la guerra más allá de las estrategias militares. Es la ruptura definitiva de la cotidianidad y el exilio interior de toda una generación.