Hugo Chávez, el cachorro



“Permíteme invitarte a una cena en Miami, Jaime”, le dice Chávez a Jaime Bayly desde una pantalla que lo hace lucir como Krang, el cerebro alienígena de la Dimensión X en las Tortugas Ninja. 

Estamos en 1998 y Chávez viste una inverosímil corbata. Su interlocutor usa espejuelitos ligeros y agradables. La entrevista entera es ligera y agradable. 

Bayly ríe y no sabemos si es porque piensa en una cena en dólares, mientras Chávez la calcula en bolívares. 

“Acepto encantado”, contesta y la sonrisa se le borra tan rápido del rostro que, si no hubiera gastado ya la comparación con Krang, me gustaría usarla ahora para definir ese cambio de cara tan robótico, tan profesional.

Chávez es en ese momento un proselitista viajero, una suerte de Testigo de Jehová de sí mismo que —según Bayly— “podría ser el próximo presidente de Venezuela”. 

La cadencia atarantada de Chávez se apodera pronto del set de CBS, en el que no ha podido estar porque Estados Unidos le niega la visa. Le habla a toda América Latina y dice que no es un golpista: odia a los soldados que vuelven las armas contra su pueblo, según Bolívar. 

Le preguntan por Fidel Castro y él dice que prefiere no mirar “la paja en el ojo ajeno, como afirma la Biblia”. Le preguntan por Cuba y asegura que la quiere “democrática”, con un nuevo rumbo. 

Se considera un hombre bueno. “Tú sabes, Jaime, yo fui monaguillo y mi mamá quería que fuera cura”. 

Pero la memoria malintencionada del novelista anula la grabación del periodista. Bayly nos cuenta de nuevo esa conversación con Chávez en el núcleo de su novela Los golpistas (Galaxia Gutenberg), en la que los golpistas no son tanto Efraín Vázquez o Pedro Carmona como el par de figurones de la cubierta: Hugo y el “hermano Fidel”. 

En su nuevo recuento, Bayly es serio —¡casi maleducado!— y Chávez es solo un personaje. El dilema de la cena se resuelve en la ficción a favor de los bolívares. El futuro dictador acaba diciendo: “Que Dios te bendiga, Jaime. Estás invitado a una cena conmigo aquí en Caracas. No te ofrezco la cena en Miami porque tus amigos no me dan la visa”. 

En esa tensión entre relato e historia, o entre novela y realidad, se mueve Los golpistas. No es la mejor novela de Bayly. No es, de hecho, una buena novela, pero se deja leer y diría que casi hay que hacerlo, por cuestiones de timing. Bayly cuenta los primeros capítulos de una telenovela cuya temporada final –quisiera pensar– estamos viendo ahora.

En Los golpistas se entrecruzan dos argumentos: uno es el relato del golpe de Estado a Chávez en 2002 –y las llamadas desde La Habana de Fidel Castro, que denomina a todo el mundo “mariconzón”–; el otro es la biografía sentimental del caudillo. Se nota que Bayly prefiere contar mejor el segundo cuento, al cual dedica más color y detalles, pero ya se comprometió con el primero y tiene que acabarlo.

La Bildungsroman chavista suena al típico cuento cachorro de Mario Vargas Llosa. Chávez quiere ser pelotero, pero acaba siendo militar. La torcedura del destino es idéntica, de hecho, a la del propio Vargas Llosa, a quien Bayly le dedicó hace poco otra novelita ligera, Los genios, con la misma estructura de díptico.

“Acorralado, temeroso de que la multitud llegase hasta su despacho y lo linchase o quemase vivo, como él sabía que morían los déspotas”, cuando Chávez se vio rodeado de militares que exigían su renuncia pidió que lo llevaran a Cuba. 

Los opositores se niegan, porque saben que dejar que Chávez viaje a La Habana es el preludio de la vendetta, del contragolpe. Lo sacan en procesión por diversos calabozos y búnkeres, hasta que logra hablar por teléfono con Fidel.

Ligeramente trastornados, los nombres de quienes protagonizaron el golpe aparecen y desaparecen a toda velocidad —Bayly es peliculero—: Maduro se esconde en una bañadera de la embajada cubana; José María Aznar llama a Caracas tanto como Fidel; Jorge Ramos hace la entrevista resentida que Bayly le hubiera gustado hacer en 1998; y el arzobispo de Caracas, Ignacio Velasco, les dice a los generales golpistas las líneas más memorables de la novela:

“No haremos lo que dice la Constitución chavista, ese mamarracho hecho a la medida del dictador. La Constitución es un engendro creado por Chávez. En cambio, Chávez es un engendro creado por Dios. En consecuencia, y teológicamente, Dios tiene superioridad jurídica y moral sobre la Constitución”.

A Bayly pudo haberle quedado mejor la novela si su narrador no diera tantas explicaciones y no quisiera quedar siempre bien con su conciencia. Fidel Castro fue un dictador, no hace falta que Bayly me lo recuerde. Chávez era un payaso, pero no necesito que tropiece y enseñe los dientes en el escenario cada cinco minutos para hacerme reír con sus idioteces. Cierta fidelidad a la vida real le hubiera venido muy bien a la ficción. 

Pero es ficción y, si Bayly continúa esta serie de vidas paralelas, quién sabe qué vendrá ahora. Si Maduro y Delcy —los humoristas— o Fidel y Gabo —los real visceralistas— o Bayly y Baylys, con esa ese con que el novelista se refiere al periodista, o el periodista al novelista, gemelos malvados de la narración.