Sartre ante el espejo de la Revolución: notas sobre una antología 


Sartre y Beauvoir en Cuba: La luna de miel de la Revolución (compilado por Duanel Díaz y Marial Iglesias Utset, Casa Vacía, 2024)



María Zambrano enfatizaba en sus obras la importancia de la piedad hacia el pasado, núcleo de una nueva historia que rescatara aquello que fue truncado, que pudo ser y no fue. 

La reciente publicación del libro Sartre y Beauvoir en Cuba: La luna de miel de la Revolución (compilado por Duanel Díaz y Marial Iglesias Utset, Casa Vacía, 2024), que recoge los textos que aparecieron en medios de prensa cubanos en sus dos visitas a Cuba en 1960 son quizás la vindicación de ese pasado que no llegó a ser: el del cumplimiento de una utopía occidental. 

Mucho se ha escrito en torno a la pregunta de cuándo el sueño revolucionario se convierte en pesadilla, y de cuándo habría ocurrido el fin de la Revolución. Para cierta izquierda académica ese año es 1968, cuando Fidel Castro apoya la invasión soviética a Checoslovaquia, con lo cual se asume implícitamente que el proyecto de la Revolución cubana era un socialismo con características propias, no calcado del modelo soviético, como si esos rasgos ya no estuvieran presentes antes. Sin embargo, 1960 es un año en que pueden perfilarse las diferentes fuerzas que pugnaban por llevar un movimiento popular hacia su campo. 

Una de estas fuerzas es la derecha tradicional católica, representada por el Diario de la Marina. El decano de la prensa cubana se posiciona rechazando el carácter de “invitado especial” de Jean Paul Sartre por el gobierno revolucionario. Insiste en el sello ateo de su existencialismo y la incompatibilidad de este con el cristianismo que, asume, es profesado por la mayoría de la población de la Isla.[1]

En el contexto de la Guerra Fría, la religión cristiana era entendida como parte del conflicto ideológico; como un rezago del viejo régimen al que el socialismo se oponía. Subrayar el carácter ateo de un filósofo al que se ha invitado especialmente es una forma de identificar un rasgo común del gobierno revolucionario con el comunismo internacional. 

Más inteligente habría sido enfocarse en las diferencias entre este existencialismo y el marxismo, que si bien formulaba una libertad que confrontaba el absolutismo moral teológico, al mismo tiempo rechazaba la noción determinista de las leyes de la historia. 

Lo que también resulta interesante para el historiador es observar cómo no queda ya rastro en la prensa conservadora de aquella simpatía de pensadores cubanos hacia el existencialismo, como podía verse en Jorge Mañach o Humberto Piñera Llera, como parte de un movimiento hispánico que tuvo entre sus representantes a Ortega y Gasset. Esto ya mostraba una derecha tradicional que había perdido influencia sobre los intelectuales jóvenes. 

En este sentido, el trabajo de Adrián G. Montoro (pensador cubano olvidado como tantos otros de este turbio periodo) resulta de mayor profundidad. Señala al libro Materialismo y Revolución como “la única tentativa seria de crítica al marxismo, producido en Occidente en las últimas décadas”[2], la cual cataloga como crítica al “mecanicismo seudomarxista”, crítica en la que sitúa también a Antonio Gramsci. 

La posición de Montoro representa la de una libertad ideológica dentro del marxismo que era considerada “revisionismo” en el bloque soviético y esto viene a aclarar una de las preguntas que pudiéramos hacernos sobre este periodo: ¿Fue la rivalidad con la Union Soviética, respecto al movimiento insurreccional en América Latina, lo que lleva a Fidel Castro a permitir la creación de la revista Pensamiento Crítico y los planes de estudio afines al marxismo occidental en la Universidad de La Habana entre 1967 y 1971?

El artículo de García Montoro muestra que esta postura existía antes de la fundación de la revista en los intelectuales cubanos y es lo que constituye uno de los problemas que vino a plantear la visita de Sartre: ¿Cuál es el espacio de los intelectuales en la Revolución? ¿Podrán tener suficiente libertad para la creación artística y filosófica? 

Aquí están las raíces de un conflicto que se ha situado en 1961 con el discurso de Castro “Palabras a los intelectuales”. Duanel Díaz y Marial Iglesias, al rescatar estos artículos de prensa, muestran que su origen precede al menos en un año a la nefasta reunión en la Biblioteca Nacional.

La compilación muestra el recuento en la prensa de la época de los amplios viajes de Sartre a lugares como Santiago de Cuba o la Ciénaga de Zapata. En una de sus conversaciones con el líder revolucionario se hacen patentes los rasgos que ha tenido, por siete décadas, el régimen que Fidel Castro creara. Sartre demanda un punto de vista al “Máximo Líder” sobre el intelectual que produce una obra esteticista, sin base en la realidad, pero que como individuo actúa políticamente a favor de la Revolución. La negativa de Castro es total. Fidel no concibe a la Revolución sin absorber el fondo de libertad individual que se expresa en la creación artística.[3]

Uno de los momentos mas intrigantes es cuando en una rueda de prensa se le pregunta al filósofo francés que opina sobre la desestalinización. Sorprende la respuesta sartreana, porque había sido un crítico de la intervención soviética en Hungría en 1956 y el título de la obra donde cuestionaba tal agresión era precisamente El fantasma de Stalin

Sin embargo, Sartre explica el estalinismo como resultado de la baja educación de las masas soviéticas, de no poderse contar con cuadros calificados (Sartre y Beauvoir, 110), como si la represión no se hubiera cebado justamente contra el sector más preparado tanto del ejército como de los cuadros comunistas. 

¿Un ejercicio de prudencia, al constatar los rasgos de culto a la personalidad (si se lee entre líneas) en la Revolución Cubana, de los que él, además, da cuenta? Responder esta pregunta implicaría un estudio de la biografía política del autor que exceden estas páginas. 

En tal sentido, resultan estos textos reveladores de las características que Sartre ve en la Revolución. La concibe como carente de ideología. Son los problemas prácticos, nos dice, los que han determinado ciertas posturas ideológicas. 

Hasta ahí parecería ser el tipo de movimiento político que un existencialista (y no un marxista con presupuestos hegelianos) apoyaría, pero si leemos con más detenimiento otras intervenciones de Sartre en este viaje, encontramos el origen de esta espontaneidad revolucionaria. 

En su diálogo con la prensa, menciona la relación de Fidel Castro con el pueblo (que llega a denominar “democracia directa”), pero inmediatamente considera que esto entraña un peligro, mencionando como debilidad de la Revolución el no poseer un aparato político (94-5). ¿Se trata de un eufemismo para hacer referencia a un régimen que ya tenía un claro perfil personalista?

Leer estos comentarios del filósofo anticipan la ruptura de la izquierda intelectual de Occidente con el proceso cubano. 

Es marzo de 1960. Todavía existen empresas privadas norteamericanas en la industria y los servicios, así como prensa libre. Pero no hay ni rastro de las elecciones prometidas, después de 16 meses de un proceso que ya ha visto la caída de un primer ministro y de un presidente provisional. Ya hay un rasgo de la Revolución que no la va a abandonar, incluso después del año 1968, cuando se perfila más claramente la “sovietización” que cristaliza en la constitución de 1976: la voluntad omnímoda de Fidel Castro. 

El desencanto de Sartre se revelaría finalmente poco más de diez años después, cuando firma la carta dirigida al primer ministro, protestando por el encarcelamiento de Heberto Padilla. Al parecer, la espontaneidad de las masas, una vez liberadas de la razón, se dirige a un líder, en una época donde se abandonaba el racionalismo positivista de finales del siglo anterior y se empezaba a vivir desde la perspectiva de que, como diría Ortega, el hombre no tiene naturaleza o, según Sartre en El existencialismo es un humanismo: el hombre no tiene esencia.

¿Por qué un pensador que hizo de la libertad y el humanismo el centro de su reflexión no pudo notar esta voluntad totalizante del líder o solo la expresaba entre líneas? Es algo, repito que no se puede contestar del todo aquí. 

Una posible respuesta es que estas son las consecuencias pesimistas que podemos leer desde el presente, pero que en aquellos convulsos años sesenta eran todavía la esperanza de obtener una sociedad democrática a partir de la espontaneidad revolucionaria.

Es revelador que Sartre diga que lo importante no es que haya libertad para la prensa contrarrevolucionaria, sino libertad para la prensa revolucionaria (49). 

Que pasados solo dieciséis meses desde 1959 ya se estuviera temiendo que llegaría el momento en que no hubiese libertad de criticar la Revolución desde los sectores que se identificaban con esta, muestran la atmósfera enrarecida en que se estaba viviendo. Esta queja la vemos una y otra vez en una intelectualidad cubana que muchas veces ha comenzado sintiéndose inhabilitada de crítica, para terminar descubriendo que la única forma de hacer posible la crítica dentro de la Revolución es cuando también se puede hacer contra la Revolución. 

La clausura del Diario de la Marina en mayo de ese año revelaría que Fidel Castro no habría de detenerse y solo meses después el director de Bohemia, especie de órgano no oficial de la Revolución, terminaría huyendo al exilio. 

El investigador o el lector curioso podrá encontrar aquí la radiografía de una Revolución que se ha querido periodizar, ignorando cómo la deriva hacia el sistema soviético estaba ya presente en una fecha tan temprana como la de marzo de 1960. Es también una historia en la que se va revelando la obra testimonial de uno de los grandes autores del siglo XX. 






Notas:
[1] Diario de la Marina. “J. P. Sartre, existencialista ateo.” Sartre y Beauvoir: la Luna de miel de la Revolución, compilado por Duanel Díaz y Marial Iglesias Utset, 1960, p. 30. Casa Vacía, 2024. 
[2] García- Hernández Montoro, Adrián: Sartre y nosotros. Ob. Cit. 68-9. 
[3] “Un individuo así sería un ciudadano cívico-responde Fidel-pero como artista estará traicionando su propia obra condenándola al aislamiento. La Revolución penetra más y más en el pueblo y rechaza la obra que no la expresa” (p.86)