Discurso pronunciado por el secretario de Estado norteamericano Marco Rubio en la Conferencia de Seguridad de Múnich, en el Hotel Bayerischer Hof, el sábado 14 de febrero de 2026.
Muchas gracias.
Nos reunimos hoy aquí como miembros de una alianza histórica. Una alianza que salvó y cambió el mundo. Cuando esta conferencia comenzó en 1963, fue en una nación (en realidad, fue en un continente) que estaba dividido contra sí mismo. La línea entre el comunismo y la libertad atravesaba el corazón de Alemania. Las primeras cercas de alambre de púas del Muro de Berlín se habían levantado apenas dos años antes.
Y apenas unos meses antes de esa primera conferencia, antes de que nuestros predecesores se reunieran aquí por primera vez, aquí en Múnich, la Crisis de los Misiles en Cuba había llevado al mundo al borde de la destrucción nuclear.
Incluso cuando la Segunda Guerra Mundial aún ardía fresca en la memoria de estadounidenses y europeos por igual, nos encontramos mirando directamente el cañón de una nueva catástrofe global: una con el potencial de un nuevo tipo de destrucción, más apocalíptica y final que cualquier otra anterior en la historia de la humanidad.
En el momento de aquella primera reunión, el comunismo soviético estaba en marcha. Miles de años de civilización occidental pendían de un hilo. En ese momento, la victoria estaba lejos de ser segura. Pero fuimos impulsados por un propósito común. Estábamos unificados no solo por aquello contra lo que luchábamos. Estábamos unificados por aquello por lo que luchábamos.
Y juntos, Europa y América prevalecieron y un continente fue reconstruido. Nuestros pueblos prosperaron. Con el tiempo, los bloques del Este y del Oeste se reunificaron. Una civilización volvió a hacerse completa.
Ese infame muro, que había escindido esta nación en dos, cayó. Y con él un imperio maligno. Y el Este y el Oeste volvieron a ser uno. Pero la euforia de este triunfo nos llevó a una peligrosa ilusión: que habíamos entrado, cito, en “el fin de la historia”; que toda nación sería ahora una democracia liberal; que los lazos formados solo por el comercio y el intercambio reemplazarían a la nación; que el orden global basado en reglas –un término abusado– reemplazaría al interés nacional; y que ahora viviríamos en un mundo sin fronteras donde todos se convertirían en ciudadanos del mundo.
Esta fue una idea insensata que ignoró tanto la naturaleza humana como las lecciones de más de 5,000 años de historia humana registrada. Y nos ha costado caro. En esta ilusión, abrazamos una visión dogmática del comercio libre y sin restricciones, incluso mientras algunas naciones protegían sus economías y subsidiaban sus empresas para socavar sistemáticamente las nuestras, cerrando nuestras fábricas, resultando en que grandes partes de nuestras sociedades se desindustrializaran, enviando millones de empleos de clase trabajadora y media al extranjero, y entregando el control de nuestras cadenas de suministro críticas tanto a adversarios como a rivales.
Cada vez más externalizamos nuestra soberanía a instituciones internacionales, mientras muchas naciones invertían en enormes estados de bienestar a costa de mantener la capacidad de defenderse. Esto, incluso mientras otros países han invertido en la acumulación militar más rápida de toda la historia humana y no han dudado en usar el poder duro para perseguir sus propios intereses.
Para apaciguar a un culto climático, nos hemos impuesto políticas energéticas que están empobreciendo a nuestra gente, incluso mientras nuestros competidores explotan petróleo y carbón y gas natural y cualquier otra cosa, no solo para impulsar sus economías, sino para usarlo como palanca contra las nuestras.
Y en una búsqueda de un mundo sin fronteras, abrimos nuestras puertas a una ola sin precedentes de migración masiva que amenaza la cohesión de nuestras sociedades, la continuidad de nuestra cultura y el futuro de nuestro pueblo. Cometimos estos errores juntos y ahora, juntos, le debemos a nuestra gente enfrentar esos hechos y avanzar, reconstruir.
Bajo el presidente Trump, los Estados Unidos de América asumirán una vez más la tarea de renovación y restauración, impulsados por una visión de un futuro tan orgulloso, tan soberano y tan vital como el pasado de nuestra civilización. Y aunque estamos preparados, si es necesario, para hacer esto solos, es nuestra preferencia y nuestra esperanza hacerlo junto con ustedes, nuestros amigos aquí en Europa.
De manera que los Estados Unidos y Europa, pertenecemos juntos. América fue fundada hace 250 años, pero las raíces comenzaron aquí en este continente mucho antes. Los hombres que se asentaron y construyeron la nación de mi nacimiento llegaron a nuestras costas llevando los recuerdos y las tradiciones y la fe cristiana de sus antepasados, como una herencia sagrada, un vínculo irrompible entre el viejo mundo y el nuevo.
Somos parte de una sola civilización: la civilización occidental. Estamos unidos los unos con otros por los vínculos más profundos que las naciones podrían compartir, forjados por siglos de historia compartida, fe cristiana, cultura, herencia, idioma, ascendencia y los sacrificios que nuestros antepasados hicieron juntos por la civilización común que hemos heredado.
Y por eso es que nosotros los estadounidenses a veces podemos parecer un poco directos y urgentes en nuestros consejos. Por eso el presidente Trump exige seriedad y reciprocidad a nuestros amigos aquí en Europa. La razón, amigos míos, es porque nos importa profundamente. Nos importa profundamente su futuro y el nuestro. Y si a veces discrepamos, nuestras discrepancias provienen de nuestro profundo sentido de preocupación por una Europa con la que estamos conectados no solo económicamente, no solo militarmente.
Estamos conectados espiritualmente y estamos conectados culturalmente. Queremos que Europa sea fuerte. Creemos que Europa debe sobrevivir, porque las dos grandes guerras del siglo pasado nos sirven como recordatorio constante de una historia donde, en última instancia, nuestro destino está y siempre estará entrelazado con el de ustedes. Porque sabemos que el destino de Europa nunca será irrelevante para el nuestro.
La seguridad nacional, de la que esta conferencia trata en gran medida, no es meramente una serie de preguntas técnicas. Cuánto gastamos en defensa o dónde, cómo la desplegamos: estas son preguntas importantes, lo son. Pero no son la fundamental.
La pregunta fundamental que debemos responder desde el inicio es qué exactamente estamos defendiendo, porque los ejércitos no luchan por abstracciones. Los ejércitos luchan por un pueblo; los ejércitos luchan por una nación. Los ejércitos luchan por una forma de vida. Y eso es lo que estamos defendiendo: una gran civilización que tiene todas las razones para estar orgullosa de su historia, confiada en su futuro, y que aspira a ser siempre dueña de su propio destino económico y político.
Fue aquí en Europa donde nacieron las ideas que plantaron las semillas de la libertad que cambiaron el mundo. Fue aquí en Europa donde el mundo dio al mundo el estado de derecho, las universidades y la revolución científica. Fue este continente el que produjo el genio de Mozart y Beethoven, de Dante y Shakespeare, de Miguel Ángel y Da Vinci, de los Beatles y los Rolling Stones. Y este es el lugar donde los techos abovedados de la Capilla Sixtina y las altas agujas de la gran catedral en Colonia dan testimonio no solo de la grandeza de nuestro pasado o de una fe en Dios que inspiró estas maravillas: ellos presagian las maravillas que nos esperan en nuestro futuro. Pero solo si somos si no nos arrepentimos de nuestra herencia y estamos orgullosos de ese legado común, juntos podremos comenzar el trabajo de imaginar y dar forma a nuestro futuro económico y político.
La desindustrialización no fue inevitable: fue una elección consciente de las políticas, un esfuerzo económico de décadas que despojó a nuestras naciones de su riqueza, de su capacidad productiva y de su independencia. Y la pérdida de nuestra soberanía en la cadena de suministro no fue una función de un sistema próspero y saludable de comercio global: fue insensata, fue una transformación insensata pero voluntaria de nuestra economía, que nos dejó dependientes de otros para nuestras necesidades y peligrosamente vulnerables a las crisis.
La migración masiva no fue, no es una preocupación marginal de pocas consecuencias. Fue y continúa siendo una crisis que está transformando y desestabilizando sociedades en todo Occidente. Juntos podemos reindustrializar nuestras economías y reconstruir nuestra capacidad de defender a nuestra gente.
Pero el trabajo de esta nueva alianza no debería enfocarse solo en la cooperación militar y en recuperar las industrias del pasado. También debería enfocarse en, juntos, avanzar nuestros intereses mutuos y nuevas fronteras, liberando nuestro ingenio, nuestra creatividad y el espíritu dinámico para construir un nuevo siglo occidental: viajes espaciales comerciales e inteligencia artificial de vanguardia; automatización industrial y manufactura flexible; crear una cadena de suministro occidental para minerales críticos, no vulnerable a la extorsión de otros poderes; y un esfuerzo unificado para competir por la participación de mercado en las economías del Sur Global. Juntos no solo podemos recuperar el control de nuestras propias industrias y cadenas de suministro: podemos prosperar en las áreas que definirán el siglo XXI.
Pero también debemos ganar control de nuestras fronteras nacionales. Controlar quién y cuántas personas entran a nuestros países. Esto no es una expresión de xenofobia. No es odio. Es un acto fundamental de soberanía nacional. Y el no hacerlo no es solo una abdicación de uno de nuestros deberes más básicos hacia nuestra gente: es una amenaza urgente al tejido de nuestras sociedades y a la supervivencia misma de nuestra civilización.
Y, finalmente, ya no podemos colocar el llamado orden global por encima de los intereses vitales de nuestra gente y nuestras naciones. No necesitamos abandonar el sistema de cooperación internacional que redactamos y no necesitamos desmantelar las instituciones globales del viejo orden que juntos construimos. Pero estas deben ser reformadas. Estas deben ser reconstruidas.
Por ejemplo, las Naciones Unidas aún tienen un tremendo potencial para ser una herramienta para el bien en el mundo. Pero no podemos ignorar que hoy, en los asuntos más urgentes ante nosotros, no tiene respuestas y no ha jugado virtualmente ningún papel. No pudo resolver la guerra en Gaza. En cambio, fue el liderazgo estadounidense el que liberó a los rehenes de los bárbaros y trajo una frágil tregua. No ha resuelto la guerra en Ucrania. Se necesitó el liderazgo estadounidense y la asociación con muchos de los países aquí hoy solo para llevar a las dos partes a la mesa en busca de una paz aún esquiva. Fue impotente para contener el programa nuclear de clérigos chiitas radicales en Teherán. Eso requirió 14 bombas lanzadas con precisión desde bombarderos B-2 estadounidenses. Y fue incapaz de abordar la amenaza a nuestra seguridad de un dictador narcoterrorista en Venezuela. En cambio, se necesitaron las fuerzas especiales estadounidenses para llevar a este fugitivo ante la justicia.
En un mundo perfecto, todos estos problemas y más serían resueltos por diplomáticos y resoluciones firmemente redactadas. Pero no vivimos en un mundo perfecto y no podemos seguir permitiendo que aquellos que, abierta y descaradamente, amenazan a nuestros ciudadanos y ponen en peligro nuestra estabilidad global, se escuden detrás de abstracciones del derecho internacional que ellos mismos violan rutinariamente.
Este es el camino que el presidente Trump y los Estados Unidos han emprendido. Es el camino en el que les pedimos, aquí en Europa, que se unan a nosotros. Es un camino que hemos recorrido juntos antes y esperamos recorrer juntos de nuevo.
Durante cinco siglos, antes del fin de la Segunda Guerra Mundial, Occidente había estado expandiéndose: sus misioneros, sus peregrinos, sus soldados, sus exploradores saliendo de sus costas para cruzar océanos, asentarse en nuevos continentes, construir vastos imperios extendiéndose por todo el mundo. Pero en 1945, por primera vez desde la era de Colón, se estaba contrayendo. Europa estaba en ruinas. La mitad vivía detrás de un Telón de Acero y el resto parecía que pronto seguiría. Los grandes imperios occidentales habían entrado en declive terminal, acelerado por revoluciones comunistas ateas y por levantamientos anticoloniales que transformarían el mundo y cubrirían el mapa con la hoz y el martillo rojos en los años por venir.
En ese contexto, entonces, como ahora, muchos llegaron a creer que la era del dominio de Occidente había llegado a su fin y que nuestro futuro estaba destinado a ser un eco tenue y débil de nuestro pasado. Pero, juntos, nuestros predecesores reconocieron que el declive era una elección y fue una elección que se negaron a hacer. Esto es lo que hicimos juntos una vez antes, y esto es lo que el presidente Trump y los Estados Unidos quieren hacer de nuevo ahora, junto con ustedes.
Y por eso no queremos que nuestros aliados sean débiles, porque eso nos hace más débiles. Queremos aliados que puedan defenderse, para que ningún adversario se sienta tentado a probar nuestra fuerza colectiva. Por eso no queremos que nuestros aliados estén encadenados por la culpa y la vergüenza. Queremos aliados que estén orgullosos de su cultura y de su herencia, que entiendan que somos herederos de la misma gran y noble civilización y que, junto con nosotros, estén dispuestos y sean capaces de defenderla.
Y por eso no queremos aliados que racionalicen el statu quo roto, en lugar de enfrentar lo que es necesario para arreglarlo. Porque nosotros en América no tenemos interés en ser guardianes educados y ordenados del declive gestionado de Occidente. No buscamos separarnos, sino revitalizar una vieja amistad y renovar la mayor civilización en la historia humana.
Lo que queremos es una alianza revitalizada que reconozca que lo que ha aquejado a nuestras sociedades no es solo un conjunto de malas políticas, sino un malestar de desesperanza y complacencia. La alianza que queremos es una que no esté paralizada en la inacción por el miedo: miedo al cambio climático, miedo a la guerra, miedo a la tecnología. En cambio, queremos una alianza que corra audazmente hacia el futuro. Y el único miedo que tenemos es el miedo a la vergüenza de no dejar nuestras naciones más orgullosas, más fuertes y más ricas para nuestros hijos.
Una alianza lista para defender a nuestra gente, para salvaguardar nuestros intereses y para preservar la libertad de acción que nos permite dar forma a nuestro propio destino, no una que exista para operar un estado de bienestar global y expiar los supuestos pecados de generaciones pasadas.
Una alianza que no permita que su poder sea externalizado, restringido o subordinado a sistemas más allá de su control; una que no dependa de otros para las necesidades críticas de su vida nacional; y una que no mantenga la pretensión educada de que nuestra forma de vida es solo una entre muchas y que pida permiso antes de actuar.
Y, sobre todo, una alianza basada en el reconocimiento de que nosotros, Occidente, lo que hemos heredado juntos es algo que es único y distintivo e irremplazable. Pues esto, después de todo, es la base misma del vínculo transatlántico.
Actuando juntos de esta manera, no solo ayudaremos a recuperar una política exterior sensata: nos devolverá un sentido más claro de nosotros mismos. Restaurará un lugar en el mundo y, al hacerlo, reprenderá y disuadirá a las fuerzas de borrado civilizacional que hoy amenazan tanto a América como a Europa por igual.
Así que, en un momento de titulares que anuncian el fin de la era transatlántica, que quede sabido y claro para todos que este no es ni nuestro objetivo, ni nuestro deseo. Porque para nosotros, los estadounidenses, nuestro hogar puede estar en el hemisferio occidental, pero siempre seremos hijos de Europa.
Nuestra historia comenzó con un explorador italiano, cuya aventura en lo desconocido para descubrir un nuevo mundo llevó el cristianismo a las Américas y se convirtió en la leyenda que definió la imaginación de nuestra nación pionera.
Nuestras primeras colonias fueron construidas por colonos ingleses, a quienes debemos no solo el idioma que hablamos, sino la totalidad de nuestro sistema político y legal. Nuestras fronteras fueron moldeadas por escoceses-irlandeses: ese orgulloso y resistente clan de las colinas de Ulster que nos dio a Davy Crockett y Mark Twain y Teddy Roosevelt y Neil Armstrong.
Nuestro gran corazón del Medio Oeste fue construido por granjeros y artesanos alemanes que transformaron llanuras vacías en una potencia agrícola global y, por cierto, mejoraron dramáticamente la calidad de la cerveza estadounidense.
Nuestra expansión hacia el interior siguió las huellas de comerciantes de pieles y exploradores franceses cuyos nombres, por cierto, aún adornan las señales de calles y los nombres de pueblos en todo el valle del Misisipi. Nuestros caballos, nuestros ranchos, nuestros rodeos –todo el romance del arquetipo del vaquero que se volvió sinónimo del Oeste americano–: estos nacieron en España. Y nuestra ciudad más grande y más icónica se llamó Nueva Ámsterdam antes de llamarse Nueva York.
¿Y saben que en el año en que mi país fue fundado, Lorenzo y Catalina Geroldi vivían en Casale Monferrato en el Reino de Piamonte-Cerdeña? Y José y Manuela Reina vivían en Sevilla, España. No sé qué, si algo, sabían sobre las trece colonias que habían ganado su independencia del imperio británico, pero esto es lo que sí sé con certeza: jamás podrían haber imaginado que, 250 años después, uno de sus descendientes directos estaría aquí hoy en este continente como el principal diplomático de aquella nación infantil.
Y, sin embargo, aquí estoy, siendo recordado por mi propia historia que, tanto nuestras historias como nuestros destinos, siempre estarán ligados.
Juntos reconstruimos un continente destrozado tras dos guerras mundiales devastadoras. Cuando nos encontramos divididos una vez más por el Telón de Acero, el Occidente libre enlazó brazos con los valientes disidentes que luchaban contra la tiranía en el Este para derrotar al comunismo soviético. Hemos luchado unos contra otros, luego nos reconciliamos. Luego luchamos, luego nos reconciliamos de nuevo. Y hemos sangrado y muerto lado a lado en campos de batalla desde Kapyong hasta Kandahar.
Y estoy aquí hoy para dejar claro que América está trazando el camino para un nuevo siglo de prosperidad. Y que, una vez más, queremos hacerlo junto con ustedes, nuestros aliados queridos y nuestros amigos más antiguos.
Queremos hacerlo junto con ustedes, con una Europa que esté orgullosa de su herencia y de su historia; con una Europa que tenga el espíritu de creación de libertad que envió barcos a mares inexplorados y dio origen a nuestra civilización; con una Europa que tenga los medios para defenderse y la voluntad de sobrevivir.
Deberíamos estar orgullosos de lo que logramos juntos en el siglo pasado, pero ahora debemos enfrentar y abrazar las oportunidades de un siglo nuevo. Porque el ayer terminó, el futuro es inevitable y nuestro destino juntos nos espera.
Gracias.










