Michel Foucault dice, en Vigilar y castigar, que el suplicio por descuartizamiento del parricida Robert-François Damiens (1757) marca “la desaparición de la tortura como espectáculo público”. Apenas ochenta años más tarde, comenta el filósofo francés, la “economía total del castigo fue reimaginada”.
Imaginemos entonces a la Cuba actual como un Estado premoderno, posterior a la Edad Antigua y anterior al Siglo de las Luces, sometida por una variante tardía del despotismo hispano, donde el castigo de los opresores, al término de la dictadura, deberá ser tratado como espectáculo de público escarmiento.
El boniato, el huevo y el aceite habían desaparecido del reino de Gallegandia desde hacía más de medio siglo debido a la negligencia criminal de Rabul el Fula, el pequeño déspota desalmado.
Viejas lámparas de cocuyos reflejadas en el foso del Palacio proveían la escasa iluminación. El foso era un río de aguas fétidas, conocido como La Mojonera, donde el populacho descargaba su odio y sus mentiras. Mientras tanto, Rabul el Felón bebía absenta de caña y retozaba con sus judocas en los aposentos del Pentágono, la torre de mármol en forma de estrella solitaria con un apóstol ciego en la base.
Aprovechándose del oscuro total, los siervos de la gleba arrancaban adoquines de la Plaza del Pueblo Penitente, en caso de que algún día les llegara el momento de sublevarse. Cascando dos piedras de Jaimanitas, decían los antiguos próceres, se obtenía una pequeña chispa de esperanza.
Rabuló el Tuerto y Rabulí el Cangrejo, de la Casa Guillois, eran los implacables comandantes del ejército y la guardia pretoriana, respectivamente. Desde el Pentágono, también llamado la “Pentagonía”, Rabul el Ebrio o el Sanguinario domina toda Gallegandia y parte de la Sagüecera.
En las antiguas plantaciones, los duques degenerados, dedicados lánguidamente a la caza del almiquí azul, campeaban por sus fueros. Los bufones Picho y Silvo, y la Enana Marielic, ofrecían recitales de cítara campesina para las obesas familias patriarcales y frescos pasatiempos eróticos en la arena del CIENOSEX.
Barones enloquecidos, practicantes de la nueva superchería finalista, habían arrasado con fincas, vaquerías y corrales. Los rebaños eran un montón de esqueletos; piaras híbridas de cerdos incomibles hacían nido en las bañeras; los molinos yacían en ruinas desde hacía décadas. El pueblo moría de hambre y oscuridad y las noticias de la pestilencia que diezmaba a la población de Gallegandia llegó un día a oídos de la corte de Upper Groenlandia.
Don d’Orange, administrador de los territorios del Alto Gröen, se conmovió tan grandemente al escuchar las noticias de los viajeros que lloró en el hombro de su consejero, Marcus el Blond. El escorbuto y el oxiuro cerraban las entradas y salidas corporales de los gallegandios. La peste, el sicote y el moquillo hacían lo suyo en los pulmones y panzas de un pueblo abandonado por dios y los argentinos.
Don el Furioso decidió atacar al malvado Rabul y desaparecer del mapa a su estirpe.
Una nube de drones hizo trizas el Palacio de Invierno donde se apiñaban los generales con sus obesas familias. Rabul El Cherna escapó en paños menores de su búnker del Pentágono y fue capturado en el quirófano para cambios de sexo de la casona barroca que albergaba al CIENOSEX. Era primero de mayo, subsiguientemente conocido como el “Día Internacional del Cambio de Régimen”.
Entonces se convocó a un juicio popular en la plaza desadoquinada del Pentágono y se colocó un estrado encima de los escombros. El jurado decidió desterrar a Rabul y a la familia real a la Siberia. Allí recibiría atención adecuada en sus años neo-pueriles, ganados a la muerte a golpe de tecnología de prolongación genética. Podría morir en la inocencia y dejar en paz a la pobre gente.
Una comisión gestora de sagüeseros ilustres se haría cargo de Gallegandia. Se decretó la construcción de un Palacio de los Jugos en los antiguos predios del Comité Central. Los gallegandios conservaron los adoquines robados como recuerdo del período deconstructivista de la historia nacional.
Pero sucedió que, sin nadie esperárselo, una vocecita floja se eleva desde la zambumbia indolente de las masas desorientadas. Era la voz de un hombre flaco y alto, vestido de mujer, con los brazos afeitados, sombra de barba, peluca negra y ojo amoratado. Llevaba una horca al cuello, con la soga al desgaire. Había estado en las UMAP y en las cárceles de Ariza y Manacas. Después había agarrado un barco y alunizado en Cayo Hueso.
Nunca —dijo— encontró un maldito lugar donde asentarse, no sabía realmente dónde estaba. Había trapeado bares y cantinas, trabajado de mucama en espantosos Howard Johnson’s y hecho de Rosita Fornés en los bares de Okeechobee. Terminó en un gallinero de Memphis desplumando pollos para la Perdue. Allí encontró por fin a un camionero que la amó, le puso casa y la apaleó todas las noches.
Entonces, su hombre murió de un infarto y ella se quedó sola con su Torazina. El bruto había sido el único que la quiso. Ella se llamaba Magnolia y era la hija de un barbero. Intentó suicidarse varias veces, hasta que lo consiguió. Era un fantasma en la multitud y demandaba la Opción Medieval para Rabul el Cherna y su familia de Cangrejos.
Poco a poco, otras voces fueron levantándose, envalentonándose ante al tribunal improvisado. Voces salidas de la masa, del pueblo llano, de la clase obrera y las amas de casa, de tíos, sobrinos, madres, abuelas y hermanos de causa, hasta que, en la alta madrugada de Gallegandia, la queja de Magnolia se convirtió en estruendo.
¡Tantas vidas machacadas, tantas historias de horror y misterio! ¡Tanta gente humillada, separada, asesinada, descojonada, olvidada, ahogada, fusilada, cazada, apaleada y encadenada! ¡Y todo por tal de que el tirano continuara su viaje a Siberia!
Era, por fin, el momento de desahogo que los gringos, los mexicanos, los españoles, los argentinos, los italianos, los angolanos, los sudafricanos, los franceses, los uruguayos y los putos chilenos nos habían robado. ¡La queja que el mundo entero nos había negado!
Eran los adoquines de una plaza liberada, las piedras de un lugar nuevo, inédito, magnífico, donde ajusticiar a Rabul y a los suyos. ¡A la Enana Marielic y a los payasos Picho y Silvo, al Tuerto y al Cangrejo, a Sandro y a Machi! ¡Magnolia pedía nada menos que una carnicería! ¡Una carga para matar bribones!
Había que dar marcha atrás en el tiempo, remontarse a un momento anterior a la Edad Moderna, posterior a la Edad Antigua, justo en las fronteras del Iluminismo, a fin de infligir un daño monumental, conmensurable con su éxito, a los opresores, esos canallas que destruyeron tres generaciones de cubanos. No por gusto el castigo prescrito por las leyes francesas de 1757 se denominaba amende honorable: la recantación horrible.
Pero la recantación de un parricida como Damiens debía extraerse con pinzas calientes. El castigo medieval preciso, descrito con lujo de detalles en el libro de Foucault, requería alzar una tribuna para exhibir al culpable, al que “se le arrancaba la carne de los brazos, piernas y pantorrillas con pinzas al rojo vivo”.
“Su mano derecha, con la que había cometido el crimen […el Moncada, la Sierra, el Escambray, el Mariel, San Isidro, el Estrecho…] era quemada con azufre y en las heridas se derramaba plomo líquido, aceite hirviendo, resina bullente, cera y azufre, todo mezclado. Luego el cuerpo del desgraciado era descuartizado por cuatro caballos, y las extremidades y el tronco arrojados al fuego hasta reducirlos a cenizas. Finalmente, las cenizas eran esparcidas al viento”.
En fin, que había que tener valor para castigar como se lo merecían a aquellos que nos vigilaron y torturaron durante más de medio siglo, y ese tipo de valor a prueba de fuego y azufre le faltaba a las tres generaciones de cubanos habituadas a rehuir, precisamente, la responsabilidad del castigo.
El poco de amende que nos tocó será arrojado al viento junto a las cenizas de nuestras vidas, un castigo español mucho peor que el que recibiera el más villano de los franceses.











