Calle Patria, de Ivón Osorio Gallimore.
Una vez escuché decir a mi tía que mi mamá había atrasado la raza. Ella estaba en la cocina junto con la bisabuela preparando el postre de la tarde. Mi bisabuela, sin decir nada, estiró los labios y le hizo saber que yo las escuchaba desde la puerta.
Cuando mi mamá llegó del trabajo, se lo solté:
—¿Qué significa “raza”?
Se quedó con la blusa a medio quitar.
—Tiene que ver con el color de la piel —me dijo.
Continuó cambiándose de ropa.
—¿Y cómo se hace para atrasar el color de la piel?
—No te muevas de ahí —me advirtió señalando la butaca en la que estaba sentada.
Enseguida salió del cuarto, caminó por el largo pasillo que separaba nuestra habitación de la cocina y encontró a mi bisabuela en sus trajines. Como siempre, la desobedecí y fui tras ella.
—Por casualidad, ¿sabes si a la niña le pasó algo en la escuela?
—Que yo sepa, no. ¿Te ha dicho algo?
—Me preguntó sobre la raza —se dejó caer en una silla.
—Escuchó a tu hermana.
—No entiendo, ¿qué fue lo que escuchó de mi hermana?
La bisabuela suspiró.
—Que tú habías atrasado la raza.
—¿Y con qué derecho se mete en mi vida? ¿Por qué le dijo eso a Cari?
—¡Cómo se te ocurre que estábamos hablando con la niña, por Dios! Tu hermana me estaba contando algo que le pasó a una amiga y lo tuyo vino al caso. Y Cari lo oyó sin querer. Ya sabes cómo es ella.
—¿Y qué hago yo ahora con la incertidumbre que ustedes le pusieron en la cabeza?
—Hija, no es para tanto, ya se le olvidará. Tú sabes que ella pregunta y pregunta y después se le pasa.
—No creo que se le pase tan rápido.
Y así mismo fue. Al rato, comenzó mi repertorio.
—¿Nací de noche o de día?
Mi mamá y yo dormíamos juntas en la misma cama, en uno de los cuartos que daban al balcón. Ya se notaba el aire fresco de la noche y ella se levantó a cerrar la persiana.
—Naciste de día, a las once y unos minutos.
Volvió a acostarse a mi lado. Cogió el libro que estaba en la mesita y lo abrió por la página en la que nos habíamos quedado la noche anterior.
—Yo creo que no voy a coger más sol —pensé en voz alta.
Mi bisabuela me mandaba a entrar a casa cada vez que me paraba en el balcón a las doce del mediodía. “Te vas a poner como un tizón”, repetía y enseguida me abrazaba y besaba mis cachetes.
Mi mamá me escuchó y se tomó un tiempo antes de responder. No terminaba de pronunciar la primera frase, cuando la volví a interrumpir:
—¿Tendré este color por comer muchos frijoles negros?
Cerró el libro y lo devolvió a la mesita.
—Lo que yo me voy a comer son esos hoyitos tan lindos que tienes en tus mejillas.
—¿Y qué es una mejilla?
Mi tía acababa de llegar a la casa y fue directo hacia donde estábamos.
—Adivina qué traje… ¡Helado de chocolate!
Mi mamá la miró con esa cara que yo nunca pude descifrar por completo.
La bisabuela no había llegado a tiempo para avisarle a mi tía que el horno no estaba para pastelitos, y eso yo sí sabía lo que significaba.
Mamá se levantó de la cama e hizo otro de sus gestos célebres, indicándole a la tía que fuera para la sala. La tía me miró y dando media vuelta exclamó:
—¡Y yo qué hice ahora!
* Cuento del libro Calle Patria, de Ivón Osorio Gallimore.











