Toma uno: anécdotas de rodaje (Editorial Lunetra, 2025) de Lilo Vilaplana.
Para Claudia Faciolince
Cuando se graba una serie[1] larga, se construyen vínculos reales. Con muchos de los actores que participaron en este proyecto logré amistades que perduran hasta hoy.
En esa época, el canal donde se transmitía estaba apostando fuerte por un reality que formaba actores y a los ganadores los ubicaban en producciones del canal. A nosotros nos tocó integrar a varios de esos jóvenes en distintos personajes.
Uno de ellos fue el de una secretaria sensible, emotiva, llorona. Una joven ganadora del reality venía a interpretarlo. Era talentosa, muy disciplinada, con muchas ganas de hacerlo bien.
Desde el inicio, mostró compromiso… hasta que llegó el momento clave: la escena del llanto.
—Señor, yo nunca he llorado —me dijo, con una voz seria, casi avergonzada.
—¿Cómo que nunca? ¿No has tenido nunca un problema?
Traté de ayudarla con todo lo que tenía a mano: desde técnicas teatrales hasta referencias del método Stanislavski, aunque personalmente no me gusta mucho lo de “la memoria emotiva”. Esa manera de escarbar en el dolor personal, en el “tráfico de sentimientos”, no es lo que más me anima para lograr una situación determinada. Prefiero que vivan el momento exacto del conflicto que muestra la escena, para que sean sentimientos auténticos.
Pero nada funcionaba. Solo una risa nerviosa, tímida, que no ayudaba a nadie. El equipo esperando. El set detenido. Y yo, desesperado.
Me sentí cuestionado como director. Sentí que la empresa en la que confiaba tanto estaba también en entredicho, por haber aceptado en un papel tan importante a alguien sin formación actoral.
Entonces, ya al borde, le dije en tono severo, como quien lanza un regalo envenenado:
—¿Para qué te metiste en esto, si no ibas a cumplir? ¿Para qué hacen esos concursos que no forman actores, sino que inflan egos sin control? ¿Tú qué eres de verdad?
Ella, apenas audible, con voz quebrada por la vergüenza, murmuró:
—Odontóloga, señor…
—Pues ve a sacar muelas y no te metas en una responsabilidad para la que no estás lista. Un equipo entero está parado por una niña mimada que no ha…
Y en ese momento, sin previo aviso, comenzó a llorar desconsoladamente. Lágrimas reales. Llantos con historia. El set se activó como un resorte:
—¡Listos! ¡Grabemos!
La escena quedó espectacular. Natural, sentida, inolvidable.
Terminamos abrazándonos. Le pedí disculpas y le expliqué que esas también eran herramientas del oficio, aunque no siempre agradables. Ella me lo agradeció y el equipo también. Pero la historia no termina ahí.
Tres días después, mientras rodábamos otra escena, el asistente de dirección se me acercó:
—Señor, lo llaman.
—¿Quién?
—La actriz de Protagonistas de novela, la que empezó nueva. Está trabajando con la otra unidad hoy…
Tomé el teléfono.
—Sí, dime…
—Señor, tengo una escena de llanto… y no puedo llorar. ¿Podría humillarme, por favor?

Lilo Vilaplana, por William Ríos.
Notas del director
La técnica puede entrenarse. Pero la emoción, esa chispa real, a veces necesita un empujón poco ortodoxo para salir. No se trata de maltrato, sino de encontrar la puerta correcta para que el actor descubra la verdad del personaje. La dirección no siempre es cómoda. Pero, cuando tiene claro su superobjetivo, puede transformar.
[1] Fragmento del libro Toma uno: anécdotas de rodaje (Editorial Lunetra, 2025) de Lilo Vilaplana.











