La libertad de Cuba y la muerte de Donald Trump

En su artículo “Cómo evitar otra masacre en Cuba”, el ensayista Rafael Rojas considera que “la orden ejecutiva de Donald Trump del 29 de enero, por la cual se amenaza con aranceles a proveedores de combustible a Cuba, y su mayor o menor acatamiento por parte de Rusia o México, parece colocar a la isla entre el colapso y alguna extraña negociación”.

Para Rojas, “las dos opciones serían de pesadilla, aunque hasta en las pesadillas hay grados: apagón generalizado, hambruna, epidemias, violencia, estallido social, éxodo masivo, intervención militar; o entendimiento con el Gobierno de Donald Trump y Marco Rubio en condiciones desfavorables”. 

Su análisis parte de que “la forma en que el Gobierno cubano ha reaccionado a la secuencia de eventos que van del ataque a Caracas a la orden ejecutiva de Trump es la de siempre: atrincheramiento, gritos de patria o muerte, movilizaciones oficiales y ejercicios militares”. A la vez, apunta que “tampoco han faltado los llamados a la solidaridad mundial, si bien lo decisivo esta vez sería la reacción específica de dos países, México y Rusia, y discretos mensajes de disposición al diálogo con Estados Unidos en condiciones de igualdad”.

En resumen, “pensando con frialdad, solo habría tres formas de evitar el peor desenlace, que sería el colapso del país”. Sus tres opciones serían: 

  • “que China, Rusia e Irán pasen de una fase declarativa a otra de posicionamiento político y militar a favor de la isla. Se reproduciría, entonces, salvando las distancias, un escenario parecido al de la Crisis de los Misiles de 1962”;
  • “que el Gobierno cubano se decidiese a retomar el camino de las reformas, que cerró exactamente hace diez años, cuando se vio desestabilizado por la normalización diplomática de Barack Obama”;
  • “una negociación directa con Donald Trump y Marco Rubio”, la que implicaría “una fractura en la élite, por ahora imperceptible, o que el propio Díaz-Canel u otro funcionario o funcionaria en su nombre, con el aval de Raúl Castro y los principales dirigentes del Partido Comunista, el Estado y el Ejército, entraran en diálogo directo con Washington”.

De no implementarse en la práctica ninguna de estas “tres salidas preventivas”, entonces sobrevendría “otra pesadilla, más desoladora y terrible para la ciudadanía harta y empobrecida de la isla”.

Básicamente, Rafael Rojas se preocupa de las muertes manu militari, a nombre de La Habana (los tanques en la calle) y de Washington (misilazos quirúrgicos), “si se repiten, a mayor escala, esas protestas y se desata la represión, frente a un gobierno como el de Trump, envalentonado por su operación venezolana”.

Pero hay un peligro para nada especulativo que Rafael Rojas omite (¿por obvio?) en su mapa de escenarios. Una transición democrática hacia el Estado de derecho y la economía de mercado (esa tierra prometida que tanta ilusión insufla en los corazones no académicos de cubanos y venezolanos) todavía puede ser abortada por el castrismo. 

Se trataría del asesinato público o encubierto de Donald Trump. Por mano armada, por envenenamiento, por enfermedad provocada, por defenestración judicial o inhabilitación constitucional, por extorsión de sus perversiones privadas o fraudes financieros, o por cualquier otra táctica del miserable manual de la Seguridad del Estado cubana, con la complicidad de los servicios secretos internacionales infiltrados a todos los niveles del gobierno norteamericano.

Si la muerte civil y física de Donald Trump se intentó tantas veces en los últimos años fue, entre otros intereses geopolíticos, para evitar precisamente el presente jaque mate al castrismo continental, cuya inesperada desaparición será consecuencia única y exclusivamente de esta segunda administración Trump. 

Los politólogos, como los políticos, coinciden en esquivar la cuestión del magnicidio, como si ese no fuera el as (en ocasiones, el joker) que se sacan de debajo de la manga todos los gobiernos legítima o ilegítimamente constituidos.

Con Nicolás Maduro preso hollywoodensemente en Brooklyn, con un regajero de sesos extraterritoriales de soldaditos afrocubanos en Caracas, con un bloqueo a la Isla (ahora sí, ¡bloqueo y no embargo!) que va de las tarifas a los portaaviones, y con un Secretario de Estado con ínfulas de Tomás Estrada Palma renunciando al pasaporte norteamericano para presidir Cuba, no hay tiempo para ponerse a comparar conceptos de Achille Mbembe o Michel Foucault. 

A los cubanos de Cuba nos toca alertar, a riesgo del estigma de “paranoicos”, a la opinión pública norteamericana (por desgracia, para regocijo de 75 millones de votantes) que su presidente está en 2026, más que nunca, en peligro de un atentado o accidente fatal contra su persona.

Con Donald Trump vivo y desatado en la Casa Blanca, la libertad de Cuba es inevitable. Para que esa libertad vuelva a ser inviable, como hasta ayer y durante 67 años de convertir el revés en victoria, Donald Trump tendría que dejar de estarlo.

A la Plaza de la Revolución le queda la más pragmática de las “salidas preventivas”, esa que Rafael Rojas, acaso para no verse implicado, nos escamoteó.