Llegar a San Juan de Jagua no es solo llegar y ya: es descender, subir, desandar, perder referencia, perder la cobertura del teléfono móvil.
Uno sale de la carretera de la montaña —esa columna vertebral que atraviesa el oeste de Artemisa hasta despuntar en Pinar del Río— y comienza a caer por un camino de tierra que serpentea como si quisiera escabullirse.
La carretera misma es ya una rareza: sin darte cuenta, pasas de la autopista nacional a la cordillera de Guaniguanico. Cada vez que dos lomas se estrechan y la sombra te cubre, la temperatura cae de golpe, como si alguien hubiera abierto la puerta de un congelador a tu espalda. El aire se vuelve frío sin permiso y uno siente que está entrando en otra dimensión del país.
No hay razones turísticas para visitar San Juan de Jagua. El pueblo es el formato de lugar que se evita porque no conduce a nada: un caserío pequeño, pobre, incrustado en un pliegue de la Sierra del Rosario. Uno de los tantos poblados de La Palma, uno de los municipios más pobres de Pinar del Río, que a su vez ha sido durante décadas “la Cenicienta de Cuba”, por su humildad, su rezago o su obstinada pobreza, según quién lo cuente.
Para llegar ahí se necesita un camión con fuerza suficiente para subir en primera las lomas empinadas; y aun así el vehículo protesta, vibra, se recalienta el motor. La carretera proyecta una advertencia de asfalto y polvo.
El pueblo aparece de pronto, en uno de los pocos tramos de la carretera que tiene segundas calles. Son unas pocas casas construidas de madera en su mayoría, sembradíos pequeños, animales sueltos, humo de fogones de carbón. No hay tiendas, solo hay una cafetería que abre hasta las 12 pm, cuando la jornada recién empieza.
Dentro de Cuba, pocos han escuchado su nombre; fuera de ella, casi nadie. Pero es ahí, en ese sitio que parece demasiado pequeño para cualquier ambición geográfica, donde comienza el sendero hacia la cima del Pan de Guajaibón, la elevación más alta del occidente cubano: 692 metros sobre el nivel del mar, o 699, o —según los pobladores— 701.
La discusión sobre la altura es inmediata. Preguntas por el dato y la gente te mira casi con lástima: “Eso está mal medido”, dicen. “Son 701 metros” y te señalan un cartel que tiene escrito ese número como si fuese el Santo Grial.
Ninguno duda. La geografía oficial, para ellos, está siempre un poco lejos de la verdad. Quizá porque en lugares como este, la montaña no es un número sino una costumbre visual: su tamaño se mide en cansancio, en humedad, en dificultad. El Pan no cabe en una cifra, y tal vez por eso cada uno lo eleva unos metros más.
*
Flora es una mujer campesina de unos sesenta años, manos curtidas y paso firme en botas de goma. Vive en una casa sencilla con un jardín fértil donde cultiva yuca, malanga, café, boniato. Tiene además algunos cerdos al fondo de su casa, donde el lindero de esta es un río diminuto que nace desde la propia montaña.
Flora tiene el pelo recogido con un pañuelo manchado por el hollín del fogón, una voz recia pero clara que no necesita subir de tono para ser obedecida y un modo de mirar que mezcla desconfianza e ironía.
Ella no cobra hospedaje: cobra conversación. O, mejor dicho, la intercambia. Algunos aventureros le llevan un paquete con algunas cosas para agradecer la atención y ella responde sirviéndonos un almuerzo inmenso —carne, arroz, viandas— y una taza de café de su propio cultivo. Después, nos sentamos en su portal a hablar de la montaña.
Flora ha subido el Pan de Guajaibón más de mil veces. “Más”, repite, sin rastro de exageración. No sabe el número exacto, pero asegura que son más de mil.
La primera vez fue de niña, acompañando a su padre. Después lo hizo como quien cumple un rito, un deber, una forma de medir el día. Sus rodillas crujen, pero su cuerpo sigue recordando el camino. Es la guardiana informal de la base del sendero, la mujer que conoce cada atajo, cada piedra suelta, cada cambio de ánimo del “Pan”.
Porque sí: según ella, la montaña tiene ánimo.
“Hay días en que te bota”, dice.
“Hay días que huele raro, como si adentro estuvieran moviendo algo”.
“La tierra exhala”.
Me lo dice sin asomo de metáfora. Flora conoce el Pan como se conoce a una persona: sabe cuándo conviene acercarse y cuándo es mejor esperar. Yo la escucho y no sé si reír, pero tampoco puedo dudar. En su forma de decirlo hay una certeza que no necesita verificación.
*
El ascenso comienza detrás del caserío, por un camino que en realidad no es un camino. No existe señalización ni veredas pensadas para caminantes. El sendero lo marca la lógica del monte: el sitio por donde se ha pisado más veces, la inclinación de la tierra, el sonido del agua subterránea que corre en algún punto.
Flora camina delante de mí y yo la sigo como quien sigue su brújula. Cada tanto se detiene, me mira, señala algo con la barbilla. Luego, con la claridad de su bendición, el grupo de aventureros siguió el camino solo.
En el trayecto aparecen las primeras planicies: plataformas abiertas que parecen no pertenecer ahí. Un supuesto camino que eran rocas mal puestas por la propia cordillera. Más de dos horas caminando sin inclinación aparente, pero las rodillas lo notaban.
El camino se vuelve empinado. La humedad se pega al cuerpo como si intentara frenarlo. Los insectos zumban sin descanso. A veces el silencio es tan denso que duele. El guía seguía adelante sin esfuerzo aparente. Yo comenzaba a jadear. A los pocos minutos me detengo a mirar las vistas: el valle se abre, verde y profundo, como una ola detenida. El aire es limpio, afilado.
La montaña guarda historias más antiguas que todo eso. Las cuevas de Canillas, hacia el norte; la Caverna de los Huesos, en la ladera meridional, donde encontraron enterramientos aborígenes: restos humanos, cuentas de collar, fragmentos de cerámica.
Alrededor aparecen grandes bloques de basalto rojo, incrustados en los estratos calizos como heridas mineralizadas. Es una montaña joven y vieja al mismo tiempo: un mogote que ha visto pasar culturas, proyectos, abandonos.
Además, la tozudez del hombre también hace acto de presencia. En varios puntos de la montaña se pueden localizar restos de un proyecto militar que nunca se completó. Hay una estructura sin techo que iba a ser comedor, paredes a medio levantar, bases de cemento escondidas entre la maleza, motores para subir agua a la cima. Todo abandonado.
La montaña lo oxida todo: se come el metal, el concreto, el tiempo. Más arriba, ya cerca de la cúspide, están los restos de viejos equipos de radiofonía militar: hierros enormes, paneles, estructuras giratorias tomadas por el óxido.
Dicen que, si te pegas demasiado a ellos, los imanes aún activos te chupan la carga del celular. No sé si es cierto, pero al llegar la señal desaparece y el teléfono se queda frío, como si la obligación fuese desconectarte de un mundo para entrar a otro.
Llegamos a la cima.
Ahí está el busto de Antonio Maceo, el héroe. O lo que queda de él. La nariz ha sido arrancada —un acto de vandalismo absurdo en un sitio al que casi nadie llega. El rostro, sin embargo, guarda una dignidad intacta. Maceo mira hacia el horizonte con la terquedad del bronce que se niega a desaparecer.
Me siento a respirar. La vista es inmensa: montañas que se encadenan, pueblos diminutos que apenas se adivinan, el trazo lejano de la carretera. Aves que no existen al pie del asfalto.
Primero, estoy sentado solo. Luego algunos se sientan a mi lado.
“La altura está mal medida”, recuerdo, como si retomara una conversación que nunca se termina.
“Esto tiene más de 701 metros”. Y yo miraba el cielo y luego el valle. Y pensaba que tenía millones de metros.
Allí arriba, con el viento empujándome, el sol golpeando la piedra, el silencio sosteniéndolo todo y las nubes a dos palmos, la cifra parece lo menos importante. La montaña no es un número. Es un animal dormido.
*
El descenso siempre es más difícil. Las piernas tiemblan, el suelo cede, el cuerpo amaga perder equilibrio. El aventurero más ágil baja como si el monte estuviera inclinado para él.
Llegamos al pueblo cuando la tarde comenzaba a diluirse. Los niños corren detrás de un camión que pasa —quizá el único de ese día. Las casas huelen a café y leña. La luz entra por las ventanas como si fuera un visitante, luz que será la última hasta el amanecer del día siguiente.
Yo estoy cansado, sudado, cubierto de polvo. Flora nos recibe. Me da otra taza de café y me cuenta historias que no sé si son reales o si el pueblo las inventa por necesidad. Historias de cazadores de jutías, de luces en los montes, de voces que se escuchan en la madrugada, de gente que subió y no llegó arriba porque la loma “se cerró”.
A esa hora, comiendo un plato inmenso de frijoles, sin poder ver mis manos, entiendo que San Juan de Jagua no está al pie de la montaña. San Juan de Jagua es la montaña. El Pan de Guajaibón es solo su extensión, su gemido más alto.
Pienso en la altura. No la geográfica. La otra, la que no se mide. La que solo conocen los que viven aquí.
Al irme, el pueblo queda atrás como un rumor. Te quedan los dolores en las rodillas, alguna picada de algún insecto y la cabeza suspendida en lo alto de la montaña, mientras tu cuerpo va sintiendo cómo la temperatura baja diez grados de un tirón.
Un sitio diminuto que existe a pesar del país, del olvido, de las carreteras imposibles. Un sitio donde las lomas miran y guardan. Donde yo, por un día, tuve la impresión de que no fui quien subió la montaña, sino la montaña la que me jaló a su cima para mostrarme algo.












