Detrás del ‘sé amable’ norteamericano

El concepto de “trabajo emocional” (emotional labor), acuñado por Arlie Hochschild, describe el esfuerzo que realizan las personas para adecuar sus emociones a las expectativas sociales y laborales. En Estados Unidos, este fenómeno ha trascendido las profesiones de servicio para convertirse en una forma de ciudadanía: no solo se exige un buen desempeño, sino también sentirse bien, parecer bien y transmitir bienestar.

La imposición emocional del “sé amable” (be nice) va más allá de la cortesía y se establece como una obligación social. En este clima, la tristeza resulta inapropiada: el cansancio se oculta, la ira se patologiza, la ironía se penaliza. No se regula únicamente el comportamiento, sino la emocionalidad misma.

A pesar de ser promocionada como la tierra de las libertades, Estados Unidos presenta una paradoja profunda: en su afán por fomentar la inclusión, confunde la normalización de las diferencias con su invisibilización, y el respeto con la censura del disenso. 

Aunque existe una esfera pública amplia para el debate político radical, la vida cotidiana del ciudadano común se rige por un clima social artificialmente positivo. La defensa de los derechos de diversos grupos —inmigrantes, etnias, orientaciones sexuales y creencias— se sostiene, paradójicamente, sobre la supresión del diálogo auténtico.

Como señala Byung-Chul Han en La sociedad del cansancio, las sociedades contemporáneas han pasado de la represión a la explotación: el individuo se convierte en su propio vigilante y la positividad constante, lejos de liberar, intensifica el agotamiento.

Este modelo genera un entorno de hipersensibilidad donde gestos o palabras pueden ser interpretados como acoso y el mandato diario de ser amable adquiere un carácter coercitivo. Se inhibe el humor espontáneo y se debilita la posibilidad de establecer conexiones íntimas. La complejidad y contradicción inherentes al ser humano chocan con la falacia de la “actitud positiva” y los “pensamientos amables” como requisitos sociales, implantados incluso como cláusulas implícitas de pertenencia.

La dificultad para forjar relaciones profundas, tanto sexo-afectivas como interpersonales, no es solo producto del ritmo capitalista. Deriva también del miedo persistente a incomodar, a ser malinterpretado, o a que las diferencias culturales se traduzcan automáticamente en acusaciones de discriminación.

Esta dinámica contrasta con la experiencia social cubana, donde, pese a prejuicios e insuficiencias institucionales, ha existido una inclusión más orgánica en la vida cotidiana. La clave reside en el uso del humor que normaliza sin negar, el humor que no daña. 

Al abordar abiertamente prejuicios y narrativas históricas, este humor no perpetúa el problema: lo reescribe. Cuando las personas pueden reírse de un estereotipo y utilizarlo para afirmar sus individualidades —eso es narrativa; yo soy un individuo—, se están apropiando del conflicto histórico en lugar de quedar definidos por él.

Este tipo de interacción permite debatir con libertad cuestiones profundas —religión, orientación sexual, historia— y revela un respeto más genuino que el silencio. Porque el respeto no implica invisibilizar la diferencia. Ni evitar nombrarla, como en el caso del color de piel, bajo el pretexto de la empatía. No elimina la discriminación: la disfraza. Se crea un tabú donde hubo una herida y se elude la responsabilidad de mirarla de frente.

Si bien la sociedad estadounidense ha logrado avances importantes en la protección contra el acoso y en la convivencia de poblaciones diversas, su modelo actual presenta una falla crítica: compromete la calidad emocional de los individuos. Se consolida así un clima ficcional que favorece la alienación del sujeto y que alimenta una lógica de consumo orientada a llenar vacíos relacionales.

El discurso “body positive coexiste con altos índices de obesidad mórbida, trastornos alimentarios y vergüenza corporal estructural. Las normas sociales implícitas desalientan cualquier interrogación sobre el cuerpo o la salud, promoviendo una ceguera aprendida ante lo evidente. Fingir que la diferencia no existe, no la elimina: la agrava.

La soledad contemporánea no surge del aislamiento físico, sino de la criminalización social de la expresión sincera, del humor no blando y de las ideas incómodas. La invisibilización de las diferencias físicas y emocionales produce una sociedad frágil, insegura y profundamente desconectada.

Rodear a las personas de frases positivas vacías no es empatía, sino negación. La imposición de una positividad constante impide expresar el cansancio o la frustración. Se empuja a los individuos a refugiarse en el consumo para compensar la falta de vínculos significativos. El ser humano, como ser social, necesita complejidad emocional e intelectual, no consignas amables.

El respeto, la igualdad y la integración son fundamentos de toda sociedad sana. Pero el respeto genuino no exige silencio, ni evasión. El respeto real reconoce al otro como sujeto completo, incluso cuando incomoda. Lo otro es el miedo con que se evita al otro para no ser uno mismo sancionado. 

En este desplazamiento, los Estados Unidos de América no construyen comunidad. Se produce individuos correctos, funcionales y radicalmente solos.