El amor en tiempos de estatismo

Cada vez que paso por el parque Maceo me acuerdo de cuando iba a la sede de Vivienda de Centro Habana, con mi primer novio. Entonces intentábamos obtener una habitación en usufructo, en un edificio prácticamente inhabitable.

Aspirábamos a amarnos toda la vida. Y a emigrar. 

Lo primero se truncó al cuarto año de la relación. Lo segundo, él lo cumplió con otra. 

Pero la nostalgia no es amarga por celos o despecho, no. Sino por la ingenuidad que me veo obligada a confrontar, como un espejo, cada vez que el aire o la memoria traen esos recuerdos. 

La férrea confianza de la juventud en el futuro, como un salvoconducto al triunfo. A los veinte años, nadie puede convencernos de que no tenemos el éxito impreso en la frente. O disuelto en la sangre. 

Cuarenta años después, oteo el mismo malecón desde este espacio donde las casas transpiran el abandono que azota al resto del país. Entonces, cuando lo recorríamos juntos, eran los “gloriosos” ochenta, pero todo estaba ya destruido. 

El mar tras el muro sigue rozando los bordes de una filosa cárcel, donde siguen estrellándose los sueños de nuevas generaciones, una tras otra. 

Los gobiernos son, de cierto modo, como las montañas. Desde su solidez y altura ven a las multitudes ¡tan pequeñas!, ¡tan perdidas! y acumulan una falsa convicción de eternidad.

El mismo gobierno, el mismo estatismo asumido en contra de la voluntad colectiva.

Si no me hubiera quedado en Cuba sin duda no estaría haciendo esta asociación mental: el parque de entonces, ahora mucho más deslucido, ese mar que esperábamos atravesar como fuera, y que han atravesado miles en embarcaciones frágiles, como una maldición. O que tantos desean atravesar. 

Aunque yo salí y volví, porque quise, puedo sentirme nuevamente atrapada. 

Uno no deja de sentir el peso de una reja porque esta sea invisible. O porque se haya abierto alguna vez.

Intento imaginar cómo habría sido de haber yo emigrado y de qué modo, en un entorno tan distinto (como yo misma vi en Miami), un ambiente donde todo se renueva continuamente (la arquitectura moderna, el esplendor físico de las cosas y el trasiego de autos, gente y de pensamientos concretos no deja ningún vacío emocional) podría filtrarse de pronto el recuerdo de este sitio. 

Esta calle que hace décadas cruzamos soñando con tener un hogar propio, aunque fuera exiguo, en un edificio que fue suntuoso antes de 1959 y, por no repararse, ya tenía partes apuntaladas. 

Un nido para compartir la locura y también nuestra dosis de incertidumbre (esos incipientes punzonazos existenciales), antes de emprender el vuelo que planeábamos. Antes de saltar al mundo del otro lado del mar, que sin duda recibiría dispuesto a nuestras almas jóvenes, ambiciosas, convencidas de que no hay maldad o fatalidad suficiente para destruir un amor genuino.

Y aunque el amor se puede acabar, incluso en medio de la opulencia, y porque las promesas se hacen desde la inmadurez y el vértigo de los sentimientos, uno no puede dejar de culpar a un tiempo, o a un gobierno, de que, al menos de este lado, todo siga cayendo en una gravedad cada vez más estrepitosa, cada vez más lacerante, arrastrando cada vez más y más destinos que se resisten a repetir la suerte que hace ya cuarenta años tuvimos nosotros.

¿Cuánto más abandono y cuántas más casas colapsadas se necesitan? ¿Cuántas lunas y tormentas en el mar? ¿Cuántas multitudes en el malecón pidiendo libertad? ¿Cuánta más inocencia destruida? ¿Cuántos más sueños estrellándose en el mar?