Flores de papel: infancia y mendicidad en La Habana



Adriancito tiene siete años y no entiende muy bien qué es la Navidad. Desde que tiene memoria, todos los días le son bastante similares y, en su concepción infantil sobre el mundo, los festejos a su alrededor tienen, de manera general, el mismo sabor. 

Vive en la calle Aguiar, a unas cuadras de la Plaza Vieja. A ella va cada tarde para “descargarles a los yumas”, junto a varios de sus vecinos. 

Su madre, que se enfrenta a la crianza de un hijo más pequeño, sabe que Adrián se sienta en los escalones de la fuente de la plaza y, con las manos repletas de flores de papel que hace un niño dos años mayor, se las entrega a los turistas a cambio de algunos dólares, dulces, útiles escolares o cualquier otro bien que pueda utilizarse en la casa.

Adrián no es el único niño que se dedica a lo que ya algunos ven como una situación compleja en las infancias. La Habana Vieja, de manera cada vez más visible, se ha tornado en un escenario idóneo para que varios menores de las zonas cercanas ejerzan la mendicidad (en algunos casos, el acoso) entre los turistas que desandan las calles coloniales. 

Sin cifras oficiales, se estima que unos sesenta infantes, de entre 5 y 15 años, realicen actividades relacionadas con la demanda de divisas y bienes, a veces con actitudes rudas e incluso violentas.

Cuba, desde el año 1990, es signataria de los protocolos de la UNICEF para la protección de las niñas, niños y jóvenes. El país ratificó la Convención un año después. No obstante, la situación actual, derivada de un proceso de carestía y policrisis, ha erosionado el manto de cuidado infantil, dando a luz a una serie de actividades en menores que eran desconocidas para los residentes y visitantes de la capital cubana hace cinco años.

El pasado 2025 ha sido, sin duda, de los años más duros que ha vivido el país. La violenta combinación de medidas impopulares y empobrecedoras, el encarecimiento de bienes y servicios, los prolongados cortes de corriente, la inflación y sus efectos en el ya complejo panorama cambiario, resultaron en una dinámica que solo puede ser llamada de una manera: desesperación. 

Ante este escenario, muchas familias vieron colapsados sus ingresos, lo cual desestructuró su organigrama alimenticio y de avituallamiento, quedando sin seguridad ante su presente y futuro.

La Habana Vieja es uno de los lugares más visitados por turistas en Cuba. En ese espacio intramuros se genera una curiosa coreografía que termina en fotos, muros de Facebook y diarios. Sin embargo, a medida que el año 2025 avanzaba, se iban haciendo cada vez más presentes niños que, en un primer momento, llevaban flores de papel que regalaban a los turistas y luego, directamente, demandaban todo tipo de artículos. 

El 15 de octubre pasado, a través del perfil de Facebook de Mayelín Guevara se había creado una suerte de debate a partir de la publicación de varias fotos en las que se veía algunos niños durmiendo en las inmediaciones del hotel Gran Muthu, en Miramar, que terminaron con la respuesta oficial de que “Las autoridades reconocieron que la situación se había incrementado desde el inicio del verano y visitaron las escuelas y viviendas de los niños, adoptándose medidas con los familiares que incumplieron con el deber de proteger al menor y con las instituciones donde ocurrieron los hechos”. 

La viceministra de Trabajo y Seguridad Social, Yaniris Hernández Vento, también explicó que los niños provenían de “familias disfuncionales”donde los padres “no cumplen con la responsabilidad que deben tener con los menores”. Finalmente, la vicefiscal general de la República, Alina Montesinos Lee, informó que se abrieron procesos penales contra varios padres por “grave incumplimiento de la responsabilidad parental”.

No obstante, mirar hacia La Habana Vieja es determinante en este caso, aunque obtener estadísticas oficiales, actualizadas y desglosadas resulte un desafío. Los organismos nacionales (Oficina Nacional de Estadística e Información, Ministerio de Educación, Ministerio de Salud Pública) publican macrodatos, pero no suelen desagregar casos de mendicidad infantil por municipios o causas directas. 

También, en el último Censo de Población y Viviendas, realizado a finales del año 2012, se ofreció una fotografía general, mientras que el Anuario Estadístico de Cuba 2022 del ONEI proporcionaba contextos sobre indicadores sociales, pero en ellos se evita dar números precisos sobre la mendicidad infantil.

En muchos casos se reportan datos sobre las condiciones de la vivienda y la tenencia de bienes que sirven como proxy de vulnerabilidad, pero estos quedan alejados de estadísticas constatables. 

No obstante, en un extenso y documentado artículoÁrbol Invertido trató de llevar cifras sobre los niños en las calles. Otro estudio de agosto del 2025, estimó que entre un 20% y un 30% de la población cubana vive en condiciones de vulnerabilidad socioeconómica, con picos en municipios como La Habana Vieja, dada su densidad poblacional y deterioro habitacional. 

Un informe crucial es el Estudio de Indicadores Múltiples por Conglomerados (MICS 2019), realizado por la ONEI con apoyo de UNICEF. Este reporta indicadores de educación y salud infantil muy positivos a nivel regional, si bien persisten vulnerabilidades: un 8.2% de los niños y adolescentes de 5 a 17 años realizan trabajo infantil (definido como actividades económicas o domésticas por encima de umbrales de tiempo e impacto educativo). No todos estos casos son mendicidad, pero el fenómeno callejero forma parte de este espectro. Además, se identifican riesgos asociados a entornos familiares y comunitarios.

Ante este escenario, valdría la pena preguntarse qué hacer con la mendicidad infantil, ya convertida en un oficio oneroso para los menores de la zona colonial capitalina.

Partimos de la base de que, en esta crisis económica multidimensional, donde se ha creado una presión material extrema, en muchos hogares los contextos de pobreza crónica o reciente, los niños pueden ser percibidos como activos económicos, debido a su capacidad para generar simpatía y obtener recursos de un sector percibido como de alta liquidez. 

Nos encontramos ante una estrategia de supervivencia familiar desesperada en la que La Habana Vieja, a pesar de su restauración turística en el núcleo histórico, se posiciona como un municipio con graves problemas de hacinamiento, deterioro de viviendas y precariedad de servicios. Este entorno debilita las redes de apoyo tradicionales y la capacidad de contención de la comunidad. La emigración de cuidadores potenciales también deja a muchos niños al cuidado de sus abuelos ancianos o vecinos, la mayoría con recursos limitados. 

En este sentido, antes que todo habría que entender que los niños mendigando en Habana Vieja no son exclusivamente parte del problema de unos  “malos padres” o de casos de “vagancia”, sino un resultado de la desestructuración de la pirámide socioeconómica nacional debido a la policrisis que persiste en Cuba. 

La solución, por tanto, no puede ser únicamente punitiva, ni de un puntual asistencialismo: requiere una política pública integral y con recursos específicos que actúe simultáneamente sobre las familias, con programas de apoyo económico condicionado a la escolarización y asistencia de los menores, junto a terapia psicosocial familiar. 

Habría que integrar a la comunidad, fortaleciendo los espacios de cuidado y recreación, a partir de programas atractivos que compitan con el elemento económico de la calle, a la par que capacitando a los actores locales para que actúen como aliados en la protección. En este caso, podrían servir de referente foráneo un ejemplo como la Comunidad Sant´Egidio en Roma.

También, dotando de más recursos y capacidades a los trabajadores sociales para intervenciones sostenidas, podrían aplicarse de manera consistente las leyes de protección, priorizando los intereses del niño, bajo un abordaje que reconozca la complejidad económica, social y cultural del problema, donde se movilicen recursos más allá de la retórica del logro social, aunque sabemos lo complejo que resultaría.

Por mucho que pueda resultar difícil que el Estado lo reconozca, hoy existe mendicidad infantil en muchas zonas de La Habana. Como Adrián, hay muchísimos niños y niñas que se convierten en una evidencia palpable del empobrecimiento y desestructuración de las bases de las infancias.

No solo se trata de negarle el dinero o los dulces, ni tan siquiera de llevarlos a sus casas y conversar con los padres. Como sociedad, tenemos la obligación de denunciar este mal, con acciones positivas a partir de políticas públicas que puedan alterar, de forma sostenible, esta dinámica lesiva para la infancia habanera y para la sociedad cubana en su conjunto.