Mi Cuba

Me voilà de vuelta a Francia, una tierra que hice mía y que nunca lo había sido como hoy. Por circunstancias diversas, he vuelto a mi otra Patria y esta vez con libertad, sin la presión del pensamiento, sin las instigaciones del discurso, sin los barrotes de la mentira. Un hombre libre en Francia que, sin embargo, aún no conoce la libertad. Conmigo siempre, la tristeza; la triste tristeza que acompaña a todo cubano nacido post 1959, consciente o inconscientemente. 

Mientras estuve en expatriación, por países que de alguna manera también hice míos, siempre me presentaba primero como francés y luego en confianza desvelaba mi cubanía. Entre mis amistades más queridas hay muchos franceses y mi vida, desde que llegué a esta tierra, ha sido en torno a être français.Fuera de Francia, conseguí disfrazarme del todo y ser uno más, expatriado, un francés en el extranjero. Mi cotidiano fuera de Francia seguía girando alrededor del terroir, de lo francés. 

Cuba, yo viviendo fuera de Francia, era un souvenir, una lucha muy mía, una quebradura irreparable. En la francesidad del extranjero, disfrutando la vida belle a la francesa, si alguien tocaba el tema Cuba, encontraba mi discurso apátrida, desde el dolor y la furia, sin permiso para la escucha de excusas. Nadie nunca entendía “ma passion”. Sin embargo, mi legua tajante en varios idiomas dejaba bien claro que dejaran de joder, y ya luego seguíamos disfrutando de vinos, quesos y ron en la tumultuosidad del Caribe o Sur América. 

Miro hoy por mi ventana y todo el resto me pareció una realidad alocada. Vivo hoy en un cierto sueño. Frente a mis persianas la Loire, en las mañanas y en las profundas madrugadas, el sonido de la marea que sube y que sumerge la tierra que creo mía. Las gaviotas pasan, jugando y flotando entre el aire y alguna otra criatura que pueda verse en la superficie. Un pequeño puerto en mi esquina decora mi infelicidad y la vista de una ciudad casi perdida cierra mi mirar, la voilà ma realité.

Por la razón que el más viejo de los franceses puede saber, aquí ya no soy aquel francés que hacía crecer su pecho defendiendo a la mère Patrie fuera de sus fronteras. Aquí la “latinidad” explota en mi persona, y en mi acento se esconde bien un hispanohablante que casi nadie sabe de dónde viene, hasta que preguntan. 

Al decir que soy cubano, la realidad se relaja y todos quieren saber y decir, y sobre todo premiarte por ser cubano, por haber nacido en una playa flotante. Así lo piensan, así lo pensarán “a pesar de la dictadura”. En ese espacio de conversación, cuando me sacan de mi disfraz y me obligan a caminar una vez más por las calles del barrio de Jesús María, no les complace mi respuesta porque yo no soy mexicano o dominicano. Mi Cuba no es la del ron ni las mulatas, como un día cantaron los Orishas. Mi Cuba no tiene trascendencia ni costumbres; mi Cuba tiene castrismo y dictadura. Ahí terminamos con un au revoir. 

Este suceso sucede y sucede y no dejo de pensar. Tengo muchos amigos y amigas, que en su mayoría vienen de Francia, de Senegal, de Haití, de República Dominicana, de Colombia, de Nicaragua o de México. Gente con la cual hablo de mis problemas, de mis dolores más profundos, de mi cotidiano fatídico. Cada uno de ellos tiene algo que yo no, una tierra suya, un lugar donde regresar y encontrar “su” casa. Por la tierra, por el mar, por el aire, por el olor, por las fachadas y el concreto, por el campo y la bebida, por la vida y el hacer. Un cubano no tiene eso. A mi criterio, un cubano nacido después de 1959, que viva fuera y que extrañe a Cuba hoy, extraña la Revolución, extraña a Fidel Castro, extraña vivir en dictadura.  

¿Cuál sería el recuerdo hermoso que cada uno de nojotros y nojotras quisiéramos revivir? ¿Cuál fue el juego infantil y pícaro? ¿Cuál es la vivencia tan marcante, inolvidable y trascendente que quisiéramos revivir? No existe, nos mentiríamos. 

En cada souvenir cubano, después de la llegada de Fidel Castro, hay horror, miseria y trastorno. No es normal todo lo normalizado en la “cultura cubana”. “Los cubanos somos así”, mientras escupimos en la calle o nos resingamos en la madre de algún alguien. “In Cuba we don’t say karma, we say por singao, and I think is beautiful”. No, is not beautiful: esa es la Revoluciòn hablando. 

Desde que llegaron al poder y robaron todas y cada una de las instituciones, colonizando el pensamiento de un pueblo, nuestro hablar, comportar, hacer y pensar no es normal, no es “tan” cubano. Los franceses, les gaulois, es uno de los pueblos occidentales más antiguos, atrapados en sus costumbres. A veces se “desmadran”, pero sus costumbres hacen valores y valores hacen culturas y leyes y pensamiento y riqueza y cotidiano y tierra y pertenencia. 

¿Qué decir de Cuba? ¿Cuál fue nuestra riqueza luego de nacidos? Solamente quienes estaban en una posición privilegiada en Cuba y vivieron privilegiadamente pueden comenzar un discurso de souvenir entrañable, pero solo el comienzo, porque ya luego es solo Revolución en souvenir, porque la Revolución está en todos los rincones de esa Isla, porque para ser privilegiado en Cuba o delinques o pactas con el aparato del Estado. 

No existe desde 1959 hasta la fecha una prosperidad que esté apartada de la mano dictatorial de la Revolución. No hay nada positivo y memorable que no esté embarrado por la desgracia de haber nacido en el país robado por Fidel Castro. 

En la escuela de una de mis hijas festejaban la Navidad y cada alumno debía presentar las costumbres y platos navideños del país de sus padres. Para mí, como cubano de 1991, para obtener una información real sobre este tema le pregunté a mi abuela. Ella me contó historias de cuando era niña, muy pocas bellas costumbres quedaban ya cuando fue adulta mi abuela. De cuando luego de haber subido a alfabetizar no había mucho que festejar en el refrigerador, porque el miedo estaba instalándose junto al estudio-trabajo-fusil. Mi abuela alegraba su voz rememorando las castañas y el pavo, las manzanas y las peras en la mesa familiar, las noches con las champañas y los chocolates. Mi hija hubiera podido disfrutarlo también. Lo que Fidel le quitó a mi abuela yo podré dárselo a mis hijos: moral de vida de quien nace en una dictadura.  

La infección revolucionaria llegó a cada una de nuestras casas y nos mordió a todos. Nuestra opción por la escapatoria no nos volvió pulcros de repente. Solo escapamos y ya está. Sin saberlo, a veces, nos ataca la revolucionaridad disfrazada con un manto “cubano”. Habría entonces que dejar de serlo, degollar a ese revolucionario dicho cubano y ser de otro lugar, por un espacio de tiempo lo suficientemente importante para no ser nada que venga de aquel lugar. Y, una vez totalmente re-ideologizados con “el mundo normal”, comenzar entonces a sanar con dosis de cubanía real: aquella que fue libre antes de morir a manos de la culturización revolucionaria.

Veo colegas de escritura, de pensamiento y de lucha tomar posiciones “tan cubanas” que son revolucionarias. A veces su actuar, en palabras o en letras contra el castrismo son desde una tribuna total o parcialmente castrista. Los confundo entonces y me confundo y no sé si es la institución revolucionaria la que habla realmente y los mueve, conscientes o inconscientes de ello, pero están ahí, tomando posiciones contra los que están a favor o en contra de la “nostalgia cubana”. ¿Nostalgia de qué se podría tener sobre Cuba? 

El sudor de cada día no era solo calor, sino churre y empercudimiento. La tierra es una tierra rota e improductiva. El cielo se cae literalmente a pedazos (sobre todo si caminas por la acera). El mar del malecón está prohibido y el mar de las playas está controlado. Las palmeras no tienen cocos y el campesino está desnutrido y loco por el alcohol de 90°. Cada familiar está enfermo o lo estuvo o se murió de alguna enfermedad. La escuela es un centro de ideologías y sexo. El preuniversitario es una prisión o un descaro. Los centros de trabajo son máquinas de robo, sobre todo de tiempo. Los viejos son piedras que hablan y respiran. La cultura está podrida por la mentira y por la vulgaridad más revolucionaria. ¿Qué se extraña de Cuba?

El único orgullo de ser cubano es el de estar siempre en contra de la dictadura. Desde ninguna otra posición se podría ser cubano hoy. Cuba no existe, aquel país es Castrolandia. 

El mayor orgullo de ser cubano es no serlo. Cuba hay que construirla para sí y para los suyos, con mucho interés y determinación, con manierismo, buscando donde no esté el espíritu de Fidel Castro a la espera para atacarnos. Buscar con Ernesto Lecuona o con Cirilo Villaverde. José Martí no debería ser nunca más nombrado, hasta la caída de la dictadura, para así limpiar de una vez ese rostro y ese busto tan escupido y abofeteado por todos. 

Chovinista cubano, ¿cuál Cuba? 

Habría que hablar siempre de un pasado bien lejano y ya no vivirlo más, como en el castrismo que nos perduró en un pasado infinito, sino incorporar e interpretar el pasado cubano y, a partir de ahí, comenzar a ser cualquier humano que deseamos ser.