Gilberto Padilla Cárdenas: La metamorfosis

Ocurrió hace algunos meses. Una viñeta de Art Basel que luce como una performance hiperrealista y esnob. Pero no lo es. Es simplemente una mujer asiática llorando, cubierta de sangre. Apuñalada. No es agradable. Los periódicos locales lo describen sin épica. Como lo que es: un intento de homicidio. “Siyuan Zhao, una estudiante universitaria de 24 años que vive en Nueva York”, según datos del Departamento de Policía de Miami Beach, “sacó una cuchilla X-Acto y apuñaló a Shin Seo Young, de 33 años, en los brazos y el cuello”. ¿Por qué? Pregunta sin respuesta. Como el final de Inception. Y este incidente     —toda una visión de una feria de arte— desató una avalancha. Un acontecimiento donde más allá de la sangre y la cinta policial y las vueltas de tuerca, es posible indagar con cierta ironía en temas propios de la morfología del arte contemporáneo, de su clínica y crítica, esa extraña razón que a lo largo de los últimos años ha vivido secuestrada por un goldfish.

Solo eso les faltaba a las galerías de arte: convertirse en escenas del crimen. Un hecho que sugiere subterráneamente que los psicópatas pueden ser tal vez la última encarnación de los performers.

No es tan descabellado. Y que me perdone Marina Abramovic, pero el siguiente paso lógico en esa necesidad de vencer la extravagancia de los rituales de la performance                   —masturbarse durante ocho horas bajo una rampa con público (Seedbed, de Vito Acconci), crucificarse sobre el techo de un Volkswagen (Trans-Fixed took place, Chris Burden), ponerle hélices a un gato muerto y convertirlo en dron (Orvillecopter, Bart Jansen), hacerse cortes con hojas de afeitar y salpicar de sangre las páginas de Nicolás Guillén (Evocación, Carlos Martiel), y un largo y generoso etcétera— parece ser el crimen. Es una hipótesis que no hay que doblar mucho para que funcione: “Yo creí que había visto una performance”, confiesa uno de los participantes de Art Basel después de presenciar la cuchillada en el cuello, “y creí que era sangre falsa, pero era sangre de verdad”. Parece un diálogo de Dexter o un argumento de Jeff Lindsay, ficciones expertas en tratar como parodia eventos como estos, ironizando hasta la desesperación o las lágrimas.

Hay que quitarle el “aura”, ese falso zen al arte contemporáneo y a su espacio. Estamos hartos de su diseño cuidado, de los precios ridículos y el aspecto de regalo de Pascua perfecto de algunas obras.

A lo mejor es solo paranoia, pero los circuitos del arte contemporáneo rebosan hace tiempo de una impunidad tan idiota como fatal. En primer lugar, seducen al artista a adorarse a sí mismo; redundan en la teología privada. En segundo lugar, las galerías, que tenían como finalidad inconsciente servir de laboratorios de experimentación, zonas para poner a prueba saberes, técnicas, disciplinas y comportamientos, se han convertido en peceras. (Nadie culpará a quien diga que la curaduría ha seguido los pasos de la acuariofilia.) Hay excepciones, claro, pero esa es otra historia. Y, en tercer lugar, porque son el hábitat preferido de las señoras de pelo lila.

Hay que quitarle el “aura”, ese falso zen al arte contemporáneo y a su espacio. Estamos hartos de su diseño cuidado, de los precios ridículos y el aspecto de regalo de Pascua perfecto de algunas obras. Del arte all inclusive. Hay que sacarles las galerías de arte a las cenicientas de New York.

Está documentado: los cimientos del museo contemporáneo se encuentran en los Cabinets de Curiosités —“cuartos de maravillas”— de los ricos y poderosos que en el siglo XVII empezaron a alardear de su refinamiento exhibiendo especímenes de animales raros, cuadros, y objetos de tierras lejanas y orígenes poco habituales (no es que yo sepa mucho de historia del arte, pero tengo a mano “Museos y novelas”, de Orhan Pamuk, y se lo he plagiado directamente al novelista turco). Un simbolismo que apenas ha cambiado. De la ostentación del poder y la rareza hemos pasado a la pompa de lo procesual, del artificio y la insoportable levedad. Las galerías son jaularios. “Bodegas de anomalías” —según Heriberto Yépez— que han encontrado la coartada perfecta en la monotonía del espectador. Reducidos a vengarse de lo que aburre, los circuitos del arte contemporáneo han transformado a los artistas en tragaespadas de feria. (Mientras escribo esto, recuerdo un poema de Roque Dalton: “El poeta Gingsberg se acostó con catorce muchachos una noche en Praga / Ese no es un poeta maricón, ese es un tragaespadas de feria —con lo que siempre me gustó ‘Aullido’.) Y no quiero sonar demasiado profético, pero creo que las Bienales tendrán, en el futuro próximo, solo dos rutas o pabellones: los freak shows —algo parecido a lo que cuenta David Lynch en Elephant Man—, esto es: la multitud enardecida ante la aparición de una playa artificial en pleno Malecón de La Habana (Resaca, Arlés del Río); las chicas poniendo caritas y logrando selfies frente a un superpene (Eros, Sarah Lucas); la tribu haciendo colas enormes —a una temperatura de 32 grados— para patinar en una pista sintética que simula hielo (La esquina fría, Duke Riley), etc. Y, por otro lado, eso que Italo Calvino denominó “la levedad”: un pelo negro incrustado en una uva pasa (Pelo danzando con pasa, Wilfredo Prieto) en Kurimanzzutto, para entendernos.

¿Qué esconden las galerías de arte contemporáneo? ¿Qué vaticinan los museos del arte del futuro?

Atrás han quedado los tiempos —la reflexión pertenece a Jean Baudrillard— donde, con el simple movimiento de sus cuerpos, el anciano y la muchacha escenificaban la extensión del río en la Ópera de Pekín, o donde, en la escena del duelo, los dos cuerpos rozándose sin tocarse con sus armas hacían físicamente palpables las tinieblas en que se desarrollaba el combate. Allí, la ilusión era total precisamente porque se había eliminado cualquier presencia realista de la noche y del río. Hoy, el escenario sería alimentado con toneladas de agua, y el duelo sería rodado en la oscuridad con infrarrojos, montones de led, láser y música tremendista.

En 1936, Walter Benjamin afirmaba —pensando en la naturaleza devorante del cine con el resto de las artes— que la litografía escondía virtualmente el periódico ilustrado y la fotografía el cine sonoro. Tenía razón. La pregunta es extrapolable a nuestro presente. ¿Qué esconden las galerías de arte contemporáneo? ¿Qué vaticinan los museos del arte del futuro? Es imposible contestar con certeza. Pero parece ser que una asombrosa arbitrariedad. Ombliguismo. La metamorfosis de Lady Gaga en Marina Abramovic —o viceversa. Apreciamos el arte en la época de su rentabilidad: Yayoi Kusama vendiendo flores gigantes de colores en 850 mil dólares; Hirst cotizando insectos en millones de libras; Martin Creed rebajando una pirámide de 2109 rollos de papel de baño hasta 90 mil euros, ni un euro menos. (¿Qué papel juega el concepto en la obra de Creed? El papel sanitario.) “En Sotheby’s había una subasta de ropa (…) y una de las piezas subastadas era un traje que yo había hecho en los sesenta para los gemelos Dalton, el vestido “This Side Up”, cuenta Andy Warhol en su Diario —la entrada pertenece al miércoles 30 de julio de 1980—, “lo tenían allí mezclado con los demás, no sabían que lo había hecho yo. Si alguien lo hubiera enmarcado podría haberse vendido por 10000 dólares, pero probablemente alguien lo comprará por 25”.

Y, ya que estamos, ¿alguien puede decirme en qué momento el arte cubano pasó a ser uno de los sectores más lucrativos? El arte cubano y el turismo. O mejor: la turistización del arte cubano. (Tal vez exista una vanguardia ahí que los profesores de arte no han descubierto y canonizado aún.)

¿Qué otro asunto de más interés que este —cuánto dinero han ingresado y en cuanto tiempo— y que mejor contribuya a procurar a los artistas las claves tanto de su presente como de su devenir?

Hay un pasaje de Barbazul, una desternillante novela de Kurt Vonnegut, donde uno de los personajes sugiere construir un Museo del Dinero, con “bustos de los mafiosos de la bolsa y de los especialistas en operaciones comerciales (…) y de los capitalistas (…) y de los banqueros”. Y, por qué no, de los artistas contemporáneos. ¿Qué otro asunto de más interés que este —cuánto dinero han ingresado y en cuanto tiempo— y que mejor contribuya a procurar a los artistas las claves tanto de su presente como de su devenir? ¿Qué otra cosa puede incentivar más al gran público que conocer y reconocer a sus artistas de la vida real, conmemorar sus ventas, sus cotizaciones y devaluaciones, sus logros, sus destinos siempre admirables, sus mitos, su merchandising? ¿Qué otra cosa puede ser más interesante que ver a un artista probando con incontables clases de dinamitas para abrirse paso en el mercado?

Y en alguna parte leí que un galerista norteamericano piensa implementar en el ticket de entrada el derecho a selfies, para sacarle dinero a la horda que no tiene la intención de comprar.

Estamos jodidos. Porque, a fin de cuentas, ¿qué otra cosa se puede hacer con el arte contemporáneo?

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