Ladislao Aguado: Ucrania: la guerra olvidada

Ígor Órzhytskyi y yo llegamos a Varsovia el mismo día, aunque en aviones diferentes. Él volaba desde Járkiv, en Ucrania; y yo, desde Madrid. Viajábamos invitados por el Centro de Estudios de América Latina (CESLA) a la presentación de un libro que cuestionaba los cincuenta años de Fidel Castro en el poder.

Dos días antes de dejar Madrid, recibí un correo del profesor Andrzej Dembicz en el que me avisaba —para que no dejara de tenerlo en cuenta— que la embajadora cubana en Polonia, no solo había criticado la publicación y se había negado a asistir al acto, sino, además, había solicitado a sus colegas de la región que secundaran su negativa. Algo en lo que todos estuvieron de acuerdo.

Nos alojamos en un pequeño hotel, uno para estudiantes, muy cerca del CESLA. Era un edificio de hormigón prefabricado y techos bajos, que recordaba los bloques de apartamentos dejados por el socialismo soviético a lo largo de esa geografía invisible que transita desde Siberia hasta La Habana.

Conocí a Ígor Órzhytskyi a la mañana siguiente, en el desayuno. Coincidimos frente a una enorme cafetera, que se negaba ya a dar más de sí. Nos presentó el profesor Alexis Dantas, con quien acaba de regresar de una larga visita a Varsovia. Por entonces yo trabajaba para una revista de viajes y planeaba, junto a un par de amigos, una agencia de publicidad desde Alemania hasta Rusia y desde el Báltico hasta Bulgaria. Nada menos.

No había estado en Ucrania, pero sí sabía de la concentración empresarial que tenía lugar en el mar Negro, de la importancia que volvía a adquirir Odessa como ciudad industrial, y del interés búlgaro porque eligiéramos Kavarna, a propósito de su festival internacional de rock, como punto de partida de nuestros reportajes en la región.

Allí, de pie frente a la enorme cafetera, Ígor Órzhytskyi y yo comentamos la posición —lamentable, apuntó él— de los diplomáticos de América Latina con respecto al libro, y me preguntó por algunos blogueros cubanos. Me llamó la atención que manejara nombres como Ernesto Hernández Busto, Orlando Luis Pardo Lazo o Yoanis Sánchez. Se lo comenté y me explicó que estaba muy interesado en ese movimiento, pues de algún modo, le recordaba los comienzos de la Revolución Naranja en Ucrania.

Le pedí entonces que hiciéramos por vernos a lo largo del evento. Si le parecía bien, podíamos almorzar o cenar juntos en algún momento, pues estaba interesado en hacerle unas preguntas sobre su país. Ígor Órzhytskyi sonrió, recogió su taza rebosante de café, y me dijo que, casualmente, él también estaba interesado en hacerme algunas sobre el mío.

Fijamos el encuentro para el último día, en un restaurante griego, al lado este del Vístula. Llegaríamos allí directamente desde la casa de Andrzej Dembicz, a donde estábamos invitados a pasar la tarde.

En la última imagen que guardo de Ígor Órzhytskyi está subiendo a un Fiat azul que conduce la profesora Katarzyna Dembicz. Detrás, viaja un hispanista sueco y un profesor alemán. Ígor Órzhytskyi sonríe y me promete que nos veremos dentro de un rato. Hasta hoy.

Más tarde comenzó la guerra. Durante meses, había estado siguiendo las protestas en Ucrania, y la presión que ejercían a un tiempo la Unión Europea y Rusia, intentado inclinar la balanza de la lealtad ucraniana a su favor. Pero no llegaba a comprender todas las razones del conflicto, sobre todo, aquellas que afectaban el sentimiento nacional. Entonces le escribí a Ígor Órzhytskyi —ya lo había hecho en otras  ocasiones por motivo menos urgentes— interesándome por su suerte y la de su familia. Estaba bien, seguía dando clases y la guerra aún no llegaba a Járkiv.

Noté, por el tono y algunas frases en su correo, que el conflicto, como suele ocurrir, había acentuado su nacionalismo. Aproveché mi respuesta para preguntarle por una posible solución y, de paso, interesarme por las razones privadas que habían conseguido volar por los aires la frágil paz en que dormían Rusia y Ucrania, tras la desaparición del abrazo de hierro de la Unión Soviética.

Lo que sigue a continuación no es una entrevista, sino una conversación entre un hombre apegado a su país y otro que, durante muchas cartas, estuvo indagando, con un suerte de envidia no confesada, en los secretos del amor de Ígor Órzhytskyi por Ucrania.

Primera parte

¿Existe el nacionalismo ucraniano?

La poderosísima máquina propagandística rusa nos culpa a nosotros de nacionalismo a ultranza, exclusivismo ucraniano y política interna explícitamente antirrusa, particularmente de la discriminación lingüística de los rusohablantes.

La realidad será desconcertante para los que, creyéndolo, lleguen a Ucrania o analicen, quitándose las gafas negras, los datos y los hechos. Vamos a ver algunos:

El Ministro del Interior, Arsén Avákov, es armenio nacido en Azerbaiyán, que difícilmente habla el ucraniano y prefiere el ruso. El presidente de la Rada Suprema (nuestro parlamento unicameral), Volodímir Groisman, es judío (pero sí que habla perfectamente el ucraniano). El Ministro del Exterior, Pavló Klimkin, es ruso nacido en Rusia. El Ministro de Sanidad, Olexandr Kvitashvili, es georgiano nacido en Georgia. El primer muerto en el conflicto de Euromaidán (la inicialmente protesta pacífica contra el régimen del presidente Yanukóvich) fue armenio, Serguiy Nigoyán.

En las elecciones presidenciales de 2014 que ganó Petró Poroshenko, dos candidatos de la ultraderecha, Oleg Tiagnibok y Dmitró Yárosh, juntos obtuvieron menos votos que otro candidato, de origen judío, Vadim Rabinóvich. 

Actualmente, en las regiones orientales de Ucrania donde sigue ardiendo la guerra contra los separatistas y las tropas rusas, un 40% del ejército ucraniano habla el ruso y muchos ostentan su procedencia rusa a la vez que su patriotismo ucraniano.

A propósito de nuestros medios de prensa, un extranjero (sabiendo las lenguas eslavas, por supuesto) se llevaría una gran sorpresa en Ucrania: los periodistas y los entrevistados hablan las dos lenguas, o cada uno puede hablar la suya y ¡nada de incomprensión! Hasta hoy la mayor parte de periódicos y revistas se publican en ruso. En mi ciudad de Járkiv, ubicada al este y la segunda por población en Ucrania, es casi imposible comprar en un quioscos algún periódico en ucraniano; y el propio prefecto de la región prefiere comunicarse en ruso.

En estas regiones vivimos en una situación realmente bilingüe: uno puede estar hablando en ucraniano y el otro, en ruso y ¡ningún problema! Al igual en las calles y oficinas de una buena mitad de las ciudades y pueblos ucranianos. Lo mismo en la escuela superior: a pesar de la ley que proclama la ucraniana como la lengua de enseñanza universitaria, en realidad muchos profesores imparten sus cursos en ruso, y los estudiantes, a su turno, les contestan como mejor les parece: en ruso o en ucraniano. Nada se prohíbe.

En mi departamento, solo dos o tres profesores más y yo, somos representantes de la minoría ucraniohablante; otros 25 dictan sus cursos en ruso. No hay problema: doy mi curso en ucraniano, y mis estudiantes me contestan mayormente en ruso. Lo único que se les exige: emplear el ucraniano en los exámenes de estado o en los textos de las tesinas de masters, ya que es una cosa estrictamente formal.

Y, ¿qué tal con el uso de las lenguas locales en las universidades rusas situadas en las repúblicas autónomas? ¡Nada parecido! Estas lenguas se utilizan exclusivamente en los cursos de filología o historia locales.

Pero para percatarse de todo esto hace falta saber el ucraniano, el ruso, leer y ver medios de prensa diferentes, venir a Ucrania, ir a Rusia, andar por las calles, comparar y deducir, pero muchos, en  cambio, prefieren quedarse en sus casas informándose con Russia Today.

Pero aún se habla de la unidad de los pueblos ucraniano y ruso.

Putin dice que somos un único pueblo. La tesis fundamental de los nacionalistas rusos es negar las diferencias bajo dos pretextos: la misma versión del cristianismo profesada en Ucrania y Rusia y el nombre del estado antiguo de Rus (con la capital en Kiev), que existió antes de la invasión mongolo-tártara y, por consecuencia, una de las autodenominaciones de los ucranianos etimológicamente afín a la palabra ruso.

Lo ucraniano, afirman ellos, es una invención polaco-austríaca (¡no te rías, amigo), para debilitar y desunir Rusia. Así, los poderes rusos que pretenden ser herederos de la URSS niegan los fundamentos de la ciencia histórica y filológica soviética. Basta con ver la Gran Enciclopedia Soviética para darse cuenta de que el pueblo ucraniano es un pueblo diferente, aunque sí, por supuesto, afín al ruso de la misma manera como los portugueses son afines a los españoles. Solo hay que leer cualquier manual de historia, editado en tiempos soviéticos, para saberlo.

Más adelante, sería conveniente analizar el paradójico antisovietismo de las élites gobernantes en Rusia que añoran la URSS, pero de momento nos interesa lo de la Rus antigua y el nombre común para unos pueblos distintos.

Primeramente, nada de inusual en eso. Hay serbios balcánicos y sorbios, pequeño pueblo eslavo, en Alemania. Hay eslovenos balcánicos y eslovacos en el centro de Europa, vecinos nuestros. Estos pueblos ni piensan en conquistas de sus cuasi tocayos.

Segundo, el desarrollo étnico y lingüístico de los tres pueblos eslavo-orientales  —bielorrusos, rusos y ucranianos— se asemeja al surgimiento de pueblos y lenguas románicas, decaído el imperio romano.

Los italianos que se quedaron en el lugar, hoy no se llaman a sí mismos ni romanos, ni latinos. Mientras que se llaman “romanos” (români) los rumanos, y “latinos”, los latinoamericanos. El cambio de autodenominación inicial no es cosa inédita, los franceses, pueblo románico, adoptaron el nombre de los francos, una tribu germana. Los búlgaros, eslavos, un nombre de origen turano. Y no pasa nada. Los franceses tampoco pretenden ampliar sus fronteras hasta Roma. Lo pretendió Napoleón, pero Putin es un político del siglo XXI. Mejor que nos conquiste España, ya que una parte de Ucrania se llama… ¡Galicia! 

Bromas aparte, ¿qué significa la autodenominación moderna de mi país, Ucrania? El radical de este nombre quiere decir “límite”, “borde”, ya que estamos situados al borde de Europa.

Claro que a Putin no le interesan estas sutilezas, le son necesarios argumentos filosófico-históricos para fundamentar su aspiración de restituir el imperio ruso. ¡Ni siquiera la URSS, aunque lo proclamen algunos ideólogos suyos! Porque para restituir la Unión de Repúblicas Soviéticas Socialistas, haría falta una revolución socialista en la propia Rusia ante todo. Y sin dominar Ucrania no puede haber ni Imperio Ruso, ni otra URSS, debido a la melancolía imperial y añoranza de Kiev, bautizado antes de que apareciera la propia Moscú.

Así que se buscan pretextos: la defensa de los rusófonos, maltratados por los “nazis ucranianos”, un pueblo cristiano ortodoxo, desgarrado por los insidiosos norteamericanos, polacos, austríacos y otros masones.

La intrusión rusa en Ucrania

La Revolución de los Claveles portuguesa tuvo lugar todavía en vida de Francisco Franco, un año y medio antes de su muerte. Pero, por algo, este no mandó sus tropas para apoyar al dictador vecino

La revolución ucraniana no fue sino una revolución antidictatorial. Paradójicamente, Ucrania solo siguió las huellas de Rusia en 1993, cuando la más o menos democrática Rusia de Yeltsin se vio obligada de defenderse de la contrarrevolución: llegó a haber tanques disparando al Parlamento ruso, y varios meses después, todavía, sus muros permanecían manchados de humo y ceniza. Hubo 160 muertos (en Kiev, en la revolución contra Yanukóvich, 110). Este fue el “Maidán” ruso…

Claro que nadie del extranjero se implicó para apoyar una u otra parte: con la porra nuclear que tiene Rusia…

Putin se lo permite, porque Ucrania es el único país en el mundo que de manera voluntaria (en 1994) se negó a poseer armamento nuclear a cambio de las garantías de su independencia e integridad territorial, los garantes fueron: Estados Unidos, Gran Bretaña y… Rusia.

Rusia además llegó a creer que durante el régimen de Yanúkovich, el ejército ucraniano quedó definitivamente desmoronado. Casi fue realidad, pero Putin no podía pensar que habría tantos voluntarios dispuestos a defender Ucrania. 

Hasta hoy, un nutrido cuerpo de voluntarios —tanto militares como civiles, cuya ayuda al ejército es difícil de valorar, por lo grandiosa—, siguen dando un vigoroso impulso al fortalecimiento de las, hasta hace dos años, débiles fuerzas armadas ucranianas.

La rimbombante consigna soviética “¡El pueblo y el ejército están unidos!” se ha hecho realidad.

Lo que sí ha conseguido Putin es consolidar al pueblo ucraniano. Muchísimas personas rusófonas que hasta hace poco profesaban su simpatía hacia Rusia, se han vuelto patriotas ucranianos y van identificándose más y más con los valores espirituales ucranianos e incluso cambian de lengua de comunicación, pasando al ucraniano, aunque como he dicho arriba, en Ucrania no hay ningún problema con la comunicación dialogada bilingüe (los rusos de Rusia, sí que no comprenden mucho del ucraniano…). 

Crimea y Donbás, ¿autonomistas o mercenarios?

Me temo que si comienzo a contar —algo que es evidente desde aquí, desde Ucrania—, los hechos particulares y detalles desconocidos en el extranjero, no me creerán los simpatizantes de Putin, o los aturdidos por su propaganda. Así que sugiero que se ponga en marcha el raciocinio y  la lógica.

Muchos se remiten, para tratar el conflicto regional en Ucrania, al caso de Kosovo, que se desunió de Serbia no sin intrusión militar exterior. Pero nada en común. Los albaneses de Kosovo venían reclamando la independencia desde los tiempos de la Yugoslavia socialista, es decir, por lo menos desde los años 80 del siglo pasado.

¿Acaso ha oído alguien hablar de movimientos independentistas o autonomistas, acciones de protesta, persecuciones de activistas en Donbás o Crimea antes del año 2014?

Todo surge repentinamente en las semanas de la fase más aguda y trágica del levantamiento contra el presidente Yanukóvich. De repente aparecen banderas de las dos cuasi “repúblicas populares” de Donetsk y Lugansk, se insinúan algunas fantásticas persecuciones de los rusófonos en Crimea, donde, en realidad, solo un 5 por ciento de escolares estudiaba en las escuelas con régimen lingüístico ucraniano, se fantasea sobre destacamentos nazis ucranianos prontos a ir a masacrar a los rusófonos, se crean cuerpos de autodefensa bien armados y estructurados, con tanques y artillería. Solo faltaban aviones…

¿Movimientos autonomistas o independentistas creados en dos meses?

Para opinar al respecto, vuelvo a subrayarlo, hace falta, por lo menos, saber el ruso y el ucraniano y hasta diferenciar las modalidades fónicas y léxicas del ruso hablado en Rusia y Ucrania, entonces se podría ver y escuchar videos colgados en YouTube donde se ve y se oye el pronunciado “acento ruso de Rusia” en las personas bien armadas, bien camufladas y bien entrenadas durante asaltos a los órganos de la administración local en Donbás.

Al ganar Kosovo la independencia, no se unió a Albania… Crimea fue anexada por Rusia. El referéndum se lleva a cabo en cortos días tras aparecer, primero, las tropas rusas en Crimea. Inicialmente Putin lo negaba, diciendo que fueron algunos destacamentos de autodefensa, alguna desconocida “gente cortés” (¡literalmente!), pero hace poco ha reconocido que fueron soldados rusos. También, ha terminado por admitir que hay “consejeros” rusos en Donbás.

El porqué de la sublevación contra Yanukóvich

Paradójicamente, ni siquiera comenzó como una sublevación contra el autoritarismo  de Yanukóvich y leyes antidemocráticas adoptadas por el parlamento, sino como una protesta estudiantil pacífica contra su negativa a asumir las tesis de su propio partido, cuyo programa estipulaba la integración gradual a la Unión Europea.

Hasta principios de noviembre de 2013 los poderes ucranianos seguían con la retórica proeuropea, pero el día 21 de ese mes,  como piedra caída del cielo, se divulgó la decisión del Gobierno de suspender la firma del Acuerdo de Asociación con la Unión Europea. 

Por lo que, aunque parezca paradójico, la juventud “antirregionalista” reunida en la Plaza de la Independencia en Kiev, solo estaba defendiendo uno de los  principales planteamientos del Partido de las Regiones, entonces en el poder. A raíz de ello, con la dispersión violenta de los manifestantes, comenzó la Revolución de la Dignidad.

Sin embargo,  yo veo —algunos analistas profesionales también—, el inicio de la indignación popular con el régimen, en los sucesos de principios de julio del 2013 en el pueblo de Vrádiyivka (en la provincia de Mikoláyiv, en el sur del país), cuando dos oficiales de policía violaron y golpearon, salvajemente, hasta romperle el cráneo, a una mujer, lo cual provocó una fuerte ola de protestas y la marcha de los manifestantes hasta Kíev.

Con buen sentido de humor 

Los medios rusos (o, por mejor decir, kremlinistas o putinistas, porque hay también algunos que simpatizan con nosotros, siendo perseguidos por ello) cuentan patrañas que provocan risas aquí, especialmente en el internet ucraniano.

Nuestros soldados crucificaron, en un tablero de anuncios, a un niño de 3 años que solo llevaba puestos una camiseta y calzoncillos, cuenta una “testigo presencial” a la televisión rusa. Meses después, el mismo programa televisivo lo desmintió…

Los maestros escolares ucranianos animan a los alumnos a que maten los camachuelos, porque lucen colores de la bandera rusa (en realidad, estas aves tienen plumaje naranja-gris-negro), y que den de comer a los paros carboneros ya que poseen los colores de la bandera ucraniana…

A nuestros soldados se les regalan a cada uno dos esclavos atrapados en las regiones que todavía quedan fuera del control ucraniano…

Se publican fotos de las “marchas nazis” ucranianas que en realidad se sacan de… las marchas nazis en Moscú.

Asimismo se publican imágenes de carros blindados ucranianos atropellando los coches de los pobladores de Donbás, cuando en realidad son fotos sacadas durante la guerra rusa en Chechenia.

Merece la pena ver la avalancha de comentarios sarcásticos e irónicos en nuestro internet. Pero para gozar de nuestro buen humor hace falta dominar  las lenguas eslavas. Para los que no las dominan y quieran desentenderse de la propaganda de Putin, les recomiendo el sitio web http://www.stopfake.org, que cuenta también con una versión en español.

Se permite ladrar…

No estamos ilusionados con el poder actual en Ucrania. Por el contrario, más bien, está creciendo la desilusión. Porque difícilmente se puede decir que haya disminuido la corrupción, porque hay mucha incompetencia y rimbombancia, porque se sospechan algunos acuerdos secretos con Putin en contra de la soberanía ucraniana.

Pero está creciendo la conciencia ciudadana y sigue fortaleciéndose el sentimiento de libertad personal que a lo largo de siglos diferenciaba a los ucranianos de los rusos. Actualmente, en todos los medios de prensa ucranianos se puede leer y oír una crítica agudísima a las instancias de poder y al propio presidente. 

Este derecho ya lo hemos conquistado y no se nos quita, sino matándonos. Me viene a la mente ahora un chiste de finales de los años 80. Dos perritos se encuentran cruzando la frontera polaco-soviética. El que corre en la dirección de la URSS le dice al otro: “¡Tonto! ¿A dónde vas? ¡Allí no hay nada que comer!”. Y éste le contesta: “Ya. ¡Pero se permite ladrar!”.

 

Ucrania: la guerra olvidada (Segunda parte)