Yoe Suárez: Suite Pyongyang (I)

Desde que en 1960 la Revolución fundó un nexo con Corea del Norte, cientos de cubanos han conocido el hermético país gobernado durante 70 años por los Kim. Como muchos Marcopolos, regresan con historias que parecen salidas de lo real maravilloso.

 

Claudia es —entre otras señas— unos ojos grandes que se quiebran en el verde del iris, un rostro de porcelana con la boquita rosácea al mejor modo matrioshka. Rara avis en La Habana. Pero Claudia no nació en esta ciudad ni en alguna europea. Fue en Pyongyang, capital de Corea del Norte, como consta en su carné, su perfil de Facebook y documentos legales.

Sus padres, parte de la embajada cubana, se descubrieron encinta a mitad de la misión. Sus hermanos, que la creían o querían varón, la conocieron de meses y se decepcionaron un tanto.

—Nací en un hospital norcoreano, por tanto, tengo un vínculo jurídico con el territorio; y a la vez, no soy cubana, porque aparezco como extranjera, inscrita en Registro Especial.

Claudia aparece ahí junto con personas domiciliadas en el país, pero que no son del país. Ha tenido la vida para escarbar en el tema. Su tema. La ayuda a cursar cuarto año de Derecho. Con el pelo castaño tapándole una mejilla revuelve hielos, hierbabuena del mojito que bebe. Ante el trago, en un acto digno de estatua griega rota, se pregunta:

—¿Qué soy?

La gente en la Casa Balear, estudiantes casi todos, arma un zumbido que espesa el de los autos por Avenida G. Hay smog y un sol tenso en El Vedado. En medio Claudia me explica el error de usar ciudadanía y nacionalidad para referir lo mismo.

—La nacionalidad se da por qué sientes que eres —expone y ejemplifica: Luis Miguel, puertorriqueño, vivió su vida en México, ergo, su nacionalidad es mexicana.

—Como yo tengo una contradicción muy grande en mi vida —dice entornando la mirada— fui a la embajada.

Y con una seguridad que allana siete décadas de abismos, afirma que ambas Coreas están a punto de unirse, y eso quizá la beneficie, que pueda gozar de más libertades que en Cuba.

Se personó en la casona de Paseo y 17. Allí explicó, seria, que era norcoreana. Cuando la frase pasó de un idioma a otro, traductor y funcionario fueron cambiando las caras hasta que un alud de risas sepultó los protocolos. Minutos después, Claudia tenía ante sí un grupo de chinos hablando, asintiendo aparatosamente con la boca entreabierta y chequeándola a ella para en un final reiterado, romper en carcajadas.

Para Claudia era muy serio porque, según escuchó, a partir de los 18 podía despejar dudas legales por su cuenta y, con suerte, aplicar para la ciudadanía norcoreana.

—Entonces, querías la ciudadanía.

—Sí.

—De Corea del Norte.

—Ahora mismo no me serviría de mucho —dice—. Es un país que aplica más limitaciones al ciudadano que el propio Estado cubano.

Y con una seguridad que allana siete décadas de abismos, afirma que ambas Coreas están a punto de unirse, y eso quizá la beneficie, que pueda gozar de más libertades que en Cuba.

—Y si no… —lo piensa mejor—, ocurrirá algún día. Porque la del Norte no puede seguir siendo toda la vida un régimen súper centralizado, cerrado al mundo, militarista.

Y apunta, al parecer, a causa de mi rostro.

—Eso es muy conocido —alza una ceja—, no me estoy embarcando por decírtelo.

 

—Te voy a hablar de cosas que pasaron hace más de 20 años —dice Roberto Hetcheverry como pidiendo disculpas con anticipación—. Igual, creo que Corea del Norte no ha variado tanto.

De 1993 a 1995 vivió allá con su esposa, encargado de mantener la comunicación entre el gobierno revolucionario y su embajada en el país Oriental. Insiste, no era parte del cuerpo diplomático, solo “prestaba un servicio al Ministerio de Relaciones Exteriores (MINREX)”.

Roberto, imberbe, cambió las gafas de sol y el frac por espejuelos, botas de goma y una gorrita roja.

Roberto apenas conserva algo de aquellos 90 en que vestía de traje, andaba con gafas de sol que lo hacían ver como gánster y una barba copiosa le vestía el rostro. Ahora es, según su propia definición, un campesino de agua que sigue la política internacional.

En la casa de su madre, al final de un trillo que lleva a un patio techado y con muchas plantas, ha montado un negocio de peces. Esto es, en el superpoblado municipio 10 de Octubre, sin mar ni río. Lo acompañan un señor canoso que atiende a los clientes y un perro sin raza, de ojos claros, amistoso en demasía.

Roberto, imberbe, cambió las gafas de sol y el frac por espejuelos, botas de goma y una gorrita roja. En la sala de su casa me habla con admiración de los norcoreanos.

—Son laboriosos al extremo —y recalca por si no oí bien—, ¡pero al extremo!

Dice que empiezan a construir, digamos, un hotel, y hacen tres turnos seguidos.

—No paran. Parquean un carro con un altoparlante dándote consignas patrióticas, ahí, ahí…

Según Roberto, si pasas dos meses sin asomar por el lugar, cuando vuelves ves un superedificio armado.

—Son hormigas.

Pyongyang está rota por una pirámide de vidrio y hormigón que iba a ser el hotel más grande del mundo. Nunca se terminó. Las 105 plantas del Ryugyong (Ciudad de los Sauces) han permanecido fantasmales desde que nació en 1987. Roberto estuvo ahí. Después de un rato en el ascensor le zumbaron los oídos, como si los descorcharan. Allá los cubanos hicieron un trabajo voluntario.

La representación caribeña estaba conformada por el embajador, su mujer, un asesor político y un teniente coronel de apellido Fernández, Agregado Militar, Naval y Aéreo (al que llamaban AMNA).

Los norcoreanos tienen un ejército potente, muy entrenado, capaz. Armado con artillerías pesadas, hechas por ellos mismos.

A ellos se sumaba un funcionario del Ministerio de Comercio Exterior (MINCEX), que alternaba con otro cada cinco años desde 1961. Roberto coincidió con un tal Oscar y su esposa Migdalia, que de tanto estar allá hablaban perfectamente el idioma local.

Corea del Norte y Cuba se entendieron muy bien en los 80. “El compañero Kim Il-Sung (fallecido en 1994), un veterano e intachable combatiente, nos envió 100 mil fusiles AK y su correspondiente parque sin cobrar un centavo”, reveló, en agosto de 2013, Fidel Castro.

En una de sus entonces habituales Reflexiones recordaba el período en que Yuri Andrópov advirtió a La Habana que estaba por su cuenta ante un ataque norteamericano. “Decidimos solicitar a otros amigos las armas suficientes para contar con un millón de combatientes cubanos”, escribió Fidel al mes de que autoridades panameñas interceptaran en el Canal 240 toneladas de “armamento defensivo obsoleto”. Zarpó de Cuba rumbo a Corea del Norte oculto bajo 10 mil toneladas de azúcar.

El Consejo de Seguridad de la ONU, que imponía a Pyongyang sanciones por su programa nuclear, envió seis expertos al istmo para emitir un informe. Por su parte, el MINREX comunicó que el barco cargaba material para reparar y luego devolver a la isla.

—Los norcoreanos tienen un ejército potente, muy entrenado, capaz. Armado con artillerías pesadas, hechas por ellos mismos —y acota Roberto—. ¡Hacen unos cañones! Los vi una vez aquí cuando ya había regresado: en un desfile en la Plaza.

En su época de embajada recuerda que los coreanos daban acero de muy buena calidad a cambio de azúcar cubana. Lo siguen haciendo. En enero de 2016 ambos gobiernos firmaron un pacto que incluía el intercambio comercial basado en el trueque de mercancías, y que permite exportar a la isla piezas ferroviarias e industriales. Según Curtis Melvin, experto del Instituto Coreano de Estados Unidos, el canje es efectivo para evadir sanciones internacionales sin agotar las reservas de divisas.

Pero Roberto, en su mueble, parece haber vivido ajeno a ello. Para él “ambos sistemas tenían lazos fuertes”. Se limitaba a atender y enviar unos pocos cables cifrados.

—El tráfico de datos generado en nuestra embajada no era comparable con el que salía de China, por ejemplo.

En tres horas terminaba, y se iba a matar el tiempo en algún sitio de la manzana que ocupaba la embajada. Muchos jardines, parqueos, gimnasio, biblioteca, piscina, un pequeño teatro y un edificio de tres pisos para el consulado. En lo más alto estaba la planta de radio en que trasmitía el Comunicador. En la embajada vivían José Ramón Rodríguez —quien tomó las riendas de la misión en 1994—, Roberto, y las esposas de ambos.

La sede de los cubanos estaba enclavada en un barrio diplomático donde, excepto la china y la rusa, se concentraban todas las misiones extranjeras. Ahí, disfrutaban de canales por parábola de Hong Kong y Japón; privilegio vedado para la representación revolucionaria en los 80, al igual que la posibilidad de comprar en los mercados destinados para los locales.

A veces, durante el encuentro, no sé bien si me habla de Cuba o Norcorea.

—Existía un sistema de tiendas y supermercados para nosotros, los extranjeros, separado del pueblo —acota Roberto.

Mientras otros extranjeros cobraban en dólares americanos, los cubanos lo hacíamos en una moneda paralela a la nacional norcoreana.

—Un billete azul —recuerda con dificultad Roberto esa única y definitoria pista cromática—; el del pueblo era carmelita.

—¿Cuáles eran las diferencias entre la tienda que ustedes tenían destinada y la que era para los locales?

—La calidad de los productos.

—¿Suministros?

—Estaban mejor surtidas… Pero el pueblo tenía una especie de cupón de abastecimiento.

A veces, durante el encuentro, no sé bien si me habla de Cuba o Norcorea. Desde los 60 en la isla existe una Libreta de racionamiento, que provee alimentos a la población, y que con los años ha ido perdiendo el poder de sus páginas. También hubo diplomercados, tiendas rebosantes y exclusivas para extranjeros, con precios prohibitivos para el cubano común. La dualidad monetaria en un Estado que paga 25 veces menos que los precios con que vende productos de primera necesidad, sigue siendo hoy un problema.

—¿Y qué hacían allá con su tiempo libre?

—Había un club diplomático con restaurantes, billar, saunas —y me muestra una foto en que aparece con su esposa y otra pareja alrededor de una mesa, llenando los vasos con un pomo de Coca-Cola—. Ese era el sitio ideal para encontrarse a peruanos, nicaragüenses, iraníes, iraquíes. A veces también hacíamos camping los fines de semana, siempre cerca de la capital.

Unas gallinas escandalizan mientras hablamos y me pasa otra fotografía, esta vez de un juego de cartas: el teniente coronel de apellido Fernández, el AMNA, y su esposa con barajas en la mano. En primer plano una mujer que fuma, los árboles tupen el fondo.

Lo importante e impredecible de su trabajo era una atadura a Pyongyang, de modo que al hablar del país habla en verdad de la capital.

Otra foto tiene a una mujer forrada en un abrigo beige, acompañada de un pino enano. Está sobre la escarcha y a pesar del desenfoque parece alegre. Es la esposa de Roberto; ve nevar en Pyongyang por primera vez. Él también tiene su historia con la nieve, pero de susto.

—Anduve al principio en un carro europeo, no sé si un Volkswagen, un Peugeot. Lo tuve poco tiempo, porque un día de mucha nieve salí, patiné y le di a un poste. Volví a la embajada, y le entregué la llave al primer embajador, de apellido León. Le dije que no estaba preparado para manejar allá.

Ese percance vial no detuvo a su mujer, que pasaba por la frontera a China buscando precios más baratos que en las tiendas norcoreanas. Tomaba un tren para llegar a la cercana Shenyang en lo que Roberto recuerda como un buen sistema de vías férreas. Kim Il-Sung hacía en tren sus limitadas visitas de Estado: Moscú y Pekín.

En una nueva foto asoma la mujer de Roberto, con sus bolsas de grafemas orientales, escoltada por dos cubanos. Detrás, un edificio de vidrio y metal que suponemos la tienda.

Roberto, por su parte, ni se asomó a la frontera. Lo importante e impredecible de su trabajo era una atadura a Pyongyang, de modo que al hablar del país habla en verdad de la capital.

Me cuenta del invierno partehuesos que viven. Lo hace con el tono de quien le pasa la mano a un conocido aporreado, un tono que asoma de vez en vez al encuentro.

—Tienen que ser capaces de producir en cuatro meses de verano el alimento del pueblo. Vegetales, arroz: la base; maíz que es de ciclo corto.

—Se habla en los medios occidentales de hambrunas, ¿vivieron algo así allá?

—Allá no, pero cuando regresé, seguía las noticias, y pasó un tifón en los meses de siembra. Eso me dolió mucho. Hasta pidieron ayuda internacional.

La revista The Economist estimó entre 600 mil y un millón las muertes de la hambruna entre 1995 y 1998.

—¡Contra, papá! Así deben haberlo pasado para abrirse al mundo —interrumpen Claudia y sus ojazos verdes. Permanecerá pendiente a la charla en un mueble cercano.

Roberto en verdad sigue la prensa. Por diez pesos un señor del barrio le lleva cada semana los periódicos de la agencia estatal Prensa Latina, la Central de Trabajadores, del Partido Comunista y la Juventud Comunista. Medios que abordan raquíticamente el tema norcoreano, como si temieran informar.

Cuba es de las pocas naciones que se entienden con los líderes norcoreanos. Irán, China y Siria completan el piquete.

“Ambiente fraternal”, “confirman interés por continuar profundizando históricas relaciones que unen a los dos Partidos, gobiernos y pueblos”. Parece existir una nota modelo en la que apenas cambian los nombres fragmentados de los asiáticos.

Cinco veces se encontraron delegaciones oficiales de Pyongyang y La Habana en 2016. Cada dos meses y medio, como promedio. En mayo Raúl se entrevistó con un Enviado Especial del Partido del Trabajo, y en septiembre, durante la Cumbre de Países No Alineados, lo haría con el líder del Parlamento Kim Yong Nam. Por su parte, el vicepresidente norcoreano Choe Ryong Hae se reunió con el vicepresidente Salvador Valdés Mesa en el Palacio de los Congresos Mansudae en junio; cinco meses después visitó La Habana, y no demoraría en regresar luego de que Pyongyang fijara tres días de luto, presidiendo la delegación al funeral de Fidel.

Al parecer Kim Jong-Un aprecia la estratégica gestión de Hae para con la isla y en enero de 2017 lo envió otra vez. Estratégica por esto: Cuba es de las pocas naciones que se entienden con los líderes norcoreanos. Irán, China y Siria completan el piquete.

 

Fue en julio de 2013 que Yudith aterrizó en Pyongyang, enviada por Prensa Latina (PL) a cubrir el 60 aniversario de la guerra norcoreana. La agencia había tenido antes de los 90 una oficina en esa ciudad, pero con la crisis económica no pudo mantenerla; ahora los Kim, comentaban los jefes de PL, ansiaban volviera a armarse la corresponsalía, tanto así que prometieron en algún momento correr con todos los gastos.

De esa Corea, en PL, lo único que quedaba eran un libraco negro y otro ceniciento. En la tapa dura, letras doradas: Kim Il-Sung. Sobre la administración socialista y el Tomo ¡35! de las Obras del Padre Fundador alzaban un monitor en la Redacción Nacional.

Al llegar Roberto a Pyongyang encuentra apagones y, en los inviernos, problemas con la calefacción. Aun así, allá gozó de más electricidad que su hermano en La Habana.

Yudith llega al sobrio hotel luego de larga rueda desde el aeropuerto. Se encuentra con otros colegas extranjeros. Advierte que todos tienen un pomo de agua. Ella dice “Yo no tengo pomo de agua”. Lo dice en español. Un norcoreano bajito, vestido de civil pero de aura militar, le aparece ipso facto el pedido.

Ella toma el pomo y los latidos se avivan cuando el tipo se esfuma.

En la Redacción Asia y Oceanía ya había notado lo raros que pueden ser. El embajador en Cuba, Pak Chang Yu, subía las escaleras de PL como Pedro por su casa, y se plantaba al lado del periodista de turno para verificar la adecuada escritura cablegráfica y ulterior trasmisión de cada nota oficial llegada de su país.

Pensando en Dios sabe qué, a Yudith le pica el hambre y en el lobby del hotel se pregunta en voz alta dónde podría comer pollo frito.

El norcoreano bajito, de aura militar, se le aproxima y alza una caja en la mano. Sonríe ampliamente y grita en un torturado español:

—¡Pollo flito!, ¡Pollo flito!

 

Cuando cayó la Unión Soviética y el Congreso gringo apretó más la tuerca de sanciones, comenzó para Cuba la peor crisis económica de su historia. A Roberto le llega el anuncio de su misión. Está feliz. Aún más cuando le dicen que puede llevar a su esposa.

Como la Revolución, Kim Il-Sung también ha perdido aliados, y al llegar Roberto a Pyongyang encuentra apagones y, en los inviernos, problemas con la calefacción. Aun así, allá gozó de más electricidad que su hermano en La Habana.

Distante del bistec de frazada, las pizzas con condones y otros engendros de la supervivencia, eran las frecuentes delegaciones a Corea del Norte quienes lo ponían al tanto del país. La lista de visitantes tenía tres estrictas categorías: oficiales, como el director de Inteligencia Militar Bermúdez Cutiño; dirigentes políticos, como Ricardo Cabrisas (del MINCEX), Vilma Espín, el canciller Roberto Robaina; y periodistas.

El 8 de julio de 1994 la ciudad de Pyongyang despertó llena de autos con altoparlantes. A una hora señalada el pueblo debía reunirse ante sus televisores. Una tensión se apiñaba en el vientre de la ciudad.

—A Rosa Miriam Elizalde le trasmití para La Habana varias crónicas —recuerda Roberto—, me pidió que salieran rápido; creo que para Juventud Rebelde.

Los cubanos son de los pocos privilegiados en reportear, eventualmente, desde la nación asiática. Esa concepción hermética trasciende incluso el campo informativo. La doctrina Juche, adoptada por el Estado norcoreano, considera riesgosa la inversión extranjera y pretende autoabastecerse de todo.

—De cierto modo tuvieron éxito —respalda Roberto—. Pero así se fue creando el mito de que es un país cerrado al resto del mundo.

—Bueno, no es tanto un mito…

—Sí, claro —acepta.

A mediados de los 90 Estados Unidos levanta las sanciones económicas contra Vietnam, y lo catalogan como al socio más favorecido de Asia. Los norcoreanos paladean esa misma esperanza; que acabaran las restricciones transaccionales, la prohibición de registro, autorización, posesión, y arrendamiento de buques, las limitantes a las importaciones de bienes, servicios y tecnología, el bloqueo a las exportaciones.

El 8 de julio de 1994 la ciudad de Pyongyang despertó llena de autos con altoparlantes. A una hora señalada el pueblo debía reunirse ante sus televisores. Una tensión se apiñaba en el vientre de la ciudad. Por esos días hubo diálogos a altos niveles entre las dos Coreas.

Roberto, en la tienda del diplovecindario, creyó al escuchar el anuncio televisivo que la reunificación era inminente. O quizá el imperialismo retiraba sus infames ordenanzas. Quién sabe cuántos allá también creyeron lo mismo. A la hora notificada no había un alma en la calle. Fábricas, casas, escuelas, detuvieron su rutina.

Hicieron pública la muerte de Kim Il-Sung.

Fábricas, casas, escuelas, lloraron por diez días.

La muestra de afecto y duelo, de alegría y desgracia, adquiere en los rostros asiáticos una cota desmedida, cuasiteatral. Dicen que por presiones, otros que es cultural. Lo cierto es que no convencen ningún titular de Oriente u Occidente.

El cuerpo embalsamado del Padre de la nación llegó al Palacio Memorial de Kumsusan, y el mismo cristal lo aparta hoy de sus mortales. Mortales que lo creen eterno.

Su brazo derecho indica al pueblo coreano el rumbo recto. La gente forma una línea a sus pies, para, a la vez, inclinarse.

Los cubanos post-59 están acostumbrados a comisarios pinchando para ir a marchar; a perder carreras, evaluaciones y estimulación salarial si no se hace lo que han mandado de arriba. Por eso son doblemente incrédulos con las caras diluvianas de los norcoreanos.

A Roberto lo llama el embajador. Le dice que vaya a su residencia a buscar el comunicado que transmitirá a La Habana. Vuela. Sube a la planta de radio y trasmite el cable desde un aparato que recuerda el que no pudo salvar al Titanic. Los datos viajan al subcentro de Pekín y de ahí al Caribe. Roberto informa a Cuba la muerte de Kim Il-Sung. En su memoria le resta importancia, quién sabe cuántas notas en serio delicadas haya cifrado en sus años allá.

Responden enseguida. Que preparen condiciones. Irá una delegación.

Me siento tonto preguntando, pero quiero ser leal a mi promesa a Roberto: nada de prejuiciarme hacia el país que narro:

—Cuando muere Kim Il-Sung y toma el poder su hijo, ¿percibiste algún cambio en política interior o exterior?

—Ninguno, él siguió la línea de su padre.

—¿Y entre la población?

—Son una unidad monolítica con el líder. Olvídate. No te hablo de fanatismo, pero es así.

Kim-Il Sung vislumbra Pyongyang a la altura de un octavo piso como una estatua de bronce. Su brazo derecho indica al pueblo coreano el rumbo recto. La gente forma una línea a sus pies, para, a la vez, inclinarse. Los recién casados llevan flores antes de irse a hacer el amor. El Gran Monumento fue alzado en abril de 1972. El primero de los Kim cumplía 60 años.

Para los 70 reservaron un obelisco de 170 metros: la Torre del ideario Juche; 25 550 bloques: los días de vida de Kim Il-Sung (sin contar años bisiestos).

Nunca imaginamos que al morir su padre fuera a ser el líder del país. Es joven.

Viviendo en Pyongyang, Roberto veía en la TV a un niñito regordete jugar a las bolas, esquiar. Era Kim Jong-Un. Ahora sus juegos son otros. Luego de maniobras conjuntas entre Seúl y Washington, en 2017 amenazó reducir Estados Unidos “a cenizas” con armas nucleares si disparaba una bala a Corea del Norte.   

—Nunca imaginamos que al morir su padre fuera a ser el líder del país —dice Roberto con una sonrisa—. Es joven.

Kim Jong-Il nombró heredero a su hijo en 2010 a los 27 años, cuando el mayor, Kim Jong-Nam, exiliado en Macao, fue asesinado en extrañas circunstancias.

—Vi un poco mal que un muchacho, por muy preparado que esté, se ponga a mandar a generales curtidos. Pero fue así. Esa es la parte que los cubanos siempre criticamos.

Calla unos segundos, se remueve en el sofá.

—Duele decirlo: eso es una dinastía —y se apresura Roberto—. Pero eso es normal, acá en Cuba hay problemas también.

Teme que lo tergiversen. Me pregunta otra vez si soy periodista independiente. Le digo que la crónica pretende que sean cubanos quienes muestren Corea del Norte a otros cubanos.

El hombre canoso y el perro sin raza nos interrumpen. Alguien espera por sus libras de calandracas. Roberto pide un momento. Piensa que no tiene nada más interesante por contar. Los próximos treinta minutos probarán lo contrario.

—De Corea te digo la verdad: a mí me gustó, chico.

—¡Ay papá! —gruñen los ojos de Claudia—, tú nada más estuviste en Pyongyang.

—Sí, ya se lo dije al periodista —se defiende—, que mi vida fue muy limitada allí. Pero, fuera de que te sientes vigilado, no hay robos, ni asaltos. Es un país muy seguro.

La ONU lo ve, sin embargo, como un verdadero peligro. La marca es su programa nuclear. 

—El país no tiene grandes yacimientos petroleros, depende del carbón ruso, la hulla, para generar energía —expone Roberto—. Buscó una fuente alternativa con la nuclear, y empezaron a enriquecer uranio. Occidente los acusó de que desarrollaban armamento. Entonces la Organización Internacional de Energía Atómica (OIEA) pidió inspeccionar el país en 1993. Eso generó tensión, aunque lo grande ocurrió cuando ya estaba en Cuba.

Desde 1998 la crisis norcoreana no escampa. Es una montaña rusa del desencuentro en la que Pyongyang alza su programa nuclear exigiendo, para ponerle fin, lo mismo que Estados Unidos ayude a aumentar los rendimientos de papa, que un pacto bilateral de no agresión.

Cuando la crisis que vivió Roberto, finalmente permitieron la inspección de funcionarios de la OIEA. Solo una condición: serían occidentales.

—En la embajada cubana sacamos cuentas: es muy fácil mantener vigilada a una persona no asiática en un país de ojos rasgados.

 

Parte II