Gilberto Padilla Cárdenas: Si no sabes nada de negocios, quizás puedas tener una editorial

En 2000, el cantante israelí Shlomo Shavan conquistó las listas de éxitos del país con su canción “Arik”. Se trata de un muchacho que está obsesionado con el ex de su novia, llamado Arik. Interroga a la novia sobre quién es mejor en la cama, si él o Arik. Ella elude la pregunta y reconoce que fue diferente con cada uno de ellos. El chico no está satisfecho y le exige números.

Bueno, precisamente para estos muchachos, una compañía llamada Bedpost vende pulseras biométricas que se pueden llevar mientras se mantienen relaciones sexuales. La pulsera capta datos tales como el ritmo cardíaco, el nivel de transpiración, la duración del coito, la duración del orgasmo y la cantidad de calorías que uno quema. Los datos se introducen en un ordenador que analiza la información y puntúa nuestro rendimiento con números precisos. Se acabaron los falsos orgasmos y el “¿Qué te ha parecido?”.

Pensaba en todo eso mientras veía estadísticas de algunas editoriales independientes que se ocupan de la literatura cubana contemporánea. Casi ningún autor –excepto los Muppets afortunados que todos conocemos– supera los 50 ejemplares vendidos. Es acojonante. A juzgar por los números, Amazon es un lugar tan jodido para la literatura cubana como lo es Verona en Shakespeare.

Es como si la comercialización de la literatura nacional ocurriera dentro de un sueño: debe ser horrible el momento en que, de pronto, estás completamente despierto y lo que te había parecido el mejor libro cubiche del siglo XXI no significa nada. Nadie lo compra ni lo lee. Ni siquiera ocupa las páginas impares de los suplementos extranjeros.

El escritor made in Cuba publica fuera de la isla para romper la piscinita de la cubanidad, cierto, pero también para ganar más plata que en las editoriales locales, aunque mirándolo con cabeza fría: los royalties apenas superan el pago de Derechos de Autor en Cuba. (Los Derechos de Autor en Cuba oscilan entre 20 000 –privilegio exclusivo de algunos tiburones– y los 3000 pesos).

Afortunadamente, al despertar la UNEAC todavía está ahí.

El fiasco de las editoriales independientes cubanas se esconde bajo la alfombra, se evita, se edulcora, se oblitera. Lo he dicho en otras ocasiones: la literatura cubana es una literatura hipotecada en Amazon.

Si esta columna fuera un DVD, ahora mismo pulsaría la tecla “Pause” para fijar este dígito: 50 ejemplares.

Imaginen al pobre escritor local ante esas estadísticas de Google Analitics sintiendo un escozor, el pulso de ese número que se encoge y se aleja como en aquel movimiento de cámara inventado por Hitchcock en Vértigo, el “travelling compensado”. Para evocar el vértigo del protagonista, interpretado por James Stewart, la cámara retrocede a la vez que realiza un rápido zoom hacia delante; de este modo, la escalera se alarga, la imagen se deforma, James Stewart siente vértigo, y con él nuestro escritor local. El vértigo del fracaso.

Escribo “fracaso”, pero esta palabra no será pronunciada por ningún editor. Es como los “acontecimientos” de Argelia. El fiasco de las editoriales independientes cubanas se esconde bajo la alfombra, se evita, se edulcora, se oblitera. Lo he dicho en otras ocasiones: la literatura cubana es una literatura hipotecada en Amazon. Una literatura que apuesta por un modelo de impresión on demand, solo que –alerta de spoiler– no hay absolutamente ninguna demanda.

En una editorial independiente un escritor cubano puede ganar 36 dólares por una novela. Las noticias no son alentadoras si conocemos que Baudelaire ganó durante toda su vida en torno a un franco con setenta céntimos diarios. Si la cosa es así con Baudelaire, qué quedará entonces para Elaine Vilar…

Cualquiera pensaría que están pasando muchas cosas con Lorenzo García Vega, pero no, se ha vendido solo un par de ejemplares de Ficción en cajitas.

Que Tennessee Williams diga lo que quiera: el deseo no es un tranvía, sino una úlcera terrible que te destruye el día. Publicar en alguna de estas editoriales independientes, pongamos Guantanamera, es como una snuff movie, una película de terror con final previsible.

Desde luego, nacer en Cuba no constituye ningún impedimento para tener un negocio próspero, pero no puede decirse que sea un lugar que inocule en sus editores el sentido comercial. Se cruza la calle en medio de un silencio únicamente interrumpido por el piar de los gorriones.

Aquella idea de Heriberto Yépez de que de no ser por Cuba la literatura latinoamericana sería solamente México y Argentina es un gran bulo: la literatura cubana es como aquel personaje de La noche de los tiempos, de Barjavel: Ela, la rubia congelada descubierta en los hielos del Polo Sur; nada excita menos a los extranjeros que intentar calentar a una rubia frígida.

No hay dudas: la literatura cubana cumple lo que para Nicanor Parra era el primer requisito de toda obra maestra: pasar inadvertida.

Hace unos días, en el telediario escuché la noticia de que el conteo de esperma de los hombres cubanos había disminuido. No había lugar a dudas: de x cantidad de espermatozoides, los hombres habíamos quedado en y. Dicho esto, el periodista pasó a otro tema; estaba claro que Venezuela interesaba más. Esta mínima cobertura en un medio de comunicación nacional parece justificada, a priori, por el carácter poco espectacular del semen made in Cuba. Los espermatozoides, se sabe, llevan una vida hostil. Su promedio de vida es de 24 horas. No aguantan el calor excesivo. Salen del pene; luego, mueren. Ninguna ambición irreflexiva empaña su limitado y abrupto recorrido. Los espermatozoides no son personajes de Proust.

¿Pero qué tiene que ver la disminución del conteo de esperma (y de los índices de fertilidad femenina) en la isla con la depresión de las ventas de literatura cubana? Nada, pero el dato está increíble.

No hay dudas: la literatura cubana cumple lo que para Nicanor Parra era el primer requisito de toda obra maestra: pasar inadvertida.

A veces alguien me comenta que va a publicar su libro con tal editorial (un pequeño sello independiente) y yo le digo que no, que nadie lo va a leer, que no lo envíe. Normalmente lo mandan. Esta incontinencia de publicación da buena cuenta de la desesperación por ser leído, que es la cosa más difícil del mundo después de ser publicado (dentro y fuera de Cuba).

Yo mismo, como editor, me las he visto negras para hacer que una antología nacional pueda vender 2000 ejemplares. He estado al tanto de cientos de proyectos, diagramas, promesas de libros, pero al final, los escritores cubanos son como esa chica que conoces por correspondencia y cuya foto no has visto nunca. Es una mujer genial, solitaria y cultivada, que te envía poemas raros y filmes que le gustan: The Dreamers, de Bertolucci, por ejemplo. Todo muy erótico. Yo me apresuraba a sentarme delante del ordenador por la noche para leer sus ocurrencias y anécdotas salaces. Me contaba sesiones de masturbación en el baño de su oficina, me hablaba de chicos que le gustaban sin ser correspondida y de los demás, que pronto se convertían en una carga, de cuando salía con amigas a las que besaba en bares de lesbianas, del vodka de manzana que bebía a hectolitros. Al cabo de algunas semanas, le pides una cita. Nos vemos en un bar y todo se derrumba: es pequeña y fea, con gafas gruesas, hundidas en una nariz de Quevedo. Llevaba un montón de días haciendo declaraciones a aquel monstruo.

Hace unos meses entré en una librería en Buenos Aires, el librero tenía una interesante teoría sobre la cultura cubana: “ustedes, los cubanos, leen desde más jóvenes que nosotros porque no tienen los medios de poseer un Playstation Portable”. La economía sigue siendo el nervio (de buey) de la Revolución cubana. Recuerdo que pregunté por el catálogo de libros cubanos y dónde ubicarlos. Excepto los grandes éxitos de Padura, Wendy o Pedro Juan, no había libros cubanos, ninguna editorial independiente ponía sus libros en la librería más grande de Argentina, tampoco en Chile. Hay uno, sí, escucho a lo lejos la voz de hombre: allá está La casa y la Isla, de Ronaldo Menéndez. Abajo, siempre abajo, pensé. En la civilización occidental hay cada vez gente menos dispuesta a ponerse en cuclillas.