Nuestra edad de las Revoluciones: La venganza de las tribus

A medida que Francia despedía 1968 entre champán y fuegos artificiales, su presidente adoptó un tono celebratorio. “Es imposible ver cómo Francia podría hoy quedar paralizada por una crisis como las del pasado”, declaró Charles de Gaulle, el hombre que había encabezado la Francia Libre durante la Segunda Guerra Mundial, creado la V República y presidía entonces el largo auge de la posguerra. 

Sin embargo, apenas cinco meses después de su mensaje de Año Nuevo, París parecía haber regresado al tiempo de la Revolución. Los amplios bulevares de la capital francesa estaban bloqueados por barricadas improvisadas, levantadas con árboles arrancados de raíz y señales de tráfico vandalizadas. La vida económica se paralizó. 

Activistas estudiantiles ocuparon edificios universitarios para desafiar las jerarquías tradicionales de poder dentro de la academia y en la sociedad en general. Solo el 30 de mayo, casi un millón de parisinos —incluidos tanto estudiantes manifestantes como partidarios del presidente— salieron a las calles. 

Desafiando el conformismo de las generaciones mayores, los jóvenes cubrieron París de grafitis como “¡Está prohibido prohibir!”. El día anterior, el presidente de Gaulle había huido abruptamente a una base militar en Alemania Occidental, quizá temiendo por su seguridad física. Un país acostumbrado a la violencia y al caos volvía a situarse al borde del abismo.

Para el verano de 1968, la revolución había alcanzado el corazón de Estados Unidos. Mientras el Partido Demócrata se preparaba para su convención nacional en Chicago aquel agosto, la ciudad hervía con la expectativa de la violencia. En los meses previos, los dos mayores iconos de la izquierda estadounidense —Robert F. Kennedy y Martin Luther King Jr.— habían sido asesinados a tiros. Desde hacía varios años venía gestándose una cultura de la disidencia, opuesta a todo, desde el racismo hasta la guerra o las leyes sobre drogas. Una generación se alzaba contra las normas, jerarquías y autoridades tradicionales. 

En Chicago, mientras los políticos demócratas se agrupaban en torno al candidato del establishment, el vicepresidente Hubert Humphrey, el ambiente fuera del recinto de la convención se volvió áspero. A medio kilómetro de allí, la policía persiguió a jóvenes manifestantes a través de los ventanales destrozados del hotel Conrad Hilton, golpeando a cualquiera que lograra alcanzar. El gas lacrimógeno incluso penetró en la suite de Humphrey. “¡Todo el mundo está mirando!”, coreaban los manifestantes mientras las cámaras de televisión retransmitían los disturbios a todo el planeta.

El mundo observó, y la revolución se extendió aún más. A lo largo de 1968, un movimiento global de protesta recorrió países tan diversos como Alemania Occidental, México y Japón. Atravesó democracias y dictaduras, países capitalistas y comunistas por igual. En Occidente, los estudiantes protestaban contra los excesos del consumismo y del libre mercado; en el este de Europa, se movilizaban contra el comunismo. En Roma, frente a la principal universidad de la ciudad, la policía se enfrentó a miles de estudiantes que arrojaban piedras y volcaban coches. En Praga, los tanques rusos avanzaron por las calles adoquinadas, aplastando bajo sus orugas el lema reformista de un “socialismo con rostro humano”.

Más de medio siglo después, el espectro de 1968 sigue suscitando emociones como ningún otro año. Como ha escrito el comentarista político David Frum, existen dos relatos contrapuestos sobre aquella época: “En el mito de los hijos, los estadounidenses se apiñaban, paralizados y miserables… hasta que los valientes y jubilosos manifestantes de los años sesenta los liberaron. En el de los padres, una edad de oro de patriotismo y deber fue destruida por hippies de baja estofa, fumetas, esquivadores del reclutamiento, que acabarían convertidos en yuppies”. Esta divergencia de perspectivas sigue moldeando hoy las ideologías políticas estadounidenses.

En más de un sentido, 1968 anticipó dos grandes tendencias que reordenarían la política occidental: el ascenso de la política identitaria y la creciente polarización que la acompañó. El Partido Demócrata aprobó una ambiciosa legislación de derechos civiles tras el asesinato de King y nominó a Humphrey, quien, pese a las protestas, era el candidato socialmente más liberal de su historia. 

A medida que la “Nueva Izquierda”, más consciente de lo cultural, ganaba protagonismo en todo Occidente, los trabajadores manuales comenzaron a alejarse lentamente de los partidos tradicionales de izquierda. Los disturbios raciales se hicieron habituales, las cuestiones sociales adquirieron centralidad y el consenso de término medio se desmoronó, sustituido por un fervor dogmático en ambos extremos del espectro. 

En apenas unos años, la revolución de los sesenta transformó radicalmente la cultura, rompiendo con normas centenarias sobre jerarquías de género, raza y autoridad. Desde el acceso al aborto hasta las protecciones en materia de vivienda, desde los derechos de voto hasta las leyes de igualdad en el empleo, los años sesenta pusieron en marcha un amplio conjunto de reformas. Casi todos los movimientos sociales contemporáneos, desde #MeToo y Black Lives Matter hasta la lucha conservadora contra la teoría crítica de la raza, lidian con ideas que fueron formuladas por primera vez en aquella década. Donde antes la política estaba moldeada abrumadoramente por la economía, hoy está siendo transformada por la identidad.

Los años sesenta no lograron la revolución política anhelada por sus defensores más fervientes. En Francia, la toma del poder por los comunistas que temía de Gaulle nunca se materializó. Si la primavera de 1968 evocó el fervor jacobino de los primeros años de la década de 1790, el verano trajo recuerdos difusos de la contrarrevolución napoleónica que siguió. 

En julio de 1968, el partido de De Gaulle obtuvo el 74% de los escaños, mientras los votantes franceses rechazaban con firmeza el radicalismo de la izquierda activista. 

A finales de año, los trabajadores habían regresado a las fábricas y los estudiantes a las aulas. Los conservadores siguieron ocupando el Palacio del Elíseo hasta 1981. 

En Estados Unidos, el partidario del orden público Richard Nixon derrotó a Humphrey en 1968, y dos años más tarde, en Gran Bretaña, el Partido Conservador llegó al poder. 

Los sesenta no lograron forjar un consenso duradero en torno a una agenda compartida de reforma social. En su lugar, sacaron a la luz nuevas fracturas culturales que se convirtieron en las nuevas líneas de batalla de la política.



La jerarquía de las necesidades

Las revoluciones pueden estallar a partir de la desesperación y la miseria, como ocurrió en Francia en 1789. Pero existe otro tipo de revolución que puede nacer de una situación de abundancia, y ese es el caso de la revolución identitaria. Como señaló el politólogo Ronald Inglehart, las necesidades sociales, al igual que las individuales, siguen la “jerarquía de las necesidades” de Abraham Maslow. 

En la base de la pirámide se encuentran la alimentación, la seguridad y la vivienda. Durante la mayor parte de la historia humana, estos han sido los fines a los que se ha orientado toda la actividad social. Pero una vez satisfechas estas necesidades materiales, las personas desplazan su atención hacia demandas de orden superior: valores abstractos como la libertad personal y la autoexpresión. 

Dicho de otro modo, cuando las revoluciones económicas y tecnológicas generan mejoras en el nivel de vida —junto con desajustes y desorientación—, tienden también a producir revoluciones identitarias. Al quedar desvinculadas de sus roles tradicionales en la economía y en la sociedad, las personas reaccionan con esperanza o con temor. Los grupos anteriormente marginados perciben el cambio como una liberación y reclaman una dignidad largamente negada; quienes se encontraban en la cúspide temen perder el estatus del que ya gozaban.

Las décadas de 1960 y 1970 fueron testigo de las revoluciones identitarias más rápidas y radicales del siglo XX. Para 1968, el mundo occidental había alcanzado un punto de inflexión gracias al auge económico de la posguerra, impulsado por la globalización y el progreso tecnológico. 

Los jóvenes, que habían alcanzado la mayoría de edad sin conocer los horrores de la guerra ni del hambre, se sentían insatisfechos con una sociedad dirigida por élites desconectadas de su realidad. Anhelaban mayores derechos individuales y una concepción más inclusiva de la ciudadanía, que se extendiera a quienes históricamente habían quedado al margen. 

En Europa, como observa Mark Lilla, los manifestantes seguían viéndose a sí mismos principalmente como actores de una lucha de clases, no de una guerra cultural. Paradójicamente, al no situarse todavía las divisiones culturales en el centro de la contienda política, el cambio social fue allí más rápido y más duradero. El aborto, por ejemplo, rara vez se politizaba.

A medida que en las décadas de 1980 y 1990 se consolidó un nuevo consenso en torno a la economía, la cultura pasó a ocupar su lugar como principal línea de batalla política. En Estados Unidos, las personas comenzaron a definirse cada vez más por sus identidades personales —raza, religión, género— que por su pertenencia de clase, sembrando las semillas de una guerra cultural que continúa hasta hoy. 

El proceso fue más lento en Europa, pero también allí terminó imponiéndose la polarización y la política identitaria, impulsadas sobre todo por la inmigración. Para la década de 1990, una nueva revolución identitaria se había afianzado. Se trató de una revolución lenta, de un desplazamiento tectónico más que de un terremoto. Una vez más, el cambio estructural precedió a la revolución política: tras la caída del Muro de Berlín, un ritmo aún más acelerado de globalización y transformación tecnológica inauguró una nueva edad dorada de las políticas de libre mercado. 

Cuando la izquierda se subió al carro neoliberal, la derecha se enfrentó a una crisis aguda sobre cómo diferenciarse. Los conservadores comprendieron que, si querían distinguirse de un centroizquierda cada vez más moderado, tendrían que redoblar su apuesta por la política identitaria.

Algunos líderes de derechas percibieron muy pronto hacia dónde soplaba el viento. En 1992, el fogoso candidato republicano a la presidencia Pat Buchanan proclamó: “En este país se está librando una guerra religiosa. Es una guerra cultural, tan decisiva para el tipo de nación que seremos como lo fue la Guerra Fría, porque esta guerra es por el alma de Estados Unidos”. Las décadas siguientes demostrarían que tenía razón.



Proletarios unidos

La actual división política entre yuppies de izquierdas y trabajadores manuales conservadores resultaría extraña a cualquier observador de la política occidental del siglo XIX. En 1848, Karl Marx y Friedrich Engels escribieron en El Manifiesto Comunista que “la historia de toda sociedad existente hasta nuestros días es la historia de la lucha de clases”. 

Aunque carente de matices históricos, la valoración de Marx sobre la política europea de su tiempo era, en términos generales, acertada. Desde los albores de la Revolución Industrial, esta se había definido, en efecto, por un conflicto constante entre una izquierda obrera y una derecha burguesa. 

Esta división persistió durante un siglo tras la publicación del Manifiesto. Los trabajadores fabriles se organizaron para luchar por mejores salarios, jornadas más cortas y condiciones laborales más seguras. 

Al mismo tiempo, en Estados Unidos también existieron fuertes movimientos sindicales y ásperos debates económicos sobre políticas como los aranceles, aunque allí la dimensión racial complicaba todo aún más.

No fue hasta después de la Segunda Guerra Mundial cuando se alcanzó un consenso, al menos en Occidente. La fórmula del éxito fue democracia + mercados + Estado del bienestar. 

En Europa, conservadores y socialdemócratas habían aprendido a evitar la polarización extrema izquierda-derecha del período de entreguerras y optaron por un estilo de gobierno más cooperativo. 

En Estados Unidos, la Gran Depresión y el esfuerzo bélico fomentaron un amplio acuerdo sobre la necesidad de la intervención del Estado en la economía. Incluso el presidente Dwight Eisenhower, republicano, respaldó casi todos los programas “socialistas” de FDR, desde la Seguridad Social hasta tipos impositivos marginales superiores al 90%. 

Dicho de forma sencilla, la derecha, antaño ferozmente opuesta al Estado del bienestar, acabó acomodándose a él.

Por supuesto, la supuesta utopía de mediados de siglo —con baja desigualdad y escasa polarización política— se construyó sobre la exclusión racial. No es casualidad que gran parte de ese “apogeo de la socialdemocracia estadounidense”, como lo denominó la historiadora Dorothy Sue Cobble, coincidiera con el régimen de Jim Crow. 

A lo largo de la primera mitad del siglo XX, ambos partidos habían acordado tácitamente no cuestionar los fundamentos de la supremacía blanca. En la década de 1930, solo el 4% de los afroamericanos podía votar. Mientras tanto, la Ley de Inmigración de 1924 apaciguó a los nativistas al prohibir de facto la entrada de inmigrantes que no fueran blancos y del norte de Europa.

Los blancos del sur condicionaron su apoyo a las políticas redistributivas del New Deal al mantenimiento de la subordinación de los afroamericanos. No es de extrañar, por tanto, que la legislación del New Deal prohibiera a los trabajadores domésticos y agrícolas —que eran mayoritariamente negros— sindicarse y acceder a las prestaciones de la Seguridad Social. A cambio, el Sur recompensó generosamente a Roosevelt. En las elecciones presidenciales de 1936, obtuvo el 97% del voto en Misisipi y el 99% en Carolina del Sur.

Para la década de 1950, las políticas racistas de redlining (segregación residencial sistemática basada en criterios raciales) en el Norte y la segregación legal en el Sur implicaban que estadounidenses blancos y negros vivieran vidas separadas. 

A medida que el crecimiento económico se disparaba, los blancos podían perseguir el sueño americano desde la seguridad de los suburbios tipo Levittown. Estados Unidos parecía haber alcanzado un equilibrio estable. 

En 1950, la Asociación Estadounidense de Ciencia Política publicó un informe titulado “Hacia un sistema bipartidista más responsable”. ¿Su conclusión? Lo que la democracia estadounidense necesitaba era menos compromiso, más cohesión partidista, programas más claramente diferenciados; en suma, más polarización.

No tardó en cumplirse ese deseo. El consenso en política económica abrió la puerta a que las cuestiones sociales pasaran al primer plano. El dominio de los hombres blancos sería desmantelado. Estos cambios acercarían a Estados Unidos mucho más al cumplimiento de sus ideales fundacionales, pero también llevarían el caos a las calles.



La mayoría de edad de Estados Unidos

En la década de 1950, muchas familias estadounidenses se reunían cada lunes por la noche frente al televisor para ver la emisión semanal de I Love Lucy, el programa más popular de la década. Sin embargo, ya en la década siguiente, la imagen de la vida familiar armoniosa que ofrecía I Love Lucyparecía completamente desfasada. “Vuestros hijos y vuestras hijas están fuera de vuestro control”, cantaba Bob Dylan en 1964. Los jóvenes llevaban ahora melenas inspiradas en los Beatles y cambiaban los pantalones de vestir por vaqueros.

El año 1964 marcó también el inicio de la implicación a gran escala de Estados Unidos en la guerra de Vietnam, un conflicto que devastó físicamente Vietnam y desgarró culturalmente a Estados Unidos. Los jóvenes estadounidenses, muchos de los cuales fueron reclutados para el servicio militar, se opusieron con vehemencia a la participación del país en la guerra. Algunos huyeron a Canadá. Otros expresaron su ira manifestándose, quemando sus cartillas de reclutamiento, realizando huelgas de hambre u ocupando edificios universitarios. Algunos veteranos de Vietnam llegaron incluso a deshacerse públicamente de las medallas que habían recibido por su valentía. El grupo Weather Underground, una organización terrorista doméstica de extrema izquierda, fue aún más lejos y llevó a cabo atentados contra objetivos como el Capitolio de Estados Unidos, el Pentágono y el Departamento de Estado.

Mientras la juventud estadounidense protestaba contra la guerra, comenzó a rebelarse también contra toda una cultura generacional más vieja, a la que consideraba excesivamente conservadora. 

En 1967, cien mil jóvenes se reunieron en el barrio de Haight-Ashbury, en San Francisco, para celebrar el “Verano del Amor”, marcado por el rock and roll y las drogas psicodélicas. 

Dos años más tarde, casi medio millón de personas acudieron al festival de música de Woodstock, donde la versión distorsionada del himno nacional interpretada por Jimi Hendrix parecía encarnar los cambios en marcha: una flexibilización de las normas, una nueva libertad de autoexpresión y la disposición a desafiar las restricciones de la política estadounidense.

No pasó mucho tiempo antes de que los cambios sociales impulsados por la contracultura dejaran una huella profunda en el país. En 1971, el 35% de los estadounidenses consideraba obsoleto el concepto de matrimonio. 

Un enfoque más permisivo hacia las drogas también se impuso con una rapidez sorprendente. En 1967, solo el 5% de los estadounidenses había probado alguna vez la marihuana. En 1979, el 51% de los estudiantes de último curso de secundaria admitía haber fumado cannabis en el último año.

Al mismo tiempo, los estadounidenses perdieron rápidamente la confianza en instituciones tradicionalmente veneradas, desde la Iglesia hasta el gobierno. El porcentaje de católicos estadounidenses que asistían a misa semanalmente se redujo del 75% en 1957 al 54% en 1975. 

En 1958, el 71% de los estadounidenses confiaba en que su gobierno hiciera lo correcto casi siempre o la mayor parte del tiempo. Veinte años después, solo el 29% pensaba lo mismo. 

Tras las mentiras del gobierno sobre Vietnam y, más tarde, el escándalo del Watergate, la opinión pública dejó de conceder a sus dirigentes el beneficio de la duda. Al comienzo del movimiento de protesta de los años sesenta, el organizador estudiantil Jack Weinberg había dicho al país: “No se puede confiar en nadie mayor de 30 años”. 

En la década de 1970, parecía que ya casi nadie confiaba en nadie. El colapso de la fe en la autoridad y en las instituciones creó un terreno fértil para el populismo, las teorías conspirativas y un mundo de “posverdad”.



La revolución silenciosa de Europa

En Europa, al igual que en Estados Unidos, el cambio fue impulsado por una nueva generación que priorizaba la participación política y la libertad de expresión frente a la autoridad tradicional. Era lo que Ronald Inglehart denominó una “generación posmaterialista”, más preocupada por la autorrealización personal que por la posesión de bienes materiales o la seguridad. 

En 1970, Inglehart encuestó a personas de seis países occidentales. Entre quienes habían crecido durante la Segunda Guerra Mundial, los valores materialistas superaban a los posmaterialistas en una proporción de hasta tres a uno. En cambio, el “posmaterialismo” predominaba entre el grupo de personas de entre quince y veinticuatro años, nacidas después de la guerra. 

La categoría a la que pertenecía cada individuo era un predictor extremadamente preciso de su actitud hacia el movimiento estudiantil. Entre quienes favorecían valores “materialistas” como el orden y la estabilidad de precios, solo el 16% apoyaba las protestas estudiantiles. Entre quienes priorizaban valores “posmaterialistas”, como la participación política y la libertad de expresión, el apoyo ascendía al 71%.

En Europa, incluso con el fascismo desacreditado tras la Segunda Guerra Mundial, las estructuras subyacentes de autoridad —en los negocios, la academia y el gobierno— habían permanecido en gran medida intactas en países del Eje como Alemania e Italia. 

A medida que la Guerra Fría se intensificaba, la lucha contra el comunismo pasó a ser prioritaria, lo que implicó relegar a un segundo plano el combate contra el fascismo. En Alemania Occidental y Austria, nazis “rehabilitados” regresaron a posiciones de poder en el Estado y en la sociedad. Incluso más que en Estados Unidos, la brecha emergente entre los estudiantes revolucionarios y sus detractores se convirtió en una lucha titánica entre generaciones.

Quizá en ningún lugar fue tan marcada esa fractura como en Alemania Occidental, donde los jóvenes se rebelaron contra una generación de dirigentes que había sido cómplice de las atrocidades del Holocausto. 

En rápida sucesión, ambos líderes del gobierno de Alemania Occidental en 1968 —el presidente Heinrich Lübke y el canciller Kurt Georg Kiesinger— fueron revelados como antiguos afiliados al régimen nazi. Durante un congreso de la Unión Demócrata Cristiana, una activista llamada Beate Klarsfeld se acercó al atril, abofeteó a Kiesinger y gritó: “¡Nazi!”. La militante de izquierda Gudrun Ensslin expresó la ruptura en términos que se volverían emblemáticos: “Esta es la generación de Auschwitz, ¡y no se puede discutir con ellos!”.

A medida que los jóvenes de los años sesenta accedieron a posiciones de autoridad, el cambio cultural avanzó con rapidez. A lo largo de las décadas de 1960 y 1970, Europa vivió una oleada de secularización sin precedentes. Entre 1963 y 1976, el número anual de divorcios en Alemania Occidental se duplicó con creces. 

En los Países Bajos, el porcentaje de católicos que asistían semanalmente a misa se redujo a la mitad entre 1965 y 1975. De hecho, la secularización fue mucho más profunda en Europa occidental que en Estados Unidos. Entre los cristianos de Europa occidental, hoy menos de una cuarta parte cree en Dios con absoluta certeza (frente al 76% de los cristianos estadounidenses). Las leyes sobre el aborto cambiaron en consecuencia. 

Antes de los años setenta, Islandia era el único país europeo no comunista que había legalizado el aborto. Pero en abril de 1971, la revista francesa Le Nouvel Observateur publicó una petición firmada por 343 mujeres —entre ellas la filósofa feminista Simone de Beauvoir y la actriz Catherine Deneuve— en la que reconocían públicamente haber abortado de forma ilegal y exigían cambios en el código penal. 

A medida que se transformaban las normas culturales, los países europeos liberalizaron sus leyes sobre el aborto en rápida sucesión. En 1975, Francia eliminó las sanciones penales; Alemania Occidental hizo lo propio en 1976 e Italia en 1978.

En cuestión de pocos años, la Nueva Izquierda —“nueva” en la medida en que priorizaba las cuestiones sociales frente al conflicto de clase— transformó la esfera cultural europea, ganando corazones y mentes con mucho más éxito que su homóloga estadounidense. 

Este giro profundo de la opinión pública obligó a la derecha a transigir en una amplia gama de asuntos sociales. Con las guerras culturales resueltas de antemano a favor de la izquierda, y con la política aún definida en gran medida por la lucha de clases en torno a cuestiones económicas, los conservadores culturales europeos perdieron terreno con rapidez. Como resultado, Europa experimentó una reacción cultural mucho menor que la que sacudía a Estados Unidos. 

Además, los sistemas multipartidistas europeos demostraron ser más hábiles para acomodar identidades e intereses divergentes, aliviando parte de las tensiones partidistas que agitaban a Estados Unidos. En la década de 1980, por ejemplo, los votantes alemanes de izquierda podían elegir entre socialdemócratas, centristas y verdes. Esta gama de opciones evitó parte de la fricción y la polarización propias del sistema bipartidista estadounidense.



La mayoría silenciosa

En contraste, la polarización terminó por partir a Estados Unidos en dos. Comenzó cuando los vínculos entre la clase trabajadora estadounidense y la izquierda política empezaron a deshacerse. 

En 1948, los votantes blancos de clase trabajadora tenían un 12% más de probabilidades que el conjunto del electorado de votar al Partido Demócrata. Para 1968, el terreno se había desplazado bajo los pies de los demócratas: ese año, los estadounidenses blancos de clase trabajadora optaron por los demócratas con un margen de apenas 3 puntos porcentuales por encima del total de votantes. Y en 1972 ya eran 4 puntos más republicanos que el conjunto del electorado. 

1968 había cambiado las reglas básicas de la política estadounidense. Estados Unidos experimentó una reacción contra los años sesenta más profunda y duradera que cualquier cosa vista en Europa. ¿Por qué? Porque afectó al ámbito más sensible de la política y las relaciones sociales estadounidenses: la raza.

“Soy invisible”, había escrito en 1952 el novelista afroamericano Ralph Ellison, “simplemente porque la gente se niega a verme”. En los años sesenta, los afroamericanos exigían ser vistos. La historia del movimiento por los derechos civiles es bien conocida: desde el boicot a los autobuses iniciado por Rosa Parks hasta el discurso “I Have a Dream” de Martin Luther King Jr., pasando por la campaña de registro de votantes del “Freedom Summer”. 

En 1954, el Tribunal Supremo declaró inconstitucional la segregación escolar; una década después, la Ley de Derechos Civiles prohibió la discriminación racial. El presidente Lyndon Johnson se ganó el odio duradero de muchos demócratas del Sur al impulsar la Ley del Derecho al Voto de 1965, que garantizó por fin el derecho de voto de los afroamericanos. 

Ese mismo año, la administración Johnson abolió las cuotas migratorias por “origen nacional” que favorecían a personas procedentes del noroeste protestante de Europa, inaugurando una nueva era de inmigración desde Asia y América Latina.

Pero a cada paso el progreso fue seguido por la reacción. La historia del movimiento por los derechos civiles es también la del linchamiento de Emmett Till, el acoso a los Little Rock Nine, el asesinato de Martin Luther King. 

Los extremistas partidarios de la segregación no se detuvieron ante nada para frenar la marea de la igualdad racial. Aunque hoy Martin Luther King Jr. goza de una veneración casi universal, en su momento muchos blancos miraban con profundo escepticismo al carismático líder de los derechos civiles. En vísperas de su asesinato, cerca del 75% de los estadounidenses tenía una opinión desfavorable de él. Tras su muerte, casi un tercio pensaba que él mismo era responsable de su asesinato. Basta imaginar cómo se percibía entonces a grupos militantes como las Panteras Negras.

Así, la revolución identitaria de los años sesenta fue seguida casi de inmediato por una reacción masiva, que generó un círculo vicioso de polarización política. En Estados Unidos, grupos que durante mucho tiempo habían ocupado la cúspide —hombres, blancos, cristianos— sintieron de pronto que su dominio se resquebrajaba. Cuanto más exigían igualdad las mujeres o las minorías raciales, más amenazados se sentían los hombres blancos. Una política identitaria en torno a la blanquitud y la masculinidad empezó a cobrar fuerza en todo el país.

Porque, aunque el cambio social pareciera omnipresente, muchas de las reformas impulsadas por la generación estudiantil seguían resultando radicales para la mayoría de los estadounidenses. La imagen que hoy tenemos de los años sesenta y setenta —hippies de pelo largo con camisetas teñidas, liando porros— tenía poco que ver con la experiencia cotidiana de la mayoría en aquel momento. Para muchos, el éxtasis de Woodstock parecía tan lejano como el alunizaje ocurrido un mes antes. Y aunque hoy recordamos el movimiento contra la guerra de Vietnam como un éxito arrollador, la guerra siguió siendo popular durante mucho tiempo entre amplios sectores de la población.

Esos estadounidenses temían que el país que conocían estuviera desapareciendo. En las elecciones presidenciales de 1968, Richard Nixon capitalizó ese malestar general al proclamarse defensor de “la gran mayoría de los estadounidenses, los estadounidenses olvidados, los que no gritan, los que no se manifiestan”, lo que más tarde denominaría “la gran mayoría silenciosa”. 

En la Universidad Estatal de Kent, en 1970, miembros armados de la Guardia Nacional dispararon contra una multitud de estudiantes pacifistas, matando a cuatro. Hoy, la imagen icónica de una chica de catorce años, angustiada, arrodillada junto a un cadáver, se recuerda como símbolo de brutalidad pura. En aquel momento, sin embargo, la mayoría de los estadounidenses pensó que los estudiantes habían provocado la matanza. La mayoría silenciosa era real.

Y, por desgracia, también lo era su queja central: el crimen. Una combinación de factores hizo que las tasas de delincuencia se dispararan en ese periodo: el exceso de jóvenes varones nacidos durante el baby boom, la suburbanización y la “huida blanca” que vació los centros urbanos, la expansión de las drogas, el cierre de instituciones psiquiátricas. 

El aumento de la criminalidad reforzó el apoyo a políticas estrictas de “ley y orden”. En la película Taxi Driver (1976), de Martin Scorsese, el joven veterano de Vietnam Travis Bickle recorre en coche las calles sucias de Nueva York, abarrotadas de prostitutas y delincuentes. Después de que Travis mate a dos hombres en un burdel para rescatar a una niña, la prensa lo trata como a un héroe. La película captó el espíritu de la época: un momento en el que la excitación inicial por las nuevas libertades había dado paso a un anhelo de normalidad y orden.

La introducción de la acción afirmativa y del transporte escolar obligatorio —la integración de distritos escolares mediante el traslado de estudiantes fuera de sus barrios de residencia— hizo que la integración racial resultara inquietante incluso para blancos moderados. 

En 1975, un joven senador demócrata calificó el transporte escolar de “idea absurda” (se llamaba Joe Biden). A finales de los años setenta, hasta el 91% de los estadounidenses blancos se oponía al transporte escolar. (Los intentos de integrar la vivienda también fracasaron, y las ciudades estadounidenses siguen estando de forma llamativa segregadas en la actualidad). 

Como relató el novelista y activista liberal Norman Mailer, hablando de sí mismo en tercera persona con una franqueza sorprendente: “Era una emoción simple y muy desagradable para él: estaba cansándose de los negros y de sus derechos”. Si Taxi Driver capturó la obsesión de la época con la ley y el orden, otra película de 1976 insinuó la marea creciente de la reacción blanca. Rocky presenta al héroe obrero italoestadounidense Rocky Balboa, que desafía y derrota al ostentosamente rico campeón mundial de los pesos pesados, el afroamericano Apollo Creed. Fue la película más taquillera del año.

La lucha en torno a la cuestión racial fue tan intensa que condujo a una reconfiguración fundamental del sistema de partidos estadounidense. Desde la época de la Reconstrucción, los afroamericanos habían sido una base clave del Partido Republicano. Como observó en su día Frederick Douglass, “el Partido Republicano es el barco, y todo lo demás es el mar”. 

En 1932, los afroamericanos preferían a Herbert Hoover frente a Franklin Roosevelt por una proporción de dos a uno. Poco a poco, sin embargo, su lealtad fue desplazándose. Roosevelt conquistó a muchos votantes negros, y Kennedy y Johnson consolidaron ese apoyo respaldando la legislación sobre derechos civiles. En las elecciones presidenciales de 1964, el candidato republicano Barry Goldwater obtuvo apenas el 6% del voto afroamericano.

Aunque Goldwater perdió de forma aplastante, las elecciones de 1964 señalaron el camino hacia una nueva estrategia viable para los conservadores. Los republicanos se centraron en movilizar el apoyo de los blancos del Sur, en gran medida apelando a sus temores profundamente arraigados frente a la integración racial: la llamada “estrategia sureña”. 

Apenas cuatro años después de que Goldwater inaugurara este enfoque, Richard Nixon lo perfeccionó. En 1968, prácticamente todo el Sur abandonó al Partido Demócrata y se inclinó por Nixon o por la candidatura segregacionista del demócrata sureño George Wallace. 

El día que firmó la Ley de Derechos Civiles, Johnson comentó: “Creo que quizá hayamos perdido el Sur para toda tu vida y la mía”. Aunque demócratas blancos sureños como Carter y Clinton ganarían más tarde muchos Estados de la región, Johnson tenía razón en lo esencial. El Sur dejó de ser el pilar inamovible del Partido Demócrata y pasó a convertirse en la región más republicana del país.

Atraer a los blancos sureños implicó desprenderse del legado republicano como partido de la igualdad racial. Mientras que Nixon había obtenido el 40% del voto afroamericano en su candidatura de 1960, su apoyo entre los votantes no blancos cayó al 13% cuando se presentó en 1972. 

El movimiento por los derechos civiles puso fin a los “partidos de base amplia” de la era anterior a la guerra, en los que la economía determinaba la política. Los segregacionistas sureños se habían sentado junto a liberales del Norte en el bando demócrata, unidos por la política económica. Eso se acabó. Los conservadores se reagruparon en el Partido Republicano y los liberales en el Partido Demócrata.

Tras una larga historia de esclavitud y segregación, el movimiento por los derechos civiles logró finalmente integrar a los afroamericanos en la vida política del país. Pero, en lugar de inaugurar una era posracial de reconciliación, estos avances provocaron una reacción tan poderosa que reorganizó de raíz la política estadounidense. Por primera vez desde el final de la Reconstrucción, los partidos estadounidenses quedaron divididos en función de la raza y no de la economía. Y las encendidas batallas en torno a la integración que comenzaron en los años sesenta fueron un presagio de las guerras culturales que estaban por venir.

El movimiento por los derechos civiles actuó como un poderoso catalizador de otras revoluciones sociales. Desde las sentadas hasta los boicots y las marchas, los líderes afroamericanos habían desarrollado un modelo que permitió a otros grupos marginados articular sus propias reivindicaciones. El principal de esos grupos fue el movimiento feminista. 

Conviene subrayar la magnitud sísmica del cambio en las relaciones de género que cobró fuerza en las décadas de 1960 y 1970. Durante miles de años, la dominación de las mujeres por los hombres había sido un rasgo fundamental de la sociedad humana. Otros grupos habían ascendido o descendido en distintos momentos históricos, con uno dominando al otro, pero en lo que respecta a las relaciones de género, prácticamente en todas partes del mundo la historia era la misma: los hombres controlaban a las mujeres. 

Como escribió la filósofa feminista Simone de Beauvoir en El segundo sexo, las mujeres “siempre han estado subordinadas a los hombres, y por tanto su dependencia no es el resultado de un acontecimiento histórico o de un cambio social: no es algo que ocurriera”.

Las activistas por los derechos de las mujeres habían celebrado un primer éxito con la aprobación de la Decimonovena Enmienda en 1920, que garantizaba a las mujeres el derecho al voto. Sin embargo, el sufragio hizo poco por cambiar la realidad cotidiana de las mujeres en todo el país. 

Como ocurre tan a menudo, el progreso tecnológico desempeñó un papel en la apertura del camino hacia el cambio social. En 1957, la Administración de Alimentos y Medicamentos aprobó el uso de lo que más tarde se convertiría en la primera píldora anticonceptiva y, en 1965, el Tribunal Supremo anuló las prohibiciones estatales sobre la venta y el uso de anticonceptivos para los matrimonios en su sentencia Griswold v. Connecticut. Para entonces, el 63% de las parejas casadas menores de cuarenta y cinco años utilizaban anticonceptivos, y una cuarta parte de ellas recurría a la píldora.

Fue en este contexto cuando, en 1963, la periodista Betty Friedan publicó su tratado revolucionario The Feminine Mystique. Con motivo del decimoquinto aniversario de su promoción en el Smith College, Friedan había sido encargada de encuestar a sus antiguas compañeras sobre sus vidas. Tras la fachada feliz de la vida familiar de clase media, muchas de aquellas mujeres —graduadas de una universidad femenina de élite— se sentían profundamente insatisfechas. En The Feminine Mystique, Friedan denominó a este fenómeno “el problema que no tiene nombre”.

Su libro cayó como una bomba y vendió casi tres millones de ejemplares en los tres primeros años tras su publicación. De manera similar a lo que La cabaña del tío Tom de Harriet Beecher Stowe había supuesto para la cuestión de la esclavitud en la década de 1850, The Feminine Mystique sirvió como grito de movilización que despertó a toda una generación ante la situación de las mujeres en Estados Unidos. Friedan se unió a unas treinta mujeres de todo el país para fundar la National Organization for Women, un grupo activista inspirado explícitamente en el exitoso modelo de la National Association for the Advancement of Colored People.

Organizaciones como la National Organization for Women encabezaron una “segunda ola” de activismo feminista que ya no se conformaba con la igualdad en el derecho al voto. Las feministas empezaron a defender leyes de igualdad de oportunidades, el derecho al aborto y servicios de cuidado infantil proporcionados por el Estado. Se propusieron rehacer la imagen de cómo podía —o debía— ser la vida de una mujer. La “liberación de la mujer” avanzó a un ritmo vertiginoso. 

Después de que Griswold protegiera el uso de anticonceptivos dentro del matrimonio, el Tribunal Supremo amplió pronto ese derecho a las parejas no casadas y, en 1973, reconoció el derecho al aborto en Roe v. Wade. Para entonces, la “revolución sexual” estaba en pleno apogeo. En 1964, la mayoría de las mujeres estadounidenses declaraba seguir siendo virgen al casarse y solo alrededor de uno de cada veinte matrimonios terminaba en divorcio. En 1975, el 88% de las universitarias afirmaba tener experiencia sexual y el número anual de divorcios se había más que duplicado.

Muchos críticos denunciaron estos cambios como la muerte de la familia nuclear. Pero no conviene olvidar que, en medio de todas estas transformaciones, la situación material de las mujeres mejoró de forma espectacular. En la generación de Friedan, poseer un título universitario era una rareza, y quienes lo obtenían con frecuencia lo hacían para conseguir el llamado “título de señora”: encontrar un marido adecuado. 

A partir de 1967, esto dejó de ser así: el porcentaje de mujeres estadounidenses con estudios universitarios pasó del 8% al 23% hacia finales de siglo. En el mismo periodo, el porcentaje de madres que se quedaban en casa se redujo a menos de la mitad. Desde los años sesenta, las leyes y las actitudes cambiaron —y siguieron cambiando—, demostrando que incluso las relaciones de poder más arraigadas no son inmutables. 

Aunque hoy las mujeres siguen estando muy infrarrepresentadas en muchos niveles de poder, el progreso continúa. En 1990, las mujeres representaban el 2% del Senado estadounidense; en 2023, el 25%. A comienzos de los años 2000, las mujeres en Estados Unidos ya superaban a los hombres en logros educativos, desde la enseñanza secundaria hasta los títulos profesionales.

Mientras que el movimiento feminista de las décadas de 1960 y 1970 se centró en gran medida en la situación de las mujeres blancas de clase media, también inspiró a otros grupos que durante mucho tiempo habían vivido en los márgenes de la sociedad. 

Tras el feminismo, surgieron otros colectivos definidos por la identidad. En los años sesenta, activistas “homófilos” comenzaron a expresar su identidad sexual de forma más abierta. Las personas queer en Estados Unidos habían sido perseguidas durante décadas. La caza de brujas del senador Joseph McCarthy contra supuestos comunistas en los años cincuenta había ido de la mano del llamado “pánico lavanda” —un pánico moral en torno a la supuesta amenaza que representaban los hombres homosexuales en posiciones de poder.

Pero hacia finales de los sesenta, la marea empezó a girar lentamente contra el fanatismo heredado de la era McCarthy. En la madrugada del 28 de junio de 1969, la policía realizó una redada en el Stonewall Inn, en Christopher Street, en la ciudad de Nueva York. 

Los bares gais llevaban tiempo siendo objetivo de las autoridades, pero esta vez los clientes gais y lesbianas, junto con drag queens y personas trans, se resistieron. Lanzaron monedas, piedras y ladrillos contra los agentes uniformados. Los disturbios continuaron durante varios días, periodo en el que los activistas fundaron el Gay Liberation Front. El movimiento se declaró parte de una lucha de liberación más amplia y se alineó con diversas causas anticapitalistas, antiimperialistas y antirracistas.

Las actitudes públicas hacia la homosexualidad tardaron obstinadamente en cambiar. En 1987, el 75% de los estadounidenses seguía pensando que el comportamiento homosexual era “siempre incorrecto”, cinco puntos más que en 1973. Pero, al igual que los defensores de los derechos civiles y de los derechos de las mujeres, los activistas por los derechos de las personas gais habían empezado a cambiar la conversación, y a incomodar profundamente a muchos estadounidenses más tradicionales.

Si los años sesenta fueron la era de la reacción blanca frente al movimiento por los derechos civiles, los setenta fueron un periodo de reacción cristiana frente a la liberación de las mujeres y los derechos de los homosexuales. 

A comienzos de la década de 1960, la religión seguía desempeñando un papel unificador en la vida estadounidense, con una coalición de pastores baptistas negros, iglesias protestantes históricas, diócesis católicas y congregaciones judías que se movilizaban juntas en apoyo de los derechos civiles (aunque muchas iglesias del sur respaldaban la segregación). 

Pero en los años setenta, los grupos religiosos de todo el país se fracturaron siguiendo las mismas líneas de la guerra cultural que dividían al conjunto de la sociedad: aborto, anticoncepción, feminismo y derechos de los homosexuales. 

En una tendencia que se intensificaría con el tiempo, la religiosidad pasó a asociarse con la derecha y el secularismo con la izquierda. A medida que disminuía la asistencia a las iglesias, los conservadores religiosos se movilizaron para defender lo que consideraban los valores cristianos tradicionales de Estados Unidos.

Así, los años setenta vieron ampliarse la divergencia entre los estadounidenses religiosos y los seculares. Por un lado, el porcentaje de estadounidenses para quienes la religión desempeñaba un papel “muy importante” en sus vidas cayó de forma drástica, pasando del 70% en 1965 al 52% en 1978. 

Pero, por otro lado, entre algunos protestantes —personas que quizá se sentían amenazadas por el declive de los valores tradicionales estadounidenses— se produjo una renovación de la fe. Surgió con sorprendente fuerza y rapidez una versión más fervorosa y políticamente activa del cristianismo. 

Cuando Jimmy Carter se presentó a la presidencia en 1976 como cristiano renacido, el término era desconocido para la mayoría de los estadounidenses. Cuatro años más tarde, los tres principales aspirantes a la presidencia —Carter, Ronald Reagan y John Anderson— se identificaban como cristianos renacidos o evangélicos.

Mientras algunos estadounidenses abandonaban la fe de sus padres y se socializaban a través de las líneas religiosas, ciertos grupos protestantes se fueron encapsulando cada vez más. Las preocupaciones por la integración racial y los programas educativos progresistas llevaron a un éxodo masivo de cristianos blancos desde la escuela pública hacia instituciones privadas religiosas. 

En 1954 solo había 123 escuelas parroquiales no católicas en Estados Unidos; en 1970 había alrededor de 20.000. Los cristianos conservadores estaban construyendo su propia sociedad dentro de la sociedad.

También estaban alterando la política partidista. Antes de 1973 no existía ninguna diferencia en las tasas de asistencia semanal a la iglesia entre demócratas y republicanos. Para 1992, la brecha partidista entre los practicantes se había ampliado hasta el 11%. 

Antes de 1973, el aborto no era un asunto divisorio, y los votantes de ambos partidos estaban divididos de forma similar sobre la cuestión. Todavía en las elecciones de 1976, ambos candidatos presidenciales —Gerald Ford y Jimmy Carter— se declaraban provida. Pero al movilizar a los votantes conservadores, Roe v. Wade puso en marcha un proceso de más largo recorrido que convirtió el aborto en un punto central de conflicto entre los partidos. 

Cuando llegaron las elecciones de 1980, Reagan ya había asegurado el apoyo del National Right to Life Committee comprometiéndose a respaldar una prohibición constitucional del aborto y a oponerse a la financiación pública de los abortos.

El activismo antiabortista fue acompañado de una reacción más amplia contra el movimiento por los derechos de las mujeres. Durante la “primera ola” del feminismo, a comienzos del siglo XX, los defensores del sufragio femenino se encontraban en ambos partidos. Hasta 1971, de hecho, los republicanos tenían más probabilidades de copatrocinar legislación a favor de los derechos de las mujeres que sus homólogos demócratas. 

La primera dama Betty Ford, republicana, fue una defensora abierta de la propuesta Enmienda de Igualdad de Derechos, que habría consagrado la igualdad de derechos de las mujeres en la Constitución. 

Pero a mediados de los años setenta, activistas conservadores lanzaron una campaña a gran escala que volvió a la opinión pública contra la enmienda. Figuras como Phyllis Schlafly advertían de que la Enmienda de Igualdad de Derechos discriminaría a las amas de casa y obligaría a las mujeres al servicio militar. 

En cierto modo, Schlafly fue pionera de las tácticas de “troleo” de los activistas de derechas actuales, decididos a irritar a la izquierda con declaraciones deliberadamente provocadoras. 

“Quiero dar las gracias a mi marido, Fred, por dejarme estar aquí hoy”, comenzaba Schlafly muchos de sus discursos. “Me gusta decirlo porque es lo que más irrita a las feministas”. Desde mediados de los setenta, el Partido Republicano adoptó una línea conservadora en las cuestiones relacionadas con las mujeres.

Ronald Reagan supo canalizar la energía de la derecha religiosa y convertirla en un elemento central de su coalición. En 1979, Jerry Falwell padre, telepredicador y fundador de la Universidad Liberty, lanzó la Moral Majority, un grupo de presión que pronto se convirtió en sinónimo de la alianza entre los cristianos conservadores y el Partido Republicano. 

La organización se volcó con Reagan y contribuyó a dar forma a su plataforma. Christian Voice, un grupo de defensa conservador fundado en 1978, instó a sus seguidores a “devolver a Dios al liderazgo estadounidense y elegir a Ronald Reagan presidente de Estados Unidos”.

Reagan, la estrella de Hollywood que se convertiría en el primer divorciado en ocupar el Despacho Oval, podía parecer un aliado improbable de la derecha cristiana (como ocurriría más tarde con otro artista divorciado convertido en presidente). Pero Reagan supo conectar con las ansiedades del cristianismo estadounidense como nadie. 

Durante su campaña, concedió una entrevista al influyente telepredicador Jim Bakker, quien criticó a Carter por no gobernar como un evangélico. Reagan respondió: “¿No tiene usted la sensación de que, si no actuamos ahora, si dejamos que esto se convierta en otra Sodoma y Gomorra, podríamos ser la generación que vea el Armagedón?”. Los evangélicos se sentían más asediados culturalmente que nunca y estaban decididos a contraatacar. Acudieron en masa a las urnas para elegir a Reagan.

Desde entonces, el control de la derecha religiosa sobre el Partido Republicano no ha hecho sino fortalecerse. En la década de 1990, los católicos —históricamente un bloque clave del electorado demócrata— pasaron a ser más propensos a apoyar al Partido Republicano. En 2020, el 71% de los feligreses blancos votó por Donald Trump. Una vez que la política se centró en las guerras culturales, la religión se convirtió en una de las principales líneas divisorias de la vida estadounidense.



El ascenso de la tercera vía

La “revolución Reagan” fue algo más que el matrimonio entre los cristianos conservadores y la derecha política. Reagan también devolvió la ideología del libre mercado a la Casa Blanca. 

En los primeros años de su carrera, le gustaba leer al economista austriaco Friedrich Hayek durante los largos viajes en tren. Inicialmente un demócrata convencido y presidente del sindicato de actores, Reagan se convirtió al republicanismo en no poca medida gracias a la lectura de Hayek, cuyo tratado de 1944 Camino de servidumbre ofrecía una crítica demoledora de las políticas socialistas de planificación y control. (Aunque la predicción central del libro —que la intervención del gobierno en la economía conduce inevitablemente a la dictadura— se ha demostrado errónea: países del norte de Europa como Dinamarca y Suecia cuentan con amplios Estados del bienestar y, aun así, se encuentran entre los más libres del mundo).

En las primeras décadas de la posguerra, Hayek parecía librar una batalla perdida. La socialdemocracia era el orden del día a ambos lados del Atlántico. Pero cuando Reagan se presentó a la presidencia en 1980, Hayek y otros intelectuales neoliberales estaban en boga. Las políticas de impuestos y gasto parecían inútiles frente a la peligrosa combinación de inflación y estancamiento que aquejaba a Estados Unidos en los años setenta. 

Los neoliberales tenían una respuesta sencilla a una serie de problemas aparentemente intratables: menos gobierno. Y, al menos a corto plazo, esa respuesta pareció funcionar de manera brillante. Ya fuera gracias a las políticas de libre mercado de Reagan o al endurecimiento de la política monetaria por parte de la Reserva Federal, la inflación fue contenida y el crecimiento económico se recuperó. Los votantes recompensaron a los republicanos con tres mandatos consecutivos en la Casa Blanca.

Cuando por fin fue elegido un demócrata, en 1992, llegó al poder con ambiciosos objetivos progresistas. Bill Clinton había hecho campaña prometiendo un sistema de sanidad universal. Pero el llamado “Hillarycare” (así bautizado por la férrea defensa del proyecto por parte de la primera dama) naufragó en el Congreso. 

En 1994, los demócratas recibieron un golpe demoledor en las elecciones legislativas de mitad de mandato: por primera vez en cuarenta años, los republicanos se hicieron con el control de ambas cámaras del Congreso. 

Clinton, un pragmático si los ha habido, supo que debía cambiar de rumbo. El moderado demócrata de Arkansas recurrió a su asesor de confianza Dick Morris, un cerebro político que más tarde se convertiría en estratega republicano. 

Morris ayudó a diseñar la estrategia de “triangulación” de la administración, que consistía en encontrar un terreno centrista y popular entre las políticas republicanas agresivas de recorte drástico y las impopulares políticas demócratas de gran intervención estatal.

Clinton giró hacia el centro con un éxito asombroso. Firmó cerca de trescientos acuerdos comerciales (el más destacado, el NAFTA), desreguló la industria de las telecomunicaciones y derogó disposiciones clave de la Ley Glass-Steagall, que habían restringido al sector bancario. 

Alan Greenspan, que ejerció como presidente de la Reserva Federal durante la administración Clinton, elogió a Clinton calificándolo como “el mejor presidente republicano que hemos tenido en mucho tiempo”. Aquello era injusto. En realidad, Clinton fue el miembro más destacado de una nueva generación de “nuevos demócratas” procrecimiento, que rompieron con los viejos compromisos de su partido en materia de impuestos y gasto. 

Endureció los requisitos del sistema de bienestar (alardeando de forma célebre de haber “acabado con el Estado del bienestar tal como lo conocíamos”), pero también creía firmemente que una intervención gubernamental inteligente y limitada podía ayudar a que los mercados funcionaran mejor. 

Todo ello se hizo al servicio de una red de protección social mejor y más eficaz y de la ampliación de las oportunidades para los menos favorecidos del país. Los estadounidenses más pobres vieron mejorar notablemente su situación durante los años de Clinton.

En Europa, lo que se denominó neoliberalismo estaba en ascenso. Margaret Thatcher —el alma gemela política de Reagan en el Reino Unido— defendió la desregulación y la privatización. Al otro lado del canal de la Mancha, el movimiento para privatizar industrias nacionales ganó adeptos entre dirigentes tan poco previsibles como François Mitterrand, presidente socialista de Francia. 

La izquierda europea no tenía una receta para responder a la popularidad de la economía de libre mercado. En su lugar, siguió el camino abierto por los nuevos demócratas de Clinton, y fue generosamente recompensada. 

En 1994, el Partido Laborista británico había perdido cuatro elecciones consecutivas. Cuando Tony Blair fue elegido líder ese mismo año, rebautizó al viejo partido de los trabajadores como “New Labour”. 

Bajo Blair, el Nuevo Laborismo adoptó una “tercera vía” centrista entre capitalismo y socialismo que, en la práctica, asumía el consenso en torno a la desregulación y la privatización. 

Preguntada por su mayor logro político, se dice que Thatcher respondió: “Tony Blair”. Blair y Clinton, ambos elocuentes y carismáticos, obtuvieron victorias electorales arrolladoras en gran medida al apropiarse de las políticas económicas de sus adversarios conservadores. Con los principales partidos convergiendo en lo económico, el principal campo de batalla político tendría que situarse en otro lugar.



El centro no se sostiene

En Europa, los populistas respondieron canalizando una extendida sensación de pérdida de autonomía sentida en todo el continente. En el plano económico, el consenso de Washington en torno a las reformas neoliberales aisló al capitalismo global de las demandas democráticas y creó la impresión de una élite globalista insensible. 

En el plano político, la transferencia de poder estatal a una burocracia europea sin rostro hizo que muchos europeos sintieran que habían perdido capacidad de decisión. 

En el plano cultural, la migración masiva hizo que europeos blancos se sintieran extranjeros en su propia tierra, una tendencia que no haría sino intensificarse en las décadas siguientes. 

Estos desarrollos se reforzaron mutuamente, alimentando la desorientación y avivando las llamas de la guerra cultural que los populistas de derechas se empeñaron en atizar.

La reacción contra la inmigración no era nueva en Europa: una corriente subterránea de resentimiento llevaba mucho tiempo bullendo bajo la superficie de la política respetable. 

Tras la Segunda Guerra Mundial, por ejemplo, Alemania Occidental reclutó activamente “trabajadores invitados” procedentes del sur y del sureste de Europa, en particular de Turquía. Para 1973, en torno al 10% de la población activa alemana había nacido en el extranjero, y los alemanes nativos empezaban a refunfuñar. 

El Reino Unido también vio aumentar el número de inmigrantes procedentes de sus antiguas colonias. El descontento británico se volvió rápidamente tóxico. “Es como ver a una nación afanarse en amontonar su propia pira funeraria”, gruñó el político conservador Enoch Powell en su infame discurso de los “Ríos de sangre” de 1968. 

Aunque Powell fue destituido de su cargo ministerial por esos comentarios, las encuestas de la época sugerían que el 61% de los británicos creía que la inmigración perjudicaba al país, mientras que solo un 16% pensaba que lo beneficiaba.

Sin embargo, no fue hasta después de 1990 cuando la reacción contra la inmigración pasó verdaderamente a primer plano. Cuando el Muro de Berlín cayó en 1989, se abrieron las puertas a inmigrantes de todo el continente. Durante las guerras yugoslavas de los años noventa, refugiados de los Balcanes huyeron hacia el resto de Europa. En 1995, el Acuerdo de Schengen abolió de facto las fronteras entre la mayoría de los Estados miembros de la Unión Europea. 

Las opiniones públicas tomaron nota del aumento de la inmigración: en la década posterior a 1989, el porcentaje de alemanes que consideraban el asilo y la inmigración como su principal preocupación pasó del 10% al 70%.

La sensación inminente de pérdida de identidad se vio agravada por la disposición de los gobiernos nacionales a ceder poder a la Unión Europea. Según muchos indicadores, la UE fue un gran éxito, al aportar un crecimiento y una estabilidad económica sin precedentes a amplias zonas de Europa. Pero en el plano emocional, la Unión siempre tuvo dificultades para salvar la distancia entre su burocracia estéril de Bruselas y las pasiones de las opiniones públicas europeas. 

Desde el principio, los europeos se mostraron poco entusiastas ante la idea de renunciar a la soberanía nacional. En 2003, un estudio reveló que el 89% de las élites nacionales —políticos electos, altos funcionarios, líderes mediáticos y otros— pensaban que su país se había beneficiado de pertenecer a la UE, frente a solo el 52% del conjunto de la población.

Muchos ciudadanos sintieron que perdían el control sobre sus propios asuntos, una sensación intensificada por el auge del comercio global, las nuevas estructuras de autoridad política y la inmigración masiva. Los partidos populistas de toda Europa capitalizaron con facilidad este malestar. 

Silvio Berlusconi se convirtió en primer ministro italiano en 1994 y de nuevo en 2001, apoyado por el partido antiinmigración Lega Nord, cuyo líder se convirtió en ministro de su gobierno y llegó a pedir que la marina utilizara cañones para hundir las embarcaciones que transportaban inmigrantes ilegales. 

En las elecciones presidenciales francesas de 2002, el Frente Nacional de extrema derecha conmocionó al mundo al quedar en segundo lugar.

Durante décadas después de la Segunda Guerra Mundial, el centro europeo se había mantenido cohesionado. El centro-derecha y el centro-izquierda estaban unidos en su apoyo a la integración europea y al aumento de la inmigración, aunque discrepaban en las políticas económicas. Pero a medida que la integración y la inmigración se aceleraron, ese consenso se deshizo. La histórica división izquierda-derecha estaba siendo reemplazada por una nueva fractura entre políticas abiertas y cerradas en cuestiones como el comercio o la inmigración. 

Del mismo modo que el proteccionismo resurgió en la era de la globalización y el neoludismo apareció en un momento de profundos cambios tecnológicos, el nacionalismo populista obtuvo fuerza de la revolución identitaria al capitalizar un nuevo clima de inquietud. 

A medida que este populismo se infiltró en la corriente política dominante, las alineaciones tradicionales de clase se desmoronaron. En 1999, por ejemplo, el Partido de la Libertad de extrema derecha de Austria había conquistado a la mayoría de los trabajadores manuales del país. 

En toda Europa occidental, la cuota media de voto obtenida por los partidos políticos tradicionales descendió, pasando de casi el 80% en los años setenta a menos del 60% en la década de 2010.



El punto de inflexión de Europa

A mediados de la década de 2010, Europa, al igual que Estados Unidos, había alcanzado un punto de inflexión. En 2015, Europa registró más de un millón de migrantes irregulares —personas que llegaron por vías ilegales—, el doble que en los cinco años anteriores combinados. La mayoría procedía del gran Oriente Próximo, muchos de ellos huyendo del ISIS en el Irak y la Siria devastados por la guerra. 

Un niño sirio llamado Alan Kurdi se convirtió en símbolo de la difícil situación de estos refugiados desesperados después de que su familia intentara la peligrosa travesía del Mediterráneo y su cuerpo sin vida apareciera en una playa de Turquía. 

Europa pareció estar a la altura del reto de acoger a tantos migrantes. “¡Podemos hacerlo!”, dijo la canciller alemana Angela Merkel, reflejando el espíritu del momento. Alemania acogió en 2015 a la asombrosa cifra de 2,14 millones de migrantes, un máximo histórico.

Pero a medida que el número de solicitantes de asilo seguía aumentando, la efusión inicial de apoyo quedó rápidamente ahogada por las voces de oposición. Pronto, los populistas de derecha empezaron a cosechar grandes éxitos en todo el continente. 

Alemania no había tenido un partido de extrema derecha en su Parlamento desde 1945, pero muchos alemanes rechazaron el enfoque acogedor de Merkel. En 2017, Alternativa para Alemania (AfD) se convirtió de repente en el tercer partido del Bundestag. 

Más al norte, los Demócratas de Suecia —una escisión del movimiento neofascista del país— también experimentaron un fuerte ascenso. Jimmie Åkesson, que había calificado al islam como “nuestra mayor amenaza extranjera desde la Segunda Guerra Mundial”, condujo a los Demócratas de Suecia, un partido populista de derecha, a su mejor resultado hasta la fecha en las elecciones de 2018, al obtener más del 17% de los votos. 

En el Reino Unido, el Partido de la Independencia del Reino Unido (UKIP) también alimentaba los temores a una migración descontrolada. En las elecciones parlamentarias británicas de 2015, obtuvo el tercer mayor número de votos. Al año siguiente, su razón de ser se hizo realidad cuando el país aprobó en referéndum la salida de la Unión Europea.

Los populistas de derecha europeos situaron la inmigración como su principal cuestión divisoria. De hecho, desde Marine Le Pen en Francia hasta Geert Wilders en los Países Bajos, muchos populistas adoptaron posiciones de izquierda en algunos asuntos sociales, enmarcando sus creencias como parte de una oposición más amplia a la inmigración musulmana. “La libertad que deberían tener las personas homosexuales —besarse, casarse, tener hijos— es exactamente aquello contra lo que lucha el islam”, declaró Wilders a los votantes neerlandeses en 2016. 

En lugar de atacar el matrimonio igualitario o el derecho al aborto, y arriesgarse a alienar a una corriente principal socialmente liberal, los populistas europeos bebieron de un pozo aún más profundo de ansiedad cultural.

La derecha advirtió que los barrios con grandes poblaciones musulmanas, desde las banlieues de París hasta el suburbio de Molenbeek en Bruselas, se habían convertido en semilleros del fundamentalismo islámico. En 2015, el novelista francés y polemista Michel Houellebecq publicó Sumisión, una novela que describía una Francia distópica inundada de inmigrantes y sometida a la ley islámica. Estos temores ya se habían apoderado de Europa incluso antes de que estallara la crisis migratoria. En 2009, los suizos votaron a favor de prohibir la construcción de minaretes, y al menos siete países europeos han prohibido el uso del burka en espacios públicos.



Desintegración

Donald Trump se habría sentido como en casa entre los populistas europeos. Pero en Estados Unidos, con su arraigado sistema bipartidista, resulta casi imposible lanzar con éxito un tercer partido. Así que Trump hizo algo aún mejor que sus homólogos europeos: se hizo con el control de uno de los dos grandes partidos y lo utilizó para llegar al cargo más alto del país.

El giro populista del Partido Republicano surgió de un dilema al que la formación se enfrentó en la década de 1990. Al inicio de la presidencia de Bill Clinton, cuando este impulsó algunas políticas típicamente demócratas —subir impuestos y promover la sanidad universal—, la estrategia estaba clara. 

Newt Gingrich centró su ofensiva en cuestiones económicas con su “Contrato con América”, una agenda legislativa con la que los republicanos concurrieron a las elecciones de mitad de mandato de 1994. 

Defendía el equilibrio presupuestario, recortes fiscales y la reforma del sistema de bienestar, y denunciaba a los “Nuevos Demócratas” de Clinton como los mismos demócratas derrochadores de antaño. 

El resultado fue una de las mayores victorias electorales republicanas de la historia, con Gingrich convertido en presidente de la Cámara de Representantes.

Pero cuando un Clinton escarmentado respondió girando hacia el centro económico, Gingrich también tuvo que girar. ¿Cómo iba ahora la derecha a diferenciarse? Para contrarrestar la fórmula ganadora de pragmatismo centrista de Clinton, los republicanos inauguraron una nueva fase de la guerra cultural. 

En 1996, Gingrich promovió la Defense of Marriage Act, que definía estrictamente el matrimonio como la unión entre un hombre y una mujer. Cuanto más se desplazaba la izquierda hacia el centro en materia económica, más a la derecha se movían los conservadores en lo cultural, denunciando a homosexuales, feministas y liberales como enemigos de la “América real”. 

En un memorando de 1994 dirigido a sus correligionarios, Gingrich ofreció una lista de palabras que debían usarse para describir al otro partido: “traicionar, extraño, decadencia, destruir, devorar, codicia, mentir, patético, radical, egoísta, vergüenza, enfermizo, robar y traidores”. 

Gingrich se volcó entonces en esta estrategia de tierra quemada, empleando tácticas que anticipaban el camino del Partido Republicano hacia el extremismo: en la lucha contra los liberales traicioneros, no podía haber armas prohibidas. Había que recurrir a medios radicales para fines conservadores, explotando y exacerbando la desconfianza de Estados Unidos hacia sus élites.

En el relato de Gingrich, Clinton no era un demócrata moderado, sino un liberal extremo, un elitista de moral laxa y desconectado de los estadounidenses corrientes. Gingrich pasó buena parte de su tiempo en la tribuna reprendiéndolo por sus transgresiones extramatrimoniales, pese a que él mismo mantenía una relación extramarital al mismo tiempo. 

Había comenzado la era de la hiperpolarización. Gingrich introdujo en el Congreso a una generación de conservadores radicales y provocó dos cierres del gobierno.

Pero Gingrich fue demasiado lejos, y su estilo incendiario acabó alienando a muchos estadounidenses. El impeachment del presidente Clinton fue impopular. Los votantes castigaron a los republicanos en las elecciones de mitad de mandato de 1998, lo que llevó a la dimisión de Gingrich. Clinton dejó el cargo con el índice de aprobación final más alto de cualquier presidente desde que existen sondeos. 

Cuando George W. Bush llegó a la Casa Blanca, su “conservadurismo compasivo” supuso una ruptura consciente con el radicalismo y la acritud de la era Gingrich. El principal logro interno de Bush fue una política económica típicamente republicana: recortes de impuestos. Bush, que había obtenido alrededor del 44% del voto latino en 2004, incluso impulsó un proyecto de ley migratoria tan moderado que no logró reunir suficiente apoyo republicano para aprobarlo.

Hizo falta un colapso económico y la elección de un presidente negro con el segundo nombre Hussein para que los republicanos populistas resurgieran. La crisis financiera de 2008 hizo algo más que empañar la dinastía Bush: como hemos visto, erosionó la fe residual de la población en las élites estadounidenses en su conjunto. 

Apenas un mes después de la investidura de Barack Obama, Rick Santelli, de CNBC, lanzó una airada diatriba contra el plan presidencial de alivio de ejecuciones hipotecarias desde el parqué del Chicago Mercantile Exchange. “¡Esto es Estados Unidos!”, bramó Santelli. Cuando propuso espontáneamente organizar “un Tea Party en Chicago en julio”, difícilmente podía haber previsto la entusiasta acogida que recibiría entre los conservadores de todo el país.

Aunque el Tea Party se formó inicialmente en oposición a los rescates “socialistas” de Obama, esta coalición laxa de base no siguió un conservadurismo fiscal estricto. 

En una encuesta de 2012, el 89% de los simpatizantes del Tea Party afirmó que Obama había ampliado en exceso el papel del gobierno, pero el 62% expresó en realidad su apoyo a la Seguridad Social y a Medicare. 

En un encuentro público en Carolina del Sur, un jubilado furioso espetó a un representante republicano: “¡Mantenga las manos del gobierno fuera de mi Medicare!”.

A lo largo de la presidencia de Obama, el resentimiento racial fue un factor ineludible que proyectó su sombra sobre la opinión política. Abundaron las teorías conspirativas racistas. Donald Trump alimentó de forma notoria la sospecha de que Obama había nacido en Kenia y, antes de que este publicara finalmente su certificado de nacimiento, más del 40% de los republicanos creía que había nacido en el extranjero (y muchos siguieron creyéndolo después). 

Ya avanzada su presidencia, el 43% de los republicanos seguía convencido de que Obama era musulmán en secreto. Trump, tanto como candidato como ya en la presidencia, se apoyó en el animus racial y la xenofobia, arrastrando consigo al partido. 

El conservadurismo fiscal y las reformas de libre mercado quedaron fuera; los aranceles, las prohibiciones de entrada a musulmanes y los muros fronterizos pasaron a ocupar el centro.

La propia evolución de Trump encarna en cierto modo el recorrido ideológico del Partido Republicano alejándose del reaganismo. En 1987, el magnate inmobiliario pedía reducir el déficit, promover la paz en Centroamérica y apoyar negociaciones de desarme nuclear con la Unión Soviética (aunque ya entonces mostraba una obsesión poco habitual por hacer que países como Japón y Arabia Saudí pagaran a Estados Unidos por su protección). A diferencia de otros republicanos, Trump afirmó en 1999 que apoyaba la sanidad universal y un impuesto sobre la riqueza. 

Pero lo que lo catapultó al primer plano político fueron sus afirmaciones infundadas sobre el certificado de nacimiento de Obama. Y lo que lo llevó a la Casa Blanca fue una advertencia sombría sobre las amenazas gemelas de la inmigración y la globalización. Siempre maestro del marketing, probó y ensayó todo tipo de posiciones políticas, descartando las que no funcionaban y conservando las que sí.

En muchos sentidos, el ascenso de Trump al poder, más que una toma hostil, fue el producto de décadas de introspección del Partido Republicano. La fórmula de Reagan —libres mercados y expansión de la democracia— estaba muerta. El camino trazado por populistas desde Pat Buchanan hasta Newt Gingrich había conducido al partido hasta Donald Trump.

La posición del GOP en materia de inmigración y comercio llevaba tiempo desalineada con la de su electorado. En 2013, la base republicana se rebeló contra un proyecto de reforma migratoria presentado por el llamado “Grupo de los Ocho”, una coalición bipartidista de senadores que incluía a Marco Rubio y Lindsey Graham, ambos futuros conversos al trumpismo. 

En 2016, el electorado republicano estaba preparado para algo distinto. Cuando Trump descendió por la escalera mecánica dorada de la Trump Tower para anunciar su candidatura presidencial, muchos conservadores del establishment quedaron horrorizados, pero muchos más conservadores de clase trabajadora se entusiasmaron al ver que, por fin, alguien plantaba cara a los cambios sociales que los habían enfurecido durante décadas. Fronteras fuertes, ley y orden, y una guerra contra la “corrección política”: todo eso gozaba de amplio apoyo entre el electorado republicano. 

Trump fue la culminación, no la causa, de la revolución de la política identitaria que había barrido las democracias occidentales.

En las cuestiones culturales, Estados Unidos está hoy más dividido que otros grandes países occidentales. Si se dividiera el país en dos —uno azul y otro rojo—, la parte azul se parecería mucho a los refugios de secularismo y socialdemocracia del norte de Europa, mientras que la roja tendría más en común con sociedades religiosas conservadoras como Polonia o Turquía. 

En una encuesta del Pew Research Center de 2020, el 65% de los estadounidenses de derechas pensaba que el país estaría “mejor en el futuro si se mantiene fiel a sus tradiciones y a su forma de vida”, frente a solo el 6% de la izquierda. 

Esta brecha de 59 puntos porcentuales contrasta con una diferencia de 19 puntos en Francia, donde la izquierda sigue valorando más la tradición. 

En una encuesta de 2018, el 71% de los conservadores estadounidenses creía que la religión debería desempeñar un papel mayor en la sociedad, frente a solo el 29% de los liberales. Esa brecha es 17 puntos más amplia que la de Polonia, otro país profundamente polarizado que ha librado sus propias batallas en torno al aborto y los derechos LGBTQ.

La polarización cultural casi invariablemente trae consigo polarización política. Cuando Trump se aseguró la nominación republicana en 2016, logró una hazaña auténticamente sorprendente. Lo que siguió en noviembre fue, en cierto modo, menos inesperado. Quienes habían votado republicano en el pasado optaron de forma abrumadora por Trump en 2016 (y de nuevo en 2020), aunque se trataba de un candidato muy distinto del abanderado típico del GOP. 

Las afiliaciones partidistas se han vuelto tan profundamente arraigadas, tan estrechamente entrelazadas con identidades personales muy sentidas, que cambiar de partido equivale hoy a abandonar la tribu propia. 

Los partidarios pueden despotricar afirmando que el partido contrario es inmune a la razón, por muchos escándalos que se acumulen o por muy bajo que caiga su líder. Pero ¿es de extrañar que la gente prefiera apartar la mirada de la realidad antes que repudiar su propio sentido de pertenencia grupal?

Así, resulta menos sorprendente que tanto las élites republicanas como los votantes que inicialmente se opusieron a Trump cerraran filas con tanta rapidez una vez que aseguró la nominación. 

Entre los republicanos, sus índices de aprobación a lo largo de la presidencia nunca cayeron por debajo del 77%. Una sólida mayoría de republicanos cree, con firmeza o al menos en parte, la mentira del expresidente según la cual las elecciones de 2020 fueron robadas. 

Durante siglos, se libraron guerras por divisiones religiosas, pero hoy partidarios de ambos lados del espectro político dicen a los encuestadores que se sentirían más decepcionados si su hijo se casara con alguien de otro partido político que con alguien de otra religión. La política consiste ahora en apoyar a tu equipo y afirmar tu identidad tribal, pase lo que pase.



Las guerras de la inmigración

En las elecciones presidenciales de 2016, el caldero burbujeante de cambio social y demográfico que siguió a sucesivas oleadas de inmigración acabó por desbordarse. 

Los blancos mayores de clase trabajadora percibieron una amenaza existencial a su estatus. El porcentaje de la población estadounidense nacida en el extranjero, que había tocado fondo en el 4,7% en 1970, casi se había triplicado hasta superar el 13%. 

En las elecciones legislativas de 1970, un abrumador 92% de los votantes había sido blanco. Cuando Trump lanzó su candidatura, los blancos representaban ya solo el 74% del electorado. 

Mientras tanto, muchos de los seguidores más entusiastas de Trump declaraban sentirse como extranjeros en su propio país. Así, a medida que el país se volvía más diverso, los conservadores estadounidenses buscaron un retorno a un mundo que había quedado atrás.

Como en 1968, la edad fue un gran factor de división entre izquierda y derecha en 2016. A los estadounidenses de más edad les costaba asimilar tendencias como el matrimonio igualitario y la diversidad étnica. 

La victoria de Barack Obama en 2008 encarnó esta brecha generacional: para los jóvenes, su elección parecía el desenlace natural de una lucha prolongada por la igualdad racial; para los mayores, la elección de un presidente negro con un nombre poco familiar supuso una ruptura radical con el mundo de su juventud. 

Si se comparan los votantes que apoyaron tanto a Obama como a Hillary Clinton con aquellos que apoyaron a Obama y luego se pasaron a Trump, hay una cuestión en la que ambos grupos divergen más que en ninguna otra: la inmigración. 

Como en Europa, el respaldo a un populista de derechas en Estados Unidos formó parte de una reacción contra cambios demográficos que estaban, de manera literal, cambiando el rostro de la nación. La revuelta populista que ha sacudido al mundo occidental en los últimos años tiene que ver con algo más que el desplazamiento económico.

La inmigración puede funcionar como un sustituto de todo tipo de transformaciones asociadas a la globalización y a la modernización en general. La globalización de bienes y servicios es difícil de ver. Pero la inmigración a gran escala conlleva cambios visibles y viscerales: de pronto, las personas a tu alrededor empiezan a tener otro aspecto, a hablar otros idiomas, a acudir a otros lugares de culto. 

El sentimiento antiinmigración puede tener cierta base en el interés económico propio. Pero quienes se oponen con mayor vehemencia a la inmigración rara vez compiten directamente con los inmigrantes por los empleos. Más bien creen de verdad que su país y su cultura están amenazados y quieren proteger una forma de vida que valoran. 

Esos temores se convierten entonces en el caldo de cultivo de paranoias y teorías conspirativas sobre el “Gran Reemplazo”, difundidas por figuras como Tucker Carlson y otros demagogos. Mantener a los inmigrantes fuera se convierte en un símbolo de frenar todo tipo de cambios inquietantes.



La muerte de Dios

Otra tendencia que inquieta a los conservadores estadounidenses, más allá de la transformación demográfica, es la secularización. 

El norte y el oeste de Europa se secularizaron rápidamente tras la Segunda Guerra Mundial. Estados Unidos también se volvió menos religioso, aunque en menor medida. Pero en las últimas décadas las cosas han cambiado con rapidez. Mientras que la proporción de personas sin afiliación religiosa se mantuvo estable entre 1972 y 1991, pasó del 6% en 1991 al 23% en 2018. 

Entre 2007 y 2020, Estados Unidos registró la mayor caída de religiosidad de los cuarenta y nueve países encuestados. En 1982, el 52% de los estadounidenses afirmaba que Dios desempeñaba un papel muy importante en su vida; cuando Trump llegó a la presidencia, solo el 23% pensaba lo mismo. 

Incluso en Estados Unidos, la declaración de Nietzsche parece haberse hecho realidad, solo que un poco más tarde que en el resto de Occidente: “Dios ha muerto, y nosotros lo hemos matado”.

La reciente secularización de Estados Unidos se ha visto alimentada por su polarización política y, a su vez, la ha reforzado. 

En la década de 1980, como hemos visto, la derecha cristiana quedó firmemente imbricada en el Partido Republicano. Las posteriores oleadas de polarización política en las décadas de 1990 y 2010 hicieron colapsar categorías de identidad que antes eran distintas. 

La afiliación partidista pasó a alinearse estrechamente con la ideología, la raza y la fe. Polarización y secularización se reforzaron mutuamente. La politización del cristianismo en la derecha llevó a los estadounidenses seculares no solo a votar a la izquierda, sino también a abandonar la religión. 

La asistencia a la iglesia entre los demócratas descendió de forma significativa cuando el matrimonio igualitario y el aborto ocuparon el centro de la agenda política. 

Al mismo tiempo, los cristianos en su conjunto se volvieron más republicanos, al tratar de proteger su país de una izquierda cada vez más descreída.

Como resultado, la secularización ha dividido aún más a los estadounidenses. Ante la cuestión de si ser cristiano es un aspecto importante de la condición de ciudadano, existe una brecha de 23 puntos porcentuales entre la izquierda y la derecha, frente a solo 7 puntos en el Reino Unido, donde la religión desempeña un papel mucho menor en la vida pública. 

En 2009, los evangélicos blancos en Estados Unidos tenían el doble de probabilidades de ser republicanos que demócratas; diez años después, esa proporción era casi cuatro veces mayor. 

La rápida secularización ha añadido combustible al fuego de las guerras culturales en curso. No solo ha galvanizado a la derecha cristiana; la izquierda secular ha tenido dificultades para sustituir la religión por una fuente alternativa de sentido y ha redirigido su fervor hacia la política. 

La gran fortaleza del liberalismo a lo largo de la historia ha sido liberar a las personas de constricciones arbitrarias. Su gran debilidad ha sido la incapacidad para llenar el vacío cuando las viejas estructuras se derrumban.



¿Un gran “despertar”?

Todos estos cambios, considerados en conjunto, hacen que muchos conservadores se sientan como extranjeros en su propia tierra. Esta alienación se ve agravada por el constante desplazamiento de los límites en las guerras culturales. 

Aunque los comentaristas se apresuran a señalar que la derecha estadounidense se ha radicalizado en su retórica y en su estrategia, los datos sugieren que son los demócratas quienes más han cambiado de opinión. 

En 1994, solo el 32% de los demócratas y el 30% de los republicanos creían que la inmigración fortalecía al país. En 2017, el porcentaje de republicanos que pensaban lo mismo había aumentado ligeramente, mientras que la proporción de demócratas favorables a la inmigración se había disparado hasta el 84%.

Esta tendencia se extiende a muchas de las cuestiones más espinosas de las guerras culturales estadounidenses. En conjunto, el país se ha vuelto mucho más tolerante en los últimos veinticinco años: la aprobación del matrimonio interracial, por ejemplo, pasó del 64% al 94%.

Pero en algunas cuestiones sociales, sectores de la izquierda han ido por delante del resto del país. Los demócratas blancos tienden a sostener opiniones sobre raza y racismo que se sitúan sistemáticamente a la izquierda incluso del votante negro medio, en un fenómeno que el periodista Matt Yglesias ha denominado el “Gran Despertar”.

Los jóvenes demócratas son progresistas hasta el extremo. Desde 2010, las encuestas de Gallup han registrado de forma constante que alrededor de la mitad de los jóvenes estadounidenses expresa una opinión favorable sobre el socialismo. 

En una encuesta de 2020, el 64% de los estudiantes universitarios respaldaba el movimiento para retirar financiación a la policía, una posición compartida por solo el 34% del conjunto de los estadounidenses. 

Las universidades de todo el país han asistido a un regreso del activismo en los campus que recuerda parte del radicalismo de la década de 1960, con estudiantes que acallan a conferenciantes, ocupan edificios y organizan protestas contra lo que perciben como racismo y discriminación.

Ante lo que consideran un extremismo cultural de la izquierda contemporánea, los republicanos han recurrido al radicalismo político como último recurso para ganar elecciones a cualquier precio, con el fin de frenar lo que ven como un mayor declive cultural. 

La trágica asimetría de la vida estadounidense contemporánea es la siguiente: la derecha suele rendir por encima de su peso en la política, pero anhela el poder cultural. La izquierda domina la cultura, pero suspira constantemente por el poder político. Le irrita lo que percibe como ventajas estructurales de los republicanos: el sesgo rural del Senado y del Colegio Electoral, la manipulación de distritos en la Cámara de Representantes, un Tribunal Supremo de mayoría conservadora y otros rasgos antimayoritarios del sistema constitucional estadounidense. Trata de utilizar su poder cultural para moldear la política, una empresa peligrosa y a menudo iliberal. La derecha, por su parte, observa las ventajas estructurales de la izquierda en los medios de comunicación, las universidades, Hollywood e incluso las grandes corporaciones, y las ve como manantiales de una nueva y radical ideología progresista.

Con un poder político desproporcionado pese a su menguante peso demográfico, los blancos y los cristianos practicantes sienten que la guerra cultural —el wokismo, la cultura de la cancelación, la secularización, el declive del patriotismo tradicional, la creciente aceptación de sexualidades alternativas— constituye una crisis existencial. 

Los avances de Trump entre votantes negros, latinos y asiáticos en 2020 indicaron que la base conservadora puede no estar reduciéndose en realidad; el conservadurismo social, los impuestos bajos y la hostilidad hacia el “socialismo” y contra la cultura woke tienen un atractivo amplio. 

Pero que los conservadores estén o no disminuyendo en número es, en el fondo, secundario. El dominio cultural de la izquierda hace que los republicanos sientan que están bajo ataque y que deben contraatacar.

La identidad personal se ha convertido cada vez más en el campo de batalla en el que se libran las políticas polarizadas del siglo XXI, no solo en Occidente, sino en todo el mundo. Y ahora ese campo de batalla cultural se ha fusionado con campos de batalla reales. 

Estos mismos vientos huracanados de la modernización produjeron en el mundo árabe una violenta reacción islámica. Muchas partes de Oriente Próximo habían permanecido políticamente estancadas —con escasos avances en los ámbitos político, civil o social— y, cuando la economía, la globalización y la tecnología penetraron en esas sociedades, esta modernización fallida provocó una respuesta virulenta en forma de religión politizada. 

Si el problema era una modernización fallida de estilo occidental, la solución de los fundamentalistas musulmanes fue el islam. Al igual que otras reacciones sociales en distintas partes del mundo, en el mundo islámico ha adoptado un carácter marcadamente antifeminista, incluso contrario a las mujeres.

Para los conservadores rusos, Moscú siempre ha sido la “tercera Roma”. Tras la caída de las capitales del cristianismo en Occidente (Roma) y en Oriente (Bizancio), la Iglesia ortodoxa rusa se consideró a sí misma la guardiana del verdadero cristianismo. 

El sueño reaccionario de Vladímir Putin de un nuevo imperio ruso está ligado a esta imagen de sí mismo como último defensor de la moral cristiana frente a un Occidente decadente, secular y favorable a los derechos de los homosexuales. 

Dos semanas después de la invasión rusa de Ucrania, el patriarca Kirill I, jefe de la Iglesia ortodoxa rusa, invocó de forma extravagante los desfiles del Orgullo como parte de la justificación de la guerra en Ucrania. 

Unas semanas más tarde, Putin se quejaba de que Occidente estaba intentando “cancelar” la cultura rusa del mismo modo que se había cancelado a la autora de Harry Potter, J. K. Rowling, por sus opiniones sobre las personas transgénero.

En China, de manera similar, la ideología de Xi Jinping, aunque oficialmente comunista, se identifica cada vez más con agravios culturales de derechas. El gobierno chino se ha posicionado contra el feminismo, la cultura LGBTQ y las reivindicaciones de minorías raciales y étnicas, en favor del varón proveedor y de la mayoría han. Se ha advertido a los presentadores de televisión masculinos que no se vistan, hablen ni actúen de forma “afeminada”. 

Algunos observadores de China han ironizado diciendo que el país está viviendo de nuevo los años cincuenta de Estados Unidos: construcción acelerada de autopistas, consumo de tabaco omnipresente, sexismo en el lugar de trabajo y desmesura geopolítica.

Moscú y Pekín consideran que deben defender su cultura reprimiendo el liberalismo en el ámbito interno y reforzando sus aparatos militares para proyectar poder en el exterior, lo que contribuirá a debilitar las fuerzas del liberalismo global lideradas por Estados Unidos. 

Este contrapeso cultural frente a Occidente es solo una parte de una revolución en la geopolítica, una que ha generado el entorno internacional más peligroso e imprevisible desde la Guerra Fría.






* Sobre el autor:
Fareed Zakaria (1964) es un analista político, ensayista y presentador estadounidense de origen indio, especializado en relaciones internacionales, política comparada y geopolítica. Doctor en Ciencias Políticas por Harvard, ha sido director de Newsweek International, editor de Foreign Affairs y columnista de The Washington Post. Conduce el programa Fareed Zakaria GPS en CNN desde 2008. Es autor de varios libros influyentes, entre ellos The Future of Freedom (2003), The Post-American World(2008) y Ten Lessons for a Post-Pandemic World (2020).


* Fuente: “Revenge of the Tribes. Identity”, capítulo del libro Age of Revolutions. Progress and Backlash from 1600 to the Present (W. W. Norton & Company, Inc., 2024), de Fareed Zakaria.