El gran riesgo del poder indeciso

Si los aviones de Israel bombardearan el viernes a mediodía —durante el culto— las mezquitas de Irán y redujeran a polvo ese vivero de ayatolás que es la ciudad de Qom, se levantaría un clamor universal de condena al Estado sionista por crímenes de lesa humanidad. Sin embargo, en esta guerra —que debe leerse correctamente, aunque casi nadie se atreva a hacerlo, como un choque de civilizaciones— el islamismo chiita es la médula del despotismo iraní y, por consiguiente, un objetivo bélico legítimo, como podrían serlo las casas del Partido Nazi en la Alemania hitleriana.

Este conflicto de relativa baja intensidad, al menos hasta ahora, Estados Unidos —a partir de la incultura histórica de sus dirigentes y, en particular, del presidente Donald Trump— se empeña en juzgarlo como un simple enfrentamiento entre estados por el enriquecimiento del uranio, el creciente belicismo regional de la nación persa y las oscilaciones del mercado petrolero. Esa simplificación le hace decir al líder estadounidense que la campaña bélica podría durar dos o tres semanas más e incluso terminar sin que los iraníes hayan desbloqueado el estrecho de Ormuz.

No darse cuenta de que, lejos de ser una suerte de escaramuza puntual, se trata de una contienda a escala global entre el bien y el mal, entre las fuerzas de la luz y las tinieblas, y de que esta podría ser la última oportunidad de destruir el régimen iraní y reordenar el mundo en beneficio de Occidente, es de una incomprensible ceguera que revela —para asombro de muchos— la inmediatez y cortedad de miras de la nación más poderosa de la historia.

Estados Unidos emergió de la Segunda Guerra Mundial con una indisputable hegemonía: incontrastable pujanza industrial, infraestructura intacta y posesión única del arma más potente que hubiera conocido el mundo. Ese era el momento de haber destruido al imperialismo soviético y luego, en la subsecuente guerra de Corea (si esta hubiera llegado a tener lugar) haber liquidado también a la recién nacida —y aún débil— China de Mao Zedong, tal como quería el general Douglas MacArthur: idea brillante que le ganó el fin de su carrera.

Las próximas décadas estarán marcadas por sucesivas debilidades: el permitir que Cuba se convirtiera, a sus mismas puertas, en un satélite de la URSS; el librar despaciosamente una guerra de desgaste en Vietnam; el haber tolerado el triunfo de la revolución islámica en Irán cuando —con la toma de la embajada estadounidense en Teherán y el secuestro de su personal— había causa de sobra para haber destruido esa revolución en el primer minuto. 

Otras oportunidades de ejercer un benéfico poder hegemónico en el mundo se fueron perdiendo, no por exceso, sino por defecto, como las campañas de Afganistán e Irak.

Henos de nuevo en una grave crisis mundial que Estados Unidos podría aprovechar para empeñarse a fondo en reconfigurar la geopolítica del mundo. Aún cuenta con el aparato militar más poderoso, pero, a la vez, con un liderazgo incompetente y miope. Esta contradicción, que tiene ya larga trayectoria, ha alcanzado un clímax en el momento actual, en que una suerte de niño retrasado de 80 años juega a los soldaditos con el más formidable arsenal que se haya conocido. Las posibilidades de que las cosas salgan mal son muy grandes y ello tendría como secuela el retraimiento significativo de Estados Unidos de la arena internacional, que es por lo que apuestan los enemigos de Occidente.

Muy débil es esta opinión para que alguien, en los círculos de poder estadounidense, la escuche y, mucho menos, la atienda; no obstante, se hace obvio que Estados Unidos está a un paso de afirmar o de ceder su hegemonía con todas las consecuencias —positivas o negativas— que tal paso podría tener. 

A uno no le queda más que suspender el juicio, por no saber si, al final, habremos de aplaudir o lamentar.