¿Logrará la presión de Trump que Cuba termine cediendo?

Por una calle lateral que parte de uno de los grandes bulevares de La Habana, flanqueados por mansiones, Carlos busca algo para almorzar. Sus manos demacradas deshacen el nudo de una bolsa blanca de plástico que yace sobre un montón de basura y sus dedos esparcen el contenido, deshilachando un hueso de pollo en busca de restos de carne. “El Estado no nos da nada”, dice. “Ahora nos estamos buscando la vida por nuestra cuenta”.

Hasta hace poco impensables, escenas de hambre como esta se repiten por toda la Cuba comunista a medida que se agotan los alimentos en las tiendas controladas por el Estado.

Tras capturar el mes pasado al gobernante socialista revolucionario de Venezuela, Nicolás Maduro, en una operación de comandos, la administración Trump intenta poner a Cuba de rodillas obligando a sus pocos aliados restantes a cortar el suministro de combustible.

Las colas de coches serpentean por las calles mientras los conductores esperan horas para llenar el depósito, y las centrales eléctricas alimentadas con petróleo permanecen paradas durante períodos cada vez más largos para conservar el escaso combustible. Las aerolíneas han sido informadas de que ya no hay queroseno para sus aviones y la basura se amontona en las calles porque los camiones de recogida no tienen combustible para retirarla.

Diplomáticos y funcionarios de la ONU en la isla temen la aparición de epidemias y la propagación del hambre. “Los estadounidenses están creando deliberadamente una crisis humanitaria en un país que nunca había tenido una”, afirma un diplomático latinoamericano en La Habana. “Es una guerra librada por otros medios”.




Presionado en el frente interno y cada vez más aislado en el exterior, el presidente cubano Miguel Díaz-Canel ha empezado a ceder terreno y la semana pasada afirmó que estaba dispuesto a entablar conversaciones con Estados Unidos “sin condiciones previas y desde una posición de iguales”.

“Hemos empezado a hablar con Cuba”, dijo el presidente estadounidense Donald Trump el 31 de enero. “No tiene por qué convertirse en una crisis humanitaria. Creo que probablemente vengan a nosotros y quieran llegar a un acuerdo… Seremos generosos”.

Pero ¿podrán los célebres dirigentes comunistas de La Habana, que han gobernado el Estado unipartidista durante 67 años, apaciguar a una administración estadounidense que exige un cambio de régimen antes de que la isla sucumba a la enfermedad o al hambre?



Cuba se ha enfrentado a Washington desde que Fidel Castro y sus revolucionarios derrocaron en 1959 al dictador Fulgencio Batista, respaldado por Estados Unidos, llevando el comunismo a menos de 100 millas de Florida. Pero La Habana llega a este último pulso con Washington más débil que nunca.

El embargo comercial estadounidense, vigente desde 1962, ha lastrado la economía durante décadas, pero muchos de los golpes que ha sufrido Cuba han sido autoinfligidos. En otro tiempo uno de los grandes exportadores mundiales de azúcar, sus cosechas son hoy tan modestas que importa el edulcorante de Brasil.

Algunos errores son recientes. Cuando llegó la Covid-19, La Habana impuso un confinamiento largo y estricto que devastó el turismo, su principal fuente de divisas.

La vecina República Dominicana ha atraído a turistas europeos y estadounidenses con hoteles más modernos y mejor comida. Los dominicanos y otros competidores caribeños han ido desplazando las exportaciones tradicionales de ron y tabaco de Cuba ofreciendo productos superiores sin restricciones estadounidenses.

Los esqueletos de hoteles abandonados se alzan ahora sobre el malecón habanero. Entre ellos está el Riviera, construido por un jefe de la mafia estadounidense poco antes de la revolución. Las esculturas de peces blancos del exterior boquean sobre unas fuentes secas desde hace años, la pintura de la fachada se descascara y la puerta giratoria lleva mucho tiempo cerrada.

Sin dejarse amedrentar por las pérdidas desastrosas durante la pandemia, los responsables de la planificación central cubana apostaron fuerte por una recuperación del turismo. Gaesa, el conglomerado controlado por los militares que gestiona casi la mitad de la economía, gastó cientos de millones de escasos dólares en construir nuevos hoteles de lujo.

“Los funcionarios me dijeron que esperaban entre un millón y dos millones de turistas chinos y rusos después de la pandemia”, afirmó un empresario cubano. “No vinieron. Al año siguiente seguían esperándolos. Para 2024 tuvieron que admitir que no iban a venir”.

El edificio Torre K, de 200 millones de dólares, es emblemático de los nuevos proyectos. El edificio más alto de La Habana, con 42 plantas, se inauguró el año pasado y se yergue sobre el barrio de El Vedado, ofreciendo más de 500 habitaciones de lujo a un mercado prácticamente inexistente.




En un día laborable reciente, nueve empleados uniformados atendían en el vestíbulo a los únicos huéspedes presentes: la tripulación de un vuelo de Iberia. En la planta superior, tres camareros servían ron a un único cliente en un salón vacío.

Los vuelos internacionales al aeropuerto José Martí de La Habana se han ido reduciendo al mismo ritmo que han disminuido los turistas y las reservas de combustible. Una decisión del Gobierno de Trump en 2021 de prohibir el uso del programa de exención de visado ESTA a quienes hayan visitado Cuba devastó el turismo europeo, según los hoteleros. Cerca de la pista principal, los viejos aviones de reacción de la época soviética de Cubana, la aerolínea estatal sometida a sanciones estadounidenses, se cubren de moho.

La otra gran fuente de divisas de Cuba era la exportación de médicos, principalmente a países en desarrollo con gobiernos afines. Aunque La Habana presenta estas misiones médicas como proyectos de solidaridad, según el Departamento de Estado de EE. UU. aportan a Cuba hasta 8.000 millones de dólares anuales en divisas y rivalizaban con el turismo como principal fuente de ingresos externos.

Las organizaciones de derechos humanos han expresado su preocupación por el programa, entre otras cosas por los mecanismos de control político sobre los miles de médicos que participan. El año pasado, la Administración Trump arremetió contra lo que calificó como un «programa de exportación de mano de obra forzada», revocando los visados de los funcionarios implicados en el envío de médicos cubanos. Cada vez son menos los países dispuestos a aceptarlos.

En el pasado, Cuba podía contar con una red de gobiernos extranjeros afines cuando atravesaba dificultades. Pero hoy Moscú está absorta en la guerra de Ucrania y China tiene prioridades mayores. El reciente giro a la derecha en América Latina ha reducido el número de antiguos aliados regionales, y el gobierno de izquierdas de México está más interesado en congraciarse con Trump que en ayudar a La Habana.




Con diferencia, el golpe más duro llegó cuando el ejército estadounidense irrumpió en Caracas el 3 de enero y sacó por la fuerza de su búnker a Nicolás Maduro, el principal benefactor externo de Cuba.

Venezuela había sustituido a la Unión Soviética a comienzos de este siglo como aliado clave de La Habana, primero bajo Hugo Chávez y después bajo su sucesor, Maduro. A cambio del envío de médicos, maestros y asesores de inteligencia cubanos, Caracas suministraba a la isla más de la mitad de su petróleo, concedía préstamos por miles de millones de dólares y financiaba grandes proyectos de infraestructuras.

La captura de Maduro en plena noche fue devastadora: los servicios de contrainteligencia cubanos no lograron detectar a los informantes de la CIA que delataron su paradero, y los estadounidenses mataron a 32 escoltas cubanos que defendían al dirigente venezolano.

Ahora, el antaño reverenciado ejército cubano, que en su apogeo combatió en Angola y Etiopía, parece vulnerable. “En Cuba no son capaces ni de recoger la basura”, dice Joe García, excongresista demócrata por Florida que ha mantenido vínculos con la isla. “¿Cómo van a plantar cara a una superpotencia que está a 90 millas?”



Los cubanos afrontan la última crisis como han sobrellevado tantas otras: resistiendo e improvisando. Décadas de penurias han acostumbrado a la población a privaciones que pocos otros países tolerarían.

Pero para muchos observadores veteranos, esta crisis resulta distinta.

“Yo estuve aquí durante el Período Especial y esto es mucho peor”, afirma John Kavulich, presidente del US-Cuba Trade and Economic Council, una organización sin ánimo de lucro, en referencia al desplome económico tras el colapso de la URSS. “Ahora los rusos, los chinos, los vietnamitas, los turcos, todos le transmiten el mismo mensaje a los cubanos: ‘Tenéis que hacer cambios’”.

Los cortes de electricidad empezaron en serio en 2024, cuando los generadores de fuelóleo de la época soviética dejaron de funcionar por falta de mantenimiento, y se han intensificado a medida que merman las reservas de combustible. En el centro de La Habana, en algunos barrios pasan más tiempo sin luz que con ella, mientras que fuera de la capital los apagones pueden durar más de 24 horas. Esto hace imposible conservar los alimentos o mantener en marcha los ventiladores en medio del calor.

Mabe hace un buen negocio vendiendo velas en una pequeña tienda de una callejuela del casco histórico de La Habana. A 50 pesos cada una, esos modestos cilindros de cera se venden en tres colores distintos y arden algo más de una hora. “Las hacemos nosotras mismas”, explica. “La gente viene desde las provincias para abastecerse”.




A medida que la economía se hunde, la vida cotidiana se convierte en una lucha cada vez más dura. Quienes trabajan para el Estado ganan demasiado poco para comprar en las tiendas privadas, donde rigen precios de mercado, pero esos son los únicos lugares donde se encuentran la mayoría de los alimentos y productos básicos para el hogar. El salario de un médico o de un profesor universitario equivale a 20 dólares al mes al tipo de cambio del mercado negro; la pensión de un jubilado es la mitad.

“La gente ha perdido la esperanza”, afirma José, dueño de un restaurante en La Habana que, como muchos de los entrevistados para este reportaje, prefiere que no se publique su apellido por miedo a represalias. “Si ganas 3.000 pesos al mes y tu alimentación básica cuesta 10.000 pesos, entonces no hay esperanza”.

Algunos cubanos, añade, buscan consuelo en “el químico”, una droga sintética altamente adictiva que puede costar apenas 150 pesos y que provoca un comportamiento zombificado cuando se fuma. Otros sacan cuchillos a los transeúntes en las calles a oscuras por la noche para robar dinero o comida.

A medida que la economía centralmente planificada se desmorona, los suministros se han agotado en las tiendas estatales. En la Bodega 302-03, un comercio del casco antiguo de La Habana, los únicos productos a la venta son tres tipos de salsa para cocinar, vendidos en bidones de plástico reutilizados, sopa de tomate enlatada y un bloque de mortadela rosada y empalagosa.

Una farmacia estatal cercana exhibe en la pared un retrato del héroe revolucionario Che Guevara, pero no tiene antibióticos ni paracetamol en sus estanterías.

A pesar de las penurias evidentes, la mayoría de los cubanos evita quejarse en público por miedo a ser escuchados por los omnipresentes servicios de seguridad, que merodean de paisano para detectar signos de disidencia. Las últimas grandes protestas, en 2021, fueron rápidamente aplastadas.

“Si voy a la cárcel, ¿quién va a cuidar de mis hijos y de mis familiares?”, pregunta Mario, un vendedor ambulante que explica la falta de ganas de protestar. “Vimos lo que les pasó a los que se manifestaron en 2021. Están cumpliendo condenas de 20 años”.

Durante décadas, los altos niveles de educación y sanidad en Cuba fueron la envidia de muchos países en desarrollo, pero ya no. Álvaro, profesor universitario, está de pie frente a un edificio de ladrillo rojo en ruinas, al que le faltan algunas ventanas y cuyos interiores permanecen en penumbra.

“Estoy esperando para recoger a mi hija del colegio”, explica, señalando la construcción decadente. “Ayer le pregunté qué había aprendido. Su respuesta fue: ‘Papá, tengo hambre’”. El último trozo de pollo que les quedaba en casa se había echado a perder por los apagones, añade. Como muchos otros en la calle, pide dinero a los extranjeros para ayudar a alimentar a su familia.

Neli se formó como médica, pero ahora trabaja en una casa de huéspedes privada para turistas para poder ganar un salario decente. “Si necesitas una operación, los médicos te dan una lista con todas las cosas que tienes que comprar y llevar al hospital”, cuenta. “Cosas como gasas, bisturís, vendajes, oxígeno”.




Tras negarse durante mucho tiempo a admitir el declive del país, los dirigentes comunistas de Cuba se han visto ahora obligados a reconocer el sufrimiento de sus ciudadanos. En un raro gesto de sanción pública, la ministra de Trabajo, Marta Elena Feitó, se vio obligada a dimitir el pasado julio después de negar que en Cuba hubiera mendigos. Afirmó que quienes pedían dinero fingían pobreza.

Díaz-Canel, solo el tercer dirigente del país desde 1959, admitió este mes que Cuba atraviesa una “situación energética compleja”, sin que desde diciembre haya llegado petróleo de Venezuela. Pero no ofreció más soluciones que imponer aún más austeridad. El éxito del Estado de partido único a la hora de reprimir la protesta y acallar la disidencia es también su mayor debilidad: no existe una oposición política organizada al gobierno ni reformistas visibles en su seno.

“Las condiciones políticas allí son más duras para el gobierno que en la década de 1990”, afirma William LeoGrande, profesor de Gobierno en la American University de Washington. “Ya no está Fidel Castro para movilizar apoyos. Hay una mayor tendencia a responsabilizar al gobierno del desastre económico. Pero el hecho de que Estados Unidos diga tan abiertamente: ‘Vamos a cortarles todo el petróleo’, le da al gobierno una consigna en torno a la cual agrupar apoyos”.



Olfateando la victoria tras derrocar a Maduro, la administración Trump se dispone a asestar en Cuba el que espera que sea el golpe de gracia: el fin de 67 años de comunismo.

El 29 de enero, Trump emitió una orden ejecutiva en la que declaraba que la isla, en bancarrota, constituía “una amenaza inusual y extraordinaria” para Estados Unidos y autorizaba a Washington a imponer aranceles adicionales a cualquier país que le venda petróleo. Díaz-Canel calificó la medida, que equivale de facto a un embargo petrolero, de “fascista, criminal y genocida”. Cuba solo produce unos 30.000 barriles diarios de los 110.000 b/d que necesita.

Algunos miembros del poderoso lobby cubanoestadounidense en el Capitolio quieren que Trump vaya aún más lejos. Carlos Giménez, congresista republicano del sur de Florida que huyó de Cuba a Estados Unidos siendo niño, ha pedido la suspensión inmediata de todos los vuelos y transferencias de dinero desde Estados Unidos. “Ese régimen es un cáncer”, asegura. “Y la manera de curar un cáncer, a veces el tratamiento es doloroso, pero al final el paciente sobrevive”.

Su colega, el congresista cubanoestadounidense Mario Díaz-Balart, cuya tía estuvo casada en su momento con Castro, afirmó en la misma rueda de prensa que había llegado el momento de que la administración Trump “remate la faena” y “ponga fin a la pesadilla en Cuba”.

El secretario de Estado, Marco Rubio, otro cubanoestadounidense, ha sido más cauto. Declaró ante el Senado que a la administración “le encantaría” ver un cambio de régimen en Cuba, pero añadió: “Eso no significa que vayamos a provocarlo”.

Antiguos cargos de la Casa Blanca implicados en la política hacia Cuba señalan que Rubio no quiere empujar al gobierno de La Habana hacia un colapso total, por temor a desatar una oleada de refugiados hacia la costa de Florida y echar por tierra una de las mayores bazas de Trump: una reducción masiva de la inmigración ilegal.

“Los cubanos tienen capacidad para lanzarnos una bomba migratoria”, afirma un ex alto cargo estadounidense. “Trump no quiere una crisis en Cuba: quiere llevarlos a la mesa de negociación”.

Tras la afirmación de Trump, el 1 de febrero, de que “estamos tratando ahora mismo con los dirigentes cubanos”, se ha desatado la especulación sobre cómo podría ser un eventual acuerdo entre Washington y La Habana.

Trump no ha precisado qué quiere, más allá de vagas alusiones a la libertad y al regreso de los cubanoamericanos a su patria. Cuba carece de las riquezas petroleras de Venezuela, su infraestructura deteriorada requiere ingentes inversiones y la legislación estadounidense exige que se cumplan condiciones específicas antes de levantar el embargo económico.




Por su parte, Díaz-Canel ha exigido respeto a la soberanía de Cuba y ha descartado cualquier discusión sobre “temas que puedan entenderse como injerencia en nuestros asuntos internos”.

Los expertos señalan que el modelo aplicado en Caracas —la decapitación del régimen para dar paso a un sucesor dispuesto a seguir la agenda de Estados Unidos— no funcionará en Cuba, porque no existe una figura alternativa, similar a la venezolana Delcy Rodríguez, dispuesta a desmantelar el control estatal de la economía.

Díaz-Canel es un apparátchik leal, pero carece del carisma de los hermanos Castro, que gobernaron Cuba desde la revolución hasta que el hermano de Fidel, Raúl, dejó el cargo en 2018. Ahora, con 94 años, Raúl mantiene influencia entre bastidores, pero no ocupa ningún puesto formal. Su hijo, Alejandro Castro Espín, coronel del ejército, visitó recientemente México, lo que desató noticias en medios disidentes cubanos según las cuales se habría reunido con funcionarios estadounidenses.

Aunque Castro Espín participó en las conversaciones con Estados Unidos durante la era Obama, muchos dudan de que pueda emerger ahora como líder. “Sería muy difícil de digerir para Estados Unidos otro Castro en el gobierno”, señala Kavulich, del US-Cuba Trade and Economic Council.

Mientras tanto, el régimen mantiene un férreo control, reservando recursos para los edificios clave del gobierno y para las fuerzas de seguridad. Adoctrinados durante décadas, muchos funcionarios siguen siendo leales a la revolución y dispuestos a luchar por ella.

Pese a la crisis económica que azota La Habana, los jardines del Centro Fidel Castro siguen cuidados con esmero. Dentro de la gran mansión reconvertida en santuario del héroe revolucionario, no falta la luz y los guías están en plena forma.

Tras proyectar un vídeo que simula la batalla de Bahía de Cochinos en 1961, cuando Castro repelió a un ejército invasor de mercenarios estadounidenses, el guía Julio Eduardo Torres clava en sus visitantes una mirada acerada: “Yo crecí en la revolución”, dice. “Estoy convencido de que triunfaremos o pereceremos todos. Nunca permitiremos que nos pase lo que ocurrió en Venezuela”.

Ante un régimen cubano aparentemente reacio a hacer las concesiones que Washington exige, algunos temen que el estrangulamiento estadounidense pueda empujar la isla al caos.

“Los funcionarios de la Administración no dejan de decir: ‘No queremos desestabilizar Cuba’”, afirma LeoGrande, de la American University. “Pero al mismo tiempo tienen una estrategia económica diseñada para hacer colapsar el sistema social. Así que están haciendo una apuesta, una apuesta peligrosa, a que el gobierno se rendirá antes de que la sociedad se derrumbe. Creo que pueden estar equivocados en esa apuesta”.


* Artículo original: “Will pressure from Trump cause Cuba to finally buckle?”. Traducción: ‘Hypermedia Magazine’.