Trump cree que Cuba es otra Venezuela. He aquí por qué se equivoca


Una imagen del difunto Fidel Castro, de Cuba, y del fallecido Hugo Chávez, de Venezuela, cuelga en el exterior de un edificio junto a cables eléctricos durante un apagón en La Habana, el martes 17 de marzo de 2026. | Ramon Espinosa/AP



Cuba arde mientras los manifestantes prenden fuego a enormes montones de basura y las cazuelas resuenan en La Habana, Santiago de Cuba, Matanzas y municipios más pequeños, desde la costa oriental hasta el extremo occidental de la isla. Casi repica a Carnaval: el ritmo deshilachado, el acento metálico y agudo de la clave marcando los cánticos, los gritos y los alaridos.

Pero la semana pasada, en Morón, donde muchos vecinos trabajan en hoteles solo para extranjeros en los cercanos Cayo Coco y Cayo Guillermo, un grupo de lugareños hizo lo impensable: atacó la sede provincial del Partido Comunista.

Por supuesto, ya ha habido protestas masivas en Cuba antes, pero nada exactamente como lo que hemos visto en los últimos días. En Morón, los manifestantes quemaron los símbolos de la Revolución: retratos de dirigentes, placas, declaraciones… Al día siguiente, el gobierno movilizó a simpatizantes para elogiar públicamente la Revolución y, a la noche siguiente, los Boinas Rojas —los temidos paramilitares— entraron marchando en Morón. Entretanto, mientras los cubanos trataban de poner comida en la mesa en medio de un bloqueo petrolero asfixiante —y el presidente Donald Trump fanfarroneaba con “tomar Cuba”—, la policía fue desplegada por toda la isla para apalear brutalmente a la gente. Aun así, los manifestantes siguen saliendo, noche tras noche, gritando “¡Libertad!”.



Un día cualquiera en La Cuevita, un mercado completamente ilegal de La Habana. Lejos de las zonas turísticas, allí los cubanos venden de todo. | Marlon Fresneda Suárez.



Puede que los manifestantes se sientan ahora envalentonados, y es posible que los partidarios del gobierno miren con inquietud la convulsión. Pero con la red eléctrica colapsada —dejando a la isla en completa oscuridad— y el gobierno revolucionario anunciando que “las puertas están abiertas” para que los exiliados cubanos inviertan en la isla, ambos bandos se hacen la misma pregunta: ¿y ahora qué?

Mientras Trump intenta encajar a Cuba en su problemático marco venezolano, ¿derivará la situación hacia el caos? ¿Se verá Cuba obligada a aceptar algún tipo de estatus de protectorado bajo Estados Unidos? Y, de ser así, ¿conducirá la iniciativa económica insinuada por el secretario de Estado Marco Rubio a una apertura democrática?

Pese a lo que Trump pueda pensar, forzar un cambio de régimen en Cuba será mucho más complicado que deshacerse de Nicolás Maduro.

Los expertos políticos y económicos han dado por muerta la Revolución cubana en incontables ocasiones a lo largo de sus 67 años de existencia, pero el castrismo —con Fidel Castro y sin él— ha demostrado una desconcertante capacidad de supervivencia.



Mientras Trump sigue apretando el cerco sobre Cuba, pienso en mi padre. Fue él quien planeó la huida de mi familia de Cuba en una embarcación, atestada, de 28 pies, en febrero de 1963, menos de dos años después del fallido desembarco de Bahía de Cochinos y apenas tres meses y medio después de la crisis de los misiles.

Intento consolarme pensando que la grosería de Trump le habría resultado insoportable a mi padre. Pero ¿la “liberación” de Cuba? Me temo que mi padre, como millones de cubanos, habría aceptado cualquier cosa a cambio de una oportunidad de ver libre a su amada patria.



El Malecón de La Habana, completamente vacío de tráfico por la escasez de combustible. | Marlon Fresneda Suárez.



Mi padre nunca volvió a Cuba (aunque soñó con hacerlo y lo consideró brevemente cuando el alzhéimer empezó a acecharlo). Pero yo sí, y regresé por primera vez en 1995. Cuba apenas empezaba a respirar tras la desaparición de la Unión Soviética, y yo miraba todo con ojos deslumbrados. Recuerdo haber visto los andamios alrededor de los edificios de La Habana Vieja y pensar: “Ah, están reconstruyendo, qué maravilla”.

Pero a medida que se acumulaban mis visitas —y una estancia de casi un año en 1999—, los andamios se convirtieron en una presencia permanente, con enredaderas enroscándose en las estructuras, ahora soldadas por el óxido a unos muros que se iban deshaciendo. La metáfora era casi insoportable.



El presidente cubano Fidel Castro, en el centro, llega a La Habana, Cuba, el 8 de enero de 1959. | Keystone/Getty Images



Cuando Miguel Díaz-Canel, el actual presidente cubano, visiblemente incómodo, apareció en televisión el 13 de marzo y reconoció que los rumores —que el gobierno cubano había negado con vehemencia durante semanas— eran ciertos, que se encontraban en conversaciones serias con la administración Trump, Fidel Castro debió de revolverse en su tumba como una centrifugadora nuclear. La Revolución, al parecer, se apagará con una rendición gimoteante ante los mismos intereses que la hicieron nacer.

“Se siente mucho como el final de una era”, dijo Luz Escobar, periodista independiente cubana que se exilió en Madrid hace tres años.

También podría ser el comienzo de una nueva era, la llamada “Doctrina Don-roe”, de la que Venezuela parece ser el ejemplo.

“A medida que logramos una transformación histórica en Venezuela, también miramos hacia el gran cambio que pronto llegará a Cuba”, dijo Trump la semana pasada.

Pero el empeño de Trump en emparejar a Venezuela y Cuba pasa por alto un hecho evidente: aunque ambas naciones describan a sus gobiernos como socialistas, son muy, muy distintas.



Ciudad Libertad es un antiguo campamento militar y aeropuerto en desuso situado en el municipio habanero de Playa. | Oscar Luis



Para empezar, la Revolución cubana está en el poder desde 1959. Son muy pocos los que siguen vivos en la isla y conocen otra realidad. En cambio, el experimento socialista venezolano comenzó en 1998, y la mayoría de los venezolanos conserva un recuerdo vívido de la vida fácil de los años setenta, ochenta y primeros dos mil. Los venezolanos quieren volver a los días de gloria del boom petrolero del siglo XX; los cubanos quieren un nuevo comienzo.

Además, Venezuela nunca fue “propiedad” de Estados Unidos del mismo modo que Cuba. Estados Unidos tenía fuertes intereses e inversiones en Venezuela: en 1998, el año en que Hugo Chávez fue elegido, compró más del 51 por ciento de las exportaciones venezolanas y el 85 por ciento de su petróleo. Pero, en el caso venezolano, el predominio estadounidense se ejercía menos mediante la propiedad directa que de forma estructural. En cambio, antes de la Revolución cubana, los intereses estadounidenses se llevaban aproximadamente la mitad del azúcar cubano a precios reducidos, poseían alrededor de un tercio de todos los ingenios azucareros, un tercio de los servicios públicos, el 90 por ciento de toda la producción eléctrica y casi una cuarta parte de la tierra de la isla.

Tal vez lo más importante sea que Cuba funciona con un sistema de partido único y una Asamblea Nacional que vota en bloque. Cuando Mariela Castro, hija de Raúl Castro, emitió un voto en contra en 1995, fue la primera vez en décadas, y aquello fue noticia en América Latina.

Además, el Código Penal cubano incluye una disposición singular que autoriza la detención por “peligrosidad”, algo muy parecido al concepto de “precrimen” de la película Minority Report (2002). Yo experimenté más de una vez en Cuba el miedo al “precrimen”, pero nunca como aquel día en que aparecieron agentes de seguridad vestidos de paisano buscando a quien entonces era mi pareja, que seguía viviendo y trabajando en la isla como artista.

Era 2003, en plena “Primavera Negra”, y la policía cubana había detenido a cientos de personas en redadas muy públicas y teatrales. El gobierno también había ejecutado a tres jóvenes por secuestrar una embarcación. La reacción internacional fue tan intensamente negativa, incluso entre aliados tradicionales de la Revolución, que las autoridades cubanas quedaron atónitas.

En respuesta, el gobierno quiso que artistas e intelectuales firmaran una declaración en apoyo de su actuación. Mi pareja se oponía a la pena de muerte en todas sus formas y ya lo había dicho. Pero el aparato de seguridad intentaba desgastarla: llamadas telefónicas para persuadirla y amenazarla de forma velada, seguimientos, “amigos” enviados a convencerla. Decidió no contestar al teléfono y no abrir la puerta cuando llamaban. Así que fui yo —una exiliada que había salido del país de niña— quien se plantó en la puerta mientras los agentes de seguridad desviaban la atención de ella hacia mí: ¿quién era yo?, ¿podía enseñar un documento de identidad?, ¿qué hacía en Cuba?

Incluso sabiendo que, a diferencia de otros cubanos, si tenía problemas podía recurrir a la Sección de Intereses de Estados Unidos, la entonces embajada en funciones, resultaba inquietante responder sabiendo que aquellos hombres no necesitaban una orden judicial, ni siquiera una excusa, para llevarse a una de nosotras, o a los dos. Así es como las figuras opositoras son marginadas, encarceladas o empujadas al exilio: acosadas mediante leyes opacas que las autoridades aplican a capricho.

Por comparación, los disidentes lo tienen fácil en Venezuela, donde la oposición participa en la vida cívica. Incluso, después de que se prohibiera de forma fraudulenta a la premio Nobel de la Paz María Corina Machado presentarse a un cargo electivo, pudo proponer abiertamente a un candidato sustituto y hacer campaña dentro del sistema, aunque perdió en unas elecciones que, según observadores electorales internacionales, estuvieron amañadas. En Venezuela, los disidentes participan en el Congreso, aparecen en los medios y mantienen debates públicos. Son acosados, y a veces encarcelados, pero la mera oposición no es un delito.



A pesar de las actuales tácticas de presión de Trump, sería un error atribuir exclusivamente a Estados Unidos los problemas actuales de Cuba. La caída de la Unión Soviética fue catastrófica, y el declive de la fortuna petrolera de Venezuela estuvo a punto de hundir a la isla, que había desarrollado una profunda dependencia de su vecino socialista.



Personas en Marianao, un municipio de La Habana, esperan durante horas para realizar trámites bancarios. | Oscar Luis.







Estanterías casi vacías en la farmacia principal de Virgen del Camino, en el municipio habanero de San Miguel del Padrón. | Marlon Fresneda Suárez.



“Uno de los mayores problemas es que el gobierno cubano es ineficiente, corrupto y nepotista”, dijo Mónica Baró Sánchez, periodista independiente radicada en Estados Unidos desde 2022 y hoy afincada en Miami. “Desde 1959, el gobierno cubano ha recibido millones de dólares, ya fuera de la Unión Soviética o de Venezuela. ¿Adónde fue a parar ese dinero? El gobierno nunca ha dado prioridad a la gente, nunca ha invertido en lo que necesitaba invertir. En lugar de reparar las termoeléctricas o desarrollar energías renovables, por ejemplo, lo único que hizo fue construir más hoteles”.

De hecho, hubo un auge hotelero en plena crisis postsoviética: más de 3.500 millones de dólares, o alrededor de una quinta parte de las inversiones de Cuba en la década de 1990, se destinaron al turismo. Fue dinero que no se empleó en aliviar la obsolescencia de la red eléctrica, rehabilitar instituciones culturales, pavimentar calles intransitables o, quizá, reabrir las 208 escuelas rurales que Raúl Castro cerró cuando llegó a la presidencia.

Aunque los cubanoestadounidenses se cuentan entre los visitantes más numerosos, junto con los turistas procedentes de Rusia, Alemania y España, siempre estuvo claro que el gran objetivo turístico eran los Estados Unidos. Una vez, un amigo me coló en un resort de Varadero y me hirvió la sangre al comprobar que toda la señalización estaba en inglés. Peor aún, una empleada que había aprendido inglés en Londres me contó que le habían ordenado deshacerse de su acento británico y sonar más estadounidense.

Por supuesto, los millones de estadounidenses nunca llegaron. Cuando golpeó la pandemia, Cuba perdió más de la mitad de sus visitantes. Pero, increíblemente, el gobierno siguió construyendo hoteles.



Un pin con dos pequeñas banderas, la estadounidense y la cubana, colocadas una junto a la otra en el Hotel Nacional de La Habana en 2016, captando un breve momento de cauteloso optimismo, cuando se reabrían las puertas diplomáticas, una visita papal despertaba esperanzas y hasta el rock and roll parecía a punto de cruzar unas fronteras cerradas durante mucho tiempo. | Katie Ellsworth/POLITICO



Entonces, ¿cuál es el acuerdo? ¿Qué está negociando Trump? Mientras Venezuela (e Irán) tienen petróleo, Cuba apenas produce lo suficiente para cubrir la mitad de sus propias necesidades energéticas. Tiene yacimientos de níquel y gas natural, pero ambas industrias requieren una modernización profunda y una inversión masiva.

“Ahora mismo no está claro qué se está negociando”, dijo Jorge Duany, teórico de la migración y el nacionalismo caribeños y exdirector del Cuban Research Institute de la Florida International University. “No hay información sobre concesiones por parte del gobierno cubano. Lo único que oímos es que hay un movimiento para reemplazar a Díaz-Canel, la posibilidad de algunas reformas económicas y una flexibilización de las restricciones de viaje. Parece que los Castro se quedarán. En Miami hay una gran desilusión con esto, desde luego entre la comunidad histórica del exilio”.

Mantener a los Castro en su sitio mientras se aparta a Díaz-Canel —algo que Trump exigió la semana pasada— parece seguir el guion venezolano, pero en Cuba no parece haber nadie comparable a Delcy Rodríguez, la vicepresidenta que sustituyó a Nicolás Maduro. Aunque Óscar Pérez-Oliva Fraga (sobrino nieto de Fidel y Raúl Castro), vice primer ministro y ministro de Inversión Extranjera, ha sido mencionado con frecuencia como posible sucesor, Duany insistió en que “no hay una sola figura en Cuba capaz de liderar una transición”. (Esta semana, Pérez-Oliva Fraga apareció en la televisión cubana y, por primera vez desde 1959, invitó a los cubanos de la diáspora a regresar e invertir. Tal vez no sorprenda que no mencionara en absoluto la posibilidad de que también inviertan los cubanos que viven en la isla. E hizo el anuncio en pleno apagón, cuando la mayoría de la población no pudo escuchar su propuesta).

La razón del déficit de liderazgo en Cuba es sencilla: entre los disidentes que no están encarcelados, nadie tiene experiencia en el gobierno ni en la administración de una empresa de cierta entidad. Y quienes están en el poder y podrían tener potencial para dirigir una transición deben mantener la cabeza baja y jurar lealtad al clan Castro si quieren conservar sus privilegios.



Las colas interminables forman parte de la vida en Cuba. | Oscar Luis.



También conviene recordar que la relación entre Cuba y Estados Unidos ya era conflictiva mucho antes de la Revolución. Teddy Roosevelt y sus Rough Riders se apropiaron de la guerra de independencia cubana en los últimos compases de aquella lucha de 30 años, arrebatando a los cubanos su momento de gloria. Más de un siglo después, los cubanos siguen resentidos porque su soberanía quedó establecida por un tratado que ellos no firmaron: el acuerdo lo cerraron España y Estados Unidos. Después llegaron la Doctrina Monroe y la Enmienda Platt, que otorgó a Estados Unidos el derecho a intervenir en los asuntos internos de Cuba, lo que dio lugar a tres intervenciones militares, numerosas amenazas de invasión y una larga lista de presidentes títeres.

“Nadie debería ser escogido ni designado para gobernar por poderes ajenos a Cuba”, dijo Ramón Saúl Sánchez —sin parentesco con Baró Sánchez—, dirigente del Movimiento Democracia, un grupo del exilio en Miami que ha organizado “flotillas de la libertad” hacia la isla. También fue miembro de Alpha 66, un grupo paramilitar anticastrista. “Eso sería como volver a la época colonial. No quiero que mi país esté gobernado por extranjeros; quiero que tengamos voz propia. No queremos que los Castro sirvan de pantalla a las corporaciones estadounidenses, robando las riquezas de Cuba en perjuicio del pueblo cubano”.

Hay otros, sin embargo, deseosos de ver a Cuba abrir sus puertas precisamente a esas corporaciones. Yotuel, uno de los compositores de la emblemática “Patria y vida”, el himno de las protestas masivas de 2021, publicó recientemente una nueva canción junto a otros dos raperos cubanos, Jacob Forever y El Chacal, con versos como estos: “Imagínate un puente, un puente entre Miami y La Habana… / Y un McDonald’s junto al malecón / un Walmart en la calle 23 / un Sedano’s Market en Marianao / y CVS por todas partes…”.

“¿Eso es una sátira?”, preguntó César Toledo, estibador de Manzanillo, en la costa suroriental, cuando oyó la canción por primera vez. “¿Desde cuándo un McDonald’s en el malecón es libertad? ¿Significa un McDonald’s que podremos expresar nuestras propias opiniones? ¿Significa un McDonald’s que habrá elecciones?”

Hasta ahora, ni Estados Unidos ni Cuba han mencionado ningún camino hacia la democracia. De hecho, Rubio se ha esforzado en subrayar la reforma económica, y no la política.

“Dejemos por un momento de lado el hecho de que [Cuba] no tiene libertad de expresión, ni democracia, ni respeto por los derechos humanos”, dijo Rubio en la Conferencia de Seguridad de Múnich en febrero. “El problema fundamental [es que] Cuba no tiene economía, y quienes están al mando de ese país, quienes controlan ese país, no saben cómo mejorar la vida cotidiana de su gente sin renunciar al poder”.



Izquierda: La basura se desborda por todas partes, también junto a este arroyo en el barrio de Buena Vista, en el municipio habanero de Playa. Derecha: Sin electricidad ni gas, un hombre recoge leña y se prepara para cocinar en la calle, en La Habana. | Oscar Luis; Marlon Fresneda Suárez.



Pero para algunos cubanos —cubanos que no forman parte del clan gobernante ni de la nomenklatura, cubanos de clase trabajadora que luchan por todo, desde encontrar algo que poner en la mesa hasta conseguir un cabo de vela con el que taladrar la oscuridad—, el énfasis de Rubio en la economía podría bastar, por ahora.

“No me hace feliz que la transición pueda llegar de la mano de Trump y de Estados Unidos, pero tampoco quiero ponerme en la posición de rechazar una oportunidad porque no sea perfecta”, dijo Baró Sánchez. “Es una elección terrible, totalitarismo bajo los Castro o neocolonialismo bajo Trump, pero siento que hay más posibilidades de democracia bajo el neocolonialismo”.

“Donald Trump es un mal necesario: no es ningún apóstol ni ningún modelo a seguir, pero necesitamos un cambio radical, ya sea político, cívico o económico”, dijo Marlon Fresneda Suárez, que vive en San Miguel del Padrón, en el sureste de La Habana (adonde los turistas solo llegan si se han perdido). “Si Trump viene a Cuba y se queda con Varadero, mientras yo pueda mantener a mi familia y cuidar de mi hijo, lo aceptaré. Algunos ni siquiera llegamos ya a pedir libertad; solo queremos que la vida sea menos difícil. Puede sonar derrotista, pero llevamos tanto tiempo sobreviviendo a duras penas que cualquier cosa sería un alivio”.

Mientras tanto, Fresneda Suárez combate el calor en el apartamento familiar conectando un cable desde su moto a un inversor de corriente que alimenta un modesto ventilador. Pero, para asegurarse de que no le roben la moto mientras está en marcha, Fresneda tiene que sentarse fuera, bajo el calor, y vigilarla.



La basura se amontona en cada esquina de San Miguel del Padrón, un municipio de La Habana. | Marlon Fresneda Suárez.



Hoy, en las comunidades cubanas de Madrid, Ciudad de México, Miami y en toda la diáspora, exiliados como yo nos despertamos con novedades sobre Cuba, relativas a Cuba, en torno a Cuba: es Cuba, Cuba, Cuba, las 24 horas del día. Nos pasamos horas consumiendo compulsivamente noticias y rumores, publicamos y compartimos largas diatribas sobre lo que está ocurriendo y lo que creemos que está ocurriendo, y dedicamos incontables horas a escribir por WhatsApp a familiares y amigos en la isla, sintiéndonos esperanzados un minuto, desesperados al siguiente, impotentes todo el tiempo.

¿Qué quieren los cubanos? No hay consenso, ni dentro ni fuera de la isla. En un extremo, algunos quieren ser anexionados abiertamente por Estados Unidos (hay varios grupos veteranos de Facebook que defienden esta idea); en el otro, algunos preferirían seguir en la senda revolucionaria, adopte la forma que adopte. Entre medias, hay quienes desean una confrontación militar que humille a los comunistas. Otros, en cambio, quieren garantías de que Cuba será realmente independiente en el futuro.

¿Qué quiero yo? Rezo para que la transición, adondequiera que nos lleve, sea pacífica, pero temo que no lo será. Y aquí está lo peor: no puedo imaginar qué viene después de la transición. Cierro los ojos con fuerza e intento verlo con los ojos de la mente, pero solo hay oscuridad.



* Sobre la autora: Achy Obejas es autora de The Boy Kingdom/El reino de los varones, un libro de poesía publicado por Beacon Press. Es periodista, novelista y traductora.


* Artículo original: “Trump Thinks Cuba is Another Venezuela. Here’s Why He’s Wrong”, publicado en POLITICO, el 21 de marzo de 2026. Se reproduce bajo autorización de la publicación y de la autora. Traducción: ‘Hypermedia Magazine’.