
Hoy dormiremos por primera vez en la misma ciudad, Maduro. Dos exiliados entre los rascacielos ajenos de Manhattan. Dos parias en medio de tanta opulencia bella. Dos prisioneros de circunstancias que creíamos controlar hasta que ellas nos controlaron.
No tengas miedo, Maduro. Una multitud de contemporáneos está aquí desde mucho antes. Hablamos tu mismo idioma. Repetimos de memoria tus chistes. Te hemos conocido durante años. Crecimos en la distancia contigo. Somos más familiares de lo que pudieras imaginar.
Como partículas elementales, Maduro, en la diáspora de Manhattan colisionaron nuestras depresiones y pánicos. A ratos, nos hemos tratado pésimo. Incluso, como si fuéramos los represores de los que creíamos escapar. A ratos, nos pedimos perdón. Con el tiempo, uno llega a quererse entre tanta ausencia y tantos desplazados.
Es cierto que hablamos muy mal de ti, Maduro. Mentiría si te dijera que no te odiamos. A cambio, emponzoñaste de resentimiento el único corazón que nos quedaba. Nos dejamos hacer feos por ti. Ahora, por fin, supongo que ya pasó.
En términos de cicatrices del alma, Maduro, terminamos estrictamente empatados. La guerra pertenece al pasado. Con rumbo a un futuro fósil desde un presente precario, a ninguno nos asiste el derecho de creerse ganador.
No te sientas solo, Maduro. Todos permaneceremos aquí, encarcelados o carceleros, al alcance de la mano. Juntos, seremos siempre parte de ese paisaje como un páramo en el que, poco a poco, te acostumbrarás a sobrevivir.
Te llevamos inútil ventaja, Maduro, en la anónima sucesión de los días y las noches sin patria. Entérate temprano: es dolor lo que brilla mudo al otro lado de tus claustrofóbicas ventanas.
Bienvenido a Manhattan, Maduro. Es tan hermosa que a veces alguno de nosotros rompe a llorar sin causa. Aquí, créenos, serás más libre de lo que jamás soñaste.










