Alexis Rodríguez Duarte y Tico Torres: la coquetería íntima de Celia Cruz



No debe perderse “Celia: Feliz 100° Cumpleaños: a través del lente de Alexis Rodríguez Duarte y Tico Torres”, hasta el 21 de febrero en el Coral Gables Museum. La exhibición homenajea el centenario de la diva cubana, reuniendo imágenes tomadas durante quince años, entre objetos varios que incluyen un cake de quinceañera coronado con la Barbie Celia, de Mattel.

La propuesta de Rodríguez Duarte y Torres no consiste en buscar la “verdadera” Celia ni en romper la máscara de manera forzada. Se trata de introducir una torsión imperceptible. Cuando un rostro ha sido fotografiado hasta volverse transparente de puro reconocimiento, el retrato solo puede existir como episodio: inflexión mínima que interrumpe la difusión automática del ícono.

Celia Cruz, uno de los rostros femeninos más fotografiados de la cultura hispanoamericana de fines del siglo XX y principios del XXI, es artificioso de por sí. Decir esto es casi sacrílego, pero hablo del emblema Celia, no de la persona encantadora. De hecho, esa saturación de la imagen es lo que da lugar a la Celia austera de uno de los muchos murales de la Calle Ocho

Bajo el lente de Rodríguez Duarte y Torres, Celia se reconoce en la visibilidad sin quedar absorbida por ella. Se trata de una transparencia que no dramatiza la mirada ajena ni se protege de ella. Una mise en scène que, lejos de simular, presenta una imagen en la que la lindeza se muestra auténtica. Prueba de ello: aunque la gran sonera no está desde 2003, su imagen continúa asomándose por todas partes. 

La publicidad posmoderna trabaja con una economía de la mirada cercana al “shock visual” gratuitoShock efímero: mirar, sobresaltarse y pasar la página. El rostro —en este caso, el de Celia— está ahí para provocar encanto inmediato: familiaridad y aplauso. La inmediatez no agota el retrato. Más bien, lo desplaza a un problema de otra índole. Ahí está el reto del fotógrafo.  

¿Es el retrato un accidente histórico o algo inherente a la fotografía? En Camera Lucida, Roland Barthes lanza la máxima del retrato como pérdida de identidad. Cada tiro de la cámara plasma, a la vez que mediatiza el rostro. 

El fotorretrato es una empalizada de fuerzas. Cuatro imaginarios se cruzan, se afrontan, se deforman. Ante el objetivo, soy a la vez aquel que creo ser, aquel que quisiera que crean, aquel que el fotógrafo cree que soy y aquel de quien se sirve. 

La pertinencia de mi lectura no es necesariamente teórica, sino perceptiva. Basta confrontar las imágenes de la exhibición de Rodríguez Duarte y Torres con el archivo mediático de Celia Cruz, para advertir que aquí opera una forma distinta de presencia.

En el libro Las estrellas, el sociólogo francés Edgar Morin compara figuras míticas que, a través de los medios, se transforman en objetos de deseo colectivo. El sistema del estrellato moderno fabrica una doble entidad: la persona real y la imagen idealizada que circula, fijándose en la repetición. 

La estrella es algo parecido a las joyas, las especias, los objetos raros y los metales preciosos, cuya búsqueda sacó a la Edad Media de su parálisis económica. También se asemeja a esos productos manufacturados cuya multiplicación masiva garantiza el capitalismo industrial. 

Una vez obtenidas las materias primas y los bienes de consumo material, las técnicas industriales deben hacerse cargo de los sueños del corazón humano. La prensa, la radio y el cine han revelado la prodigiosa comerciabilidad de los sueños, materia prima tan libre y maleable como el viento, que solo necesita ser formulada y estandarizada para corresponder a los arquetipos fundamentales de la imaginación.

Celia Cruz es probablemente la cantante popular cubana más célebre y una de las más famosas de la música latina. La prueba está en la moneda de 25 centavos impresa recientemente por el Departamento del Tesoro de Estados Unidos, a partir de una fotografía de Rodríguez Duarte y Torres, incluida en esta exposición. Sin embargo, ¿no deja de ser esa imagen meramente conmemorativa para convertirse en objeto de circulación mediática?

Celia encarna esa escisión. Su voz, vestuario, sonrisa y hasta su diastema generoso (separación de los incisivos) funcionan como signos mediáticos, promesa afectiva de alegría y vitalidad. La publicidad no penetra el estado íntimo. Celia, retratada para la portada de la revista Hola, expresa una felicidad litúrgica. 

Hay otra sonrisa, la cotidiana de la imagen pública: lo familiar por exceso. Incluso en Celia —y es mucho decir— la carátula pasa inadvertida, pues coincide plenamente con la identidad pública. En efecto, Celia lleva un rostro histórico: la cubanidad espectacular, la alegría como mandato y el exceso como estilo. 

La novedad del retrato de Rodríguez Duarte y Torres radica en una forma de inocencia escénica. Aquel rostro ahíto concede una coquetería que suspende momentáneamente la lógica del ícono. Celia coquetea con el fotógrafo y con la posibilidad misma de ser vista.

La estrella del retrato aquí ostenta lo humano, machacándolo. Celia, monumental en escena y cercana en el gesto, mítica en la repetición y cotidiana en la sonrisa, convierte el escenario en celebración y júbilo compartidos. 

Ante el lente de Rodríguez Duarte y Torres, Celia no se confunde con su imagen, ni la sobreactúa. Hay candor, pero ese candor no aparece como ingenuidad. El retrato transmite una renuncia momentánea al gesto escénico. La sonrisa está, aún tarda en aparecer. Como si la mímica no terminara de ubicarse. No niega al ícono, solo lo demora. Lo nuevo surge del tiempo, no de la forma. Y ese tiempo confirma una belleza que no pide permiso. No rompe la máscara de la diva; la deja caer un tin. Y ese tin es novedoso.

En estas fotografías de Alexis Rodríguez Duarte y Tico Torres sale a pasear la coquetería íntima de Celia Cruz celebrando su propia vivacidad.



“Celia: Feliz 100° Cumpleaños: a través del lente de Alexis Rodríguez Duarte y Tico Torres”