Esclavo del hashtag: #socialmediaslave II de Juan Luis Pérez



En el ruido enceguecedor de una feria de arte—stands blancos, reflectores, estímulos que compiten entre sí—se alza una figura que no mira a nadie. No puede: donde debería haber un rostro, hay una pantalla negra coronada por un hashtag y una mano dorada en gesto obsceno que sustituye la mirada humana. No es solo una escultura; es un espejo encendido.

#socialmediaslave II, del artista cubano Juan Luis Pérez, acaba de recibir el Best Sculpture Award 2025 en Red Dot Miami, durante la semana de Art Basel. Elegida entre cientos de obras escultóricas, destaca por nombrar nuestra época con precisión quirúrgica: una era adicta a las imágenes y hambrienta de validación, de falsas personificaciones, de vidas bien construidas, coreografiadas, embellecidas y, a veces, ficticias. La obra continuará su recorrido en Art Palm Beach (del 28 de enero al 1º de febrero de 2026), confrontando a nuevos públicos en su camino.

La figura central es un maniquí negro y esbelto que viste una chaqueta estampada con billetes, representación del influencer obsesionado con la riqueza y el estatus. De la cintura hacia abajo, el cuerpo se prolonga en unas piernas escultóricas negras, sintéticas y anónimas. En los pies, unas botas doradas se apoyan sobre un pequeño tramo de césped artificial cubierto de dólares, subrayando la necesidad de exhibir un estilo de vida lujoso. A su lado, el perro permanece atento sobre esa alfombra de billetes, testigo silencioso del espectáculo. La correa, tensada a propósito sin holgura, demuestra que el perro está siendo arrastrado, no paseado: una señal evidente de la falta de presencia del personaje ante la situación y su entorno.

De la espalda del personaje emerge un abanico de flechas que le atraviesan el torso con la precisión de un martirio contemporáneo. Una de ellas, visible en la parte frontal, perfora un pequeño emoji de corazón situado sobre el pecho. Esto sugiere no solo que el afecto digital—ese “corazón” simbólico de las redes—puede convertirse en herida, sino sobre todo cuánto daño psicológico y emocional puede provenir de estas plataformas. Habla de puñaladas por la espalda, de tentación y de cómo las redes pueden funcionar como escenario de pecadores, por muy buenas que sean tus intenciones, alimentando sin descanso los ciclos de gratificación instantánea.




Otras flechas llevan inscripciones que remiten a los distintos grupos que nos rodean en el espacio digital: seguidores, críticos, familiares, desconocidos. Nos amen o nos envidien, nos admiren o nos odien, todos disparan. Como un San Sebastián del siglo XXI, la figura no sufre por su fe, sino por su visibilidad. Esa misma visibilidad la expone a ser juzgada, criticada y, en no pocas ocasiones, ridiculizada.

El título #socialmediaslave enuncia la condición sin rodeos: no se trata de un “usuario”, sino de un esclavo. Esa condición se vuelve literal en la cadena metálica que nace del cuello y desciende hacia las manos, como si la propia garganta—la voz, la capacidad de decir—estuviera ligada al dispositivo que sostiene. La cadena no solo restringe el cuerpo: somete la identidad y la expresión, vinculando físicamente al personaje con el acto de tomarse la selfi. El dispositivo es a la vez grillete y prótesis, capturando la imagen en el instante exacto del sacrificio.

La ausencia de rostro es quizá el gesto más inquietante. Donde debería haber piel y mirada, un monitor cuadrado corona el cuerpo como un tótem. El hashtag funciona como una nueva aureola: no sagrada, sino algorítmica. La mano dorada levantada en insulto puede leerse como cinismo, rebeldía o como el veredicto silencioso del propio sistema: yo te poseo.

El cuerpo lleva el dinero como si el capital fuera una segunda piel, pero esa armadura no protege de nada. Las flechas la atraviesan sin dificultad, recordándonos que la monetización no salva a nadie del odio, del agotamiento ni del escrutinio constante.

Simbólicamente, el perro es crucial. De pie sobre los billetes, pero indiferente a ellos, representa ese estilo de vida aspiracional que tantas cuentas exhiben como triunfo, ahora mostrado vacío, despojado de sentido: un testigo no contaminado por el espectáculo.




Formalmente, la instalación es un livestream congelado: una captura de pantalla tridimensional. La inclinación del cuerpo hacia el dispositivo crea una diagonal que reproduce el gesto del scroll que hacemos con nuestras propias manos.

En su statement, el artista describe un mundo donde la percepción sustituye a la realidad, donde ya no registramos recuerdos, sino que fabricamos versiones de nosotros mismos. #socialmediaslave II encarna ese diagnóstico. No vemos a un ser humano: vemos un avatar, una carcasa monetizada, heridas convertidas en contenido. 

Como señala Pérez, deslizamos, tocamos, reaccionamos. Pero, ¿realmente vemos? Eso que llamamos “conexión” muchas veces nos aleja aún más de nuestra propia humanidad.

Y es la flecha que atraviesa el emoji de corazón la que cristaliza esta ruptura emocional: la herida más profunda no es física, sino simbólica. El corazón se reduce a icono y resulta herido precisamente en el territorio donde busca validación.




Por eso la obra de Pérez es algo más que crítica: es un autorretrato colectivo incómodo. Una advertencia. Un espejo que nos pregunta cuántas flechas puede soportar nuestro propio corazón digital.

Resulta evidente por qué Juan Luis Pérez recibió el Best Sculpture Award y por qué #socialmediaslave IIfue una de las piezas más memorables de la feria, que obliga al espectador a alejarse del stand preguntándose si él mismo se ha convertido en un esclavo de las redes y, de ser así, qué podría hacer al respecto. 

Nos deja pensando: ¿cuán culpable soy de lo mismo?, ¿es realmente posible cambiar estos hábitos o no será ya demasiado tarde? 

La obra deposita estas preguntas en el subconsciente, con la esperanza del artista de provocar un cambio social o, al menos, una nueva conciencia.